Entrevistas

Isaac Rosa:«Lo contrario de la soledad no es la compañía, sino la comunidad»

Isaac Rosa«Lo contrario de la soledad no es la compañía, sino la comunidad»
Isaac Rosa

Isaac Rosa: «Lo contrario de la soledad no es la compañía, sino la comunidad»

secretOlivo inicia, con esta entrevista al novelista Isaac Rosa (Sevilla, 1974), una serie de conversaciones con creadores y creadoras cuyas obras buscan transformar la mirada que arrojamos sobre la sociedad, propuestas artísticas que buscan impulsar una mirada crítica ante un acontecer que se fortalece en procesos cada vez más deshumanizadores.

EnLugar seguro’ (Seix Barral, 2022), Rosa disecciona la sociedad actual –seamos precavidos con el adjetivo- desde diversas categorías proponiendo una ficción que puede mirar a los ojos de la realidad y en la que aborda la experiencia del miedo, la ideología de trincheras, la imperante necesidad de lo colectivo y el papel transformador del feminismo. Una novela profundamente inteligente que pone en valor el sentido político que todo lenguaje ha de tener.

Lugar seguro’ es una novela que busca intervenir políticamente sobre la realidad más inmediata –cómo saber lo que sucederá mañana– con el fin de interpelar al ciudadano que sostiene tu libro. Una suerte de llamada a la reflexión sosegada sobre el mundo bunker que estamos construyendo y del que participamos, en mayor o menor medida, y con mayor o menor responsabilidad. ¿Por qué urge un diálogo político con la realidad?

La realidad, eso tan indefinido, inenarrable y hasta negado, pero con la que nos golpeamos a diario, dialoga poco, la verdad. Es más, un pulso, incluso un pulso violento. La realidad está en permanente construcción, es por supuesto dialéctica, y algunos no queremos quedarnos fuera de esa partida. No pretendo interpelar la realidad en su totalidad, más bien algunas realidades, algunas caras de esa realidad sobre las que sí podemos ejercer acción.

Entre ellas, por supuesto, la representación de la realidad, que es una parte de la misma, aunque a menudo la tomamos como la realidad misma. Con lo que solemos confrontar no es con la realidad (sea eso lo que sea), sino con las distintas representaciones de la misma que circulan y que buscan imponerse. Ahí podemos hacer algo los creadores, espero.

Me quiero parar en esta palabra, «Responsabilidad», tan denostada en el presente por la tendencia contemporánea a retorcer el lenguaje hasta que deje de tener sentido. Parte de la actividad de lo humano se sostiene, precisamente, en esa responsabilidad de las acciones propias sobre lo que es ajeno. Esto lo planteas en la historia a través del comportamiento de Segismundo García, un tipo cínico y frustrado, de mundo pequeño, que representa, precisamente, la ausencia de responsabilidad en cualquier ámbito de su vida.

Cada vez que pronuncio en público “responsabilidad” aplicada a la actividad artística veo el alzarse de cejas, las sonrisillas, cuando no el espanto y el reproche. ¿Cómo se puede hablar de responsabilidad al referirnos a un ARTISTA, que por definición es libre, soberano, autónomo, es decir: irresponsable? No me importa, y tampoco recurro a eufemismos. Creo que se debe hablar de responsabilidad cuando hablamos de creaciones artísticas que, lo quiera o no su creador, coincidan o no con las deseadas, tienen consecuencias. Sobre quienes las reciben, y sobre la comunidad en la que intervienen. Una novela, por limitado que sea su alcance, tiene consecuencias no solo sobre sus lectores, también sobre quienes no la leyeron, en términos de proponer, privilegiar o denostar unos valores frente a otros, una visión del mundo, una ideología, una ética, una estética, una subjetividad, un lenguaje, unos deseos, unos miedos, unas expectativas, unos límites… Lo que uno escribe tiene consecuencias, claro que sí, y desde ese momento uno puede asumirlas y hacerse cargo (y no otra cosa es la responsabilidad), o desentenderse, mirar para otro lado, decir que “los personajes cobraron vida y tomaron sus propias decisiones”, ser irresponsable.

Mientras te comento esto, reparo en el empleo que haces del lenguaje como vehículo transformador de realidades. El lenguaje que emplea Segismundo García no es el de Gaya, por ejemplo. El lenguaje importa. El lenguaje es una batalla diaria, no solo para quienes escribimos. En ese pulso permanente y a menudo violento que tenemos con la realidad y sus representaciones, el lenguaje es uno de los más intensos.

Hablar sin que el lenguaje hable por ti. Y si no confrontas, acabas hablando la lengua del poder. Nombrar es poder, ya se lo decía Humpty-Dumpty a Alicia: el problema no es si las palabras pueden significar cosas diferentes; el problema es saber quién manda.

En ‘Lugar seguro’ acercas la lente para ampliar la imagen de nuestro modelo de convivencia social, un modelo dañado por la presencia de la vulnerabilidad, la precariedad y la incertidumbre. Esto lo traduces, dentro del itinerario narrativo, en el ejercicio del miedo, un mecanismo de control prácticamente perfecto. ¿Cómo plantar cara a un miedo cotidiano que persiste e insiste tanto en el mundo real como en lo líquido?

Si algo aprendí del movimiento contra los desahucios, al que me acerqué años atrás para conocerlo desde dentro y escribir sobre ello, es que el miedo no nos lo podemos quitar solos. Contra el miedo, la única seguridad posible es colectiva. Cuando alguien llega a una asamblea de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca muerto de miedo (eso sí que es miedo) porque va a perder su casa, y se siente asustada pero también sola y culpable, el miedo se lo quitan entre todas, cuando le dicen: no estás sola, estás con nosotras; el problema no es tuyo, es de todas; no vas a perder tu casa, porque vamos a impedirlo, negociaremos contigo, presionaremos, pondremos el cuerpo cuando vengan a desahuciarte; y si al final te echan, conseguirás otra vivienda con nosotras. Más allá de teorizaciones, esa es una experiencia real de cómo combatir el miedo.

Vale para ese y para muchos otros miedos, pues bajo el miedo líquido, sí, incluso cósmico, innombrable, hay muchos miedos materiales, reconocibles, superables. Por ejemplo: frente a los miedos laborales, el sindicato, la acción colectiva, no estar solo frente a la empresa o el mercado.

La idea de partida: el aislamiento. El sentido del ser humano es estar con otros y estar en otros. Parece que este pacto, como tantos otros, ha saltado por los aires…

La soledad es uno de los sentimientos dominantes en este tiempo. Nos sentimos horriblemente solos, nos han dejado solos, y eso nos hace sentir vulnerables, inseguros, a merced de no sabemos qué. Consumimos todo tipo de lenitivos, tanto farmacológicos como figurados, con los que quitarnos esa soledad. Pero lo contrario de la soledad no es la compañía, sino la comunidad.

El bunker, el miedo, el aislamiento. Ecosistema para generar un mundo de personas asustadas, controladas en cubículos donde apenas un ser humano puede desarrollar su actividad más básica. Metáfora de la cultura pantalla, de todos esos procesos que con la pandemia se han intensificado y precipitado y que está dejando a tanta gente por el camino.

Sí, yo pensaba el búnker en términos metafóricos, como expresión última del “sálvese quien pueda” tan de nuestro tiempo, la individualización y psicologización de los problemas, la privatización de todo conflicto, el encierro frente a un mundo amenazante, el encierro como único “afuera” posible en un sistema que no parece tener exterior ni apenas márgenes. Por desgracia, los acontecimientos recientes (la guerra, sobre todo) han impuesto una lectura más literal de mi novela, pues el búnker de pronto forma parte de nuestro horizonte.

Hay otro aspecto de la novela que me parece especialmente interesante y hábil, por cómo lo llevas al subsuelo narrativo, que consiste en reflexionar sobre qué nos sucede cuando nos ponemos un precio. Qué vales cuando todo vale.

Constantemente estamos sintiéndonos valuados, y enseguida devaluados. Ocurre en todos los ámbitos de nuestra vida, incluso en los más íntimos, o sobre todo en los más íntimos. Lo teorizó impecablemente Eva Illouz, al señalar el amor como fuente de valoración y dramática devaluación, por la que las rupturas amorosas se convierten en catástrofes íntimas que nos hunden al perder todo el valor que la persona amada nos otorgó al querernos.

Qué curioso. Pensando en este tema del precio, esta frase tan chusca que nos dicen, casi como un dogma, «todos tenemos un precio». Justificación para hacer todo tipo de barbaridades, de pequeña y baja intensidad, me lo llevo a la novela y haces algo audaz con lo íntimo. En este mundo donde nos mostramos, exhibimos, rozando lo pornográfico, donde vendemos a las personas que pasan por nuestros dormitorios, ante todo este mensaje neoliberal sobre lo íntimo: lo humano.

Siempre hay que tener a Machado a mano: todo necio confunde valor y precio. Pero sí, nos hemos dejado poner precio, estoy seguro de que hay algoritmos que miden en dólares lo que cada persona vale en distintos ámbitos de su vida. Me agota la cantidad de “capitales” que hemos conceptualizado en los últimos tiempos: capital social, cultural, erótico…

Capitales que esperamos monetizar tarde o temprano, que nuestro valor sea en efecto precio, ganancia. Y frente a eso, en efecto, hay que reivindicar lo humano, el valor no monetarizable.

Segismundo García es un tipo hiperbólico, cínico y vanidoso. Este personaje bebe de cierta tradición de nuestra literatura – y cinematografía-, si lo medimos con nuestro ahora, ¿tiene más de personaje especular o de caricatura?

Segismundo representa el tipo humano característico del neoliberalismo, el capitalismo en su fase actual, más que la picaresca clásica. Esa búsqueda del beneficio rápido, pasando por encima de todo y de todos, donde todo vale y sálvese quien pueda, es muy característica de esta época.

La tensión padre hijo te sirve para ahondar en el daño que la masculinidad normativa ha causado – y causa- a generaciones de hombres.

Sí, lo he comentado con muchos lectores hombres, que se han reconocido hijos de una forma (masculina, sí) de entender las relaciones familiares: sin contacto físico, con los afectos bajo control, emocionalmente rígida. Sin cuerpo. “Siempre fuimos de no tocarnos”, que dice el protagonista de su padre. Incluso teniendo buena relación con nuestro padre, y queriéndolo y sabiéndonos queridos, había ahí un límite, una barrera en la expresión de sentimientos. Por contra, veo cómo esos mismos lectores (yo mismo) no queremos repetir ese modelo con nuestras hijas e hijos, mostramos con más naturalidad nuestros afectos, también con el cuerpo. Creo que esa masculinidad está siendo superada, por fortuna.

«En circunstancias de desastre, de gran calamidad o derrumbe social, lo que predomina no es la violencia, el caos y el sálvese quien pueda, sino todo lo contrario, cooperación, ayuda mutua, solidaridad, comunidad.» Podría preguntarte que el contrapoder pasa por lo común, lo colectivo. La generosidad. Pero creo que podemos ir más allá. El contrapoder pasa por la sostenibilidad de lo que nos hace ser humanos.

No me cansaré de recomendar la lectura de Rebecca Solnit, de quien tomo esas ideas, en su libro “Un paraíso en el infierno”. Lo importante no es solo que en momentos así afloren la solidaridad y la cooperación, sino que además se desata la imaginación colectiva, asoma otra sociedad posible, otra forma de organizarnos y vivir, que el poder intenta reencauzar de inmediato. Por eso en momentos de catástrofe lo primero que hace el poder es sacar al ejército y la policía. No para tareas humanitarias, sino para mantener el orden, que no sea subvertido por quienes de repente descubrimos que podríamos hacer las cosas de otra manera.

Emociona cómo reflejas lo que el movimiento feminista ha hecho, y hace, por el mundo. Pensamiento crítico y disidente. Único contrapoder posible. Gaya, Mónica. Ellas disienten y resisten.

Sí, las mujeres en la novela son el contrapunto a esa forma masculina que comentaba y que infecta todas las relaciones humanas, no solo familiares. Pero además, es un reconocimiento de cómo los más prometedores movimientos sociales (y los más esperanzadores) de los últimos tiempos han estado protagonizado por mujeres: la lucha contra los desahucios (donde las mujeres daban siempre el primer paso para pedir ayuda, y luego se quedaban militando una vez resuelto su problema); el activismo por la emergencia climática (mujeres jóvenes sobre todo, tanto el inicial Friday for Future como el más radical que hoy entra en los museos); y por supuesto el feminismo.

Para terminar, algo de humor. ¿Qué hacemos con los botijeros?

Escucharlos, atender a sus propuestas, asomarnos a sus espacios colectivos, sumar fuerzas. No sé si los “botijeros” son el futuro, si sus propuestas son suficientes para lo que tenemos por delante. Pero a día de hoy no tenemos muchas alternativas, y hay gente haciendo propuestas y experiencias muy valiosas. Pueden ser el comienzo, solo el comienzo, pero no seamos Segismundos y no los despreciemos y descartemos a las primeras de cambio. Larga vida al botijo.

Cristina Consuegra
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