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Braulio Ortiz Poole: «La cultura no es simplemente ocio y evasión, es una manifestación espiritual que nos completa y nos define»

Braulio Ortiz Poole. Foto de Belen Vargas
Braulio Ortiz Poole. Foto de Belen Vargas

Braulio Ortiz Poole: «La cultura no es simplemente ocio y evasión, es una manifestación espiritual que nos completa y nos define»

Braulio Ortiz Poole (Sevilla, 1974) estudió Periodismo y trabaja en la sección de Cultura del Diario de Sevilla. Ha publicado las novelas Francis Bacon se hace un río salvaje –con la que obtuvo el Premio Andalucía Joven de Narrativa– y La fórmula Miralbes, el libro de relatos Biografías bastardas y los poemarios Defensa del pirómano, Hombre sin descendencia y Cuarentena. En 2020 salió su nuevo libro de poesía, Gente que busca su bandera.

De su obra han dicho: “En la selva de publicaciones poéticas que hay en España, varios miles de libros al año, es muy difícil encontrar algo que no sea un mero eco. Sin embargo, en Braulio Ortiz Poole se distingue perfectamente una voz” (Luis Alberto de Cuenca, Onda Madrid); “(…) atestigua un registro que en España parecía casi imposible, la reconciliación de la imaginación con el latido íntimo, la sinceridad no enfrentada con la metáfora, con la búsqueda, con el inconformismo” (Lucas Martín, La Opinión de Málaga); “Hay una calidez de afectos en la poesía de Ortiz Poole que te gana casi desde el primer verso” (Coradino Vega, Estado Crítico).

Javier Gilabert: Las banderas están últimamente en boca de todos. ‘Gente que busca su bandera’ no podía haber llegado en un momento más oportuno. Háblanos de ellas. ¿Qué te impulsó a construir un poemario en torno a este símbolo? ¿Cuáles son las banderas de Braulio Ortiz Poole?

Braulio Ortiz Poole: Necesitaba un símbolo que respondiera a la peripecia de unos personajes que se preguntan por su identidad, por su lugar en el mundo, que se rebelan contra la posición en que les han colocado y reclaman algo tan básico como su libertad, sus derechos, poder vivir su vida. Yo llevaba mucho tiempo –los tres poemarios anteriores, para ser más precisos– hablando de mí y necesitaba cambiar el enfoque, y vi en esa galería de historias reales, de personas que podríamos llamar disidentes o que simplemente se han movido en los márgenes, la inspiración. Durante el proceso de creación uno no es consciente de todos los matices de su obra, uno anda tan abstraído en su propia visión del texto que no comprende el alcance de lo que está contando, incluso se le pueden escapar las nociones más básicas, y mientras escribía contemplaba ese término de bandera más desde lo literario, como metáfora, por eso de alguien que busca su sitio, que se cuestiona quién es; pretendía eso antes que resaltar el componente político del libro. Yo quería, básicamente, hablar de esos hombres y mujeres heridos, rotos, esa gente que hizo su camino en solitario, y formar una especie de comunidad con ellos en estas páginas, lo que al final, ciertamente, es un empeño político. No sospechaba, soy un escritor lento que se toma tres o cuatro años en armar un libro, que estos hombres y mujeres que no encajan en las consignas serían terriblemente oportunos en el ambiente de dogmas cruzados que vivimos hoy. ¿Qué cuáles son mis banderas? A mí me salvaron, cuando era un adolescente perdido, el cine, el teatro, la lectura, el arte, por eso este libro está lleno de actores, poetas o artistas –las actrices Frances Farmer y Marilyn Monroe, la bailarina Mary Wigman, el pintor Thomas Eakins o Vicente Aleixandre–, porque ellos son de alguna manera mis héroes. Y no querría que se viese este libro como una propuesta cultista: todos los personajes se mueven, en estos versos, en el lado de la vida. Otra de mis banderas sería la gente: tengo amigos que se ríen de mí porque, pese a todo, no sé por qué, sigo creyendo en la humanidad, me fascina lo humano. Ese interés, esa curiosidad en los otros, es como una mancha que perdura por mucho que intente difuminarla.

Fernando Jaén: ‘Gente que busca su bandera’ es un libro valiente, que indaga en ejemplos como el de Leonard Matlovich, militar condecorado expulsado del ejército estadounidense cuando reconoció su homosexualidad (“Me dieron medallas por matar a hombres y me expulsaron cuando amé a uno”), la pionera feminista Emily Wilding Davison o Norma Jeane Mortenson, para mostrar la escisión de algunos comportamientos con la norma establecida para abrir camino a nuevas generaciones. ¿Es necesario que la poesía, o los poetas, se impliquen más en cuestiones políticas y sociales? ¿Han perdido los libros de poesía el eco rebelde que tuvieron en nuestro país en otras épocas?

Braulio Ortiz Poole: Yo debo confesar que, cuando empezaba, tenía la impresión de que había que ser muy bueno para saber filtrar un mensaje sin que el poema cayera en la obviedad, en lo panfletario, y creía que evitaba la política en mis versos. Pero me equivocaba: cuando retrataba a ese pirómano que volcaba su rencor y su rabia a una sociedad que no lo había entendido, cuando elegía a Jean Genet y a Francis Bacon, que aparecían en los poemas, como referentes, ya me estaba posicionando, aunque yo no lo tuviera entonces muy claro. Respondiendo a la pregunta, no sé si es necesario que los poetas se impliquen en cuestiones sociales –hay poetas que tienen un universo plástico de tal calibre o una capacidad para retratar la intimidad que se bastan con eso–, pero en mi caso sí ha ido ganando terreno una mirada al entorno que me rodea. No creo que la poesía española haya perdido el eco rebelde: ahora hay libros que pueden entenderse como políticos y que son buenísimos. Pienso en Bajo la luz, el cepo, de Olalla Castro; en Las niñas siempre dicen la verdad, de Rosa Berbel; en Seno, de Juan José Ruiz Bellido; en Hágase mi voluntad de Ángelo Néstore o El bello mundo de Fran Navarro Prieto. Son sólo algunos ejemplos de poemarios que responden con inteligencia y sensibilidad al mundo que habitamos. 

«Durante el proceso de creación uno no es consciente de todos los matices de su obra»

J.G.: El libro abre con un delicadísimo prólogo de Alejandro Simón Partal, con el que además compartiste presentación virtual el pasado julio. ¿Cómo surge esa sinergia entre ambos? ¿Qué sentiste al leerte en sus ojos?

Braulio Ortiz Poole: Recuerdo la noche en que Alejandro me envió el prólogo: yo estaba en un concierto en una sala de un polígono, y me salí porque me moría de ganas de leer ese texto. Tendríais que verme, paseando entre naves industriales y llorando de emoción, porque Alejandro decidió, de manera muy inteligente, apostar por el sentimiento, por la calidez, en su introducción. Es una de las personas que más ha leído mi obra, podría haber hecho un análisis tan certero como frío, pero prefirió retratarme, hablar del tipo que baila torpemente, que ama el cine y que cree, eso que dice me encantó, que toda persona es sagrada. Y eso me entusiasmó porque yo busco, ante todo, que la poesía sea una experiencia humana, próxima, el territorio de los desastrados y los confundidos; que no esté cubierta de esa pátina de solemnidad algo ridícula que se le pone a veces. Con Alejandro, al que admiro y quiero desde hace casi una década, me une un sentimiento de hermandad: no hace falta que nos veamos mucho o poco, el vínculo entre nosotros siempre será fuerte.

F.J.: En tu primera obra, ‘Francis Bacon se hace un río salvaje’, reconoces la influencia del escritor portugués (y psiquiatra), también admirado por mí, Antonio Lobo Antunes. ¿Qué otros referentes te apoyan en tu creación literaria? ¿Hasta qué punto la influencia de otros autores puede marcar la obra de alguien?

Braulio Ortiz Poole: Me encantan los autores como Lobo Antunes, esas voces que tienen un estilo poderoso, una música que te arrastra y que poseen maestros como Thomas Bernhard o Faulkner. Hace poco leí ¡Absalon, Absalon!, que lo tenía aun pendiente pese a que yo, como decían en Amanece que no es poco, soy muy de Faulkner, y, Dios, qué maravilla. Pero precisamente porque reverencio a esos escritores sé que no voy a estar a la altura y ya no pretendo emularlos: lo hice en mi primera novela, ese pecado de juventud, y ahí quedó. En mi poesía tengo en un altar a Luis Cernuda, a Gil de Biedma, a Rosales, pero con ellos me ocurre lo mismo: llega un momento en que se convierten en referentes morales, en ejemplos de cómo llevar una carrera, pero sabes que no debes seguir bajo su sombra. Yo no sé hasta qué punto la influencia de algún poeta en particular me ha marcado por un motivo, porque soy muy inconstante y muy infiel como lector, abandono por otros incluso a los autores que más me gustan, y voy tomando ideas de aquí y de allá, de una manera inconsciente. ¡Puede haber ecos de tanta gente en mis páginas! Una vez le tuve que pedir disculpas a Felipe Benítez Reyes, cuya poesía me gusta mucho y al que copié sin saberlo, lo prometo: un amigo, Alejandro Luque, me hizo ver que había escrito unos versos muy parecidos a los suyos con los mismos conceptos, creo que eran supervivencia y dignidad. Toda obra tal vez sea una criatura parecida a la de Frankenstein, compuesta de retazos, aunque uno, claro, también trabaje para que tenga una apariencia uniforme y una coherencia.    

J.G.: Con ‘Francis Bacon se hace un rio salvaje’ te alzaste con el Premio Andalucía Joven de Narrativa, y también cuentas en tu haber con la novela ‘La fórmula Miralbes’ y el libro de relatos ‘Biografías bastardas’. Transitas, pues, entre la narrativa y la lírica. ¿Cuándo y cómo se gesta esa voz que encontramos en tu poemario y de que ya destacara Luis Alberto de Cuenca como una voz propia? ¿Qué te resulta más difícil de escribir, la prosa o la poesía?

Braulio Ortiz Poole: En este tránsito de un género a otro me ha pasado algo curioso. Yo empecé en la narrativa y no contemplaba escribir poesía: le tenía mucho respeto al género, sentía que si un día me armaba de valor sería como si entrara en un templo y lo profanara, y hasta los 33 años, de hecho, no publiqué mi primer poemario, Defensa del pirómano. Ahora me siento más cómodo en esa faceta, me acepto, me considero un poeta mediano pero me reconozco y me entiendo cuando me leo. Al final he encontrado en la poesía un ámbito privado donde puedo explorar mis demonios, explicarme el mundo, y digamos que, con todas mis limitaciones, me gusto más como poeta que como narrador. Pero también necesito la narrativa. En la poesía tengo cierta tendencia a la intensidad, y la prosa se ha convertido en el espacio en el que juego, donde doy rienda suelta al humor que echo en falta en mi poesía. El año pasado ajusté cuentas con mi infancia en un relato, El hijo de Peter Sellers, que publiqué en el periódico, y ahora estoy divirtiéndome con la escritura de una novela que no tiene nada que ver con mis poemarios, pero sí con el tono de aquel texto.

«Me salvaron, cuando era un adolescente perdido, el cine, el teatro, la lectura, el arte»

J.G.: En poemarios anteriores –pongamos por caso ‘Hombre sin descendencia’ o ‘Cuarentena’, la experiencia personal, la autorreferencia y la reflexión moral tienen un peso específico. ¿A qué se debe el cambio de registro que se aprecia en ‘Gente que busca su bandera’? ¿Hacia dónde va tu poesía?

Braulio Ortiz Poole: Ha sido una transición natural, un cambio que no vino de forma premeditada. Yo llevaba tres libros inspirándome en mis propias vivencias, aunque todo poeta se escude al fin y al cabo en un personaje, y en esas obras viajé de la rabia de la adolescencia de los principios –una adolescencia tardía o recordada, porque, como dije antes, tenía ya los 30 cuando escribí ese libro–, de ese pirómano que quería destruir el mundo y que era una metáfora del paria, a esa edad madura –¡suena terrible eso de madura!– en la que aceptas el mundo, ese estado ya cercano a la acción de gracias de Cuarentena. En medio, en Hombre sin descendencia, había abordado la muerte de mi padre y la falta de hijos. Llegó un momento en que ese material biográfico se agotó. ¿Qué más me quedaba por contar de mí mismo? Gente que busca su bandera nació del afán por hablar de los otros: hablar de los hermanos, de las hermanas, y encontrar un sentimiento de pertenencia; preguntarte de dónde vienes y trazar un linaje. También quería dar las gracias: muchos de los derechos que hoy tenemos se deben a la lucha de hombres y mujeres que nos precedieron. Ocurrió algo muy bello mientras escribía este libro: comprendí que tú también estás en los otros, que las vivencias de estos personajes me concernían. Que este libro, al final, sin el exhibicionismo de los anteriores, también me explicaba. ¿Hacia dónde irá mi poesía? Supongo que seguirá ahondando en lo colectivo, pero tras Gente… me he dado un tiempo de barbecho.

F.J.: Tu poemario ‘Cuarentena’ habla de la  vida de una forma honesta y parece que presagiaba de algún modo la época que vivimos. ¿Cómo influirá en la creación literaria esta pandemia? En tu opinión ¿cómo están actuando los medios de comunicación en ella? ¿Es ésta una oportunidad para reivindicar un periodismo veraz?

Braulio Ortiz Poole: Aquí voy a morder la mano que me da de comer: mientras la gente buscaba informarse, y los medios han sido fundamentales para ello, yo sentía que necesitaba refugiarme en la ficción, en la lectura y en el cine, para sobrevivir a una realidad que me desbordaba y deprimía. Vi muchas comedias clásicas para recordar que el mundo puede ser un sitio amable, y leí mucha poesía para que no se perdiera la belleza. 

«Siempre me desconcertó que en muchas películas y libros la mujer fuera un mero complemento al protagonista masculino»

F.J.: Raymond Carver, al final de su vida, copiaba fragmentos de obras de Chéjov como si fueran suyas, pensando que escritas por su mano y en su tiempo cobraban un significado distinto. Sin embargo, la diferencia entre la influencia y el plagio no siempre es muy clara. En tu atrevido libro ‘La fórmula Miralbes’, nos expones los entresijos del mundo editorial y ahondas en el tema del plagio utilizando un estilo muy periodístico. ¿Por qué decidiste abordar un tema tan silenciado en algunas ocasiones?

Braulio Ortiz Poole: Quería preguntarme por la responsabilidad colectiva ante la corrupción, sobre esa permisividad que se respiraba –y aún se respira– en el ambiente. Me interesaba hablar de las pequeñas traiciones, de cómo cada uno, de un modo u otro, contribuimos a que este país sea lo que es. Usé el mundo editorial porque es el que conozco, pero realmente fue pensar en su protagonista, Silvia Miralbes, preguntarme qué sentía, lo que me llevó a escribir ese libro. Una autora de bestsellers que empezó con otras ambiciones y se perdió en busca del cariño del público, esa mujer, ¿era consciente de que había sido desleal a sí misma? La novela podía entenderse como una denuncia, pero conté esa historia como si se tratara de un documental, con muchos testimonios y muchas preguntas, porque ¿qué sabemos, en realidad, de lo que pasa por la cabeza de los otros? 

F.J.: En tu obra se puede apreciar la influencia de muchos personajes femeninos, mujeres tratadas de una forma muy honesta por tu parte y enfrentadas a la realidad más cruda a veces. ¿Te sientes cómodo al crear estos personajes femeninos? ¿Te basas en modelos cercanos para crear la psicología de un personaje?

Braulio Ortiz Poole: Por suerte la situación está cambiando, pero siempre me desconcertó que en muchas películas y libros la mujer fuera un mero complemento al protagonista masculino, alguien que está ahí casi como una pausa en la peripecia que éste vive. No han sido pocas veces las que he salido del cine molesto porque alguna actriz a la que admiraba había quedado arrinconada a un papel sin sustancia. Me preguntaba por qué esas mujeres interesantes y complejas que te encuentras en la vida no estaban en el retrato del mundo que se hacía en la ficción. Supongo que de ahí me viene mi preocupación por trabajar personajes femeninos con sus inquietudes, sus desafíos. No me baso en modelos cercanos, todo lo contrario: elijo antes a personajes con los que a priori no debería tener mucha conexión, que no estarían en la realidad en mi círculo más íntimo, y los acabo llevando a mi terreno, quizás porque, para mí, la escritura es una aproximación al otro, un aprendizaje.

«Es difícil ser optimista ante una situación tan devastadora como esta»

J.G.: Como periodista de Cultura del Diario de Sevilla y redactor de contenidos culturales del Grupo Joly, eres testigo de excepción de lo mucho que la pandemia ha afectado al ámbito cultural andaluz y español. ¿Qué consecuencias prevés que tendrá a la larga esta terrible circunstancia? ¿Hay esperanza para el sector?

Braulio Ortiz Poole: Es difícil ser optimista ante una situación tan devastadora como ésta. Tengo amigos actores, editores, libreros, galeristas… Profesionales estupendos a los que esta pandemia les ha traído la ruina, y lo peor es que si miras al futuro sigue sin verse un horizonte claro. La cancelación de la Feria del Libro de Madrid, por ejemplo, una decisión lógica en este panorama de rebrotes, no augura nada bueno, lleva a vislumbrar que este otoño tampoco se podrán materializar muchos proyectos que se frustraron en primavera. Es muy doloroso. Al mismo tiempo emociona asistir en estos días a un concierto o a una obra de teatro, en espacios al aire libre, o también al cine, al que puedes ir tranquilo porque se mantiene la distancia de seguridad: notas que la gente deseaba reencontrarse con eso, que la cultura no es simplemente ocio y evasión, que es una manifestación espiritual que nos completa y nos define, y que sin ella estamos un poco huérfanos. 

J.G.: Pues llega el “momento Carta Blanca”, que es cuando te pedimos que cierres esta entrevista como te venga en gana…

Braulio Ortiz Poole: Me gustaría terminar con esperanza, con el emocionante final de La casa encendida, esa escena en que Luis Rosales llega a su calle, mira arriba y ve “iluminadas, obradoras, radiantes” todas las ventanas de su domicilio, y sentimos que ese alumbramiento también está en su interior, también prende su espíritu. Que, pese a todo, podamos seguir viendo la luz, que la casa esté encendida.

Poemas de Braulio Ortiz Poole

GENTE QUE BUSCA SU BANDERA

Los que dudan, los que huyen,
los amantes furtivos,
los que dejan atrás alguna idea,

los disidentes,
los hombres calumniados,
los que escuchan la voz de su conciencia,
los individuos marcados por su raza,

quienes desafían el orden de algún modo,

los que cruzan una línea incómoda,
los serenos en el campo de batalla,
los templados que no avivan las hogueras,

los que no son de aquí,
los extranjeros, también los desterrados,

los cobardes, los místicos,
los ateos, los que habitan los márgenes,
las mujeres que derriban una cerca,

los hombres demasiado humanos,
los frágiles, los locos,

los nombres vinculados a un escándalo,
los muchachos tomados por la fiebre,
los viejos que aún defienden la palabra,

los apátridas, 
aquellos que buscan su bandera,
los que abren un camino diferente.

Escribe sus historias,
di sus nombres.
Aunque los señalen,
también ellos 
están haciendo patria.

NOBLEZA BLANCA 

Víktor Korchnói (Leningrado, URSS, 1931-Wohlen, Suiza, 2016)

Con edad de ser ciervo,
fuiste entrando en la vida 
con modos de pantera.

El invierno y su cruda ceremonia
sirvieron de tablero.
Atrás quedaban la seda y su promesa
(porque la nueva Rusia desprecia tu linaje). 
Te esperaba el espanto, 
como a un dios codiciado por las algas.

¿Se entiende la inocencia con lo fúnebre?
¿Tuviste acaso nostalgia de los lirios?

Contigo aún niño, el destino labró 
una terca bacteria en tus pulmones.
Sí, terrible Víktor, 
desposeído Víktor,
quizás lo decía el aire 
de la ciudad sitiada:
nadie se detendrá a compadecerte,
aprópiate el tesón de los chacales.

Y tú hiciste entonces miel de lo imposible: 
intuiste que un río esconde oro,
que la nieve se bebe como el agua.

El instinto te guía en tu estrategia:
contraatacar, defenderse.
Subsistencia, lo llaman.
Ajedrez, su otro apodo.
Y siempre, en la vida y el juego,
una partida a ciegas.

Años después,
soviético y suizo,
aún en tierra de nadie,
quisieron escribir en tu bandera
que carecías de patria.
¿Dijiste entonces,
y evocaste Leningrado: 
Unos y otros,
los míos, los de fuera,
tallaron a cuchillo mi recelo?

¿O quizás por la flor de tu destino,
edelweiss 
(traducido del alemán, nobleza blanca)
recordaste a un chaval asustadizo?

LOS NÁUFRAGOS POSEEN LA LEJANÍA

Eddie Slovik (Detroit, 1920 – Sainte-Marie-aux-Mines, 1945)

1

Igual que un escritor con sus demonios,
invocas 
esta calma modesta de la fuga.
Igual que un peregrino,
andas ligero y hondo
hacia la aurora.

Nunca hasta entonces
este miedo de lava y de locura.  
Viejo ladrón,
hasta ahora
tu canto era el de un gallo:
erguías la cabeza, desafiante,
pero nunca dejaste de ser niño.

Este terror rotundo 
que es casi un sacramento
ha vuelto tu voz grave.

En tu huida
quieres hacer del trueno una balada,
convertir estos campos en desierto,
cabalgar un caballo que cruce los océanos.

Tal vez te tranquilizas:
Siempre has sobrevivido. 
Apenas
te tendrán prisionero por un tiempo.

Ya no podemos advertirte:
Eres Ícaro, y debes 
alejarte del sol y su amenaza. 

2

Ya no sirve el lamento.
Compartamos, si acaso,
el temblor, la esperanza,
la plenitud efímera del prófugo.

Digamos, por ejemplo:
Cavarán para ti 
la fosa del hereje.
Pero no te detengas, 
el horizonte será tu patrimonio.

Los náufragos poseen la lejanía, 
extraviarse también es un destino.
No temas el clavarte alguna astilla, 
no temas cuestionarte:
tan sólo siente el mundo 
aquel que va descalzo o se interroga.

1977. VICENTE ALEIXANDRE RECIBE UNA RESPUESTA

Vicente Aleixandre (Sevilla, 1898 – Madrid, 1984)

Cuando ves a los hombres
que alzan su estandarte,
sus certezas bordadas en la plata o el oro,

la estirada chaqueta, el carruaje,

amigos de lo inerte
y no de lo que tiembla,
corazones estériles
que se apartan del fuego,

tú aseguras, entonces
Para todos escribo

para los pechos y para las bocas y para los oídos 

Cuando los hombres, las mujeres,
abrazan lo que es firme
y rechazan los mares,
descartan el amor, que es otra espuma,

¿te preguntas, al verlos,
por qué un dios diferente te escogió
y te dio de la estrella su cansancio,
la soledad distinta?

Cuando apuntas para ti
y todo lo que en ti vive,
yo estoy escribiendo,

cuando buscas al otro,

sí, con vosotros hablo,

¿qué he de decir, amigos?

tu grito callado, ¿tiene eco?,
lo sentido, ¿es un árbol o un bosque?,
¿muchedumbre o muralla?,
¿fulgor o desaliento?

Tú ya sabes, ¿no es cierto?,
pese a los ojos mudos y las lenguas cegadas,
que al final la palabra permanece,
que al final quedará la poesía.

Javier Gilabert / Fernando Jaén
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