Entre2vistas

Andrés Neuman: «Escribir es siempre un acto de esperanza»

Andrés Neuman. Foto de Rafa Martín
Andrés Neuman. Foto de Rafa Martín

Andrés Neuman: «Escribir es siempre un acto de esperanza»

Primera parte, de dos, de la entre2vista al escritor Andrés Neuman.

Segunda parte: Andrés Neuman: «Si me estuviera muriendo me pondría a escribir, no para huir de la realidad, sino para palparla una última ve

Andrés Neuman (1977) nació y pasó su infancia en Buenos Aires. Hijo de músicos argentinos exiliados, se trasladó con su familia a Granada, en cuya universidad fue profesor de literatura latinoamericana. Recibió el Premio de la Crítica, los premios Antonio Carvajal e Hiperión de Poesía, el Premio Alfaguara de Novela y el Firecracker Award, otorgado por la comunidad de revistas, editoriales independientes y librerías de EEUU.

Fue Finalista del Premio Herralde y obtuvo la Mención Especial del jurado del Independent Foreign Fiction Prize, antecesor del Man Booker International.

Fue seleccionado por la revista británica Granta entre los más destacados nuevos narradores en español. Dedicado a la poesía desde sus inicios, es autor de poemarios como El tobogán, Mística abajo, No sé por qué o Vivir de oído, todos ellos antologados en su título más reciente: Casa fugaz (Poesía 1998-2018).

Ha publicado las novelas Bariloche, La vida en las ventanas, Una vez Argentina, El viajero del siglo, Hablar solos y Fractura; libros de cuentos como Alumbramiento o Hacerse el muerto; el diccionario satírico Barbarismos; el diario de viaje por Latinoamérica Cómo viajar sin ver; y el tratado heterodoxo sobre el cuerpo Anatomía sensible. Sus libros están traducidos a más de veinte lenguas.

Javier Gilabert: Al igual que tú, opino que la separación entre “ser de Ciencias o de Letras” es totalmente artificial. ¿Qué aporta la ciencia a tu producción literaria?

Andrés Neuman: Tengo la sensación de que la división epistemológica entre ciencias y letras es uno de los grandes daños colectivo—sistémicos que se ha infligido al conocimiento. En general, las dicotomías tienden a ser perezas conceptuales y, a mi entender, vivimos en un mundo cada vez más dicotómico: sí/no, a favor/en contra… Un pensamiento binario que no parece tener fin, y una de las tradicionales patrias de esta modalidad de pensamiento es la de ciencias y letras, que se hace eco de la gran dicotomía que nos limita en el fondo, alma/cuerpo, y la paralela, que sería razón/emoción. Si basamos nuestro conocimiento en esas dos dicotomías, tarde o temprano caeremos en la división ciencias/letras o en la de poesía/realidad. Y a partir de ahí ya no hay remedio.

Todos: (Risas).

Andrés Neuman: Respecto de tu pregunta, más que poseer un conocimiento profundo de ciencia, para lo cual habría que ser un estudioso y no es mi caso, sí que tengo una cierta apertura y curiosidad hacia ella. Trato de mirar la ciencia con asombro poético y siempre he pensado que el trabajo humanístico no deja de tener su ciencia. De la ciencia me emocionan muchas cosas. De las que más, el componente de emoción y de epifanía que encuentro cuando leo biografías de científicos. Nada más que con eso ya derribamos la dicotomía.

Recuerdo cuando leí sobre la vida de Max Planck, uno de los padres de la Física Cuántica, y me interesó mucho cuánto le gustaba la poesía —recuerdo haberle leído un poema sobre flores, por ejemplo—, sus emociones y deseos reprimidos… Y del mismo modo que me complace buscar el pensamiento metafórico que en tantas ocasiones parece estar detrás de los hallazgos científicos, es decir, cómo a veces las metáforas te llevan a una solución, me maravilla que en la literatura se puedan extraer enseñanzas de la ciencia. Destaco su permanente actitud de precisión ante las cosas. Siempre he creído que la literatura es lo contrario de la vaguedad. La literatura tiene que ver con una precisión verbal neurótica: todos los posibles sentidos, todas las posibles insinuaciones o connotaciones de las palabras están actuando en nuestra cabeza permanentemente y eso, muy lejos del vapor y los nenúfares, es un acto materialista en el buen sentido, de nombrar con precisión, lo cual es muy complicado, pues la precisión no preexiste a la palabra, es la palabra la que va buscando, excavando hasta encontrar la precisión.

Me gusta mucho también su método de estudio. Me planteo las novelas como un método de estudio. Puede ser un estudio de personaje, de una época, de una emoción, pero hay un enorme trabajo sistemático en una novela, al menos como yo la entiendo. Lo que me atrae de la ciencia es el asombro radical: no da nada por sentado. Y es ahí donde ciencia y poesía se encuentran.  Desde esa óptica toda ciencia es poética, porque se asombra una por una de todas y cada una de las cosas de este mundo y sus manifestaciones, y además trabaja con lo desconocido. Se tiende a pensar que la ciencia trabaja solamente con la certeza, pero esa es una visión retrospectiva: la ciencia nos va dejando certezas a posteriori. Pero desde presente hacia adelante sólo tiene incertidumbres; se centra en lo que no conocemos. Buen ejemplo de esto sería lo que está ocurriendo con el COVID. Es como encender una linterna en la oscuridad, lo cual no dista mucho de la actitud que tiene quien escribe un ensayo, prepara una novela o escribe un poema. Cuento, pues, en mi haber con unos cuantos poemas sobre ciencia, escritos desde mi conocimiento diletante.

De otro lado, opino que haríamos muy bien, en una de tantas ocasiones en las que en España anden cambiando los planes de estudios, si pusiéramos sobre la mesa el debate de hasta cuándo vamos a obligar a la infancia a pronunciarse sobre si son de ciencias o de letras a una tierna edad. O nos planteamos la posibilidad de que todos sean de ciencias y de letras hasta una edad avanzada, o nuestro conocimiento del mundo va a quedar dañado profundamente. Luego nos cuestionamos por qué somos los adultos tercos que somos. Probablemente, esta sea una de las causas.

Fernando Jaén: La última vez que coincidimos, hiciste una reflexión muy interesante al comentar que la poesía debe ser un reflejo de la sociedad. En estos momentos tan complicados para todos, ¿debe ser reverberación del desencanto o luz en medio de tanta desesperanza?

Andrés Neuman: Quizá, más que un reflejo me la imagino como un diálogo. No creo en las representaciones mecánicas de tipo “la literatura debe ser tal o cual cosa”. La idea de reflejo, puestos a ser científicos con el lenguaje, dejaría a éste como una especie de subalterno, cuya función sería la de confirmar lo que creemos que es real. Opino, no obstante, que sería como un espejo de doble cara: lo reflejado influye tanto en el reflejo como el reflejo en el otro lado, sin que fuera posible distinguir en qué lado estamos, en un diálogo de sentidos y de imágenes. Creo en el componente colectivo de la escritura, que no es voluntario: más allá de la postura personal de cada uno ante la escritura, ésta está enraizada en lo colectivo, en creencias sociales, en una memoria previa de la tribu, en determinadas ideologías. Es decir, que el componente colectivo de la escritura no es voluntario, está en su raíz. Y a veces olvidamos esto segundo, quizá por la idea romántica que tenemos de subjetividad, de territorio de construcción y ampliación de la intimidad que también posee la escritura.

La escritura, pues, dialoga con un colectivo; con nuestros muertos, con nuestra familia, con nuestra sociedad, con nuestros descendientes… Es inmensamente antropológica. 

¿Tiene algo de luz? Creo que fue Cioran, uno de los más impenitentes pesimistas que ha existido nunca, quien lo dijo. Cuentan de él que era un tipo divertidísimo, que estaba siempre de broma, lo cual, lejos de parecerme una contradicción, me pareció lógico, porque escribir es siempre un acto de esperanza, y Cioran escribía mucho —risas—.

F.J.: Cierto, su pesimismo llegaba al paroxismo… 

Andrés Neuman: Debía gozar el muy canalla —risas—. Una cosa es que el pesimismo te aplaste, te silencie y te deprima, y otra bien distinta, dedicarse como un orfebre a la palabra pesimista; esto segundo es muy placentero, muy divertido —más risas—. La escritura es incompatible con la desesperanza, porque la desesperanza es silenciosa. La verdadera desesperanza no tiene literatura. La literatura de duelo, que yo he practicado mucho, es una suerte de alquimia: parte de una desesperanza y trata de buscar una esperanza. Pero en no pocas ocasiones confundimos el tema con las emociones que éste genera.

F.J.: Vamos un poco a tus orígenes, Andrés. Hijo de músicos argentinos, terminas de criarte en Granada, tendiendo puentes entre la cultura latinoamericana y la española, que comparten a veces raíces poéticas. ¿Cómo vives tú este estar entre dos continentes? 

Andrés Neuman: Has hablado de mi madre en tu primera pregunta y, como volviendo a la importancia del nombrar, vale la pena ponerle nombre: mi madre se llamaba Delia Galán, y como está muerta, necesitamos revivirla cada día, así que hoy revive al pronunciar su nombre. 

La razón por la que aterrizamos en Granada cuando mis padres decidieron exiliarse de Argentina, fue, además de la legendaria belleza de la ciudad, su fama de lugar acogedor, su universidad —pensando en el futuro de sus dos hijos—, que había una orquesta que se estaba formando, la OCG, y de la que mi madre formó parte desde su segundo año de existencia.

La música para mí ha sido un lenguaje familiar y un medio de transporte, además de un arte. Eso me ha abocado a una especie de vida de frontera. Desde entonces mi casa ha sido un puente. Yo no puedo elegir entre orillas —por volver al tema de las dicotomías—. A mí la pregunta “¿de dónde eres?” no me sirve como punto de partida. Sí la manera de comunicar mis orillas. A veces vivo en un puente; otras, por circunstancias, estoy más cerca de ésta o de la otra orilla; otras justo en medio y otras veces me quiero tirar por el puente y que alguien me alcance un salvavidas —risas—, pero siempre existe esta relación entre ambas. Esta realidad está presente cada minuto de mi vida: cuando hablo, pienso o me emociono. Mi madre encarnó eso de forma radical, porque nació en una orilla y murió en la otra. No se puede elegir entre la cuna y la tumba de tu madre.

«Latinoamérica es el ejemplo de que en una misma lengua pueden convivir culturas distintas y hasta opuestas»

F.J.: Sin embargo, tengo la sensación de que no nos llegan muchas de las corrientes de Latinoamérica (por expresarlo de alguna manera, ya que cada país es en sí mismo un mundo), ya que somos más dúctiles y permeables a la literatura anglosajona. ¿Por qué, a pesar de compartir una misma lengua, no nos llega esa literatura del mismo modo que lo hacen otras como la anglosajona?

Andrés Neuman: Ciertamente, no nos llega igual la literatura de Latinoamérica. El motivo me parece sencillo: por razones imperiales; siempre prestamos más atención al imperio. Os pongo un ejemplo: la literatura que más consumimos es la norteamericana, que encarna el imperio actual, porque nos la imponen, aunque de esa imposición se deriven notables placeres. Pero también es verdad que es más fácil leer un libro mediocre de literatura norteamericana que a una excelente poeta boliviana. En segundo lugar, nos interesa el idioma, que casualmente es el del ex—imperio, el Reino Unido. Pero las otras literaturas anglosajonas, pongo por caso la australiana, la india o la canadiense, nos llaman muchísimo menos la atención. Cierto es que Canadá presenta excepciones notables como Michael Ondaatje, o sus supermujeres: Alice Munro, Margaret Atwood, la propia Anne Carson… 

En el siglo XIX, la que importaba era la literatura francesa. Si lees a los clásicos rusos te darás cuenta de que todos sus personajes hablan en francés, no en inglés. Siempre hay una razón imperial para todo, como lo hubo para el latín y el griego. No pretendo con esto desmitificar la literatura, sino explicar sus movimientos históricos. 

Pero también hay otra dificultad que nos impide poder abrazar la literatura latinoamericana, y es que existe muchísima más diversidad en aquel continente de la que pueden abarcar las diferencias entre EE.UU. e Inglaterra. Latinoamérica está accidentalmente recorrida por la gramática castellana, un frágil hilo que la mantiene unida. Pensar que entre la Patagonia, la ciudad de Buenos Aires, Caracas, La Paz, el Caribe, o la frontera chicana entre México y EEUU hay una realidad común es creer verdaderamente en los ángeles y en las hadas —risas—. No es que sean diferentes; es que se trata de planetas distintos. Así pues, sumergirse en Latinoamérica es hacerlo en medio planeta.

También se da la paradoja de que, a pesar de todo, se lee más literatura latinoamericana en España que viceversa, posiblemente por profundas razones postcoloniales que sería muy tedioso ahora desentrañar. Estamos en un momento de mucha apertura y curiosidad hacia la literatura latinoamericana en general y en particular de autores y autoras nacidas entre los 70 y los 80: Mariana Enríquez o Samanta Schweblin, Agustina Bazsterrica o la fantástica escritora trans, Camila Sosa en Argentina; Andrea Jeftanovic o Alejandra Costamagna en Chile; Liliana Colanzi en Bolivia; Guadalupe Nettel​ o Brenda Navarro en México; Margarita García Robayo o Pilar Quintana en Colombia; Mónica Ojeda, Solange Rodríguez o María Fernanda Ampuero en Ecuador… Ojo: y estoy mencionando deliberadamente escritoras que me consta que se leen en España. Hay en estos momentos una riqueza en su literatura en general, y de sus escritoras en particular, maravillosa. Pero abarcar esa diversidad, tal cantidad y calidad, es inviable.

No soslayemos el error que cometemos al comparar España con un continente entero. Si acaso, la comparación debería de ser con Europa, como si el continente al completo hablase la misma lengua, pero conservase el resto de sus diferencias, y nos preguntásemos cómo es la literatura europea contemporánea. Complicado lo ponemos, ¿verdad? En Escandinavia es una cosa y en el Mediterráneo es otra, ¿sabes? —risas—. Las generalizaciones a este respecto nos sirven muy poco. La literatura en español no es igual a la literatura latinoamericana, sino una parte. Y eso que no estamos mencionando las lenguas nativas ni el portugués…

En español se recorre una sólo una parte significativa de Latinoamérica. Yo lo he hecho y me pareció asombroso que sin salir de un idioma se pueda entrar y salir de tantas culturas y de tantas galaxias de sentido. Es un caso único en el mundo a ese respecto. En otras latitudes, cuando cambias de un país a otro vecino cambias de realidad, pero también de idioma. Todo esto me ayuda a comprender lo extranjera que es la lengua castellana y por eso a España le ha hecho tanto bien viajar. Las últimas generaciones de españoles han viajado como no lo hacían probablemente desde el s. XVI, la época previa de la contrarreforma, ese periodo tan breve —y así nos ha ido— que constituyó el Renacimiento español. Hablo de la “Generación Erasmus”. Si viajáramos más nos daríamos cuenta de que, efectivamente, una lengua une, pero también es el recipiente de las diferencias. Latinoamérica es el ejemplo de que en una misma lengua pueden convivir culturas distintas y hasta opuestas. Este fenómeno refuerza la lengua. Si el castellano estuviera más centralizado sería más débil.

«Con la música la palabra cobra el cuerpo que buscaba»

J.G.: ¿Es la música otro ingrediente de la “fórmula Neuman” —risas—? No, hablando ya en serio. Encuentro en tu poesía, pero también en tu prosa, que cuidas mucho este aspecto. ¿Cómo lo consigues? 

Andrés Neuman: Con la música la palabra cobra el cuerpo que buscaba. La palabra tiene algo de fantasmagórico, en el sentido de que es trágicamente inmaterial y sin embargo crea presencias continuamente. Lo decía el poeta argentino Roberto Juarroz: El oficio de la palabra es un acto de amor: crear presencia. Y sin embargo es una presencia que permanentemente escapa del cuerpo, que lo nombra o lo rodea, pero carece de ese cuerpo. La música, a pesar de que suela considerarse un ente inmaterial, es enormemente física, porque se produce con el cuerpo o sale del cuerpo y llega él de forma más directa. En el caso del canto, el modo en que sale del cuerpo es muy evidente, al igual que sucede con los instrumentos de viento, que se produce gracias a algo tan íntimo como es el aire, del que también estamos hechos. Y en los otros instrumentos, con las manos, con el roce… En mi familia, por el contacto que teníamos con la música, siempre nos produjo rebeldía esta idea de que es abstracta, el gran malentendido de quienes no conviven con ella. Me he criado con una violinista y con un oboísta. Para mí la música eran los callos de mi madre, la herida en su cuello y sus problemas cervicales o de vista; cómo mi padre tenía que limar las cañas como un artesano, cómo soplaba el instrumento cuando el aire y la saliva se atascaban… ¿Qué tiene de abstracto todo esto? Lo abstracto es la armonía, es el lenguaje, la sintaxis musical… Pero eso es apenas un instrumental, no la música en sí misma. La música sale del cuerpo y llega al cuerpo. Muestra de forma más carnal lo que la literatura hace de una manera diferente, a pesar de que la literatura también nos pueda afectar físicamente, pongo por caso, haciéndonos llorar.

Por ejemplo, cuando musicas un poema es como si el fantasma volviera a tener pies, y ritmo. Y te diría que sí, que cuando escribo, ignoro si por deformación familiar o por inclinación personal, tengo una permanente sensación cantabile, por expresarlo de forma musical, la sensación de que el fraseo que me gusta está a punto de querer cantar, y que hay una partitura sin duda en la sintaxis, una simetría, y también asonancias, pero que todo, incluyendo el desorden, tiene una armonía secreta. El arte de la escritura tiene mucho que ver con eso, con crear estructuras muy armónicas y equilibradas, incluyendo los desequilibrios que las contrapesan, y que están destinadas a emocionarte de manera totalmente instintiva e irracional. La escritura, al igual que la composición musical, trabaja con herramientas enormemente técnicas: ritmo, fraseo, compás… las cuales tienen, sin embargo, una infinita capacidad emocional y espiritual. 

No he podido ir por el camino de la música, a pesar de que estudié algunos instrumentos y fui un torpe músico aficionado, pero si no me quedó el talento musical, sí que me ha quedado la inclinación musical hacia la palabra, la cual tiene la misma elasticidad de la música: hay momentos de “escritura de cámara”, como lo suele ser la poesía, enormes momentos sinfónicos, como es el caso de la novela. ‘Fractura’, por ejemplo, tiene algo de sinfónico en su estructura, momentos de mucho forte, otros de tutti, muy orquestados, pero también pequeños solos. Me gusta imaginarlo así, con símiles musicales, porque conectan con esa parte de mi infancia. La música viene a ser una manera, muy placentera, de relacionarte con la realidad.

J.G.: Pero también te quedó el oído, o lo tenías… Te he escuchado, no solo hablar, sino leer, y no me cabe la menor duda de que tú lo tienes.

Andrés Neuman: Eso es importante. El oído es un órgano poderosísimo donde está el alma secreta de las cosas; además, es un órgano que, excepto en los momentos musicales de nuestra vida, subestimamos. El resto de los sentidos está más presente en nuestra vida no artística (la vista, la gran dictadora de nuestro tiempo, pero también el propio gusto, el tacto, desesperadamente necesario en un momento pandémico como este que vivimos…). No somos plenamente consciente de hasta qué punto nos afecta ético estéticamente el oído, las 24 horas del día —ya que es el órgano que nunca descansa—. En cierto modo es la medida de todas las cosas en literatura.

J.G.: Y ya que mencionamos la música, algunos de tus poemas han sido musicados (me viene a la cabeza la hermosísima ‘El Cielo literal’ (‘Navegación por estima’, Cosas Que Hacen Bum, 2018), o el libro—disco ‘Alguien al otro lado’ (Comares 2011), en el que Juan Trova puso música a una docena de poemas tuyos. ¿Qué sientes al escuchar tus poemas convertidos en canción?

Andrés Neuman: Que vuelvo a casa —risas—. Una plenitud, no mía, sino de la palabra, muy grande. Siento que las palabras se alegran, como si recuperaran algo que fue suyo. Juan Trova y tanto él como su familia somos muy amigos y hemos colaborado mucho. La suya es una familia de artistas: Elizaberta, su esposa, su hija Teresa, bailarina y coreógrafa y su hijo Juan Ángel, que es músico, actor y poeta. La menciono al completo porque el todos ellos participaron en la creación de ese libro—disco. Juan es uno de los grandes literatos de nuestra música popular y un gran lector de poesía. Una de las personas con mayor sensibilidad musical hacia la poesía que conozco. Cuando lee poesía lo hace tarareando (algo que me sucede también a mí, pero carezco de su capacidad para luego poner música a los poemas).

Cosas Que Hacen Bum es un grupo con el que también mantengo una amistad. Hace un par de años compusieron una preciosa canción a raíz de mi poema ‘El cielo literal’ que Penélope canta con muchísima dulzura.

J.G.: “La vida es una continua metáfora”, afirmas. ¿Es tu obra un intento por literalizar la vida?

Andrés Neuman: Precisamente en ese poema digo “hoy quisiera no añadir ni una coma al cielo literal de cada día”. Es una forma de honrar la cualidad metafórica de la vida misma. Habla de cómo no podemos escapar del pensamiento metafórico. La literalidad del cielo era una metáfora también. La poesía en realidad nos recuerda una verdad que es casi tribal, que tiene que ver con que nunca podemos tener una relación literal con la realidad. Lo que hacemos es cambiar de metáforas. Las tribus no occidentales, no urbanitas, tienen las suyas, sus rituales, que la antropología estudia, pero nosotros, los occidentales, no somos conscientes de hasta qué punto nos organizamos también tribalmente. Toda sociedad, hasta la más industrializada, la más presuntamente civilizada, es un conjunto de metáforas en juego. No podemos vivir sin pensamiento simbólico. La poesía nos proporciona un instrumento para relacionarnos con ese pensamiento metafórico. Es como, volviendo a la relación literatura—ciencia, si la poesía nos legase un microscopio con el que estudiar nuestro permanente pensamiento metafórico. Incluso ese ‘cielo literal’ encierra una metáfora sobre la literalidad. El pensamiento literal está más allá de la capacidad humana. Sólo tenemos metáforas que viajan dentro de metáforas que viajan dentro de metáforas. Y la historia de las religiones lo demuestra: los dioses se van reciclando en una especie de intertexto. Cuando se estudia religión comparada se produce el asombro de ver hasta qué punto los  mitos, los dioses y los rituales se relacionan, se citan entre sí, y cuando te apartas un poco del pensamiento religioso, lo que encuentras no es el fin del pensamiento simbólico, sino otros pensamientos simbólicos. Al fin y al cabo nos relacionamos poética, metafórica y simbólicamente con la realidad y eso es una señal de complejidad y sofisticación cultural, es decir, no creo que los invertebrados tengan una especial relación metafórica con la realidad —risas—. Combatir el pensamiento metafórico sería renunciar a lo que nos constituye como humanos, así que… Metafóricos y a mucha honra —más risas—.

(Continuará…)

Siete poemas de Casa fugaz (poesía 1998-2018)
Andrés Neuman

© La Bella Varsovia

(I)

EL JARDINERO

Aprendí con mi abuelo a plantar árboles. 

“Los sauces necesitan
más agua, Andrés, que vos, 
y sus raíces
al principio no son 
demasiado profundas. 
A veces crecen rápido
y otras veces se estancan en la tierra,
asustados del aire.”

Hoy no existe ni abuelo ni país
ni tampoco ese niño, pero queda
aquel sauce encorvado al que –me digo–,
Andrés, hay que cuidar, 
estas raíces frágiles, 
este miedo a la altura de la vida.

PALABRAS A UNA HIJA QUE NO TENGO

Entornaré tus ojos si prometes soñarme.
Compréndeme, no es fácil velar por alguien siempre,
a veces necesito saber que tienes miedo.
Cuando sepas hablar, dame mi nombre: 
diciéndome papá habrás hecho bastante.
En invierno no abrigues demasiado
tu cuerpo de princesa, más útil y más noble
es irse acostumbrando a resistir.
Acepta golosinas de los desconocidos
(no anda la suerte para andar negándonos),
pero apréndete esto en cuanto puedas:
más frecuente es lo amargo o que te ignoren, 
y no los caramelos.
Te enseñaré a leer fuera del aula
y llegada la hora quiero que escribas mar
sobre los azulejos del pasillo.
Cuando cruces por fin la calle sola
sabrás que el riesgo y la velocidad
perseguirán tus días para siempre.
No creas que en el fondo no soy un optimista: 
de lo contrario tú no estarías ahí
cuidando que te cuide como debo.
Como ves, desconfío 
de quienes no veneran el asombro 
de estar aquí, ahora. 
Existe la alegría, pero duele; 
tendrás que conseguirla. 
Y cuando la consigas tendrás miedo. 

LA DULCE CUCHARADA

Es lo que necesito para hablar. 
No el hecho: la inminencia. 
No el vuelo del gran pájaro
sino un roce de ala. 

La palabra dibuja
la meta sin el límite. 
En su persecución interminable 
el casi me seduce, me transporta. 

Tengo ganas de casi para siempre. 
De restarle a lo exacto la dulce cucharada.

Segunda parte: Andrés Neuman: «Si me estuviera muriendo me pondría a escribir, no para huir de la realidad, sino para palparla una última ve

Javier Gilabert / Fernando Jaén
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