Entre2vistas

Jesús Ortega: “Son los conflictos los que generan la necesidad humana de narrar”

Jesús Ortega
Jesus Ortega. Foto de Antonia Ortega Urbano

Jesús Ortega: “Son los conflictos los que generan la necesidad humana de narrar”

Jesús Ortega (Melilla, 1968) vive en Granada, en cuya universidad se licenció en Filología Hispánica. Entre 1997 y 2014 coordinó las actividades culturales de la Huerta de San Vicente, Casa-Museo Federico García Lorca, y desde 2015 es responsable del Programa Granada Ciudad de Literatura UNESCO, con sede en el Centro Federico García Lorca.

Ha publicado los libros de cuentos ‘Calle Aristóteles’ (Cuadernos del Vigía, 2011; finalista del Premio Setenil al mejor libro de cuentos publicado ese año en España) y ‘El clavo en la pared’ (Cuadernos del Vigía, 2007), y participado en recopilaciones y antologías como ‘Pequeñas resistencias 5. Antología del nuevo cuento español 2002-2010’ (Páginas de Espuma, 2010, con edición de Andrés Neuman), ‘Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual’ (Menoscuarto, 2010, con edición de Fernando Valls y Gemma Pellicer) y ‘Nuevos relatos para leer en el autobús’ (Cuadernos del Vigía, 2009). En 2016 ha publicado ‘Proyecto Escritorio’ (Cuadernos del Vigía), un ensayo sobre poéticas del espacio de autores contemporáneos en lengua española.

Ha comisariado y editado los catálogos de las exposiciones ‘Álbum. Una historia visual de la Huerta de San Vicente’ (2015) y ‘Querida comadre. Lorca y Argentinita en la danza española’ (2016). Suya es la edición, junto con Víctor Fernández, de ‘Impresiones y paisajes’, de Federico García Lorca (2018), publicada por Biblioteca Nueva.

Javier Gilabert: Eres el alma de Granada Ciudad de la Literatura UNESCO (GRACIL). ¿Qué puedes contar a nuestros lectores sobre este proyecto? ¿Cuál es tu balance de estos cuatro años de existencia?

Jesús Ortega: GRÁCIL es el nombre del programa que el Ayuntamiento de Granada ha creado para llevar adelante los compromisos contraídos por la ciudad tras haber sido designada Ciudad Creativa por la UNESCO en el campo de la literatura. Esta conquista supone una gran oportunidad para Granada, sus industrias culturales y sus escritores. Supone, por ejemplo, que formamos parte de un grupo de élite internacional, de un grupo de ciudades que, al igual que Granada, han identificado la creatividad y la cultura como motores de desarrollo sostenible. Y debe suponer un formidable apoyo a la candidatura de Granada a la Capitalidad Cultural Europea 2031.

Lo que hacemos en el programa GRÁCIL es cumplir con los objetivos que nos hemos propuesto al ser Ciudad de Literatura UNESCO. Cuatro años son pocos, pero ya hemos marcado las líneas a seguir y los beneficios se van notando. Granada tiene un programa internacional de residencias de escritores único en Andalucía, nuestros autores van regularmente a residencias en Portugal o son invitados en festivales de Alemania o Islandia, por ejemplo. La literatura granadina se abre al mundo. Pero esto no ha hecho más que empezar.

J.G.: ¿Te deja tiempo tu labor en GRACIL para escribir? ¿Cuáles son tus próximos proyectos?

Jesús Ortega: Mi trabajo me apasiona, pero lleva dentro una pequeña trampa. Como estoy en contacto permanente con libros, escritores, literatura, pensamiento, creación, y como la rueda de los proyectos nunca cesa, es fácil que el tiempo dedicado al trabajo tienda a ocupar toda la vida, como sucede con las tareas vocacionales. Pero crear y programar actividades literarias no es escribir. Es, desde luego, un trabajo que requiere imaginación e ideas. Pero no es escribir. Sucede algo parecido con el trabajo editorial. La edición puede ser tan absorbente como la gestión cultural asociada a la literatura, y los escritores que trabajan como editores corren el peligro de que se conformen con el placebo de estar ahí al lado. Lo difícil es mantener el equilibrio. Mis próximos proyectos de escritura tienen que ver con una novela y con un ensayo sobre poéticas del cuento. Espero ser capaz de encontrar la manera de llevarlos adelante.

J.G.: Como responsable de GRACIL has tenido la oportunidad de conocer de primera mano la realidad literaria de muchas ciudades de todo el mundo. ¿En qué lugar se sitúa Granada comparada con las demás? ¿Es Granada Ciudad de Literatura, o aún quedan cosas por hacer en este sentido?

Jesús Ortega: Granada conserva intacto su prestigio como ciudad cultural del sur de Europa, y así es vista por las demás Ciudades de Literatura UNESCO. Esto es emocionante comprobarlo una y otra vez en las reuniones internacionales. Lo que tenemos que hacer es desarrollar políticas culturales que estén a la altura de la imagen internacional que se tiene de nosotros.

Granada es Ciudad de Literatura, sin duda ninguna, por su impresionante tradición literaria, de Ibn Zamrak a Ángel Ganivet, por ser la ciudad de Federico García Lorca, uno de los grandes escritores universales de todos los tiempos, y por la siempre activa escena contemporánea. Tenemos cuatro ganadores del Premio Nacional de Poesía, algo completamente inusual para una ciudad del tamaño de la nuestra. Cada año surgen jóvenes brillantes de esa factoría que es la Facultad de Letras. No tenemos que envidiar a nadie en cuanto a talento y creatividad. En lo que tenemos que mejorar mucho es en los presupuestos, recursos e ideas que destinamos a la cultura y a la literatura. Ciudades como Heidelberg, Reikiavik o Nottingham, por decir algunas con similar tamaño, dedican mucho dinero público de apoyo a la cultura y la educación, tienen las ideas muy claras en este sentido.

“Crear y programar actividades literarias no es escribir”

Fernando Jaén: Dice Andrés Neuman de tus personajes que “pierden para que sus lectores ganemos”. ¿Son tus personajes un muestrario de la derrota? ¿Qué esperas que “gane” el lector con tu obra?

Jesús Ortega: Que a Andrés Neuman le gusten mis cuentos es algo que nunca le agradeceré lo bastante. Yo creo que la felicidad no escribe. La plenitud no se cuenta, se vive sin más. Son los conflictos los que generan la necesidad humana de narrar. Las narraciones surgen de querer comprender los conflictos y las heridas, de restañarlos, de aliviarlos. Los daños que unos seres humanos infligen a otros suelen ser los materiales con los que compongo historias, el punto de partida de la necesidad de escribir. A partir de ahí, si el relato logra generar en el lector placer y emoción y alguna clase de conocimiento sobre eso que se llamaba “el alma humana”, mucho mejor. Y si encima consiguiera resultar memorable a algunos lectores, entonces diría que he cumplido mi misión como escritor.

F.J.: Tu primer libro, ‘El clavo en la pared’, contiene, en tu opinión, algunos de los mejores relatos que has escrito, quizá porque resisten muy bien el paso del tiempo. Los personajes de este libro descubren, generalmente a través del dolor, algún tipo de verdad sobre sí mismos que condiciona posteriormente su vida. ¿Son las heridas que recibimos el estímulo que nos permite “despertar” de nuestra realidad que creemos perfectamente conformada? ¿Es el autoconocimiento un bien o un mal necesario en esta sociedad?

Jesús Ortega: ‘El clavo en la pared’ se me hace muy lejano, pero tiene cuentos que resisten el paso del tiempo. Todos tienen en común el proponerse a partir de personajes con problemas, víctimas inocentes agredidas sin razón ni motivo. No me di cuenta mientras los escribía, sino después, cuando ya estaban publicados juntos. Quizá podría decirse que todos ellos participan de una especie de “poética del autoconocimiento a partir de la herida”. En ese sentido, los personajes sufren alguna clase de epifanía, en el sentido que Joyce daba a este concepto en el género narrativo breve. Algunos cuentos narran el momento en que se produce el daño, otros alguna parte del proceso posterior de comprensión. Volviendo a los griegos, “Conócete a ti mismo” era el lema escrito en el templo de Apolo en Delfos. Autoconocerse es fundamental para poder vivir una buena vida.

F.J.: En este libro aparece ‘El zurdo’, un relato bien construido, emotivo, en torno a la infancia y la consciencia de uno. ¿Qué hay de autobiográfico en él? ¿Y en el resto de tu obra?

Jesús Ortega: Hay mucho de autobiográfico en ‘El zurdo’ y también en otros cuentos míos. El ambiente es el de mi infancia en el barrio de Cartuja, y sobre ese escenario está la idea del origen del escritor como “zurdo contrariado”, es decir, como alguien que tiene una mirada singular y es castigado, separado del centro de la vida por ello. Pero, ojo, no hay autoficción: los elementos imaginarios se entreveran de mil formas con los tomados de la memoria. La aleación de unos elementos y otros es distinta en cada cuento, y muchas veces no en el sentido que el lector sospecha. La literatura puede ser sanadora o terapéutica para quien la escribe, pero eso es cosa que incumbe al escritor y a nadie más. Lo que debe llegarle al lector es un texto lo suficientemente autónomo como para poder ejercer en él y por sí mismo efectos nuevos e inesperados. Lo maravilloso de la literatura es que, centrando el foco en unos cuantos seres humanos, sea capaz de hablarnos a todos.

“Mis personajes favoritos son la memoria y la imaginación”

F.J.: Hay quien ve en tus relatos rasgos de Poe, Chéjov, Hemingway o Aldecoa. ¿Qué opinas de estas referencias? ¿Qué escritores consideras como maestros?

Jesús Ortega: He descubierto que me sigue interesando mucho Ignacio Aldecoa. La revista ‘Olvidos de Granada’ me pidió hace poco un texto sobre el escritor vasco, y eso me llevó felizmente a volver a leerlo. Emoción intacta. Pasan los años y Aldecoa sigue siendo nuestro Hemingway y nuestra Flannery O’Connor de posguerra. Me interesa de él su pasión por dar voz a los humildes, por el rigor con el que afronta el relato de los “oficios pobres de España”. También lo siento muy cercano en su vitalismo, su fe en la literatura, su ética, su independencia. El realismo de los cuentos de Aldecoa es siempre personal. Ni fue gregario del neorrealismo italiano en boga en los años cuarenta y cincuenta ni renegó del realismo social en los sesenta, cuando de pronto se decretó que los escritores tenían que experimentar. Aldecoa iba por libre. ‘Young Sánchez’ (1957), ‘Santa Olaja de acero’ (1954) o ‘Seguir de pobres’ (1953) son pequeñas maravillas, obras maestras del cuento.

F.J.: Mencionas en alguna entrevista el impulso de Miguel Ángel Arcas, editor de Cuadernos del Vigía y reconocido escritor y poeta granadino, en algunos aspectos de tu obra. ¿Qué relación te una a él? ¿Qué papel debe tener un editor?

Jesús Ortega: Cuadernos del Vigía es la editorial donde he publicado mis dos primeros libros, es decir, es la editorial que me apoyó, lo cual agradeceré siempre. Además, durante unos cuantos años estuve colaborando con Miguel Ángel Arcas en el cuidado y la edición de los libros que iba publicando la editorial, y aprendí mucho del oficio. Fueron años gloriosos, con Andrés Neuman también muy cerca de nosotros. Ahora Cuadernos sigue una trayectoria interesante y necesaria de recuperación de Max Aub y de las escritoras de la Generación del 27, en esa estupenda colección que se llama ‘La mitad ignorada’. Lo que está haciendo mi buen amigo Arcas tiene un mérito enorme: producir libros de alta calidad y de hermosa factura a partir de una economía precaria, casi de subsistencia. Muchos escritores y poetas granadinos rompieron a publicar gracias a la hospitalidad de Cuadernos del Vigía. Cristina Morales, por ejemplo. Ese es un digno papel para un editor, el del descubrimiento de nuevos autores.

“La literatura y el teatro siempre van a seguir yendo juntos, más allá de modas y épocas”

F.J.: ‘Calle Aristóteles’ quedó finalista del prestigioso premio Setenil de cuentos de ese año, lo que da una idea de su calidad. Son diez relatos unidos por las características de sus personajes. Me gustó mucho el que da título al libro, un monólogo hermosamente escrito de una mujer al borde la vejez donde el amor le sirve de guía en el laberinto de su memoria. Es también, en cierto modo, un homenaje a Grecia. ¿Qué significan Grecia y sus pensadores para ti? ¿Es la memoria uno de tus personajes?

Jesús Ortega: Mis personajes favoritos son la memoria y la imaginación. ‘Calle Aristóteles’, por ejemplo, tiene como origen a una mujer de carne y hueso, una señora a la que conocí en Salónica y cuya vitalidad y dignidad en medio de la derrota me conmovieron. Grecia es para mí unas cuantas personas a las que quiero, pero también es toda la tradición clásica. Me impresiona comprobar que los nombres legendarios de la antigua Grecia son allí y ahora espacios bien reales: ¡yo me he bañado en una poza de agua fría en el monte Olimpo y me he sentado a fumar un cigarrillo entre las piedras donde Aristóteles daba clases particulares a un adolescente Alejandro Magno! Esas cosas pueden sucederte en Grecia como lo más normal del mundo. Y también el cine de Angelopoulos, la música de Hadjidakis o los cuentos y novelas de Kostas Taksís. O la memoria impresionante de los judíos sefardíes que habitaron una Salónica multicultural ya perdida para siempre y llenaron sus calles de la sonoridad del español del siglo XV hasta 1943. Todo eso es también Grecia para mí.

J.G.: Recientemente se ha estrenado en Madrid y Granada ‘La confesión’, una obra teatral de cuyo texto eres el autor y que ha sido un éxito de público y crítica. ¿Cómo ha sido la experiencia de ver que tu obra cobra vida? ¿Es el teatro el gran olvidado de la literatura?

Jesús Ortega: Ha sido una experiencia formidable. ‘La confesión’ es el título de la versión escénica que Rafa Simón ha hecho de mi cuento ‘Mal de ojo’. Rafa vio las posibilidades escénicas del cuento y la actriz Ana Ibáñez ha hecho un trabajo increíble para encarnar a Loli, la limpiadora del bar que un mal día estaba donde no debía estar y presenció lo que no debía presenciar. Les estoy muy agradecido a Rafa Simón y Ana Ibáñez por ‘La confesión’. Es una sensación extraña y liberadora ver cómo un texto que escribiste ya no te pertenece, cobra vida propia, se inserta en la experiencia y en la memoria del público que acude a ver la obra. La literatura y el teatro siempre van a seguir yendo juntos, más allá de modas y épocas, de una forma u otra.

J.G.: Momento ‘carta blanca’: finaliza esta entre2vista como te pida el cuerpo.

Jesús Ortega: ¿Puedo terminarla con una cita? Es de Mario Vargas Llosa, de un artículo sobre Coetzee que publicó en ‘El País’ hace más de quince años. Dice así:

“La literatura no nació para estimular el vicio ni la virtud (aunque ambas cosas sin duda también resultan de ella, pero de una manera infinitamente diversa e incontrolable), sino para dar a los seres humanos aquello que la vida real es incapaz de darles, para hacerlos vivir más vidas de las que tienen y de manera más intensa de la que viven, algo que su imaginación y sus deseos les exigen y la vida real, la vida confinada y mediocre de sus existencias reales, les niega cada día. La literatura no hace ni más felices, ni más buenos, ni más malos, a los lectores. Los hace más lúcidos, más conscientes de lo que tienen y de lo que les falta para colmar sus sueños, y por lo mismo más insumisos contra su propia condición, más desconfiados frente a los poderes espirituales y materiales que ofrecen recetas definitivas para alcanzar la dicha, y más inquietos y fantaseadores, menos aptos para ser manipulados y domesticados”.

Relato de Jesús Ortega

Otros espejos

(Incluido en ‘Calle Aristóteles’)

Él se asustó cuando a ella empezaron a sudarle las manos una tarde en que se besaban en el cine. Le pareció excesivo que lo esperase de madrugada a la puerta de su apartamento, soportando la humillación de verlo venir riéndose y abrazado a otras. Lo incomodaba que se hiciera la encontradiza en los bares, que le montara escenas de celos que espantaban a sus amigos. Casi la despreció cuando ella se le arrodilló en mitad de la calle —los coches pitaban, divertidos o indignados— jurándole fidelidad eterna (y lo hizo muchas veces). Cuando él, entre curioso y halagado, dejó de tenerle miedo y le dio el sí, ella se echaba a llorar cada vez que lo hacían, lo que a todas luces se le antojaba excesivo. Y aunque se fueron a vivir juntos, él siguió contemplando con distancia e ironía sus manifestaciones de pasión, y no perdía oportunidad de martirizarla con sarcasmos, hasta que, cansada o convencida, ella comenzó a aceptar las ideas de él, a hacer suyos los razonables discursos sobre los intereses compartidos de aquello que los unía, de modo que se centró en sus estudios y encontró trabajo, un puesto exigente que la mantenía lejos todo el tiempo, y eligió su propio círculo de amistades, de la misma manera que ya había empezado a decidir cómo vestirse sin consultarle, mientras él iba volviéndose hogareño y sentimental y a menudo se quedaba mirándola en silencio, presa de una indecible ternura, y no había fin de semana en que no le escondiera por los rincones del hogar alguna sorpresa, algún regalo, algún detalle. En una ocasión ella le anunció que se marchaba de viaje con unos amigos; que le apetecía, y que no debía poner ningún impedimento. Otro día se despidió sin darle un beso; al siguiente lo saludó de vuelta con una mirada distraída. Su sentimiento crecía con cada nueva manifestación de desapego, y aunque al principio, por abnegación y orgullo, se mantenía callado, no tardó en expresarle su decepción y en aturdirla con letanías que a ella le resultaban francamente fastidiosas. Ella se alejaba, se alejaba, y él acudía a espiarla en secreto a la salida del trabajo, soportando la humillación de verla aparecer rodeada de hombres. Una noche, desesperado, le dijo que la necesitaba, y ella se echó a reír con una mueca descreída. Por la mañana se cortó mientras se afeitaba y dibujó con la sangre un corazón traspasado en el espejo del cuarto de baño, y cuando ella miró el espejo llena de asco y miedo y desdén, él pensó, con la maquinilla todavía en la mano, que el cielo en un infierno cabe, y que todo el sufrimiento del mundo era bien poca cosa comparado con la intensidad de su amor.

Javier Gilabert / Fernando Jaén

Javier Gilabert (Granada, 1973). Casado y padre de dos hijos. Maestro desde hace cuatro lustros, disfruta trasmitiendo su amor por las palabras a unos alumnos de los que afirma aprender cada día. Cuenta entre sus filias la poesía, pasión que ya alentaran sus primeros maestros y con la que afirma haber “jugado” desde la infancia; ésta ha desembocado en su primer poemario, ‘poeAmario’. Siempre atento a las palabras y ávido lector, manifiesta su preferencia por la poesía nacional, especialmente de las Generaciones del 98 y del 27 (en la que incluye y subraya a Miguel Hernández Gilabert), pasando por las más actuales hasta llegar a coetáneos como Montiel, Praena, Iniesta o Jaén, que combina con otra de sus aficiones, la música, de cuyas letras también aprende y destaca las del “maestro” José Ignacio G. Lapido (091).

Fernando Jaén (Granada, 1975). Como poeta ha publicado 'El corral de las cuatro esquinas' (Dauro 2002), 'Los ciclos brutos' (Comares 2012), 'Los días del barro' (Comares 2014) y 'Las orillas difíciles' (Oblicuas 2015). Incluido en 'Todo es poesía en Granada', por el antólogo José Martín Vayas (Esdrújula 2015). Participa en 'Nocturnario', obra colectiva coordinada por Ángel Olgoso y José María Merino (Nazarí 2016). Aparece en 'Pájaro Azul', edición de Marina Tapia, homenaje a Rubén Darío (Artificios 2016).
Ha colaborado con A.L. Guillén en distintas aventuras artísticas y musicales como 'Capricho 69' (1993), 'Restos' (1998), 'Amor sin misericordia' (2003) y 'Aprojimación a tu ciclo' (2013). De este diálogo ascético surge el documental 'Alfa y Omega' (2012).
Es miembro del Institutum Pataphysicum Granatensis y del proyecto anartístico Gruppo Ungido. Para el autor, médico de profesión, "la poesía es la fuerza que te permite sobrevivir en la fragilidad".
Javier Gilabert / Fernando Jaén
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