Malditos

Ibn Gabirol

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Ibn Gabirol

En 1020 nació en Málaga un cordobés. Ibn Gabirol fue definido por el poeta Moshe ibn Ezra como “un cordobés de Málaga”. Toda la familia de Gabirol salió huyendo de Córdoba cuando la arquitectura del califato omeya se venía abajo. En Málaga nace Abu Ayyub Sulayman ibn Yaberwal (para los musulmanes), Selomoh ben Yehudah ibn Gabirol (para los judíos) y Avicebrón (para los cristianos). Tres nombres para nombrar una misma identidad.

El joven Gabirol siempre tuvo un aspecto frágil y una salud permanentemente debilitada (se le atribuye una enfermedad de la piel que provocaba un rechazo inmediato de su presencia). Nunca superó su pequeña estatura física. En general no gozaba de ningún atractivo físico. Y, además, pertenecía a una minoría en todos y cada uno de los lugares donde se encontrase. Debemos añadir que su corta vida se distinguió, casi siempre, por una precaria posición económica. Ibn Gabirol solo tuvo una posibilidad de futuro: ¡ser el mejor!

Siendo un adolescente, la familia decide emigrar de Málaga hasta la próspera capital de la Marca Superior, Zaragoza. Este reino estaba gobernado por la dinastía de los turyybíes. Allí se encontraba una importante comunidad judía, concentrada en la capital. Poco después de afincarse fallece el padre de Gabirol. La familia se encuentra a la intemperie y el joven poeta encuentra un mecenas: Yequtiel ben Isaac ibn Hassan. Este influyente cortesano judío protege y ampara a Ibn Gabirol. Encontrar un protector es el horizonte obligado para todo creador literario que pretenda vivir de lo que escribe. Así sucedía hace quinientos años y así sucede en la actualidad. No es nada fácil. Esta necesidad de apoyo y protección conllevaba, al mismo tiempo, una deuda adquirida con el protector. La deuda se pagaba periódicamente mediante el uso (y el abuso) del panegírico. Los textos poéticos de elogio y alabanza se multiplican en un volumen considerable. Los hay pésimos y, también, excelentes (los de Gabirol se encuentran entre los segundos). Los poetas pagan su deuda. Gabirol también, pero…

La Corte de Zaragoza es un privilegiado espacio cultural entre los diversos reinos de taifas. Se concentran un elevado número de traductores, filólogos, cortesanos y poetas. Gabirol comete la osadía de destacar entre todos ellos. Su altura literaria y de pensamiento no se corresponde con su estricta ubicación en los márgenes, el lugar propio de una minoría. Su prestigio crece al mismo ritmo que sus enemigos. Los problemas se suceden en el interior de su propia comunidad y en el marco de la sociedad mayoritaria. Está rodeado de plagiarios que suelen reunir, también, la condición de envidiosos y estúpidos. Ibn Gabirol les contesta:

“Para hacer algo a derechas / no tiene capacidad, / más para hacer cualquier mal / lleno está de competencia”.

Sus rimas poéticas, lanzadas con excelente puntería, aciertan siempre en la diana de los cortesanos. Después sufre las consecuencias. Moshe ibn Ezra calificaba esa tensión asegurando sobre Gabirol que “su alma irascible dominaba su inteligencia, no podía refrenar su cólera ni superar la injuria y el daño que se le hacía”.

La lectura de los textos filosóficos, su poesía litúrgica y su poesía secular, constituyen la fuente primordial de información para conocer al poeta. Su obra nos dibuja un hombre extremadamente inteligente (y erudito para su edad); muestra a un hombre apasionado por el conocimiento (ese esforzado afán lo hace solitario); vive una profunda carga existencial (lo que le otorga a una parte de su obra de una conmovedora amargura); su enorme capacidad de juicio le dota de una excesiva arrogancia. La arrogancia y su capacidad de juicio le juegan malas pasadas. Se vuelven contra él. Es el efecto búmeran de la inteligencia en un mundo de ignorantes. Las puntas mortales de sus armas, las palabras, están perfectamente afiladas. En su obra están presentes las huellas de su vida: una crítica feroz al teatro del poder; las sucesivas rebeliones que mantiene con Dios; el tormento de luchar contra el destino; el rechazo de la ignorancia como coartada para no decir la verdad; la muerte como salida digna…

“Mi espada está en mi boca, / mi dardo está en mi lengua / y es mi labio mi escudo y mi rodela; / y para el corazón del que lo oye / es mi canto una maza que revienta / la rosa, y con mi cólera trituro. / Soy para mis amigos miel y leche, / más ponzoña de áspid para aquellos / que a mala parte echan mis consejos (…)”.

Gabirol decide abandonar Zaragoza para viajar a Granada. Nuevamente un emigrante en camino. En Zaragoza, en el seno de la propia comunidad judía, recibe Gabirol durísimas críticas a su principal obra filosófica, La Fuente de la Vida. Una obra centrada en la existencia como problema filosófico y construida en forma de diálogo entre un maestro y su discípulo. Gabirol es amenazado con un herem, un anatema de expulsión. La ortodoxia judía le acusa de haber abandonado la senda de la Torah y haber abrazado el pensamiento filosófico de los griegos. Escribe como respuesta:

“De gritar mi garganta se ha secado, / la lengua al paladar se me pegará / y de tanto dolor y tanto duelo / mi corazón palpita incontrolado (…)/ ¿Acaso es poco estar entre una gente / que piensa que mi izquierda es mi derecha? / Sepultado, más no en el cementerio, / que en mi morada está mi propia caja (…) / En mi sangre mis lágrimas derramo / y en mi vino mis lágrimas destilo. / Sediento estoy de amigos y me extingo, / antes de que mi sed llegue a extinguirse (…)”.

En Granada encuentra otro protector. El más importante. Un judío cordobés, Semuel ibn Nagrella ha-Naguid. Este personaje controla todos los hilos políticos del reino zirí de Granada. Políglota (árabe, hebreo, griego), militar y poeta, es el más poderoso cortesano. Gabirol le dedica hermosos panegíricos. La historia se repite. Entra, en mala hora, en polémica con su protector. A Ibn Gabirol se le ocurre decir una verdad sobre la poesía de su mecenas: la califica como una poesía tan fría como la nieve de Sierra Nevada. Se hace difícil ser y estar. Vuelve a estar solo. Y vuelve a defenderse:

“¿Cómo vais a comparar / los leones con los toros? / ¡Que en boca de león / os ponga Dios como presa! (…)”

“Ay del triste poema / (no hay esperanza alguna de rescatarlo), / al que ha tocado en suerte / caer en manos / de quien perora vientos / y cuyo vientre / se ha inflamado de solano! / Que cada oveja marcha / con su pareja / y las astillas salen / como sus palos”.

Su vida avanza y  crece al mismo ritmo que su desesperanza. En la península ibérica la vida de Gabirol se perdió en el humo de la indiferencia (siendo uno de los más grandes poetas nacidos en este solar). Fuera de aquí su obra inundó el pensamiento de casi todas las escuelas filosóficas. Unos a favor y otros en contra, todos lo leen. Guillermo de Auvernia, Santo Tomás de Aquino, Alejandro de Hales, San Alberto Magno, Duns Escoto… Su traducción latina de La Fuente de la Vida (Fons Vitae) es un referente. Una obra neoplatónica, que bebe en Plotino y que recibe el influjo del pensamiento de Ibn Masarra, un sabio andalusí acusado cien años antes de panteísta. Siglos después influirá en Yehuda Abravanel (León Hebreo), será leído por el marrano Baruch Spinoza y acompañará hasta la hoguera al enorme (y heterodoxo) Giordano Bruno.

Emigra desde Granada hasta Valencia. Allí muere. Un poeta local, envidioso de sus éxitos literarios, lo asesina. La leyenda, solo la leyenda, difundió que, una vez asesinado, su cadáver fue ocultado bajo una higuera. La leyenda le otorga a esta higuera los frutos más dulces que uno pueda saborear.

“No creas, corazón mío, en el mundo / pues más de lo que te ha dado es su botín”

Un pequeño hombre. Un maldito judío que se rebeló contra todo y contra todos. Un cordobés nacido en Málaga: Selomoh ben Yehuda ibn Gabirol.

Sebastián de la Obra

Sebastián de la Obra

Un hombre con piernas y memoria.
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