Los Negros Curros

Los Negros Curros

LOS NEGROS CURROS

“…Negro Curro de Triana,
yo nací en Andalucía,
por eso “Curro” me decían
cuando aparecí en La Habana.
Aquella tierra era hermana
del mundo que conocí,
yo no soy Calabarí,
Ñañigo, Guineo ni Congo:
Yo soy Flamenco y compongo
el Son que me gusta a mí…”

Los negros curros, Razón de son, Raúl Rodríguez

No existe mucha información más allá de las litografías de Victor Patricio Landeluze, algunas décimas, cuentos y canciones de tradición oral, las referencias literarias de algunos escritores cubanos costumbristas como Cirilo Valverde en su obra Cecilia Valdés, el artículo Los Curros del Manglar de José Victoriano Betancourt, la obra de Francisco Calcagno, Los crímenes de Concha, y las investigaciones que llevaron a Fernando Ortiz a esbozar en sus trabajos la historia de Los Negros Curros.

Desde la época colonial hasta mediados del siglo XIX existió en Cuba un tipo humano perfectamente diferenciado, era el negro curro o en la expresión más común e histórica, el negro curro del Manglar.

Los negros curros del Manglar, llamado así porque era una parte del barrio de Jesús María en las afueras de La Habana y en esa parte del barrio tuvieron su principal asiento. Fueron unos negros y mulatos originarios de Sevilla (en Cuba la voz curro-rra significa andaluz, natural de Andalucía). No eran esclavos. Eran negros horros (libres) y estéticamente distintos. Decía Ortiz que en Jesús María fue célebre una bodega llamada El Cangrejo, en la calle San Nicolás, esquina a Esperanza, porque en ella solían reunirse los curros, y frente a ella viraron muchos cangrejos; es decir, mataron muchos hombres.

Se distinguieron por el lenguaje particular que hablaban (En las décimas del Negro José del Rosario, dice él mismo: «Ai curro José Gatica/ poi palabra ma o meno/ le dije: olé, olé, moreno/ y ai punto se me achicó/ poique sabe que soy yo/ma caliente que un veneno…”), sus vestidos y adornos; camisa blanca de cuello ancho, pantalones de campana, chanclas de cañamazo, de corte bajo con hebillas de plata, la chupa de olancito de cortos y puntiagudos faldones, sombrero de paja afarolado, gruesas argollas de oro en las orejas, anillos, pañuelo rojo en el cuello y en la mano entre el pañuelo, se escondía siempre un sin arruga, un jierro, (una navaja). Sus andares, cadenciosos, contoneándose, arrastrando mucho las chancletas y moviendo los brazos adelante y atrás.

Vocablos, maneras y formas de ser de los negros curros que recuerdan directamente los usados por los hampones y pícaros sevillanos del siglo XVI y posteriores.

En su origen eran tipos muy característicos del hampa habanera (“hampa”, vocablo que al igual que el negro curro llegó a Cuba desde Sevilla), que en su sentido más amplio quería decir de la mala vida, de crimen y valentonería, siempre armados de cuchillo en mano: retadores, referteros y siempre fáciles en el manejo de los “jierros”.

Hablando de los negros curros en una conferencia en el Ateneo de La Habana decía D. Fernando Ortiz que “los negros curros fueron los matones, los perdonavidas, los majos, los jaques los guapos, de la mala vida afrocubana de los comienzos del siglo XIX y anteriores” y el escritor Cirilo Valverde en su obra Cecilia Valdés, dijo así: “Es el curro el negro o mulato joven, del barrio del Manglar, matón, perdulario, sin oficio ni beneficio, camorrista por índole y por hábito, ladronzuelo de profesión, que se cría en la calle, que vive de la rapiña y que desde su nacimiento parece destinado a la penca, al grillete o a una muerte violenta

Francisco Calcagno, en su novela Los crímenes de Concha nos ilustra sobre la vida de un cheché, un curro, el matón entre los matones el guapo que se imponía a los demás, un negro alto robusto de feroz aspecto. Vivía en la calle de Los Mandingas, en el barrio de Jesús María; a su sola presencia corrían todos. Era el Cheché del Manglar que un día a un temerario criollo que osó plantarse ante él le vació un ojo de un revés y le prohibió pasar por la casa donde vivía su novia…

Personajes como el de la célebre guaracha que recogen los hermanos Isabel y Jorge Castellanos en su obra Cultura afrocubana. Destacan los hermanos el valor de esas guarachas como antecedente de la poesía negra, poesía negra aún no suficientemente estudiada, comentan. En ellas aparecen los descendientes negros de los majos, los guapos sevillanos; el cheche, el guapetón, el chévere del navajazo, el negro curro, unas veces José Caliente, y otras Negro Candela:

¡Al negro José Caliente
nadie lo puede tachar:
Quienquiera que se presente
¡Lo rajo por la mitad!

O, así:

Aquí ha llegado Candela
Negrito de rompe y raja,
Que con el cuchillo vuela
Y corta con la navaja.

José Victoriano Betancourt dice en las décimas de El negro José del Rosario publicadas en El Artista de La Habana en diciembre de 1848:

Yo nasí en Jesús María
En el famoso Manglai
Fui Perico, no hay dudai,
Y a ningún cheché temía

Preso tres años etube
Y en la caisel aprendí
Cosas que ni poi aquí
Supe cuando sueito etube.

……………………….

Allí se rompió la nube
Que ante mis ojos cubría
Y cuando al fin llegó el día
Que para Seuta salí

Yo me encontré tan así
Que yo mismo me temía…

En este poema el negro curro refleja una historia que aún necesita un trabajo profundo de investigación, la llegada a Cádiz, y posteriormente a los penales en África de Guinea y Ceuta de una importante cantidad de presos negros y mulatos, curros, ñáñigos* (que compartían estética y formas de comportamiento similares a los curros, confundiéndose en muchos casos con ellos),  y algunos líderes negros del levantamiento cubano contra los españoles como José Maceo, o como el negro Simón que acompañaba en Zaragoza a José Martí, padre de la patria cubana también deportado, y que viviendo los acontecimientos que ocurrían en esas fechas en la ciudad donde residía escribió este poema:

Estimo a quien de un revés
hecha por tierra a un tirano:
lo estimo, si es cubano
lo estimo si aragonés

El negro Simón el año 1871 fue detenido con la primera remesa de sublevados de las guerras carlistas de Aragón y enviado a la prisión en Fernando Poo por el general Lersundi, en su caso, acusado de ser ñáñigo y asesino.

Negros que luchaban contra los españoles por la independencia de Cuba y que, encarcelados y transportados a España, poblaron las tierras gaditanas y las cárceles africanas (Salillas en 1901 documenta y publica con textos e imágenes, un plante ñáñigo en la cárcel de Ceuta), y a los que todavía se recordaban en los carnavales de Cádiz como se ve en el cartel del carnaval gaditano de 1950 en el que se anuncia la chirigota de “Los Ñáñigos” (fig.8)

*Se conoce por ñáñigos a los miembros de una cofradía secreta, Abakuá, formada por hombres negros de origen carabalí entre los esclavos que los españoles introdujeron en Cuba. Se sabe de una primera cofradía en el puerto habanero de Regla en el siglo XIX. Les dicen ñáñigos porque en sus ceremonias participa de forma destacada un personaje enmascarado conocido como íreme, ñaña, o ñáñigo, al que popularmente se le conoce como diablito que, con sus bailes y gestualidad al compás de los tambores y las músicas, representa a un ente sobrenatural que viene a la tierra para intervenir en las ceremonias abakuá.

Con el tiempo el negro curro perdió su bravuconería y matonismo y pasó a ser una figura popular de los carnavales, disfrazados con las indumentarias tradicionales y trasformando sus desplantes retadores en versos y músicas de desafío, pasando a ser personajes inofensivos del folclore picaresco habanero.  Negros de bandurria les llamaban, Los curros, los cheches de raza negra, de chancleta y de bandurria”, personajes ya en esa época más de la juerga, de la música y de la jácara que arrogantes matones.

Decía Fernando Ortiz que “los curros reflejaban en su aspecto externo «los factores diversos que determinaron su existencia misma: africanos, coloniales y andaluces; étnicos, sociales e históricos. Un negro curro, lejos de disimular su condición, alardeaba de ella. Era una especie de marca social que los llenaba de identidad y orgullo. Tenían empeño en darse a conocer como lo que eran. Sin los curros habríamos tenido negros matones, chulos, perdonavidas, manjafierros, guapos; pero no negros curros. El exhibicionismo estético y el alarde de guapería y valentía formaban parte de sus pertrechos sicológicos. El negro curro que ejercía de tal sabía que tenía que lucir sus andares, sus ropajes, sus dientes afilados, sus trencitas en el pelo y su fuerza bruta para estoquear lo primero que se le presentara. Ni todos los negros curros eran bandidos ni todos los negros libres fueron curros”.

El negro curro que llegó de Andalucía, de Sevilla y sus descendientes, desaparecieron en la mitad avanzada del XIX. Hoy parte de lo que fueron, se encuentra en algunas manifestaciones del folclore y de la música y en algunas palabras curras y andaluzas que en algún caso se usan aún hoy en día.

Enorme cantidad de población negra y mulata, esclava y libre que llenó los lugares de América y que en Cuba dio origen a una población que tiene mucho que ver con la que convivió durante centurias en la Península Ibérica y en parte hemos descrito aquí, los negros curros del Manglar. Las voces y las maneras de la jerga curra que Lope de Vega, Cervantes, Quevedo y demás escritores del siglo de Oro escucharon en El Arenal y otros lugares sevillanos y andaluces donde tuvo su gloria la picardía de los jaques, los colegas de los negros que vivían en Sevilla y que, en Cuba, se convirtieron en los negros curros y que hoy en una propuesta musical de tonadas nuevas, nos lo descubre y recrea con rigor y brillantez el músico, Raúl Rodríguez en su libro disco “Razón de son”.

Jesús Cosano

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Nexo. Jesús es un investigador artesano de la historia de la negritud en España
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