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Rocío Rojas-Marcos: «El sur de Europa es Europa, pero es sur»

Rocío Rojas-Marcos. Foto de Couche Photo
Rocío Rojas-Marcos. Foto de Couche Photo

Rocío Rojas-Marcos: «El sur de Europa es Europa, pero es sur»

Rocío Rojas-Marcos Albert es profesora en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla y en el International College of Seville. Doctora en Literatura y Estética en la sociedad del conocimiento. Master en Escritura Creativa 2011-12. Licenciada en Filología Árabe. Miembro del Grupo de Investigación ‘Textos humanísticos y literarios. Interpretación y crítica’. 

Entre sus publicaciones se encuentran el poemario Habitada por palabras, (Huerga y Fierro, 2020) y los ensayos Tánger. Segunda Patria. (Almuzara, 2018), Carmen Laforet en Tánger (Khbar Bladna, 2015), Sanz de Soto y Buñuel. La tercera España transfretana, (Khbar Bladna, 2012), Tánger. La ciudad Internacional, (Almed, 2009). Alguno de sus relatos han sido incluidos en Si Tánger les fuera contado (2014) y Los Conjurados de Tánger (2019).

Ha sido galardonada con el Premio El Drag de la Universidad de Cádiz por el poemario GMTT (Golf Mark Tango Tango) aun inédito, y el Premio Manuel Alcántara de Poesía 2020 por el poema ‘Ayer soñé que regresaba a Manderley’.

Javier Gilabert: ¿Cómo y cuándo empezaste a escribir poesía? ¿Cuáles son tus referentes?

Rocío Rojas-Marcos: Empecé a escribir, como tantos, en la adolescencia. Poemas terribles y cursis que me hacían sentir bien. Menos mal que en las mudanzas siempre se pierde alguna caja…

Mis referentes son muy diversos; no soy una lectora metódica, voy saltando. Un libro me lleva a otro y un escritor al siguiente. Lo que sí es verdad es que en especial Ángel González y los escritores de esa generación me interesan especialmente. Ahora bien, no solo la poesía es para mí lectura de poeta. Una buena novela, un relato breve pero intenso para mi es igual de necesario que un poema. En el caso de ‘Anoche soñé que regresaba a Manderley’, ‘Rebeca’, con toda su trama de novela gótica extraordinaria fue la que me dio la clave para reflexionar sobre la vida y los miedos al pasado o los deseos de futuro.

J.G.: También has transitado la prosa. Tus relatos han sido publicados en las antologías ‘Un planeta llamado Tánger’ (2014) y ‘Los conjurados de Tánger’ (2019), y recientemente has resultado finalista en el primer certamen literario Cuentos de Libro, organizado por la Asociación de Amigos del Libro Antiguo de Sevilla. ¿En qué género te sientes más cómoda? ¿Te atrae la posibilidad de escribir una novela?

Rocío Rojas-Marcos: Sí, estoy encantada de haber quedado finalista de ese certamen. Cuando me enteré y supe quién había formado parte del jurado, me temblaron las piernas. La verdad es que los relatos me resultan realmente difíciles. Necesitan una armonía compleja que muchas veces no logro. Creo que se me atragantan más que un poema. Un cuento malo es un pelmazo. La novela aun no me la he planteado. Ya os contaré…

Fernando Jaén: Has publicado los ensayos ‘Tánger. Segunda Patria’ (2018), ‘Carmen Laforet en Tánger’, ‘Sanz de Soto y Buñuel. La tercera España transfretana’ y ‘Tánger. La ciudad Internacional’. La pregunta es obligada, ¿Cómo comienza esta relación con Tánger, esta ciudad mítica? ¿Qué es lo que más te fascina de la «Puerta de África»?

Rocío Rojas-Marcos: Mi relación con Tánger tengo que ir a buscarla a mi infancia. He pasado desde que nací todos los veranos y vacaciones que haya podido escaparme en Tarifa; por lo tanto, Tánger ha sido siempre el horizonte. Lo que estaba al otro lado de mis juegos durante la infancia y ahí ha seguido con el paso de los años. No sé si podría definir mi relación con Tánger como de fascinación, creo que diría simplemente que es parte de lo que soy. No pasa un día en que no la nombre por cualquier motivo. 

F.J.: Tánger es tierra que ha servido de refugio e inspiración a variados y grandes escritores como Paul Bowles, William Burroughs, Capote, Juan Goytisolo, Ángel Vázquez o Carmen Laforet. Cada cual con su propia historia y motivación. ¿Crees que la ciudad les influyó definitivamente en sus vidas o en sus obras? 

Rocío Rojas-Marcos: Sin duda, el influjo tangerino es innegable en la obra de estos autores. Evidentemente, de modos muy diversos. Para mí los más interesantes son Goytisolo y Vázquez, sobre los que he trabajado en mayor o menor medida. En Vázquez es incuestionable; no es que la ciudad le influyese, es que sus obras serían simplemente otras. Solo se entienden a través de Tánger. 

En el caso de Goytisolo, fue la ciudad desde la que narró toda su venganza, su Reivindicación desde Tánger con las costas españolas tan cerca no la podría haber escrito desde París, por ejemplo.

Y luego Carmen Laforet, en ella la ciudad pienso que pesó más desde un punto de vista personal. Le sirvió para sentirse libre y encontrar grandes amigos como Sanz de Soto y el propio Vázquez. Aunque en la novela La insolación, sí hay unos personajes que vienen de Tánger a través de los que nos muestra cómo debía ser la vida tangerina de la que tanto se habla.

«La literatura en español que nos ha llegado del otro lado del Estrecho ha sido en el último siglo poca, pero muy rica e interesante»

J.G.: ¿En qué sentido es Tánger una «segunda patria» para la literatura española?

Rocío Rojas-Marcos: En un sentido de riqueza extraordinaria. La literatura en español que nos ha llegado del otro lado del Estrecho ha sido en el último siglo poca, pero muy rica e interesante y debemos asumirla como parte nuestra. Ya en los años 70, al publicar ‘La vida perra de Juanita Narboni’, Ángel Vázquez se preguntaba que si recibimos con los brazos abierto el español que nos devuelve América, por qué no el del otro lado del Estrecho. En eso he puesto yo mi trabajo y mi voluntad, en hacerle caso a Vázquez.

J.G.: Estando tan cerca y habiendo formado parte del Protectorado español, ¿Por qué Marruecos nos resulta tan lejano y desconocido?

Rocío Rojas-Marcos: Eso es pura propaganda y política de gota malaya durante décadas. No hace falta más que bajarse del barco y notar cómo estamos más cerca de lo que nos dicen. A mí no me convence nadie de que me parezco más a una noruega en mi forma de vida o en mis modos de entender lo que me rodea. El sur de Europa es Europa, pero es sur.

J.G.: La Fundación Tres Culturas del Mediterráneo ha presentado recientemente la obra ‘Tanger’, en la que la tus textos y los de Eduardo Jordá y la pintura de Roberto Sánchez Terreros se combinan proporcionando al lector una experiencia única. ¿Cómo se gestó esta obra? ¿Con qué se va a encontrar el posible lector?

Rocío Rojas-Marcos: Ese libro es una obra de arte extraordinaria en la que me he visto inmersa y ha resultado un trabajo que entiendo como un regalo. Cuando Pedro Tabernero me invitó a participar no podía imaginarme que ya estaba entero montado. Tan sólo faltaba la introducción que yo he escrito para cerrarlo. El lector de ese libro tiene que querer soñar e imaginar. Los textos son breves y están al comienzo, después se sucede toda una serie de ilustraciones que recrean la ciudad de un modo un tanto anacrónico pero lleno del color y la luz que caracterizan a la ciudad. Cada lector puede inventar la historia que desee en cada página.

«Queríamos intentar explicar que levantar muros no funciona»

J.G.: También has desarrollado tu labor como investigadora en los en los proyectos de ciudades intermedias de la Fundación Andaluza Gordion. ¿En qué consiste vuestra labor? ¿Continúa siendo la relación entre las culturas de Oriente y Occidente un nudo gordiano?

Rocío Rojas-Marcos: Durante el tiempo que colaboré con mis investigaciones en el proyecto de la Fundación Gordion, donde teníamos un proyecto muy interesante sobre tierras intermedias fue cuando empecé a trabajar seriamente sobre Tánger. El proyecto trataba de estudiar aquellos lugares de los que no sabrías decir si son de Oriente u Occidente. Esa manera de mirar al mundo es muy enriquecedora y ayuda a entender mejor lo que nos rodea alejándonos de perspectivas exclusivistas. Queríamos intentar explicar que levantar muros no funciona. Ahí encajan mis investigaciones sobre Tánger como modelo ejemplar de ciudad intermedia.

F.J.: Este año has publicado tu libro de poemas ‘Habitada por palabras’ (Huerga y Fierro, 2020), donde el amor se enfrenta a la realidad, como  si en esa confrontación uno aprendiera al final a estar solo. ¿Cómo surge esta obra? ¿Qué palabras te habitan ahora?

Rocío Rojas-Marcos: ‘Habitada por palabras’ es un intento de explicar el caos cotidiano y la realidad a la que debemos enfrentarnos, como dices. Sin orden cronológico, sin motivos de peso, normalidad hasta vulgar, porque en definitiva así es la vida día a día.

Ahora me sigue habitando la soledad. Me interesa mucho analizar sus modos, sus consecuencias, sus beneficios, que son muchos y yo los necesito, pero también cuánto duele cuando no es deseada. En eso ando.

F.J.: Has ganado, con el poema ‘Anoche soñé que regresaba a Manderley’, el Premio de Poesía Manuel Alcántara. Una cadena desencajada de una bicicleta te hace recordar toda una vida. Du Maurier reconocía que se basaba en sus propias memorias para escribir ‘Rebecca’. ¿Cuál fue tu inspiración en este poema? ¿Cómo se construye un poema tan intenso y extenso para que funcione por sí mismo como un buen engranaje?

Rocío Rojas-Marcos: Ahora que lo leo pasado un tiempo y con el premio ya asumido, creo que ese poema surgió del mismo modo que tuve que aprender a poner una cadena de bicicleta una mañana. Me vi enfrentándome a algo nuevo, tan simple que me hizo reflexionar sobre aquello que al cabo de los días nos va pesando. Aquello que si simplemente intentamos mirar de frente, parar un momento y hacer el intento de solucionarlo, a lo mejor funciona. Cuando llegué a casa ese día empecé a escribir lo que venía dándome vueltas por la cabeza y fue saliendo el poema.

J.G.: En nuestra sección es ya un clásico que la persona invitada cierre la entre2vista como guste. Le llamamos «momento Carta Blanca». Es tu turno…

Rocío Rojas-Marcos: Voy a terminar con los cuatro últimos versos de un poema de Raymond Carver, un escritor tan crudo, tan sucio y realista que hace de sus poemas pequeños relatos extraordinarios:

Tus ojos se nublan. Te vuelves para mirar el mar
tras la hilera de tejados. Ni las moscas se mueves.
Casco el otro huevo.
Seguramente nos hemos empequeñecido juntos.

Poema de Rocío Rojas-Marcos

ANOCHE SOÑÉ QUE REGRESABA A MANDERLEY

(Premio Manuel Alcántara de Poesía 2020)

Esta mañana me manché de grasa las manos.

Iba a dar un paseo, se salió

la cadena de la bicicleta.  

Hoy he puesto la cadena de una bicicleta

por primera vez. Y luego he pedaleado,

he sonreído, me daba el aire en la cara,

y he seguido pedaleando. 

Normalmente, hubiese ido pensando cosas como:

Los radios de la bicicleta dejan de girar

si les metes un palo ¿lo sabías? Y te caes de boca

en la rueda de delante, ¿lo sabías?

Pero esta mañana no. He puesto la cadena

me he limpiado las manos con un pañuelo que llevaba

en el bolso y he sonreído.

Hoy es sábado, ha amanecido

fresco, dulce, azul. Hoy es un sábado más

de un año que avanza a zancadas. Hago la lista de una compra

que no haré hoy porque hoy es un sábado más de una semana más

de un mes que se está yendo sin darme cuenta y solo quiero sentarme  

a recordar la cadena de la bicicleta y dejar que pase

Not ideas but things.

Vuelvo a casa en una pringosa inconsciencia

el aire

de maicena de la habitación

me espesa la sangre 

tal vez, solo tal vez,

me inyecta la soledad que había olvidado

Tal vez, aunque solo sea 

tal vez

me estoy asfixiando en mi mundo 

este.

Y me acuerdo de la cadena de la bicicleta

Time is how to note it down

y de esta mañana, cuando 

he anotado ese tiempo raquítico que ya es mío,

he contado cada segundo,

cada décima empleada

en esta nueva manera de mirar a mi alrededor,

de no perdonarle la vida a nadie. O tal vez es todo lo contrario

y ahora ya solo importa tomar nota del tiempo, apuntarlo bien y estar segura de no 

desperdiciarlo.

Atiendo

al zumbido de las tuberías 

de esta casa vieja. Me recuerda 

dónde estoy:

rodeada de silencio. Ahora

que estoy sola, ahora

que no hay palabras flotando en el ambiente,

las tuberías 

me marcan el ritmo, me anudan a mi realidad,

me recuerdan que sigo aquí.

He aprendido a reconocer a tientas

la luz rutilante del fondo

de mi corazón. Es cada vez más débil.

Me escabullo por el pasillo, 

para poder continuar

para poder respirar, para aprender a 

ponerle la cadena a la bicicleta.

Aunque a estas alturas cuando voy 

por el segundo castillo de naipes derruido,

cuando había rellenado con argamasa las grietas,

vuelve a parecer el engorroso ensayo de una tragedia.

Mientras, 

la bicicleta me espera para otro paseo mañana

aunque la canción que se cuela

sigilosa por las rendijas de la persiana

No es perfecta mas se acerca a lo que yo simplemente soñé.

me zarandea, camicace de ese casi perfecto casi mío

casi algo, casi

lo que podía querer, desintegrándome en moléculas

inservibles, pues ahora, cuando me miro al espejo

veo el vaho, yo

no estoy, me he escurrido por el agujero del desagüe.

Y llega un silencio que aplasta, un silencio

que me encierra de nuevo entre páginas

donde el dolor se controla

cerrando: desfiladeros de palabras 

por los que andar de puntillas manteniendo el equilibrio

del diálogo constante

parecido al repiqueteo de unas campanas 

monitorizadas pero ancestrales y he 

llorado de ver amor

he llorado por cosas que suelo ignorar

por las distancias insalvables del mundo

por darme cuenta que hay dos clases de gente,

los que van a alguna parte y los que no van

a ninguna: epifanía 

desde el silencio de la palabra guardada

de la que apunto para después

y ese después se pasa

y cuando la encuentro, necesita manual de instrucciones

y su silencio es riqueza

y me entero de que los interiores de Manderley 

eran los mismos que los de Tara. Todos los hogares se licuan

toda la felicidad todo el miedo apelmazado entre las paredes

y me busco otra vez en el espejo y veo mi Manderley ardiendo

y no recuerdo si fue escenario. Hubo vida real ¿verdad?

Entonces, con la cadena bien puesta

empiezo a pedalear.

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Javier Gilabert / Fernando Jaén
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