Prensado en frío

Sara Herrera Peralta: «Me horroriza la amnesia, la personal y la colectiva»

Portada de 'Un mapa cómo' de Sara Herrera Peralta
Portada de 'Un mapa cómo' de Sara Herrera Peralta

Sara Herrera Peralta: «Me horroriza la amnesia, la personal y la colectiva»

Sara Herrera Peralta nació en Trebujena (Cádiz, España) en 1980 y vivió su parte de su infancia y su adolescencia en Jerez de la Frontera. Vive actualmente en Cazals, un pueblo del sur de Francia, tras haber residido en distintos países de Europa, en ciudades como San Sebastián, Helsinki, Málaga, París, Londres o Toulouse. 

Poeta y narradora, ha publicado, por orden cronológico, los libros de poesía La selva en que caí (2007), De ida y vuelta (2009 – Premio Internacional de Poesía Joven Martín García Ramos), Provocatio (2010 – Premio Ana de Valle, reeditado en 2017), Sin cobertura (2010), Shock (2011), Mamá era Ilsa Lund al principio de todo (2012), Hay una araña en mi clavícula (2012), Quien mire hacia abajo, pierde (2013), Documentum (2014 – Premio Carmen Conde), Hombres que cantan nanas al amanecer y comen cebolla (2016), Caramelo culebra (2019) y Un mapa cómo (2022), así como el libro híbrido Arroz Montevideo (2016), finalista del Premio de Primera Novela de Chambéry (Francia) en su 31ª edición, elegido como una de las mejores óperas primas del año en español. 

Sus poemas han sido incluidos en numerosas antologías y revistas de España, Francia, Italia e Hispanoamérica. Su obra ha sido parcialmente traducida al inglés, francés, portugués, italiano y esperanto. En 2013 su obra fue estudiada por el poeta y crítico literario Alberto García-Teresa en su tesis Poesía de la conciencia crítica, 1987-2011 (Tierradenadie Ediciones). 

Titular de un Master en Literatura General y Comparada por la Universidad Sorbonne Nouvelle, donde actualmente realiza un trabajo de investigación sobre el bordado y la escritura de Louise Bourgeois, es también titular de un MBA especializado en Comunicación y Medios por el Graduate School of Management de París, Graduada en Diseño Gráfico por el Shillington College de Londres y Diplomada en Turismo por la UNED. Por unas horas la traemos al Sur para que nos hable de su último libro.

Javier Gilabert: ¿Por qué este libro y por qué ahora?

Sara Herrera Peralta: Escribo poesía por necesidad, es una forma de comunicarme conmigo misma y con los demás. Este libro es una continuidad de algunos que le preceden, un diálogo que, espero, cierra un ciclo. Llevo años alrededor de temas como la enfermedad, la propia y la ajena, la muerte de seres queridos, un sentimiento de desarraigo, de ir y venir de un sitio a otro… Ya se estaba haciendo solo cuando se publicó el anterior hace tres años, ‘Caramelo culebra’ (La Bella Varsovia), en un momento vital en el que decidí cambiar la vida en París y luego Toulouse por la vida en una zona rural del sur de Francia. Como cualquiera de los anteriores, lo escribí para hacer(me) preguntas. Me costó mucho cerrar esta vez el conjunto de poemas y la propuesta editorial se retrasó en el tiempo, hasta que mi editora aceptó el libro. Publicar con La Bella Varsovia es un lujo por el trabajo de edición y porque el resultado siempre es hermoso (¡consiguen hacer las mejores portadas de libros!). La ilustración de cubierta es, por cierto, de María Melero, de quien admiro su obra, y que ya trabajó en otras dos portadas anteriores. ¿Por qué este libro y por qué ahora? Supongo que porque era necesario continuar el diálogo, seguir indagando en las preguntas.

¿Cómo y cuándo surge la idea?

Nunca empiezo a escribir un libro de poesía con una temática fija. Los temas se van mezclando a lo largo del tiempo y el libro va tomando forma como puede tomar forma una conversación: lo fascinante es que no sabemos a dónde nos lleva. Cuando lo escribía y ya existían algunos de los poemas, mi abuela murió y no pude viajar a Jerez porque estaba embarazada de seis meses de mi hija. La necesidad vital de vivir el duelo, el sentimiento de culpabilidad, una sensación horrible de impotencia, se volcaron en la escritura. Deseché bastantes poemas para la publicación que abordaban lo íntimo porque pensé que a los lectores no les interesa mi vida, sino cómo lo íntimo puede resonar en los demás, cómo determinadas circunstancias vitales son comunes.

Necesitaba de alguna forma un tipo de despedida y entonces empezaron a resonar todas aquellas conversaciones con mi abuela en las que ella recordaba su infancia y su adolescencia, los recuerdos durante la Guerra Civil Española, el período de posguerra. Entonces miraba a menudo por la ventana de casa y veía los árboles y el prado, los pájaros posándose en sus ramas, y la voz de mi abuela resonaba contándome cómo se escondía de los aviones bajo los olivos de un pueblo de Granada o cómo comían los higos de una higuera cuando tenían hambre. El territorio se convirtió en un lugar para el diálogo, para seguir haciendo preguntas.

Durante esa conversación, mientras escribía por las noches o durante las siestas de los demás, lo cotidiano volvía a ser materia poética y entonces aparecían mis hijos y la maternidad, las tareas domésticas, los relojes y las agendas… Supongo que por eso este libro habla de la vida y de la muerte como algo inevitable.

¿Qué pistas o claves te gustaría dar a l@s posibles lector@s? ¿A dónde conduce este mapa?

Me interesaba trabajar con la figura del mapa no por el sentido de orientación, sino más por el de ubicación, o, más bien de no ubicación. El sentimiento de desarraigo me ha llevado siempre a ese no man’s land, a esa sensación de tener continuamente un pie aquí y otro allá, lo que se traduce en ninguna parte. Ahora que soy madre, me enfrento a diario a las fronteras del lenguaje en un país en el que siempre seré extranjera, en el que mi lengua materna es distinta a la de mis hijos. Es muy enriquecedor para todos, pero convivimos con la dificultad.

Al mismo tiempo, el mapa me servía para viajar constantemente entre lo geográfico de lo íntimo y lo comunitario y la memoria personal y colectiva. Mi obra poética tiene mucho trabajo de memoria, me horroriza la amnesia, la personal y la colectiva, supongo que por eso miro al futuro siempre con un pie en el pasado. El mapa de este libro, espero, conducirá al lector/a a las geografías personales de cada uno/a y a las colectivas concretas que menciono en ellas, aquellas en las que han sucedido durante los últimos años, no hace tanto, sucesos terribles. Poco importa el país o el territorio.

¿Qué efecto esperas que tenga en ell@s?

Nunca escribo pensando en el lector, escribo para mí misma, en un acto egoísta. Sin embargo, cuando un libro se prepara para su publicación y se inicia el proceso de selección y edición, pienso que si el libro emociona o acompaña a alguien como me han acompañado a mí tantísimos poetas, tantísimos, escritores, tendrá sentido entonces haberlo publicado, habrá merecido la pena.

¿En qué medida veremos en él —o no— a la Sara Herrera de tus anteriores obras?

Si el libro continúa el diálogo iniciado en poemarios anteriores, imagino que esa continuidad será fácil de identificar para el/la lector/a. Sin embargo, hay una nueva vuelta hacia fuera, hacia el presente. La maternidad, el lugar que ocupa la mujer, la madre, la hija, la nieta, forman parte de un nuevo trayecto en el que no viajaba antes. Vuelve, también, la memoria colectiva, dándose la mano con la genealogía, y ése es un hilo que tira de otros libros.

Cuántas de nosotras, al ver la imagen de limpiar y cortar judías, oyendo el chasquido, pensamos en nuestras abuelas. Cuántas mujeres pensamos en tejer o en bordar como en un espacio para la memoria íntima, o en otras formas de escritura. Porque lo manual, tan desprestigiado y castigado en nuestros días, también cuenta historias, historias que han protagonizado mujeres a las que nos empeñamos en seguir dejando en la sombra. Ese ir y venir entre lo íntimo, lo personal, y lo colectivo, ya estaba presente antes.

Te pongo en un aprieto: si tuvieras que quedarte sólo con tres poemas de ‘Un mapa cómo’, ¿cuáles serían?

“La Biblia”, “Dos mujeres atrapadas en una nana” y “El árbol”, por ejemplo.

Louise Bourgeois, Ángel González, Valente, Gelman, Miguel Hernández o Wislawa Szymborska, un bosque, un huerto, un jardín, gallinas, trabajo, estudios, escritura y maternidad… ¿Cuánto de todo esto permea en tu producción escrita? ¿Y de dónde sacas el tiempo —risas—?

¡Todo, prácticamente todo! Los referentes influyen en la escritura, por supuesto, y lo cotidiano siempre ha sido para mí materia poética. Viví y trabajé quince años en ciudades y capitales donde necesitaba tres horas de transporte al día entre metro y tren para ir y venir de la oficina (en cuyos trayectos leí mucho y llegué a hacer colchas enteras de croché, por cierto, que ahora tenemos en casa). Gracias a ese cambio de vida y de lugar pude recuperar tiempo para volver a estudiar (tenía muchísimas ganas de profundizar en la obra escrita y el bordado de Louise Bourgeois). Trabajamos en el huerto la mitad del año, cuando los días son más suaves y luminosos y compartimos las tareas domésticas y los cuidados. La vida en el campo es mucho más solitaria que la de la ciudad. Echo enormemente de menos a mis padres, al resto de la familia, a mis mejores amigos… Nunca se puede tener todo. No obstante, créeme, no tengo todo el tiempo que me gustaría para seguir aprendiendo a hacer con las manos, para leer más.

No puedo resistirme a preguntarte por el proyecto ‘Du bois à la maison’…

Du bois à la maison (“Del bosque a casa” en francés) es un cajón de sastre. Empezamos el blog como proyecto familiar, para contar y compartir con los amigos y la familia nuestra nueva vida, todo lo que vamos aprendiendo en el huerto, el jardín, con la vida rural en general. También compartimos recetas de cocina sin gluten (soy celiaca y me encanta cocinar) y en un principio queríamos tener otras ventanas: una sección para libros que íbamos leyendo, los proyectos de fotografía de mi marido, las escapadas a otras zonas de Francia… En fin, supongo que se ha quedado en una especie de álbum de fotografías o un diario familiar que de momento está a medias y actualizamos menos de lo que nos gustaría precisamente por falta de tiempo.

Por último, como lectora, ¿a quién te gustaría que invitásemos a pasar por ‘la Prensa’?

Si tienen que ser andaluzas… Erika Martínez, Olalla Castro, María Sánchez, Elena Medel… entre otras muchas.

Poemas de Sara Herrera Peralta

LA BIBLIA

Mi abuela, 
ya siendo muy vieja,
leía la Biblia.
Se sentaba al lado de la brasa
cuando hacía frío
o en la puerta,
a la fresca, en verano, 
y leía la Biblia.
Mi madre no sabía escribir,
pero mi abuela enseñaba a hacerlo
en la puerta de casa a las niñas del pueblo,
a la fresca, en verano.
Mi abuela era un libro oscuro,
vestida de negro.

Fuera del canon, las mujeres vuelven
y cientos de pájaros
retornan como brillantes plumas
sobre los adoquines.
Mi abuela leía la Biblia.

Los pájaros no se posan
sobre su tumba
porque no saben dónde está.

DOS MUJERES ATRAPADAS EN UNA NANA

Te imagino en el patio, sentada bajo el sol,
con la infusión de plantas observando los pájaros.

No sabes, supongo, que tu luto escupe flore
sobre la tumba de tu madre.
No sé si sabes que mi luto se alimenta de leche.
O quizá sí lo sabes, porque eres madre y también tú fuiste una nana.

Somos dos mujeres atrapadas en una nana, madre,
por eso

leche, muerte, soledad.

Por eso el duelo y las tareas domésticas
mientras los niños duermen, 
la ambigüedad de los cuerpos borrosos
y la tristeza.

Pero la vida acecha, madre.
Para ti, la calma;
para mí, el fuego.

Así no seremos más, madre,
dos mujeres atrapadas en una nana.

EL ÁRBOL

Lo que escribo
no tiene la longitud
de un camino.
Suele escribirse solo.
Las palabras son las migas
que alguien deja
para alimentar al pájaro, 
a las ardillas,
al niño que las confunde
con una hoja.
Lo que escribo
juega en el vacío
de una garganta hueca.
Resuena en la boca del lobo.
Existe porque está.

Lo que escribo 
sobrevivirá a la muerte,
respeta el duelo.
Lo que escribo coloca a la hoja
frente a la charca, el agua fresca,
con su sonido,
al caer el sol en una tarde de verano
mientras los niños corren.
Lo que escribo 
les alimenta a ellos.
Lo que escribo es
la vida,
los dedos de esos niños
abriendo la avellana
ya en el suelo.

Lo que escribo 
es lento, es corto.
Se parece a un árbol,
a ese que perdura,
que se mantiene de pie
a través de las generaciones:
da sombra, alimenta, cobija,
permite el baile alrededor.

Lo que escribo pretende ser
un árbol quieto, 
paciente,
frente al seísmo.

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Javier Gilabert
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