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María Elena Higueruelo: «No hay identidad sin memoria»

María Elena Higueruelo

María Elena Higueruelo: «No hay identidad sin memoria»

María Elena Higueruelo (Torredonjimeno, Jaén, 1994) es graduada en Matemáticas y estudiante de Literaturas Comparadas en la Universidad de Granada, ciudad donde reside actualmente. Ha publicado el libro El agua y la sed (Hiperión, 2015), con el que obtuvo el XVIII Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal. Ha sido incluida en las antologías Nacer en otro tiempo (Renacimiento, 2016) y Piel fina (Ediciones Maremágnum, 2019). También ha colaborado en revistas literarias como Piedra del MolinoEstación Poesía y Maremágnum, entre otras. Acaba de alzarse con el prestigioso Premio Adonáis 2019 por su poemario Los días eternos, que estará disponible en librerías desde esta misma semana.

Javier Gilabert: Me entero de que María Elena Higueruelo recita en uno de los Raros de Lunes de la Asociación del Diente de Oro. La acompaña, además, Olalla Castro. La conocí personalmente en la entrega del Carvajal Joven a Fran Navarro. Así pues, vuelvo a hacer malabares con la agenda y consigo acercarme al Liceo Berta Wilhelmi, donde los lunes son Raros –guiño a Javier Egea– gracias a la Asociación del Diente de Oro. Éxito de público. Olalla realiza una presentación soberbia. María Elena asiente en riguroso y respetuoso silencio. Pero cuando llega su turno, se crece y nos deleita con un recital potente, como su discurso. Tal y como sospechábamos Fernando y yo, debemos entre2vistarla. El resultado, a continuación…

J.G.: ¿Qué lleva a una graduada en Matemáticas a matricularse en Literaturas Comparadas? ¿Crees que la clásica división del conocimiento en Ciencias/Letras tiene algún sentido?

María Elena Higueruelo: Un profesor que tuve en Matemáticas decía que daba igual lo que hiciéramos después de la carrera, incluso si no estaba directamente relacionado con ella, porque en esos años habríamos aprendido a plantear y resolver problemas y eso es algo que podemos aplicar a cualquier parcela de la vida. Creo que es cierto y es algo que me consuela. Se ha instalado a día de hoy una concepción muy mercantilista de la universidad; se asume por lo general que el único objetivo de esta es poder optar a un determinado puesto de trabajo, como si fuera un mero trámite burocrático. Sin restarle valor a esa parte, habría que recordar también que la oportunidad de estudiar una carrera es ante todo una experiencia que te permite estar en contacto con personas con las que compartes intereses y construir una visión del mundo propia, crítica. Yo misma he bregado mucho con esto; a menudo siento una especie de culpa porque a pesar de haber estudiado una de las carreras con más salidas laborales, de algún modo estoy desaprovechando esa oportunidad para optar por otro camino que probablemente sea más sufrido en ese sentido. ¿Por qué esta decisión? Supongo que en Matemáticas adquirí muchas herramientas pero no las suficientes (o no las necesarias) para acometer los problemas que a mí más me interesaban, además de ser una carrera muy exigente que me dejó muy poco tiempo en esos años para lo literario. De alguna forma necesitaba reparar ese desajuste. En cuanto a la división Ciencias/Letras, es evidente que tiene sentido en la medida en que es necesaria porque el conocimiento se ha especializado tanto, ¡por suerte!, que sería inviable plantearlo de otra forma. También porque cada una tiene sus propios métodos, claro. Lo que ocurre es que esta división se acepta con frecuencia de manera acrítica como si fuera algo natural cuando por supuesto es una sistematización nuestra. Nuestra inteligencia puede ser fragmentaria pero permanece siempre en diálogo. Hay un ejercicio de Dibujo Técnico que consiste en representar un objeto tridimensional a partir de sus proyecciones; del mismo modo, el conocimiento humanístico y el científico no son más que proyecciones de lo real, hechas desde enfoques diferentes, y hay que conjugarlas para reconstruirlo.

J.G.: Por tu formación como matemática, lo obvio sería preguntarte por la relación que existe entre esa disciplina y la poesía, pero imagino que esa cuestión se te habrá planteado en multitud de ocasiones. Lo que me gustaría saber es hasta qué punto está la ciencia presente en tu poética, de qué conceptos, planteamientos o enfoques propios de la Matemática, de la ciencia te has valido a la hora de elaborar tu discurso.

María Elena Higueruelo: Mi broma interna es que haber estudiado Matemáticas en mi caso se parece un poco a leer algunos libros: al terminar queda un título y una determinada manera de pensar el mundo aunque poco a poco te vas olvidando del contenido. En ese sentido, está presente como experiencia biográfica, como algo intuitivo, podría decirse, que no siempre actúa de manera deliberada. De forma más evidente, hay algunos poemas de El agua y la sed que sí juegan con algunos procedimientos matemáticos: tipos de demostraciones, paradojas lógicas, algunos temas… Lo cierto es que hay en las ciencias algunos conceptos que pueden resultar bastante poéticos si se les da un sentido. Todo pensamiento es trópico y por tanto se pueden encontrar correlatos literarios a algunas nociones matemáticas, pero cada vez me gusta más esconder el primer término de la metáfora y que lo matemático, si actúa, lo haga en la sombra. Yo no quiero escribir poemas sobre las matemáticas, ni poemas matemáticos; ambas cosas me parecen muy cursi. En todo caso quiero escribir poemas donde lo matemático sirva al pensamiento. En Los días eternos solo hay un poema que dialoga abiertamente con lo matemático, Raíz de dos, que remite al momento en que los pitagóricos descubrieron que hay razones, números, que son inconmensurables entre sí. Ahí da comienzo una historia de la matemática, pero también una historia de la filosofía (por algo el lema de la Academia de Platón era «No entre aquí quien no sepa geometría») y con ello una historia del lenguaje. 

«Hay en las ciencias algunos conceptos que pueden resultar bastante poéticos si se les da un sentido»

J.G.: Han pasado cinco años desde la publicación de tu anterior libro, ‘El agua y la sed’, un poemario de marcado carácter reflexivo en el que te hacías muchas preguntas relacionadas tanto con el mundo como con tu propia existencia. ¿En qué medida han cambiado las preguntas en este tiempo? ¿Y las respuestas? ¿Cómo ha evolucionado tu forma de escribir en este lustro?

María Elena Higueruelo: ¡Qué difícil es responder a esto de manera objetiva! Quisiera pensar que la de ahora es una escritura menos ingenua. Me dejo llevar menos por el decir inmediato y medito mucho más el poema antes de escribirlo para que todos los elementos encajen y puedan dialogar, sin perder por ello el margen de hallazgo que hay por el camino en el momento de la verbalización. Estos años me han servido para darme cuenta de que un chispazo poético no basta como poema: hay que dar vueltas sobre la idea, darle espesor, hacer que tenga un sentido para que el poema finalmente no pueda reducirse a ella sin más. Una idea poética por sí sola no deja nada a la interpretación. 

J.G.: Tras alzarte con el Carvajal Joven en 2015, acabas de recibir el prestigioso premio Adonáis. ¿Qué han supuesto para ti estos reconocimientos? ¿Han cambiado tu vida/carrera literaria de algún modo?

María Elena Higueruelo: El Carvajal fue para mí un antes y un después, teniendo en cuenta que yo no había publicado absolutamente nada antes. A día de hoy aún me parece asombroso haberlo ganado, sobre todo porque era una poeta muy principiante. También cambió mucho mi red social: cuando lo gané yo apenas tenía contacto con un par de poetas jóvenes y ahora conozco (física o virtualmente) a muchas personas con las que se establece cierta solidaridad por estar participando de lo mismo, sea nuestra afinidad mayor o menor. Por lo demás, no tengo la sensación de que fuera un libro con mucha repercusión; los cambios han sido sobre todo a nivel personal. En cuanto al Adonáis, está todo por ver. Sí que noto más expectación por parte de los demás, lo que da algo de vértigo, aunque también puede ser una quimera. Pase lo que pase, ganar el Adonáis me ha hecho mucha ilusión porque es un libro en el que he trabajado mucho pero que también me ha generado muchas dudas, y que finalmente sea publicado con este aval es todo un regalo.  

J.G.: El concepto tiempo y su paso, y la precariedad del ser humano frente a este también están muy presentes en tu obra. ¿Qué papel desempeña este constructo en ‘Los días eternos’? ¿Entiendes la poesía como autoconocimiento, como una forma de construirnos como persona?

María Elena Higueruelo: Los seres humanos somos seres históricos. Eso nos distingue tanto de los dioses como de los animales: no solo somos mortales, sino que tenemos noticia de ello. Creo que toda conciencia crítica ha de pasar por esas dos fases: problematizar la temporalidad del ser y luego reconciliarse con ella. Los días eternos intenta dar cuenta de este proceso; este es el eje en torno al que los poemas se enroscan. Hoy quizá no tengamos dioses, pero en tanto que humanos seguimos definiéndonos a menudo por oposición. Si la lógica nos distingue de los animales, la intuición, que tiene un componente azaroso, salvaguarda nuestra especificidad frente a las inteligencias artificiales. Aquí la poesía juega para mí un papel esencial porque es un logos, un lenguaje consciente, que no se ha olvidado de su origen mítico: lo imaginario y lo racional convergen para dar cuenta de algo que es radicalmente nuestro. Hay en la poesía y en la literatura en general una sabiduría de nuestro estar en el mundo que no se puede obtener de otra fuente. Esto no quiere decir que esta fuente sea imprescindible para que alguien se constituya como persona: lo importante es encontrar un lugar donde cuidar los afectos, algo a lo que entregarse emocionalmente. Para mí, ese lugar es la literatura sin duda. 

«La poesía juega para mí un papel esencial porque es un logos, un lenguaje consciente, que no se ha olvidado de su origen mítico»

Fernando Jaén: La memoria, la infancia, tienen un papel relevante en tu obra, que mezcla mitología y personajes bíblicos con escenas más cotidianas. ¿Es ese tiempo de la infancia la base que conforma la conciencia de un poeta? ¿Es la infancia, como diría Bonet, una provincia por ti amada? 

María Elena Higueruelo: Existe esta comparación más o menos habitual según la cual la infancia es el tiempo mítico de la vida del mismo modo que el tiempo mítico es la infancia de la historia. Infancia y mito son por tanto dos ideas que me parecen inseparables. No me considero una nostálgica de la infancia en absoluto; no la tengo por un lugar ideal al que quisiera regresar, pero precisamente por eso me interesa cada vez más, en un sentido histórico y también creativo. Histórico, o biográfico, porque hay en ella siempre un germen de lo que somos y que la memoria nos permite reconocer, una verdad desde la que nos damos sentido, como ocurre también en la lectura de los mitos. En sentido creativo me interesa porque hay en la mirada infantil una capacidad para el asombro que me parece imprescindible recuperar para encontrar cauces nuevos de expresión. Los niños son seres racionales pero su razón está a menudo desinhibida; no es que se ponga en suspenso, como nos ocurre a los adultos, sino que se conjuga de forma orgánica con el territorio de la posibilidad. La infancia está llena de gestos inaugurales que en el momento no nos parecieron relevantes y que vistos desde la distancia de los años me impresionan muchísimo. 

F.J.: En ‘Los días eternos’ se aprecia la evolución de una persona que se define en base a sus experiencias. ¿Es la propia historia la que nos define frente a los demás, o la forma que tenemos de contarla?

María Elena Higueruelo: Frente a los demás, no lo sé, pero frente a nosotros mismos es sin duda la forma que tenemos de contárnosla. Los niños viven todo de manera literal: no ven dobles significados porque para ellos todo es posible. Cuando crecemos, comenzamos a leer ese pasado de forma simbólica, empezamos a interpretarlo. La memoria tiene por tanto una función narrativa y a la vez hermenéutica: elige qué elementos de nuestra historia fueron decisivos para ser quienes somos hoy, y sin embargo no recordamos siempre lo mismo, ni de la misma manera. No funciona por acumulación, sino que está constantemente rehaciéndose. Algunas veces incluso inventamos recuerdos, aunque a veces nunca lo descubrimos a no ser que los confrontemos con el relato de otra persona que también fue partícipe. No hay identidad sin memoria, pero por la naturaleza misma de la memoria, esta identidad es siempre alteridad: nunca nos recordamos como fuimos, sino como nos imaginamos que fuimos según somos ahora. 

«Nunca nos recordamos como fuimos, sino como nos imaginamos que fuimos según somos ahora»

J.G.: El mito de la caverna de Platón hilvana los poemas de tu último poemario. ¿Cómo y por qué surge la idea de apoyarte en él a la hora de escribirlo? ¿Es una herramienta válida a la hora de conocer el mundo, de explicarlo?

María Elena Higueruelo: Como decía, hay en la literatura una sabiduría de la vida que es difícil adquirir por otros cauces. Ya sé que el mito de la caverna es estudiado como filosofía más que literatura, pero en tanto que mito no deja de ser un texto muy literario. También me interesa por eso, porque es un texto que nos conduce a un origen donde estas divisiones del conocimiento no eran tan violentas, lo cual es a su vez paradójico porque a Platón se le ha colgado el sambenito de que no quería a los poetas, aunque en realidad su tratamiento de esta cuestión es mucho más complejo, por supuesto. Por otro lado, me arriesgo a decir que el poeta moderno se parece más al filósofo platónico que a Homero, y viceversa: el filósofo que imagina Platón se parece más al poeta moderno que al filósofo contemporáneo. En cualquier caso, creo que lo que se narra en el mito de la caverna no representa solo ni a uno ni a otro, sino que relata la experiencia humana de la libertad: es el sujeto que lucha con los límites del mundo dado para intentar adquirir autonomía. Lo que leemos en el mito de la caverna es una alegoría de la entrada en la conciencia, en la madurez, y a la vez una salida del yo para encontrarse con la otredad del mundo. Al contrario de lo que se pueda pensar, no es el relato de alguien que se evade del mundo, sino de alguien que habita el mundo de forma más viva. 

F.J.: En tu obra está muy presente el paso del tiempo, sin embargo no lo transmites con la agonía del que reconoce que su vida se escapa, sino que lo dotas de cierta armonía, un camino de madurez, que te deja el recuerdo de haber estado con un buen amigo. ¿Cómo surge esta imagen reconciliadora con el tiempo que se nos escurre de las manos?

María Elena Higueruelo: Lo que más me angustiaba era la inminencia del futuro; más que una nostalgia del pasado siempre he sentido una fortísima nostalgia del presente porque a menudo lo imagino ya como pasado, proyectándolo en un futuro posible. Cuando murió mi madre asumí que este futuro no podía darse por hecho, en el sentido más literal de la frase: el futuro está siempre en construcción. Además, coincidieron en el tiempo el duelo, el cambio de carrera y la consolidación de mi relación de pareja, así que se solaparon tres territorios afectivos muy intensos en estos años. En la literatura y en el amor, que son dos formas de encontrarse con el otro, había espacios que no eran ya de refugio sino de reconciliación con la temporalidad, de reintegración en el mundo y de emancipación.

«No se trata de vivir cada día como si no hubiera mañana, sino precisamente de vivirlo porque esperamos que lo haya»

F.J: Encuentro en tus poemas un canto a la naturaleza, una especie de defensa a lo que la vida nos da y que no terminamos de apreciarlo ni compartirlo. ¿Es la vuelta a la naturaleza, a repensar las cosas desde una perspectiva más ecologista, una forma de hacer poesía en este mundo?

María Elena Higueruelo: Más que un canto a la naturaleza sí hay en estos últimos poemas una intención de celebrar el presente, el instante que se está viviendo, como respuesta a la idealización del pasado y a la ansiedad por el futuro. Estas tendencias conductuales son algo que dependen mucho del temperamento individual, pero también me parecen muy sintomáticas de mi generación, supongo que en buena parte porque hemos madurado con la certeza de que el futuro es extremadamente precario. En Los días eternos está finalmente esta idea de que el futuro no existe y que cultivar este presente, vivirlo con conciencia radical, es la única forma de garantizar un futuro y un pasado propios, de crear una historia íntima que no se nos puede arrebatar. No se trata de vivir cada día como si no hubiera mañana, sino precisamente de vivirlo porque esperamos que lo haya. Supongo que esto es extensible al ecologismo, que también parte de la base de que para tener un futuro que habitar hay que cuidar el ahora, aunque reconozco que esto último no lo tenía presente en el momento de escribir.

J.G.: Tuve la suerte de verte recitar hace poco en un Raro de Lunes de la Asociación del Diente de Oro, junto a Olalla Castro. Me sorprendió muy gratamente el ritmo, la musicalidad de tus poemas. De hecho –no sé si eres consciente de ello-, cuando recitas marcas constantemente el ritmo con el pie. ¿Nace ese ritmo del uso de una métrica formal o te sale de forma natural? ¿Cuáles son tus referentes en poesía?

María Elena Higueruelo: ¡No me había dado cuenta de lo del pie! Cuando estoy nerviosa tengo tics que no controlo. Casi ninguno de mis poetas favoritos se adscribe a un uso de la métrica clásica, sobre todo porque la mayoría participa de una tradición de la ruptura: los románticos ingleses, Eliot, Chantal Maillard, Celan… Y en otros casos son autores con poéticas de tono más reflexivo-discursivo, como Ángel González o Roberto Juarroz. En los últimos meses en los que escribí Los días eternos estaba leyendo mucho a Valente. En definitiva, sería muy difícil que yo me ajustara a una métrica porque el ritmo se aprende leyendo a otros poetas, aunque también hay algo instintivo siempre: como se suele decir, llevamos el ritmo incorporado, por ejemplo en la respiración o en el latido del corazón. Tampoco hay que olvidar lo mucho que debemos de este sentido del ritmo a todo lo popular que nos rodea: canciones, juegos infantiles, oraciones religiosas, etc. 

J.G.: Llegamos al momento ‘Carta Blanca’. Pon fin a esta entre2vista como te apetezca.

María Elena Higueruelo: Tan solo quisiera daros las gracias por cederme este espacio y por la atención que habéis puesto en vuestras preguntas. Ha sido un verdadero placer hablar con vosotros.

Poemas de María Elena Higueruelo

I AM HALF SICK OF SHADOWS

Pequeña niña de Shalott,
espectro virginal y tierno:
no hay con quien jugar en esta Torre.
Se elevan desde afuera algunos eco
de los niños que corren en los parques,
pero tú no has de soñar vidas posibles
contemplando más allá de tu ventana.
Un día crecerás y algunos hombres
escribirán sobre tu gesto melancólico;
dirán She has a lovely face al ver
en Instagram una foto de tu espejo,
ientras tejes y destejes un vestido
para una fiesta a la que no te han invitado.

Desde el cristal yo te observo y te replico:
escudriñas con las uñas algo extraño,
acaso el único juguete de la sala.
Al principio no lo entiendes y persistes:
lo abres como a un gorrión enfermo,
sin tener muy claro todavía
si es un trozo de paz o de nada.
Tras tanto examinarla descubrimos
—no sin cierta decepción—
que la soledad es al fin un poco
como son todas las cosas:
una victoria cuando es elegida,
una derrota cuando es impuesta.

Escrutas el reflejo de la noche: 
lo único que piensas es que estás
un poco cansada de las sombras.

SERENDIPIA

Negra y turbia flor es el deseo
antes de arrancarla de la tierra.
A tientas: solo a tientas con los dientes,
con las uñas, con los pechos, con los labios
quizá trazar la forma de lo ignoto.

El secreto límite de la sed
habrás de conocerlo en el desierto:
cuando en busca del oasis solo encuentres
esta flor salvaje en la arena,
no la cortes;
extírpala de la corteza del mundo,
palpa la raíz, absorbe el zumo,
deshaz entre las yemas los pétalos
y tiñe del misterio tus manos,
derrama sobre la herida el polen,
cose el enigma a tu costado.
Atiende entonces al milagro de la luz:
verás que la flor se hace signo
y se vuelve trasparente como el agua
y no concebirás que hubo un tiempo
antes del hallazgo de la carne
en que no supiste darle nombre.

(Todo esto dices
en una sentencia mucho más breve.
Yo alzo la copa y concedo
con mi frente la razón a tus palabras).

RUT DESPIERTA

un tiempo para plantar
y un tiempo para cosechar
(Qo 3, 2)

Envidiado Booz: tú,
que puedes engendrar
sin pechos ni vientre; tú,
creador infinito, padre
de cabellos blancos y tez surcada—

tus tierras no saben
de la puesta de sol:
hay para ti un tiempo
para nacer y otro para morir, 
pero yo
soy mujer y mi cuerpo
va a morirse dos veces:
no importa que se escuche
en mi pecho un ruiseñor.

«Soy mujer»
(ven, Booz, y te enseñaré algo distinto)
«pero yo»
(Narciso, Narciso, ¿cómo se llega a Camelot?)
«también he de morir»
(Alicia, Alicia, se te acaba el tiempo)
«yerma o florida»
(el espejo ya se ha roto)
«una solo, solo una»
(una solo / una sola).

Y sin embargo…

Recojo tierna las espigas tristes.

PURIFICACIÓN

aquí alimentarse de hierba significa lavarse la boca
María Sánchez

Adieu! Adieu! Ya me marcho
—mujer-pájaro, mujer-pez—
a las afueras: ¡a cantar! ¡a cantar!
De mi estirpe soy la Séptima:
al alba he de morir, pero aún es pronto.
Life is good. Hasta el último instante
he de cantar de camino al matadero.
Nadie me escucha; estoy a salvo
porque las ramas muertas impiden
que Nadie acuda a mi llamada.
Doy tres vueltas al muro,
restriego mi voz contra la hierba,
arrastromispalabrasporelsuelo,
lavo el agua que se bebe.
Está limpia mi canción: no podéis
usarla como himno de la polis.
Mi patria está al otro lado de la piedra,
allá donde se alzan las flores.
¡Adiós, Shalott! Ya amanece.
Buenas noches, buenas noches. 

Javier Gilabert / Fernando Jaén
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