Entre2vistas

Andrés Neuman: «Si me estuviera muriendo me pondría a escribir, no para huir de la realidad, sino para palparla una última vez»

Andrés Neuman. Foto de Antonia Ortega Urbano
Andrés Neuman. Foto de Antonia Ortega Urbano

Andrés Neuman: «Si me estuviera muriendo me pondría a escribir, no para huir de la realidad, sino para palparla una última vez»

Segunda parte, de dos, de la entrevista a Andrés Neuman.

Primera parte: Andrés Neuman: «Escribir es siempre un acto de esperanza»

F.J.: Si hay un escritor que me fascinó hace ya unos cuantos años, sobre todo con ‘Los detectives salvajes’ (Anagrama, 1998), pero también con su poesía, es Roberto Bolaño. Su grupo de poetas, su realismo visceral, nos sugiere que hay momentos para recitar poesía y otros para boxear. ¿Has tenido algún grupo de púgiles poetas como el de la novela?

Andrés Neuman: Sí que hubo un grupo en mi juventud, aunque me temo que estábamos en las antípodas del pugilato —risas—. Éramos lo menos boxeadores que te puedas imaginar en todos los sentidos. Me refiero al grupo de jóvenes poetas, chicos y chicas, que hacíamos ‘Letra clara’, una revista que por suerte continuó durante muchos años y que, en sus sucesivas reencarnaciones, llegó a ser la revista más longeva de la historia de la Facultad de Letras. Fue un proyecto colectivo muy bonito que se reencarnó varias veces y en la reencarnación que me tocó a mí, la segunda —y una de las más largas, desde el 2º hasta el 7º u 8º número, en una etapa que duró 3 o 4 años—, el grupo que trabajábamos en ella (José Andrés Cerrillo, Ramón Repiso, Marga Blanco, Trinidad Gan, Ignacio García, Jorge Fernández Bustos, que era el maquetador, y mucha otra gente) fue algo similar a lo que comentas. Lo recuerdo como una experiencia fundacional. La poesía enhebra soledades enseguida. A veces lo hace indirectamente, a través de la gran hermandad de gente que lee y escribe poesía, y otras de forma más tribal, formando grupos o por afinidad estética o personal, por un cariño que contiene muchas poéticas, que es la que a mí más me gusta. No me interesan mucho los grupos “de manifiesto”, los “ismos” —aunque me fascinara estudiarlos en su momento— de estética cerrada que define qué es la poesía y combate a otros (creo que eso son momentos de contracción estética), sino los grupos que son como laboratorios de diversidad humana, los cuales son muy enriquecedores, y ‘Letra clara’ fue uno de ellos, porque de hecho teníamos poéticas muy distintas; nos unía una locura poética similar, más que un manifiesto estético. Ahora bien, la comparación de la literatura con el boxeo creo que pertenece a un paradigma de la masculinidad y a otra época del estudio de la literatura. Pocas escritoras te encontrarás interesadas en la comparación entre boxeo y literatura. Se trata de una idea muy masculina y además de determinada época de la masculinidad. Una idea como muy “Hemingway” en la que la generación de Bolaño no dejó de educarse. Y para que veas que abrazo la contradicción te lo cuento confesándote que la historia del boxeo me fascina. Me interesan sobre todo los grandes boxeadores, los Mohamed Alí de turno. Creo que he visto todas sus peleas. Su figura me apasiona: era un rapero, un repentista, un retórico del boxeo.

Ahora bien, no creo que las metáforas boxísticas se hayan acabado, porque la realidad nos sigue golpeando, sigue habiendo grandes boxeadores en la sociedad. Pero estos practican una disciplina mucho menos noble, porque el boxeo es enormemente civilizado; consiste en someter la violencia a unas reglas y encierra cierta nobleza que la verdadera violencia no tiene. Pocas cosas hay más emocionantes que ese momento en el que la pelea se acaba y los boxeadores se abrazan con respeto y reconocimiento. La verdadera violencia es lo contrario del boxeo.

«La poesía enhebra soledades enseguida»

F.J.: ¿Te habrías embarcado en una aventura así para conocer a un autor de culto? ¿Llegaste a tener alguna relación con Bolaño?

Andrés Neuman: Volviendo a Bolaño, un hombre al que admiré, del que aprendí y al que quise mucho, os confieso que tuve mi pequeña peregrinación, no al desierto como en ‘Los detectives’, pero sí a la costa, a Blanes. ‘Los detectives salvajes’ para mí es la gran novela de Bolaño, me gusta mucho más que ‘2666’. Creo que es una obra cumbre de la literatura latinoamericana y de la literatura en español, a la altura de las grandes obras, con la desmesura, el caos, la emoción, el talento, la belleza y la política de la mejor literatura latinoamericana. Me pongo de pie para hablar de ella. Me parece un libro infinito, en cierto sentido más preciso que ‘2666’ que es un libro monumental, no inacabado, porque no lo está, pero sí sin pulir, sin corregir, como Roberto probablemente habría querido hacer si la salud lo hubiera acompañado. La literatura de Bolaño es la literatura de la moribundia, porque casi todo lo escribió en ese estado, y esa urgencia, esa pulsión de vida, esa sabiduría de cowboy moribundo tiene mucho que ver con el hecho de que sabía que estaba enfermo, así que, en realidad, si Bolaño hubiera estado sano, habría tenido más tiempo para corregir ‘2666’ pero probablemente no la habría escrito.

‘Los detectives salvajes’ es su novela, no más perfecta porque no aspira a eso, pero sí más acabada en su gozosa imperfección.

A Bolaño lo vi una sola vez. Manteníamos una amistad epistolar y telefónica. Era uno de los mejores conversadores telefónicos que he conocido en mi vida.

F.J.: Y un gran relatista…

Andrés Neuman: Sin lugar a dudas. ‘Llamadas telefónicas’ me parece un gran libro de cuentos. Como buen novelista poeta tenía que amar el cuento, que es el género anfibio, pues posee la capacidad narrativa de la novela y el enamoramiento por la brevedad, por la orfebrería de la poesía. Bolaño era un gran cuentista. Sin ir más lejos, ‘Los detectives salvajes’ contiene un libro de cuentos. De sus tres partes, la segunda lo es. Pero como sucede con ‘El Quijote’, cuya primera parte es un libro de novelitas ejemplares. Bien, como te decía, a pesar de los cientos de llamadas telefónicas que compartí y disfruté con él, en las que yo básicamente escuchaba —a veces hasta tomaba notas, porque era tan ocurrente, maravilloso y melancólicamente sabio que no podía evitarlo— y él hablaba, como correspondía, en nuestro abundante intercambio epistolar se producía una especie de diálogo en el que a mis veintipocos años sí que le decía cosas a Bolaño —ahora me moriría de vergüenza— (risas). Fue una especie de hermano mayor espectral. Era una sola voz sin cuerpo…

Pero lo cierto es que sólo lo vi una vez en mi vida. En octubre o noviembre de 2000 tomé un tren de Barcelona a Blanes. En aquella época no me resultaba fácil: no tenía un duro y el hecho de ir a Barcelona ya suponía tiempo y dinero. Él fue a recibirme y caminamos desde la estación hasta su casa lo cual, si no recuerdo mal, implicaba recorrer buena parte del paseo marítimo. Llegué para comer. Él cocinó. Tacos mexicanos, lo cual lo retrata de cuerpo entero, porque eso era Bolaño: un chileno que vivía en Cataluña y pensaba como un mexicano. Y eso mismo es también ‘Los detectives salvajes’: la gran novela mexicana que un chileno escribió en Cataluña, una inmejorable manera de abolir las fronteras mecánicas, que no sirven para nada. Él hablaba todavía con acento chileno, pero lleno de españolismos, y con ese léxico bastante español que pronunciaba con acento chileno te hablaba de México

Después de comer puso rock mexicano e hizo algo inaudito, pero que también nos descubre cómo era (especulativo, racional, calculador, tremendamente analítico): proponerme una partida de ajedrez.

Todos: (Muchas risas).

«‘Los detectives salvajes’ es la gran novela mexicana que un chileno escribió en Cataluña, una inmejorable manera de abolir las fronteras mecánicas, que no sirven para nada»

Andrés Neuman: Bolaño era un gran ajedrecista y a mí me gustaba mucho el ajedrez. En cuanto esta cuestión salió a relucir en la conversación, dando alaridos sacó un tablero. Escuchando a Alex Lora, puro rock protesta mexicano, me sometió a una agotadora partida de ajedrez de tres horas —risas—.

Roberto era especulativo, sí, pero también tremendamente analítico, inteligente y racional. Cogía un libro de poemas y podía pasar media hora analizando un verso… En ese sentido era muy poco romántico.

Cayó la noche y fuimos a cenar con su familia, su mujer Carolina y Lautaro, por entonces su único hijo. Después me invitó a dormir a su casa. Todo el mundo se acostó y seguimos en pie; yo soy noctámbulo y él era un vampiro. Escribía toda la noche, llevaba a los niños al colegio, desayunaba y se acostaba. Vivía con permanente jet lag —con el que me identifico bastante— y hasta llegó a escribir sobre ese jet lag como forma de vida, no como forma de viajar. Aquella madrugada pasaron cosas asombrosas que recordaré toda la vida. Me leyó durante largo rato poesía griega, sobre todo Arquíloco; me leyó su poesía y hablamos sobre ella y cuando amanecía y llegó la hora en la que él solía irse a dormir, cruzamos a su estudio, que estaba a menos de un minuto en frente de su casa.

La casa de Bolaño estaba perfectamente limpia y ordenada, impecable; era una casa catalana burguesa, con los libros ordenados por editorial, como en una librería; todo lo contrario de lo que el tópico naíf de Bolaño te podía hacer pensar. Pero su estudio era la pocilga que esperabas de Bolaño —muchas risas—.

Era mohoso, húmedo, frío, desordenado, llena de cajas con sus libros traducidos a todas las lenguas del mundo, y él se abría paso por el pasillo dándole patadas a esas cajas: “Ah, mira: una traducción rusa; una traducción china…”. Había un sofá viejo, una silla vieja, una computadora vieja y montones de papeles clavados con chinchetas. Y hasta el día de hoy esa costumbre la he honrado: escribir rodeado de imágenes, notas, mapas, planos, desplegados por la pared como si de un caso del FBI se tratara —risas—. Comprendí que igual que Bolaño era cowboy y zen, boxeo y bel canto, ajedrez y rock, también era una casa limpia, luminosa, ordenada, meticulosa y un estudio maloliente y precario; él era las dos cosas —volvemos de nuevo a las dicotomías de las que hablábamos al principio de esta entrevista—

A las seis de la mañana comenzaba a entrar la luz por la ventana. Al ser otoño, aquel era un amanecer blanco y lento y él, como los vampiros, salió huyendo, aunque antes de desaparecer me hizo la cama, me acostó —yo estaba un poco borracho ya; él no, porque no podía beber a causa de la grave enfermedad hepática que padecía, y había pasado la noche a base de manzanilla— como un padre. Me arropó, me dijo “Buenas noches, Neuman” (porque a él le gustaba llamarme por el apellido; tenía la costumbre un poco borgeana de llamar a los escritores por el apellido), apagó la luz y nunca más lo volví a ver. Fue una de las noches más hermosas e inolvidables de mi vida, de la cual se cumplen ahora veinte años.

«Escribir es una manifestación de afirmación por la vida»

F.J.: Si no recuerdo mal, tenía una hemocromatosis y una avanzada hepatitis y que a la postre supondría su final. Pensando en que dejó muchas obras sin publicar y sin corregir, me venían a la mente dos casos bien distintos de personas que saben que su final está próximo y en las diferentes maneras en que lo afrontan. Por ejemplo, Saramago y Günter Grass. Cuando el primero supo que se estaba muriendo se dedicó a sacar a razón de un libro cada seis meses o cada año, mientras que Grass, en lugar de publicar, lo que hacía era irse a los cafés de su ciudad a hacer tertulia literaria y a releer su obra.

Andrés Neuman: ¡Qué manera más narcisista de agonizar la de Grass! –risas—. Me identifico mucho más, salvando las enormes distancias, con la reacción de Saramago: ponerme a escribir desesperadamente. Quizá alguien pudiera opinar: “Pues si te queda poco, dedícalo a vivir”. Pero, claro, para alguien que escribe, escribir es vivir (otra dicotomía bárbara). “No escribas, vive”. ¿Pero qué me estás contando? Si yo vivo escribiendo y escribo viviendo. Escribir es una manifestación de afirmación por la vida brutal. No existe mejor manera de sentirnos vivos que cuando leemos y escribimos. Si me estuviera muriendo me pondría a escribir, no para huir de la realidad, sino para palparla una última vez.

Por otra parte, hay una enorme diferencia entre Bolaño y Saramago, y es que el segundo disfrutó del privilegio de la vejez, una vejez lúcida y sana. Sin embargo, Roberto tuvo que hacerse viejo demasiado rápido. Sabía que probablemente no llegaría a viejo y eso le proporcionó una especie de edad mediana muy sabia y muy melancólica, y también muy afectiva. Esa vulnerabilidad y la sensación de mortalidad permanente que hay en Bolaño le dan ese plus de emoción que creo que tiene toda la gran literatura. En él no hay ni un minuto de olvido de la mortalidad, lo cual considero que es la marca de los clásicos. Y luego está la poesía en un doble sentido: en él no se trata sólo de un género literario, pues Bolaño escribió poesía, y mucha, sino que su narrativa habla de poesía todo el tiempo, es decir, en su caso la poesía es un género, es un tema, e incluso un objetivo, porque ‘Los detectives’ es una novela sobre la búsqueda, la persecución y la inalcanzabilidad de la poesía, sobre el fracaso de la utopía poética.

Esto me parece especialmente relevante porque el Boom latinoamericano está lleno de novelistas que no leían poesía o no parecían hablar sobre ella: tomemos los modelos vargallosiano o garcíamarqueciano, en los que la poesía está prácticamente ausente. En el canon del Boom hay tres lagunas: la de género, el canon en sí mismo, que deja fuera a autores tan importantes como Manuel Puig, y lo poco que hablaban de poesía.

J.G.: Con ‘Seis fragmentos de bienvenida’, tu compañera Erika Martínez nos abre las puertas de tu casa y nos invita a entrar en ella. ¿Qué sentiste al leer por primera vez su prólogo?

Andrés Neuman: Fíjate que fue algo infrecuente, porque a Erika y a mí nos gusta cuidar la independencia de cada cual. Siempre nos ha gustado la discreción, la autonomía de las obras tanto de la suya, poética y ensayística, como de la mía. Hemos aprendido muchísimo el uno de la otra, sin ninguna duda, pero desde la consciencia de que no nos parecemos demasiado escribiendo y eso nos gusta, nos reconforta y nos tranquiliza. Sentí mucha emoción y una complicidad muy profunda. Es como si todo lo que tenemos en común en secreto de complicidades y de aprendizajes literarios hubiera emergido excepcionalmente. Muy de vez en cuando lo hacemos visible y este fue uno de esos casos. Creo, además, que escribió un prólogo excepcionalmente complejo, denso conceptualmente, como todo lo que ella escribe, incluyendo sus artículos de prensa, pero al mismo tiempo se trata de una especie de atrevimiento, no exento de sentido del humor, para construir imágenes que reflejan pensamiento ideológico complejo. Esto es muy propio de ella y puede apreciarse en todos sus libros. Me encantó la manera en que lo elaboró, igual que hace una verdadera escritora: llevándolo a su terreno estilístico y conceptual. Era un texto que solamente alguien que conoce íntimamente mi trabajo, como sólo puede hacerlo mi pareja de toda la vida, podía escribir, pero lo hacía sin desviarse ni un centímetro del estilo de la poeta que es Erika. Creó algo bellísimo, fuera de lo habitual, y me contó que disfrutó mucho haciéndolo y fue de esas raras veces en que nuestros caminos literarios se encuentran en público, aunque en casa están permanentemente entretejidos. Vivimos yendo de un escritorio al otro a leernos, consultarnos, comentar cosas, y creo que cada cual lo hace desde el enorme respeto a las diferencias de estilo que hay y que son las que hacen que nos podamos comunicar de igual a igual.

J.G.: En esta antología nos encontramos con cinco poemas inéditos, escritos entre 2018 y la actualidad. ¿Forman parte de un “algo nuevo”?

Andrés Neuman: (Risas).-Sí. Son parte de un libro inédito que poco a poco se va tejiendo. Lo que ocurre es que al libro inédito le ha crecido otro libro inédito, porque la inminente mater-paternidad en la que estamos atravesando en este momento en esta casa, muy gozosamente, además, porque está siendo una espera muy bonita y llena de descubrimientos, al menos para mí, ha generado que de entre esos inéditos se esté abriendo camino un sublibro que acompaña este proceso tan fundamental en nuestra vida. Es curioso, porque yo ya había escrito sobre hijos que no tenía. La paternidad en mi poesía era un hueco, un no-recuerdo. Uno de los poemas que la gente suele recordarme es ‘Palabras a una hija que no tengo’, pero hay otros que dialogan con los hijos que yo pensé que nunca tendría. La escritura, como decía Juarroz, es capaz de reparar orfandades y de generar familias que no tienes o que te habría gustado tener, y yo estaba acostumbrado a esa otra familia sin cuerpo que me procuraba la escritura; siento que todos los personajes de mis novelas son parte de mi familia, incluyendo los que no me caen bien —risas—. Y de pronto ahora va a aparecer un personaje que no es metáfora, lo cual es muy impactante, y estoy tratando de vivirlo más intensamente a través de la escritura.

«Cada niña, cada niño, es un poeta ambulante»

J.G.: Mi siguiente pregunta hacía, precisamente, referencia a esta cuestión. En esos poemas, y también parafraseándote, “la poesía se anticipa al recuerdo del futuro” en el hermosísimo poema ‘Hipocampo sin nombre’ —que de algún modo viene a responder a ‘Palabras a una hija que no tengo’ (‘El tobogán’, 2002)—. ¿En qué modo crees que la paternidad cambiará tu discurso de ahora en adelante?

Andrés Neuman: No lo puedo saber del todo. Intuyo que sin duda será una inflexión. Pero como creo que cualquier experiencia de vida o muerte supone una inflexión. La vida está llena de inflexiones más allá de la mater-paternidad. La relación con nuestros padres y madres cambia. Hay una edad en la que empezamos a ser padres y madres de nuestros padres y madres, si llegan. Cada persona que pierdes, cada muerte que hay a tu alrededor te renace dolorosamente, te cambia la estructura de la vida, y puede que ahora ocurra lo complementario: que cada nacimiento sea la muerte de nuestro yo anterior y su reencarnación por suerte en otro. Así que me imagino que será revelador. Pero al mismo tiempo, pienso también que somos madres y padres con todo lo que traemos de antes, es decir, que no empezamos a criar en el vacío; me interesa ver cómo los más de cuarenta años de mi vida serán volcados en la crianza que a buen seguro me educará a mí. Estoy deseando vivir ese proceso. Una de las poquitas conclusiones a las que he podido llegar es que he cambiado de idea acerca de los bebés y de los embarazos. Mucha gente te dice: “Cuando llegue al mundo tu bebé…”. Y me doy cuenta de que ya está en el mundo. Es decir, no ha nacido, pero se manifiesta constantemente, y su presencia inminente impregna nuestro día a día de una forma intensísima. Ya ha llegado al mundo. Cuando nazca, simplemente cambiará de lugar en él. La inmensa presencia de un bebé a partir de cierto estadio de la gestación me ha parecido reveladora, y también la forma anfibia en que los hombres vivimos el embarazo. Estamos cerca pero lejos, ahí pero no… Me parece una experiencia muy hermosa y misteriosa. Creo que hay poca literatura sobre la cuestión y me interesaría mucho abordarlo.
Por otra parte, me fascina la oportunidad inmensamente poética que se presenta de revisar todo tu vocabulario y la idea del mundo a través de la infancia. Cada niña, cada niño, es un poeta ambulante. Cada vez que te preguntan “¿Cómo se llama esto?, ¿Qué es esto?”, te están dando en la línea de flotación. La infancia es muy radical. Estoy deseando que mi hijo me ayude a volver a hacerme estas preguntas.

J.G.: Volviendo al lenguaje, al leer ‘La casa fugaz’ me encuentro con detalles como este verso de ‘Hipocampo sin nombre’: “Mi mujer, que no es mía”. También en ‘Canto de ti’ o en ‘Retablo de chica corriente’ utilizas el genérico femenino. Tengo mucha curiosidad por preguntarte algo: ¿Qué opinas del lenguaje inclusivo?

Andrés Neuman: El lenguaje inclusivo es ya una realidad. Así que en lugar de preguntarnos sobre si debemos usarlo o no, lo cual me parece una manera superficial de abordar la cuestión, me parece más inteligente trabajar el cómo. Por ejemplo en lo que respecta a sus usos poéticos. Como filólogo puedo afirmar que la Lengua está hecha de historia también. No me intimida que se esgriman en contra de este uso las razones etimológicas del latín; me consta que la lengua evoluciona, que tiene un montón de razones de la pragmática lingüística, y de la influencia sociológica en su evolución. Ha sido así siempre. Puedo ponerte un montón de contraejemplos que refutan algunas de las objeciones que se plantean al lenguaje inclusivo. Cuando se feminiza un sustantivo, por ejemplo, no falta el listo que te lee la cartilla para convencerte de que estás equivocado, indicándote que se trata de un oficio que proviene de la primera declinación latina y que en dicha declinación acaba en “a”, por lo que hay ciertos oficios que no necesitan ser feminizados, ya que etimológicamente no tienen género. Esos listos no habrían, sin embargo, puesto el grito en el cielo cuando los hombres ingresaron en el mundo de la moda y comenzó a haber “modistos”, y no “modistas”. Igualmente, las “azafatas” se convirtieron en “azafatos”, por razones sociológicas del lenguaje. Cuando los hombres ingresaron en alguno de los pocos oficios que estaban dominados por las mujeres y fue necesario masculinizar esos sustantivos, nadie se quejó. Curiosamente cuando ocurre al revés es cuando vienen los lingüistas ortodoxos a corregirnos.

Así pues, para mí la disyuntiva no es lenguaje inclusivo sí o no, sino cómo queremos usarlo: ¿de forma torpe o elegante? ¿De manera sintética o retórica? En ese punto es donde me parece que es urgente que busquemos formas literarias de trabajar el lenguaje inclusivo. Éste se impondrá como una realidad histórica, por lo que en lugar de resistirnos de una forma terca, o bien de abrazarlo de cualquier manera confundiendo la militancia con el estilo, la cuestión es cómo incorporarlo de manera natural, armónica, sencilla, a nuestro lenguaje diario y a nuestra manera de escribir. Ahí es donde yo me hallo: intentando hacerlo de la mejor manera posible. Estamos ante una enorme oportunidad de escritura. Tenemos una tarea colectiva por delante para buscar fórmulas que cumplan con las virtudes que siempre ha tenido el lenguaje: síntesis, economía y claridad. Necesitamos un lenguaje inclusivo que cumpla con eso; tarde o temprano lo encontraremos. Por lo tanto, cuanto menos tiempo perdamos resistiéndonos y más lo ganemos tratando de aplicarlo poéticamente en nuestros textos literarios, con el máximo rigor, antes acabaremos con esta discusión ociosa y antes podremos maravillarnos al constatar que la lengua no puede parar de evolucionar.

«El lenguaje inclusivo es ya una realidad»

Javier Gilabert: Por nuestra parte, creo que no nos ha quedado nada por preguntarte —risas—. No sé si a Fernando le ha quedado alguna cuestión pendiente…

Fernando: Bueno, no te he preguntado por Maradona, pero no sé, mejor lo dejamos para otro día, ¿no? –risas—.

Andrés Neuman: Debe ser para otro día –más risas— porque si no podríamos estar aquí otras dos horas…

J.G.: Para finalizar, tenemos por costumbre que nuestr@ invitad@ cierre las entre2vistas como le venga en gana. “Momento Carta Blanca”, lo llamamos. Su turno, señor…

Andres Neuman: Teniendo en cuenta la duración de nuestra conversación sólo se me ocurre, como cuando éramos críos y estábamos en mitad de un examen, pedir permiso para ir al servicio –muchas risas—.

Siete poemas de Casa fugaz (poesía 1998-2018)
Andrés Neuman

© La Bella Varsovia

(II)

CASA FUGAZ

Somos iguales: tienes 
la exacta fortaleza
que me hace en parte débil. 
Sigue siendo difícil,
en la casa terrena, desnudarse.
¿Trascender? Eso intentan los solemnes, 
como si dominasen el misterio
de habitar hasta el fondo este lugar. 

Si te toco, artesana, 
¿querrás estar aquí enteramente?
Durando en lo fugaz, 
así transcurriría nuestra entrega. 
Desconociendo cómo,
así nos buscaríamos. 
Iguales en la duda. Enamorándonos 
de la fragilidad de estas paredes. 

OTROS HOMBRES

No concluirá la luna su mudanza
sin que el sol modifique sus costumbres,
ni basta con mirar sin posesiones:
es la hora
de adelantarse al borde del espejo, 
y tocarnos
como un agua primera y matutina. 

Lloramos con torpeza, débiles elípticos, 
ansiamos aprender 
a nombrar lo dañado en carne propia.
¿No sería viril saber cantarle
a la espalda torcida que transporta
este saco de piedras heredadas?

Y estos pies ¿no son también hermosos
a su modo cuadrado y poco grácil, 
preparados, por firmes, para dar 
un paso hacia la duda? 

LA OTRA VÍA

Un poema no acude
a un solo andén.

En la estación que sabe demasiado
lo que quiso decir,

descarrilan los trenes.

EL KILÓMETRO EXTRA

No puedo comer el espacio,
y me pesa.

Cuando miro adelante
el futuro me elude
como una lagartija.

Todo lo ocupa eso
que me queda lejano.

El kilómetro extra.
El horizonte en marcha.

Primera parte: Andrés Neuman: «Escribir es siempre un acto de esperanza»

También te puede interesar...

Javier Gilabert / Fernando Jaén
2 Comentarios

2 Comments

  1. Pingback: Andrés Neuman: "Escribir es siempre un acto de esperanza" | secretOlivo

  2. Pingback: Kevin Cuadrado: "La poesía no entiende de banderas" | secretOlivo

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

secretOlivo es una revista independiente de Cultura Andaluza contemporánea.

Hemeroteca

secretOlivo.com se edita bajo licencia Creative Commons. (CC BY-SA 3.0)