Entre2vistas

Ángel Fábregas: «Sin leer bastante no se puede pretender ser escritor»

Ángel Fábregas: «Sin leer bastante no se puede pretender ser escritor»

Nacido y residente en Granada (1963), licenciado en Derecho y Filosofía y Letras por la Universidad de Granada, Ángel Fábregas es novelista con tres publicaciones editadas por Editorial Nazarí, ‘Sulayr, dame cobijo’ 2015, Editorial Esdrújula, ‘Quebrada en el Gran Norte’ 2017 y Fundación Huerta de San Antonio, ‘No digas que fue ayer’, 2019.

Coordinador y prologuista de ‘Granada Imaginaria’ (2017), colección de cuentos de diversos autores editada por el diario Ideal de Granada, actualmente preside la Asociación cultural La Empírica de Granada, dedicada al arte contemporáneo en una amplia dimensión. Colabora ocasionalmente en ediciones o publicaciones literarias como prologuista o articulista.

Fernando Jaén: ‘Sulayr, dame cobijo’ fue tu primera novela y en ella relatas las andanzas de un grupo de maquis en la Alpujarra granadina. El relato de un familiar tuyo, médico en aquella época de posguerra, creo que inspiró esta obra. ¿Cómo llega a tus manos esta historia y cómo decides escribirla? ¿Quedan aún muchas historias que contar sobre nuestra Guerra Civil?

Ángel Fábregas: La génesis de mi primera novela, ‘Sulayr, dame cobijo’ fue particularmente intrincada por   circunstancias que resumiré.

A partir de una historia real acaecida a un tío abuelo mío en los años de la posguerra, historia que me relataron mis familiares en su momento, la fascinación por tales hechos creció en mí hasta llevarme a una investigación más profunda al respecto, al margen de la memoria oral y subjetiva. Para mi completa sorpresa, lo que me habían contado era una fábula, los hechos reales no se correspondían con los que me relataron. La mixtificación se produjo, a mi entender, con la probable intención de barnizar los hechos de manera que no mancharan de alguna manera la imagen de la familia en el contexto ideológico y social de la pequeña burguesía afín a la dictadura en una ciudad conservadora como Granada. 

En definitiva, el hecho real fue que mi tío abuelo, médico rural en la Posguerra, tras una refriega de los maquis con la Guardia Civil y la cura de un herido, se fugó con ellos a la sierra por sus simpatías izquierdistas o vaya usted a saber por qué, y en varios meses terminó en un consejo de guerra con los correspondientes años de cárcel. En cambio a mí me contaron que tras dicha refriega, los maquis lo secuestraron y el hombre permaneció con ellos forzadamente hasta que atraparon a sus secuestradores. Y sucedió que yo, partiendo no de los hechos reales, sino de aquella fábula de primera generación, creé una fábula de segunda generación porque me interesó más esta historia que la real. La de primera generación fue ya un intento digamos de literatura involuntaria,  incentivado por motivos diferentes a la creación artística. En fin, una fascinante manipulación de la memoria más o menos intencionada que podríamos calificar de protoliteratura, a partir de la cual se generó mi relato de ficción en el que se superponen las tres capas, realidad, primera ficción y segunda ficción, ya plenamente literaria.

En cuanto a si hay ya escrita suficiente literatura o no sobre la Guerra Civil, yo creo que tan complejo asunto, con derivaciones e implicaciones de todo tipo, puede proporcionar una cantera ilimitada de material para reflexionar sobre, no solo las circunstancias históricas, sino más bien la condición humana, y ese es uno de los genuinos intereses de la literatura que se tenga por algo más que entretenimiento. Por tanto, estimo que no es una cuestión de cantidad escrita al respecto, sino de calidad de lo que se escriba.

Javier Gilabert: En ‘Sulayr, dame cobijo’ transitas entre la novela histórica y la de aventuras. ¿Cómo las definirías tú? ¿Cuánto te ha ayudado documentarte para esta novela a la hora de entender la España actual?

Ángel Fábregas: Mi primera novela es un híbrido que, efectivamente, tiene algo de novela histórica, aunque la considero más escorada hacia el género de aventura. Sin embargo, lo más significativo en ella no creo que sea eso, sino más bien la indagación en los recovecos y misterios de un espíritu en el tránsito desde una depresión hasta cierto resurgimiento y redención, que paradójicamente se produce durante un secuestro. Es esa falta de libertad en parajes que son paradigma de ella, las montañas de Sierra Nevada, la que incentiva en el personaje principal un viaje espiritual que lo redime. Es en cualquier caso y también, una reflexión sobre nuestro pasado inmediato más doloroso y controvertido aún hoy día: la Guerra Civil y sus consecuencias. Una más en el ya frondoso paisaje al respecto, aunque sobre el Maquis no hay tanto escrito como podría pensarse. 

También fue un relato que requirió de una prolija documentación pues, aunque los personajes son netamente de ficción, acompañados a veces por algunos otros reales cuyos hechos son fabulados, el fondo histórico, el mundo que se narra, fue pergeñado por mí de la manera más objetiva y realista posible, incluido el aspecto paisajístico de montaña que yo mismo he recorrido y por tanto experimentado también física y espiritualmente, elemento esencial en la novela.

En torno a lo que me preguntas sobre la comprensión del devenir histórico del país desde la documentación que manejé para este relato, estimo que es evidente que no sería posible entender la España actual sin una cavilación, lo más desapasionada posible, sobre los hechos implicados en esta historia: la Guerra Civil, la guerrilla antifranquista, su represión, las circunstancias históricas colindantes en ese momento en Europa y el mundo, etc. 

«Es perfectamente posible la amistad genuina entre todo tipo de artistas a pesar del ego que se les supone»

F.J.: Eres buen amigo de Miguel Ángel Arcas, poeta y editor de Cuadernos del Vigía, y del escritor y guionista de cine y televisión Salvador Perpiñá, quienes te acompañaron en la presentación de ‘Sulayr, dame cobijo’. ¿Cómo se forja y cómo se mantiene la amistad con estos dos grandes escritores? ¿Es posible la amistad entre escritores, lejos de envidias y rencillas?

Ángel Fábregas: Mi amistad con Miguel Ángel y con Salvador viene de largo. Hemos vivido mucho en todos los sentidos, hemos viajado juntos, nos conocemos bien, hemos disfrutado enormemente y hemos discutido también. Ambos son tremendamente estimulantes y vitales, grandes creadores y me siento orgulloso de ser su amigo por lo mucho que me han enseñado y hecho crecer, también en el aspecto literario.

Respecto a la tan traída y llevada rivalidad entre escritores, es evidente que existe y es patente en una ciudad como esta y en todas partes, supongo, pues no creo que Granada sea singular a ese respecto salvo en el sentido de que alberga a una inusual cantidad de escritores en relación a su población. Nunca la he experimentado con ellos, al menos de forma explícita y que yo sepa, de manera que haya interferido de algún modo en la fluidez de nuestras relaciones. Al contrario, siempre han sido generosos conmigo, se han brindado a todo y me han regalado valiosísimos consejos y correcciones que les agradezco de todo corazón, como ellos saben perfectamente. Eso viniendo de escritores de su indudable estatura, es un bendito contrapunto en la consabida rivalidad del mundo literario. Amigos somos y seremos, espero por muchos años.

Estimo que es perfectamente posible la amistad genuina entre todo tipo de artistas a pesar del ego que se les supone. Reside en el control de uno mismo domeñar y conducir por buen camino los escozores que, como humanos sometidos a pasiones, todos podemos experimentar ante el éxito y la brillantez de otros. 

Solo cierta humildad no impostada nos hará crecer hacia estadios más altos de la creación desde el trabajo, la dedicación y el aprendizaje permanentes y, por supuesto, desde la admiración a la obra que lo merezca. Siempre hay y habrá quien lo haga mejor que uno, siempre quien sea más brillante, más agudo, más hondo. Eso debe suponer un acicate y no un escollo encabalgado en la soberbia, la fatuidad y un egocentrismo vano que no aporta nada a nadie, comenzando por uno mismo. A veces también es cuestión de disciplina, no solo de lucidez.

J.G.: Háblanos sobre ‘Quebrada en el Gran Norte’ (Esdrújula, 2018). ¿Cuál es el germen de esa novela? ¿De qué manera se documenta uno para combinar los últimos autos de fe con lo sefardí y el western?

Ángel Fábregas: Mi segunda novela, ‘Quebrada en el Gran Norte’, ha sido sin género de dudas el mayor reto literario que he afrontado, por muchas razones; por su vasto asunto, más bien asuntos, su tono y mi continua pelea para dotarla de la imprescindible veracidad que requiere un lector avezado. No sé si lo logré, aunque en general me siento contento con el resultado, a excepción quizá de cierto exceso de información que podía haber recortado en parte en beneficio del ritmo de la historia.

El germen de esa novela tiene que ver con pulsiones infantiles. Para los niños de mi generación, la iconografía del Oeste americano fue uno de los ámbitos fundamentales de nuestros juegos. Ese espacio mental mítico que nos proporcionó el cine, fue siempre tan influyente y poderoso en mi imaginación que me llevó en mi vida adulta a interesarme antropológica e históricamente por esa región, y singularmente por la presencia española en ella, tan desconocida por casi todos nuestros compatriotas. Son conocidos los complejos históricos de los españoles, y es por ello que el legado, el peso histórico y la épica existencia de las esforzadas gentes hispanas  que colonizaron aquellas tierras mucho antes de la presencia anglosajona, son apreciados en Estados Unidos o México y casi completamente ignorados en España.

La documentación de este relato fue extraordinariamente ardua, pues manejé durante siete años todo tipo de material historiográfico en varias líneas, la presencia española en el norte del virreinato de Nueva España a finales del siglo XVIII hasta la independencia de México, otra referente al criptojudaísmo presente en aquellas tierras y la cultura sefardí en general, además de documentación específica sobre costumbrismo mexicano, geografía, antropología indígena, folclore, etc.  Así fui hilvanando poco a poco esa historia. También viajé a Nuevo México y no solo a documentarme. Lo hice sobre todo para tener contacto físico con el paisaje geográfico y humano, aspecto que creo imprescindible para dotar a una novela de un aroma genuino.

«Mi manera de escribir es muy cinematográfica»

F.J.: ‘Quebrada en el Gran Norte’ es una novela que recorre los inhóspitos paisajes de América del Norte, más allá de la última frontera del imperio español en su declive a finales del siglo XVIII y principios del XIX. El personaje principal, de origen sefardí y que nació en Granada, nos confiesa su vida en sus últimos días, en ese ambiente que nos lleva de forma irremediable a la iconografía del western. ¿Qué te inspiró para contarnos esta historia sobre un mundo crepuscular que dejaba paso a una nueva era? ¿Cómo influyen las imágenes del cine en la imaginación de los lectores de tu libro?

Ángel Fábregas: ‘Quebrada en el Gran Norte’ versa sobre diversas cuestiones que me interesaban. Además de acometer pasajes de nuestra Historia que tuvieron lugar en aquella remota frontera en un tiempo ya lejano, me interesó desde siempre el asunto del judaísmo oculto, su represión y las fascinantes maneras de supervivencia y disimulo de aquellas gentes, sus costumbres y la salvaguarda de su espiritualidad a lo largo de muchísimo tiempo. Por otro lado, me interesó asimismo reflexionar sobre el tránsito de la época de Las Luces hacia lo que luego se entendería como la mentalidad romántica, los nuevos valores del siglo XIX. Eso se refleja bien en personajes fundamentales de la novela, esa progresiva transformación de un tiempo en otro.

La iconografía del cine, su mitología, que es también espacio mental, allá donde se desarrolla el género ‘western’, es clave para entender esta novela. De hecho, toda ella está cruzada de referencias más o menos explícitas a clásicos del género que son mi particular homenaje a ese espacio de aventura que fundamos en la infancia. 

Por lo demás y para ser más exactos, con algo de ironía, por qué no, a mi relato habría que situarlo en un supuesto e inexistente género que podríamos calificar como ‘northern’, pues la colonización española en este espacio se produjo no de este a oeste sino de sur a norte. Sin embargo, nosotros nunca desarrollamos una épica parecida a la del ‘western’, un cantar de gesta en relación a personajes de la época que nada tienen que envidiar a los de la historia norteamericana anglosajona, personajes que participaron con el mismo peso en la génesis de aquel país como Juan Bautista de Anza o Pedro Bautista Pino, en España casi completos desconocidos. 

Yo obviamente no pretendo ensalzar ni recuperar patrioteramente la gloria del Imperio, pero sí situar en sus debidos términos la memoria y el legado de gentes que dejaron una impronta en esos amplísimos territorios, muy apreciada y reivindicada en aquella nación por mucha gente, a pesar del maniqueísmo actualmente imperante al respecto, más instalado en la ignorancia y la manipulación que en otra cosa.

En cuanto a tu otra parte de la pregunta,  ciertamente mi manera de escribir es muy cinematográfica. Creo permanentemente imágenes que conforman una secuencia que supongo estimulante para la imaginación del lector. Estoy seguro de que en el caso de Quebrada, pero no menos en el de Sulayr, que es también una novela con cierto sabor “western”, la iconografía cinematográfica de cada cual habrá puesto en juego sinergias y visiones insospechadas que pertenecen al dominio íntimo de la imaginación y que constituyen al fin, una de las vivencias fundamentales en las cuales consiste lo literario.

FJ: Álvaro Salvador escribe sobre tu magnífica novela ‘No digas que fue ayer’: «En el punto de transición entre ambas décadas (1960 y 70) sitúa Ángel Fábregas el inicio de esta novela, triste y maravillosa al mismo tiempo, que hará exclamar a más de uno y de una: «¡Así era yo!»». ¿Cómo consigues implicar emocionalmente al lector que vivió aquellos años? ¿Qué queda de aquella generación en el mundo de hoy?

Ángel Fábregas: En mi última novela creo que he conectado, efectivamente, con la emocionalidad de mucha gente que vivió aquella época y ciertos hechos narrados en el relato. Al margen de que la trama y los personajes sean fabulados casi en su totalidad, la historia está trufada de hechos, algunos muy dramáticos, que fueron completamente reales. Supongo que la conexión estriba en la cuidadosa descripción de determinados ambientes y atmósferas, en parte conducido por mi intuición y en parte por numerosos testimonios, fundamentalmente orales, que amablemente me brindaron personas que vivieron plenamente esa época en su juventud, muchos de ellos notables artistas e intelectuales de la ciudad hoy día. 

Es para mí una verdadera satisfacción que personas que experimentaron ese tiempo tan intensamente, cuando yo no tenía más de siete u ocho años, me reiteren una y otra vez su identificación con lo descrito, especialmente con la atmósfera y espíritu de aquel tiempo. He de decir que antes de publicarla me acometía a menudo un temor atroz al preguntarme qué pensarían ellos, qué pensarían de lo que yo contaba los que vivieron todo aquello.

En cuanto a si queda algo de aquella generación hoy día, quizá necesitáramos escribir un ensayo al respecto, porque son muchos los matices e implicaciones a calibrar, pero así, a bote pronto, se me ocurre que a la pregunta sobre si queda algo del idealismo o de la relativa ingenuidad de entonces, pues quizá haya que responder que no, que para nada, si entendemos el asunto como una sacudida generacional o algo por el estilo. De todas formas, siempre habrá idealistas entre los jóvenes y no tan jóvenes que conserven, siquiera en parte, el testigo de un tiempo que tampoco convendría idealizar de una manera desproporcionada. 

Por otra parte, el halo romántico de la lucha contra la dictadura y la pérdida de la inocencia que ello conllevó para mucha gente, unido a las maravillosas músicas de aquellos tiempos,  etcétera, conforman un imaginario en la memoria colectiva de varias generaciones que es difícil situar en un ámbito puramente objetivo desprovisto de aura.  

«Sin duda hay que arriesgar para crecer y procuro hacerlo»

J.G.: Esta es tu tercera novela. ¿Qué tiene en común con las anteriores —si lo tiene—? ¿Ha variado mucho en este tiempo tu forma de trabajar?

Ángel Fábregas: ‘No digas que fue ayer’ tiene más que ver con la primera, ‘Sulayr, dame cobijo’ que con la segunda, ‘Quebrada en el Gran Norte’.  Ambas se desarrollan en un ámbito físico y temporal más cercano, pero además, la manera de afrontar el relato, la forma de narrar es similar en general, aunque en la última me haya dado más libertad formal y creativa y me atreva a experimentar un poco. En mi primera novela son apreciables ciertas cuestiones de bisoñez narrativa que el oficio que se va adquiriendo corrige en buena medida en los textos posteriores. Esto se constata claramente en cuestiones como la fluidez en el empleo de las voces, la evitación de líneas muertas en la trama o la supresión de obviedades y digresiones superfluas. En definitiva, un intento de evitar la sobreescritura.

‘Quebrada en el Gran Norte’ es un texto muy complejo, alejado de los otros formalmente. Las voces de los personajes y el propio narrador se expresan a la manera del siglo XVIII.  Eso supone una reiteración de lecturas de textos de la época, un esfuerzo ímprobo de investigación y un reto permanente a la propia intuición lingüística. Pero, como he dicho, no estoy descontento con el resultado  considerando la ardua tarea. No es frecuente hoy día que la gente se meta en tales berenjenales.

En estos años, desde que escribo en serio, quizá hace unos quince años,  porque soy escritor tardío, no ha cambiado demasiado mi manera de trabajar. Podría decir que me documento minuciosamente, me gusta esa parte del trabajo, al contrario que a otros escritores. Por otra parte, los entresijos de la documentación en no pocas ocasiones me sugieren giros más o menos inesperados e incluso me proporcionan auténticas revelaciones. Por eso no soy partidario de una estructura cerrada desde el principio; eso sí ha ido cambiando en mi concepción. Tienes el principio de la historia, a veces tienes el final, tienes algunas ideas sobre lo que quieres contar, aunque el sentido último del relato y en no pocas ocasiones también su tono, te lo da el propio e inabarcable misterio de la escritura. La sustancia de un relato, opinión que comparto con otros muchos autores, no reside en una determinada trama, reside en las revelaciones del espíritu que acontecen escribiendo, y de eso se puede hablar poco, al menos yo, por tanto mejor callarse, como diría el filósofo.

En otra cuestión que he evolucionado es en la de darme una progresiva libertad, comenzando por la formal, desde el cierto y natural encorsetamiento del novato. Tal libertad supongo que se va ganando, se conquista poco a poco con la generación de la relativa confianza en lo que uno escribe. La gran confianza se identificaría con una audacia radical, pero quizá eso solo esté al alcance de unos pocos. Sin duda hay que arriesgar para crecer y procuro hacerlo. Otra cosa es que por cuestiones de carácter y de la inseguridad que tarde o temprano siempre te acomete, materialice finalmente cada uno de esos riesgos. 

Por otra parte, al contrario que la mayoría de los escritores, sigo siendo inconstante y anárquico a la hora de escribir. Ello es quizá manifestación de pertenecer a lo que mi amigo Jesús Ortega llamaría “escritores periféricos”, autores que se establecieron en la Literatura provenientes de vivencias y ambientes que, en principio, poco tienen que ver con ella. Ciertamente esos rasgos pueden sugerir una escasa concentración o falta de la introspección necesaria que se supone para elaborar un relato.  Sin embargo, es cierto que si bien a veces me cuesta trabajo concentrarme y arrancar,  en otras ocasiones, fundamentalmente en fases avanzadas de la creación, la historia me hace suyo y me embruja de tal manera que me resulta difícil salir de ella. Soy algo desequilibrado al respecto, lo reconozco.  

J.G.: Afirmas que la música es clave en tu formación sentimental. ¿Qué destacarías de la B.S.O. de tu vida? ¿Sonaba música mientras escribías esta novela?

Ángel Fábregas: La música popular contemporánea ha tenido una presencia constante en mi vida desde que tengo quince años, supongo que incluso antes de manera subliminal. También otras músicas como el flamenco me han influido mucho. Soy músico aficionado desde hace bastantes años. La música y determinadas actitudes e ideas innovadoras asociadas a la misma en su momento, tuvieron una extraordinaria influencia en el desarrollo de mi carácter y mi definición como persona adulta, al igual que ocurrió con millones de personas de varias generaciones cercanas a la mía. Me refiero fundamentalmente al cambio musical y de costumbres que tuvo lugar a lo largo de los años sesenta y setenta en Occidente, que intento plasmar en mi última novela “ No digas que fue ayer”, ese es sin duda uno de sus impulsos fundamentales.

En esa banda sonora, la influencia de The Beatles es crucial, y está muy presente en mi novela como telón de fondo; también la de toda la estela que ellos generaron y permanece hasta hoy mismo en innumerables bandas contemporáneas que practican y conservan muchos de aquellos fundamentos básicos que, aunque hoy nos parecen obvios, no existían antes de la aparición del Rock and Roll y todos los estilos derivados del mismo a partir de los años cincuenta. The Beatles son uno de los arquetipos de todos aquellos increíbles artistas. No por estar trillado el asunto o ser poco original, vamos a minimizar su importancia. La constitución de las gentes de nuestra generación y la de la inmediatamente anterior y posterior al menos, sencillamente no pueden ser entendidas sin la influencia de toda esa música. Posteriormente, en lo que a la nuestra se refiere, la “movida” de los ochenta tuvo similar o para muchos incluso superior importancia, fue nuestra particular década prodigiosa. 

Mientras escribía esa novela, tan relacionada con la música, por supuesto que esta sonaba en mi cabeza, no físicamente, pues me resulta difícil leer o escribir escuchando música. En realidad casi siempre lo hace, especialmente la de esa época clave.

J.G.: En tus tres libros, ¿cuánto hay del Ángel Fábregas historiador y cuánto del lector? ¿Y cómo te influyen otras disciplinas —la música, el arte, incluso el Derecho— a la hora de abordar tus libros?

Ángel Fábregas: A mí en la literatura, como en la vida, me influye absolutamente todo.  En mi búsqueda del conocimiento no excluyo nada aunque, obviamente, uno solo puede abarcar una parte pequeña de la cultura humana y tener una determinada capacidad de comprensión de materias. Nunca me ha afectado nada la caduca división de “ciencias y letras”, aun siendo mi formación esencialmente humanística. Es en la constatación de lo complementario de cada área del conocimiento donde podemos asentar una perspectiva para entender mejor el mundo, de ahí que la excesiva especialización a la que asistimos hoy día por intereses del mercado, sea una penosa y empobrecedora rémora en el desarrollo integral de la persona en su intento de comprensión de lo que le rodea.

La Historia me ha interesado siempre particularmente, pero también la Filosofía, la Antropología, el Arte o la Física de partículas, por decir algo y hasta donde llego, obviamente. Mi próximo proyecto de novela contendrá tangencialmente una reflexión moral sobre la práctica del Derecho, ya que me preguntas sobre esta materia. 

En cuanto a mis lecturas, que abarcan muchos intereses, curiosamente siempre han ido más enfocadas al ensayo que a la ficción. Me interesa, no obstante, la ficción que no se reduce a mera sucesión de hechos más o menos sorprendentes y entretenidos. Si esta no implica una meditación sobre la realidad, una búsqueda del conocimiento y especialmente del autoconocimiento, me interesa bastante menos, por no decir nada en absoluto. Por otra parte, me considero buen lector, pero no un lector estajanovista sometido a un plan quinquenal. Siempre ando en tres o cuatro libros a la vez, con diferente ritmo de lectura en dependencia del interés que despierten en mí, aunque suelo acabarlos todos. Desde luego tengo carencias en materia de clásicos y contemporáneos. No se puede estar en todas partes, hay demasiado que leer y que hacer también en otros ámbitos de la vida. Pero está claro que sin leer bastante no se puede pretender ser escritor, eso es evidente. Una cuestión importante es exprimir bien lo que uno lee cuando realmente merece la pena. De hecho soy un frecuente relector, procuro leer cualitativamente por así decirlo. Supongo que mucha gente pretende lo mismo.

«La poesía es el género más difícil para el que solo unos pocos están dotados en plenitud»

J.G.: La poesía también tiene cierto protagonismo en ‘No digas que no fue ayer’, con claras referencias como ‘Poesía’70’ de Juan de Loxa, o el fallecimiento de Pablo del Águila. ¿Cuál es el papel de la poesía en tu vida? ¿Veremos publicado un poemario de Ángel Fábregas?

Ángel Fábregas: No sé si abundar en lo que viene siendo lugar común entre tantos escritores, con aquello de” yo lo que quería es ser poeta”, pero algo de eso hay. Estimo que la poesía es el género más difícil para el que solo unos pocos están dotados en plenitud. No todo el que dice ser poeta lo es, obviamente. Quizá la confusión estribe para algunos en que por escribir unas cuartillas con cualquier cosa bonita que suene bien, ya se consideran en posesión del don lírico en su hondura radical. Quizá haya menos gente que se autoproclame novelista por la sencilla razón de que para ello suele ser necesario escribir doscientos folios por libro en lugar de unas pocas cuartillas. Evidentemente tampoco todo el que dice ser narrador tiene que serlo necesariamente. 

Al margen de estas cuestiones, desde luego me considero amante de la poesía y creo poseer un cierto talante y espíritu líricos que se revela inevitablemente en mis libros, y por supuesto, escribo de vez en cuando poemas de autoconsumo. Nunca se sabe, pero mi respeto por los poetas a los que admiro y mi propio pudor, me mantienen reacio a la publicación en ese ámbito.

J.G.: ‘No digas que fue ayer’ está ambientada en un momento crítico de nuestra historia. Salvando las distancias, ahora vivimos otro. ¿Han sido estos meses productivos en lo literario para Ángel Fábregas? ¿Dan para una novela?

Ángel Fábregas: La época actual y las circunstancias vividas dan para escribir ríos de tinta. Desde mi punto de vista, hablo ahora como novelista, estimo que para generar un relato con una conveniente decantación reflexiva, para escribir una novela sobre estos tiempos, tiene precisamente que pasar tiempo. Es con perspectiva, alejados del fragor de la actualidad, desde donde podemos afrontar el tiempo pasado y su memoria  para extraer algunas conclusiones más o menos acertadas y más o menos valiosas para nuestro presente. Eso también es un intento de mi última novela respecto a la época de los años sesenta. Es difícil, como suele decirse, juzgar los hechos contemporáneos desde su propia contemporaneidad. Sería conveniente hacer primero una pausada digestión de la infinidad de factores que se combinan en el crisol. Posiblemente entenderemos mejor qué ha pasado ahora y cómo ha pasado en unos años. Habrá menos ruido, más información contrastada, de carácter historiográfico y científico en general. En definitiva una reflexión plausible al respecto.

Durante este tiempo he escrito, pero nada relacionado con la epidemia, el jaleo de las redes y la desinformación rampante, el populismo de todo pelaje que nos cerca u otros asuntos más o menos relacionados. Aunque desde luego, como tanta gente alrededor, estoy estupefacto y entristecido a partes iguales por muchos aspectos del tiempo que nos ha tocado vivir.

J.G.: Cuéntanos cosas de La Empírica. ¿De dónde viene y hacia dónde va?

Ángel Fábregas: La Empírica es una asociación cultural no lucrativa constituida en Granada en 2016 por un grupo de personas vinculadas al arte y la cultura en la ciudad que actualmente me honro en presidir. 

Nuestra asociación ha pretendido y sigue pretendiendo, a pesar de los escollos y adversidades, primero económicos y ahora pandémicos, agitar el estrato cultural y artístico de la ciudad desde un enfoque fundamentalmente contemporáneo, aun sin excluir incursiones puntuales en cualquier asunto que nos interese relacionado con cualquier parcela del conocimiento. Desde una óptica multidisciplinar, aunque la base de nuestra actividad sean las exposiciones de creadores artísticos contemporáneos, pretendemos, los seis socios que actualmente la componemos y nuestros muchos socio amigos colaboradores, visibilizar para todo aquel interesado las tendencias estéticas emergentes y cualquier manifestación cultural que creamos merezca ser promocionada desde nuestro espacio.

Pretendemos también ser foro de debate  y contrastación de ideas en el mundo de la creación. La nuestra es una forma de compromiso completamente desinteresada que nos satisface enormemente y cuya presencia en Granada ha fraguado ya definitivamente. Todavía no ha concluido esta extraña temporada, con sus altibajos por confinamientos. Animo a todo aquel que se sienta interesado a visitarnos en nuestras exposiciones y actividades que permanecerán programándose hasta la primera semana de julio. La temporada que viene espero que estemos ya a toda máquina y nuestro programa, aún en confección, seguro proporcionará  grandes momentos a la actividad cultural de la ciudad.

J.G.: Llegamos al final de esta entre2vista y siempre finalizamos con el “Momento Carta Blanca”, pidiendo a nuestros invitados que cierren como les apetezca. Es tu turno…

Ángel Fábregas: Aparte de vuestras preguntas, quizá únicamente me resta añadir que actualmente ando en dos proyectos, uno casi concluido y en corrección: se trata de una colección de relatos cortos estructurados de manera orgánica o conceptual en torno a un  valle rural vinculado a mi vida de manera fundamental, lejos del costumbrismo y cercano a los dominios de lo fantástico y la reflexión sobre el tiempo. Y otro proyecto gira en torno a una novela que transcurre en los años del pelotazo, la década prodigiosa del crecimiento urbanístico, con insospechadas implicaciones en otros territorios como la falsificación de arte.

Agradeceros por último y enormemente vuestra generosa disposición, dedicación y tiempo, que estimo en lo que vale. Un muy fuerte abrazo y gracias por todo, Javier, Fernando.


Relato inédito de Ángel Fábregas

CARRETERA

Puede oírse el ritmo de los cascos de los caballos, el crepitar de las  ruedas en la grava. Desde el alto de la cebada se ve el mar y la sierra, entornar los ojos hacia el norte o el sur, mirar las entrañas del horizonte. Quién bajará hoy hacia la costa, quien subirá hasta la ciudad. Los viajeros pasan y retornan,  como un carrusel que no se detuviera nunca, por los siglos de los siglos. Un día de viaje hasta el mar, otro hasta Granada, eso se tardaba en tiempos. Los tejados de la venta saben de los días, del retorno de las estaciones, todas las jornadas se parecen y son diferentes, como las gotas de lluvia. 

Escucharlo todo, verlo todo. Entrar y salir de las alcobas, ver y oír tanto que daría para escribir una biblioteca. Vislumbrar el mar del  tiempo, cada una de sus olas, como los granos de arena de una playa, pequeños universos. 

Mucha gente vivió y murió en el alto de la cebada. Los muertos hacen su vida como si nada, como si la cosa no fuera con ellos. Entrar y Salir como la brisa vespertina, subir y bajar como el agua de la fuente del jardín cubierto de maleza hace tanto. A veces los espíritus se remansan en la antigua alberca, como un escalofrío al sol, como los insectos en el agua.

En la mejor época de la carretera nadie se aburría un instante. Buenas noches nos de Dios, el cochero helado, los señores se apean prestos, huelen el fuego reparador. La mejor estancia, si está libre, para los señores. Gente de alcurnia que va a la costa, se matan pollos para la cena, aunque no es lo habitual. Gachas, sopa y migas para los arrieros. Los señores beberán vino en torno al fuego en la noche de noviembre. En el descubierto andan las ánimas en procesión entre los álamos y las ruinas de los antiguos cortijos, eso cuentan las gentes temerosas mirando a la lumbre. Qué sabrán ellos, las ánimas van a lo suyo, nada de procesiones. 

Se  achispará más de uno con el vino y alguien echará unos cantes para los señores. A los muertos, como se podría sospechar, no les agrada el jaleo. Les gusta el leído y el recitado,  las aventuras del ingenioso hidalgo, el teatro de Lope,  San Juan de la Cruz les apasiona. Los espíritus se quedan alelados cuando alguien recita a San Juan de la Cruz. Les gustan las palabras vetustas, como no podía ser de otro modo.

Las cosas ya no son como eran en tiempos. Poca gente por el alto de la cebada desde que la carretera de la costa se trasladó enfrente. Pasa algún ganado, unos cuantos pastores, un coche de vez en cuando, y un panadero que baja a los pueblos del valle, ese no falla nunca. Da tranquilidad  verlo pasar, tiene algo de reloj de cuco el motor de su furgoneta, por poco que se parezca un motor de furgoneta a un reloj de cuco, su rutina solaza la inquietud. La inquietud que puede embargar a un muerto. 

El alto de la cebada no tiene ya nada que ver con aquel gentío de antaño, los carruajes, las galeras, las diligencias, las reatas, los jugadores de monte, las fulanas, los vinateros, los boticarios,  los guarnicioneros,  los segadores de esparto, las aceituneras,  la gente de la zafra, y muy antaño los comerciantes de seda, y naranjas y trigos y cebadas y minerales y pescado, mucho pescado. Daba gloria ver las sardinas en los serones,  la prisa de los arrieros, siempre deprisa los arrieros, no se echara a perder el género. Todo eso se acabó mucho antes de la guerra, de otra guerra. Después de aquel ruido de la guerra llegó el silencio a los caminos, como pasa después de todas las guerras, y a este más que a ninguno. 

Alguien se detiene de vez en cuando delante de la casa en ruinas a echar un vistazo. El torreón llama la atención a todo el mundo. La gente imagina historias truculentas, algunos se atreven a asomar la nariz aunque rápidamente salen corriendo, en cuanto oyen cualquier ruido, el crujir de las vigas, el viento en las ventanas. Hay quien se queda por la noche, los más atrevidos. Los muertos los husmean un poco, sin gran interés. Una multitud de ojos invisibles los sigue en sus torpes evoluciones entre los suelos levantados y las maderas apolilladas. Hoy en día los jóvenes son bastante aburridos. Ojean esos aparatos iluminados, aunque lo normal es que se emborrachen sin más con unos litros de cerveza  parloteando  en un lenguaje francamente soez. Nada que ver con Calderón ni con San Juan de la Cruz. Algunos se ponen realmente pesados y deciden quedarse dos noches, a ver a santo de qué, aunque hay que reconocer que las vistas son maravillosas. Una vez un grupito decidió pernoctar una semana y la situación se tornó intolerable. Noches enteras farfullando, riendo y fornicando sin el menor recato. En tiempos, cuando la venta era espléndida, las noches de amor en las alcobas se solapaban con el rumor del agua de la fuente, de las ranas de la alberca, la gente hacía sus cosas sin alboroto, con todo decoro y comedimiento.

No hace mucho que una tarde de otoño una caravana aparcó en la era limítrofe, un magnífico lugar para la contemplación. Al principio nadie mostró interés por aquel tipo maduro y solitario. Al fin y al cabo había aposentado su hogar rodante a una distancia prudencial y era lo más discreto que había pasado por allí en mucho tiempo, aunque el tiempo para los muertos es una cosa diferente, como una tarde de sábado que se alargara más de la cuenta y retornara una vez y otra. 

Su discreción ausente picó la curiosidad incluso de los huraños, de esos que gustan pasarse la vida, o más bien la muerte, mirándose al espejo de la alberca sin encontrarse nunca. La segunda tarde de su estancia se fue congregando a su alrededor una pequeña muchedumbre. 

Antes de cenar frente al mar ceniciento, el hombre encendió una vela y se puso a escribir una carta. Conforme caían las sombras, la mínima luz parecía alumbrar el mundo. El aura del hombre encajaba tan bien en el paisaje que se diría estaba posando para un pintor que comenzase a esbozar un cuadro. La parroquia andaba en ascuas como en la platea de un teatro. Alguno que sabía leer se acercó un poco más.   

La pluma parecía rasgar el papel, herirlo con saña. Demasiado oneroso el peso del mundo, el sinsentido de las cosas.

¿Qué significa oneroso? Todos permanecían en vilo. Preguntadle al bachiller Arellano, a ver si por una vez dice algo útil. Arellano se pasa las noches recitando en latín a quien quiere escucharlo y a quien no. Lo que más le gusta son los aforismos jurídicos, no en vano trabajó en una notaría hasta que feneció de apoplejía camino de Motril en 1836.

Ante su profunda melancolía todos supusieron que el  hombre engrosaría en breve la hueste de los finados del lugar. Quizá algunos agradecieran la novedad.

La emoción iluminaba al escribidor como un fanal, las palabras en las sombras, pequeños  luceros. Algunos querrían llorar, el llanto seco de los muertos cuando se presiente la luna. Las lágrimas del tiempo, el remolino cósmico de la voluntad que pervive como una luciérnaga que lo incendiara  todo. El pintor imaginario traza sus líneas en la noche espejo. 

A los muertos les gusta la literatura. Recuerdan cuando hace mucho se leía en voz alta a Espronceda y a Bécquer. La escritura los conmueve, la hermosura de las palabras, su solemnidad desconocida. El hombre garabatea a la luz de la vela en tanto asciende la luna en el cielo y se platea el mar con franqueza.

Termina y piensa un poco en el lugar, en cómo habría sido décadas atrás. Ese pensamiento entibia su desazón. Ya se fueron todos, lo dejaron solo y apaga la vela. Dormirá sin inquietud, como si remara sereno en la oscuridad hasta la otra orilla.     

Cuando raya el alba, los pájaros y el frío lo despiertan en la hamaca. Se levanta y se despereza, ojea los cuatro puntos cardinales como si estuviera en un cruce de caminos y recoge sus cosas. Mira con largueza a la torre, como si buscará algo dentro de su cuadratura. Después coge la carta, la rasga cuidadosamente, hace un montoncito con los papeles encima de una losa de piedra y lo prende con una cerilla. Los papelitos con las palabras rotas ascienden  en minúsculas espirales de ceniza. 

Un instante después  arranca el motor y desaparece en la carretera. 

En el alto pasan otras nubes y una ráfaga de aire riza el agua de la alberca. 

    

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Javier Gilabert / Fernando Jaén
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