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Juan José Castro: “Todo poeta debe tentar sus límites”

Juan José Castro
Juan José Castro

Juan José Castro: “Todo poeta debe tentar sus límites”

Juan José Castro Martín (Motril, 1977) es  Licenciado en Filología Hispánica y Licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura comparada por la Universidad de Granada y ejerce profesionalmente la docencia como profesor de enseñanza secundaria.

Como poeta ha publicado las obras: No cesa el tiempo (Premio Genil de Literatura, 2002, Diputación de Granada), Deriva de las islas (Premio de poesía Villa de Peligros, 2007, Diputación de Granada) Margen de lo invisible (Premio de poesía Florentino Pérez-Embid de la Academia de las Buenas Letras de Sevilla, 2010, Rialp, colección Adonáis). Obtuvo el XIX Premio Internacional de Poesía Antonio Machado en Baeza en el año 2015 con el poemario La habitación cerrada, Hiperión  y con el que fue finalista del XXII Premio de la Crítica de Andalucía. Su último libro de poemas es La piel de la intemperie, en 2017. Asimismo, ha colaborado con numerosas revistas y publicaciones como El maquinista de la Generación, EntreRíos, Extramuros, Litoral, Piedra del molino o Letra Clara y, y también lo hizo en el volumen de homenaje a D. Luis de Góngora y Argote, Pasos de peregrinos, editado por el Patronato Federico García Lorca y la Diputación de Granada.

Ahora mismo se halla inmerso en la edición de De la nieve al trigo, una antología de poetas granadinos nacidos entre 1960 y 1985, que además incluye un estudio crítico, y que verá la luz en próximas fechas de la mano de la Editorial Calambur.

Javier Gilabert: Pregunto al profesor de Secundaria: ¿se puede/debe llevar la poesía a las aulas? ¿Qué aporta ésta a los alumnos?

Juan José Castro: Indudablemente se debe llevar la poesía a las aulas, y lo intentamos. Muy distinto es poder hacerlo adecuadamente por falta de tiempo y espacio en los planes de estudio cuya atención a la poesía es marginal, encorsetada y bastante parcial. Hay mucho que hacer ahí, pero la cuestión sería quién debe hacerlo. El tema de la educación es tema radical de la sociedad y cómo afrontamos el futuro donde pesan más intereses sectarios que los posibles beneficios a la sociedad. Hay un acuerdo pendiente en lo educativo en nuestra sociedad, y muchos conflictos no pueden ser resueltos adecuadamente porque no se atajan desde sus inicios.

La poesía no es una excepción. El lugar del arte en nuestra sociedad es residual o está subsumido, engullido por el sistema de consumo por lo que es visto como algo decorativo, secundario, prescindible. Las aulas, tristemente, no son una excepción, a pesar por los esfuerzos de muchos docentes.

J.G.: Supuesto práctico: una de tus alumnas quiere ser poeta. Te pregunta si le resultará más difícil lograrlo por el hecho de ser mujer. ¿Cuál sería tu respuesta? ¿Crees que sería distinta dentro de, pongamos, diez o quince años?

Juan José Castro: Llegar a ser poeta ya es difícil, más aun si se es mujer; eso es algo incuestionable. Sin embargo, la tendencia dentro del propio ámbito está cambiando. De hecho, debe ser en la producción artística donde primeramente cambie el discurso socialmente implantado y naturalizado por todos. Sin embargo, no debemos caer en el discurso del “todo vale” porque los únicos beneficiados de eso son los intereses comerciales de una parte de la infraestructura editorial que alienta el oportunismo y se suma, no por convicción sino por provecho, a las situaciones de cambio.

“Quien quiera escribir poesía, debe leer poesía, y no solo poesía”

Fernando Jaén: En ‘La habitación cerrada’, obra ganadora del XIX Premio Internacional de Poesía Antonio Machado en Baeza, una de las claves que menciona el jurado es la acertada conjunción de pensamiento y emoción, con un respeto a la palabra hecha verso que aporta cierto clasicismo al poemario. ¿De qué fuentes bebe este libro y tu poesía?

Juan José Castro: Las fuentes de mi poesía pueden rastrearse en todos mis libros, son evidentes en muchos casos. Sin embargo, en La habitación cerrada están más diluidas; es un poemario que proviene de una vivencia personal dolorosa. Poesía y vida son indisociables, por supuesto, se reescriben mutuamente.

Quien quiera escribir poesía, debe leer poesía, y no solo poesía. Esta idea, evidentemente, no es nueva.  A veces resulta difícil rastrear las huellas hasta las fuentes donde brota el caudal de una voz, aunque pueden intuirse las lecturas del autor. En mi caso, soy muy ecléctico, al menos en lo poético; entiendo que cada elección discursiva tiene sus ventajas, aunque también sus inconvenientes y todo responde a unas necesidades comunicativas y estéticas concretas. Tratar de delimitar de antemano qué sea la poesía es una torpeza que condena al poeta a una pobreza innecesaria.

Si uno hace una lectura de mis libros puede comprobar que son todos diferentes entre sí, formal y temáticamente. Todo poeta debe tentar sus límites.

F.J.: En este poemario hay poemas que se esfuerzan en encontrar en la materia la respuesta al paso del tiempo y su trascendencia. Escribes: “Puede que no sea vivir/sino nuestra insistencia/de seguir vivos lo que anuda el cuerpo/a la materia, el aire que nos une”. ¿Es esta insistencia el motor de tu poesía, de tu vida?

Juan José Castro: La palabra es de alguna manera una forma de retener el tiempo, de insistir en la vida. La palabra niega el olvido y por tanto el fin de la existencia. Incluso el dolor es celebración.

Para ser poeta hay que ser insistente y resistente (risas).

“La palabra es de alguna forma una forma de retener el tiempo, de insistir en la vida”

J.G.: En una entrevista anterior afirmabas que “el poeta debe saber de lo que habla y conocer su oficio”. ¿Se está perdiendo esto en general en las nuevas generaciones? ¿Hacia dónde va la poesía?

Juan José Castro: No sé si definiría como poesía algunos artefactos generados en redes y muros virtuales. El poeta debe saber para crear, y digo crear y no expresar. Para mí la validez de un discurso poético no radica en su mensaje; el contenido no es el poema y hoy suele hacerse así. Se olvida un elemento fundamental: el lenguaje. El dominio, esto es, el conocimiento, es parte fundamental del oficio.

La “nueva poesía”, la que se escribe de forma masiva, industrial, y rápida en las redes carece del más mínimo filtro. Es un residuo de la prisa y la agitación de las redes, poco más. Está hecha para ser consumida y su manufactura es por tanto poco elaborada.

F.J.: En tu estupendo libro ‘La piel de la intemperie’, exploras las regiones de la ausencia, las soledades del alma, con una emoción contenida. “No hay horizonte para el duro metal de la nostalgia”, escribes. ¿Es tu poesía una forma de pulir la realidad a golpes?

Juan José Castro: La piel de la intemperie es un ejercicio de transgresión tanto de la poesía como de la realidad; a veces se pierde de vista que el lenguaje, aun más el poético, trasciende lo referencial y reformula o renombra la realidad. Es como Nietzsche, la poesía a martillazos, pero los golpes son el eco para llegar del ruido hasta el silencio.

Una conciencia que se desdobla en numerosas voces, aunque tal vez habría que denominarlo fragmentación ante una intemperie que obliga al yo a escindirse para comprender su existencia. En este sentido, la elección del poema en prosa y el versolibrismo no es azarosa.

“Tal vez la poesía como práctica de escritura sea irrelevante hoy día, pero la capacidad de asombro sigue ahí”

F.J.: He leído que la poesía es para ti “manifestación del orden de las cosas y de mi estar en el mundo”. Esta afirmación me lleva al libro ‘Ideas de orden’ (1936) de Wallace Stevens, donde el orden de la poesía es también orden político. El intercambio entre la realidad y lo asombroso. ¿Sigues pensando esto de la poesía? ¿Está de actualidad la idea del “orden político”? ¿Hay sitio para la poesía en el mundo actual?

Juan José Castro: No debe perderse la capacidad de asombro. En mi libro Margen de lo invisible se presenta al poeta y la palabra como un viaje a lo asombroso. Y ese asombro puede estar en cualquier vivencia. Tal vez la poesía como práctica de escritura sea irrelevante hoy día, pero la capacidad de asombro sigue ahí. Nunca ha sido algo muy grande, ya lo dijo Eliot, pero lo que sí debe ser es constante. El poeta vive de esa conversación que somos, como decía Hölderlin, con lo asombro, el de hacer nuestro y transformar lo de afuera a la manera rilkeniana.

F.J.: Natural de Motril, ¿qué poso ha dejado la luz de su costa y el dulzor de sus cañas de azúcar en tu poesía y en tu vida?

Juan José Castro: Siempre me resultó difícil escribir sobre mi lugar; inicié de forma consciente mi escritura fuera de allí, en la universidad; tuvo que irrumpir la necesidad, vital, de escribir mi cuarto libro (en realidad es el quinto porque La piel de la intemperie se había gestado y escrito antes), La habitación cerrada, para redescubrir y recuperar fragmentos de aquel tiempo. En ellos se encuentran muchos recuerdos de infancia, casi todos relacionados con el mar, la familia o el paisaje de la vega. Aparte de la nostalgia, hoy volver me cuesta mucho, no vivo allí, y cuando voy siempre regreso a casa con un profundo zarpazo ante las impresiones de lo que no está por culpa de la rapidez de los cambios, por la desaparición de cosas o personas. Motril es un espejo para la conciencia de un tiempo aterradoramente cambiante al que es muy difícil seguirle el ritmo y en el que todo es devorado por la inmediatez, el beneficio rápido, las relaciones superficiales. Claro está que ocurre en todos los lugares, pero es allí, con la conciencia del dolor, donde compruebo mejor que lo que viví ya no está y solo persiste como fábula, como recuerdo. La realidad es lo que recordamos de ella, afirmaba Valle.

J.G.: Hace casi dos décadas que publicaste ‘No cesa el tiempo’. Seis poemarios en este tiempo, cuatro premios, finalista del de la Crítica de Andalucía… ¿En qué momento se encuentra Juan José Castro ahora? ¿Qué quiere ser de mayor, poéticamente hablando?

Juan José Castro: Como cualquier poeta, en una encrucijada perpetua. La poesía es una continua reformulación, una incesante búsqueda. Por tanto, lo único que podría desear para esa mayoría poética de la que hablas es decir algo necesario y digno, que haga justicia con quienes me precedieron y que pueda aportar algo a quienes la lean.

En estos momentos tengo dos poemarios cerrados y otros dos en marcha. Ahora toca la difícil tarea, más en el caso de un arte minoritario como este al que me dedico, de pensar qué hacer con ambos libros; esta es una realidad castrante y descorazonadora. Tal vez se pueda pensar que a estas alturas de mi trayectoria debiera ser más fácil, pero las circunstancias son bien distintas.

“La poesía es una continua reformulación, una incesante búsqueda”

J.G.: En la actualidad estás coordinando la antología ‘De la nieve al trigo’, de próxima publicación por la editorial Calambur. ¿Qué nos puedes contar sobre este libro?

Juan José Castro: Esta antología y estudio crítico era un hito necesario en el análisis de la poesía granadina, cuyos últimos veinticinco años estaban sin explorar. Granada es tierra de poetas, eso es indudable, pero no existía ninguna obra que realizara un repaso organizado por la obra de los poetas nacidos entre 1960 y 1985, un cuarto de siglo repleto de multitud de propuestas muy diversas que muestran muy a las claras la potencia y diversidad de esta ciudad.

J.G.: Momento ‘Carta blanca’. Tuyo es el final de esta entrevista. Cierra como te apetezca…

Juan José Castro: No estaría de más insistir en que la cultura es una construcción que nos permite vivir en el mundo y no un añadido a la misma. Una sociedad, como la española actual, con un índice de lectura nefasto y donde el adjetivo “cultural” se añade a cualquier manifestación más emparentada con el entretenimiento y el ocio que con el pensamiento, es una sociedad enferma. Los dudosos discursos que la rigen están lejos de lo que se denominaría como humanamente aceptable.

Solemos reprender a la clase política, a la que votamos, por el papel marginal de la cultura y pensadores hoy día, y estamos haciendo lo correcto al hacerlo porque tienen una responsabilidad hacia el pueblo. Sin embargo, el ciudadano ha diluido y desplazado sus propias responsabilidades por comodidad y se ha entregado al reino sin fronteras de la apatía, el producto más elaborado de una sociedad de consumo.

No es de extrañar que esto pueda trasladarse a la poesía, donde el lector no asume su función constructiva e interpretativa del texto, por lo que se han generado opciones que exigen un acercamiento de su discurso a un público que adolece de ese mal que lo convierte en juez e inquisidor de lo que no comprende pero por amoralidad, ignorancia y negación de cualquier esfuerzo. Creo que esto es un síntoma más de que “algo huele a podrido en Dinamarca”.

Poemas de Juan José Castro

Biografía sin autor

Aun con la ilusión de los caminos
abiertos a lo incierto,
lo que sucede tiene en ocasiones
el impulso, el destello,
u ofende en la distancia de aquello que se pierde.
Mas necesita un gran lugar la ausencia.
Quizá estuvo en oscuros bosques
tu voz que viene de muy lejos
repitiendo el sonido de los ríos
cuyos nombres resuenan en los pozos,
recomenzados como mar y vuelven
alzándose en su sueño.
Pero ahora la confusión te alcanza,
crece como un silencio tras las cosas;
sobrepasas los días emboscado
sobre ti mismo, sobre un libro o músicas.
La ciudad que retiene como un rehén  tus horas
consigo arrastra y siempre con desgana,
discípulo del mar por un instante,
otras guardián de un esplendor fingido.
Hallaste al extinguirse el eco
del mundo su canción errante, ungido
para luchar contra la alondra pero
forastero en tu piel a veces.

Todo será en  la muerte ausencia mientras
la noche que me copia me borra en los espejos.

Déjame que te hable
con un temblor pequeño
porque en lo diminuto el alba cruza.
A pesar de su impacto, de su fuerza,
¿qué queda de la luz si no su nombre?
También tiene perfiles el olvido;
la noche adversa se levanta
de sí y vuela voraz hacia sí misma
se abate frágil en tu cuerpo y deja
un rastro de humo consumado.
Déjame que pronuncie aquí los nombres
que la sombra vulneran y que salven
mínimamente lo que fuimos.
Déjame que lo diga con lo inerme.

Lear o La piel de la locura

Porque la enfermedad hace al hombre más corpóreo,
lo convierte enteramente en cuerpo

Thomas Mann

Estoy dormido.

Mudo de piel entre lo informe.
Sobre mí vienen a dormir los pájaros
que picotean entre las plumas  de los ángeles
el desencanto y el alumbramiento.
Tengo once ecos sobre once corazones
aunque a veces se alarguen
y expandan las azules raíces del relámpago
para trazar mis venas.

Así he vivido,
inmerso en el murmullo de las formas.
El durmiente que fui va despertando.
Muchas veces escucho el alto idioma de los árboles
o el susurro sutil de los guijarros
hablándome en los cauces.
Soy un acantilado, el herrerillo
soportando la escarcha que desciende
desde rotas estrellas;
me detengo y escucho cómo cada sendero
posee su lamento.

Entonces trago
las lombrices cebadas con humus de cadáver,
para ingerir mi propio cuerpo segrego las palabras
y estoy plantando sílabas de amapolas segadas
o asediando el delirio.
Porque hemos sido fieros vagabundos
en la oquedad estéril de nuestra carne,
dimos los nombres y la muerte dimos.
El invierno es lo frágil siempre huyendo
devorado de instantes hacia aquella
noche que cae bajo el signo hueco del mundo.
He vuelto enfermo a ser entre lo oscuro que jamás termina.

Miedo

Nuestro sueño era un lobo entre dos ataques
René Char

Hay junto al miedo un niño.

Allí está siempre.

Vive así, paralelo, silencioso.
Mira desde el veneno de los nombres,
con las voces ajenas.
Mi fragante esqueleto a veces sale
a pasear entre sus sueños:
la habitación sin luces, el pasillo
y aquel sonido de los cuerpos rotos,
ruinas de la madrugada, fluir bajo las sábanas.
Pregúntale pues sabe
de esas oscuras obediencias
de las puertas a medianoche
y la ferocidad del lobo oculto como fábula.
Hará frío. Será el miedo. Pregúntale.
Un niño siempre.

Javier Gilabert / Fernando Jaén

Javier Gilabert (Granada, 1973). Casado y padre de dos hijos. Maestro desde hace cuatro lustros, disfruta trasmitiendo su amor por las palabras a unos alumnos de los que afirma aprender cada día. Cuenta entre sus filias la poesía, pasión que ya alentaran sus primeros maestros y con la que afirma haber “jugado” desde la infancia; ésta ha desembocado en su primer poemario, ‘poeAmario’. Siempre atento a las palabras y ávido lector, manifiesta su preferencia por la poesía nacional, especialmente de las Generaciones del 98 y del 27 (en la que incluye y subraya a Miguel Hernández Gilabert), pasando por las más actuales hasta llegar a coetáneos como Montiel, Praena, Iniesta o Jaén, que combina con otra de sus aficiones, la música, de cuyas letras también aprende y destaca las del “maestro” José Ignacio G. Lapido (091).

Fernando Jaén (Granada, 1975). Como poeta ha publicado 'El corral de las cuatro esquinas' (Dauro 2002), 'Los ciclos brutos' (Comares 2012), 'Los días del barro' (Comares 2014) y 'Las orillas difíciles' (Oblicuas 2015). Incluido en 'Todo es poesía en Granada', por el antólogo José Martín Vayas (Esdrújula 2015). Participa en 'Nocturnario', obra colectiva coordinada por Ángel Olgoso y José María Merino (Nazarí 2016). Aparece en 'Pájaro Azul', edición de Marina Tapia, homenaje a Rubén Darío (Artificios 2016).
Ha colaborado con A.L. Guillén en distintas aventuras artísticas y musicales como 'Capricho 69' (1993), 'Restos' (1998), 'Amor sin misericordia' (2003) y 'Aprojimación a tu ciclo' (2013). De este diálogo ascético surge el documental 'Alfa y Omega' (2012).
Es miembro del Institutum Pataphysicum Granatensis y del proyecto anartístico Gruppo Ungido. Para el autor, médico de profesión, "la poesía es la fuerza que te permite sobrevivir en la fragilidad".
Javier Gilabert / Fernando Jaén
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