Malditos

Pepe Mujica en la Alhambra

Pepe Mujica en la Alhambra

“Hará falta mucha cuerda para ahorcar a todo un pueblo” gritó Túpac Amaru. Y su nombre, repetido en todo el continente, se lo llevó el viento. Túpac Amaru tenía un nombre castellanizado: José Gabriel Condorcanqui. Lideró, en 1780, una verdadera rebelión indígena en la región de Cuzco. Levantó a parte de su pueblo contra el poder colonial español. Durante cientos de años se popularizó la expresión tupamaro para identificar a un rebelde, para significar la rebeldía.

José Alberto Mujica Cordano (conocido como Pepe Mujica) nació un 20 de mayo de 1935 en Montevideo, en Uruguay. José Mujica fue “tupamaro”, un maldito tupamaro. A mediados de los años sesenta se creó, en Uruguay, el Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros (MLN-T). Se trataba de una guerrilla urbana que se enfrentó a sucesivos gobiernos y a la dictadura militar uruguaya con métodos terroristas. Su actividad se mantuvo hasta inicios de los años setenta. Las acciones del movimiento alcanzan un enorme protagonismo. Asaltos de entidades financieras y bancarias; secuestro de periodistas; asesinato de militares y torturadores; ocupación de medios de comunicación… Tras el golpe de estado, cívico-militar, en 1973, se desata una feroz represión (aislamiento, vejaciones y torturas), que afectó de manera especial a los componentes tupamaros. José Mujica estaba entre ellos. Trece largos años de cárcel dan testimonio de su experiencia. Muchos años después José Mujica declaraba, como parte de su memoria: hemos cometido muchos errores porque hemos vivido mucho…

Hay un tipo de supervivientes que mantienen intactos algunos sueños incluso después de haber conocido el infierno. José Mujica cuenta que siempre tuvo un sueño: conocer la Alhambra. Un acontecimiento mediático celebrado en Córdoba, organizado por Radio Córdoba, facilita que su sueño se realice. Va a pasar un día en Granada. Va a conocer la Alhambra (y tendrá tiempo para mirarla, también, desde el barrio del Albayzin).

Enhebrando el tiempo salimos de Córdoba hacia Granada. Duerme en el viaje. Nos acercamos  y se despierta con ojos de asombro (propios de niños y ancianos). Tiene en el horizonte el Himalaya andaluz, Sierra Nevada. Dice sus primeras palabras antes de entrar en Granada: en mi país, Uruguay, todo es llano, nuestro horizonte nunca se eleva tanto… Nos dirigimos directamente a su sueño: Qal´at al Hamra, la fortaleza roja. En las dependencias administrativas del Patronato de la Alhambra una corte de responsables nos reciben. La Alhambra, toda una ciudad, favorece construir relatos que nos permiten habitar, de algún modo, el espacio real e irreal que vivimos. José Mujica se deja llevar. En los sueños, cada hora, se está al borde del derribo o de la salvación.

Accedemos por el Mexuar, un conjunto de dependencias, edificaciones y patios. El espacio principal sirvió en su origen como sala de audiencias. Su paso es lento. Atravesamos una pequeña puerta. Entramos y le leo una pequeña inscripción: al-mulk li-l-lah, al qudra li-l-lah, al-´iza li-l-lah (el Reino, la Grandeza y la Gloria es de Dios). Ya sabemos los dos dónde nos encontramos. Él no deja de mirar, el público no deja de mirarlo. Me indica un lugar donde podernos sentar y descansar (es una excusa). Estamos en el Cuarto Dorado, nos sentamos en su ventana central. ¿qué barrio es ese?, pregunta. Estamos frente al Albayzin. El sonido del agua nos guía. El Patio de los Arrayanes nos recibe. El cielo abierto como bóveda. No para de preguntar por los motivos epigráficos, le asombran y atraen. Todo un edificio con sus paredes escritas…

Ha llegado el momento de cantarle un breve texto de Ibn Zamrak, el poeta responsable de muchos de los poemas escritos en la Alhambra. Los visitantes se acercan al oír cantar en árabe y una vez frente a Mujica se olvidan del canto y lo reconocen y lo fotografían y lo elogian. El vigilante de la esquina, vigila. Nos acercamos al poder. Las paredes nos recuerdan, como una consigna que se repite, el sentido último: Wa llah galibat illa allah (No hay más vencedor que Allah). Estamos en el Salón del Trono, de Comares o de los Embajadores. La Torre de Comares es una rosa de los vientos orientada a los cuatro puntos cardinales. Nada escapa al poder como símbolo de perfección. Ejemplo único de cómo la forma es una parte fundamental del contenido. ¿Quién ha construido esto? ¿Cuánto cobrarían quienes eran capaces de hacer semejante trabajo? ¿Nunca me podía imaginar tanta belleza como demostración de un poder inalterable? José Mujica reflexiona en alto. La geometría (del poder) reflejada en sus azulejos muestra la transformación de los cristales y su formulación matemática. Una metáfora que se puede tocar (y sufrir). Este hombre, que alcanzó la presidencia de su país, nunca se ha privado de opinar sobre todo. Vamos identificando los motivos vegetales presentes en la decoración: piñas, hojas de acanto, palmeras… Y me habla de las flores (fundamentalmente crisantemos) que cultiva en su pequeña y humilde chacra, en Rincón del Cerro, su popular barrio de Montevideo.

Estamos en el Patio de los Leones; el público visitante le hace tantas fotografías como a los leones. Él se deja. Como una consigna natural muchos visitantes se acercan y le dicen al oído: ¡gracias por existir! Entramos en el romanticismo. Chateaubriand, Victor Hugo y Washington Irving están presentes. La Sala de las Dos Hermanas y su historia de amor, nunca correspondido y siempre presenciado, le hace decir que la única adicción debe ser el amor, lo demás son todo plagas. Asiento. La historia de la traición, del brutal asesinato de un linaje, de los juegos y competencia del poder nos acompañan en la Sala de los Abencerrajes. No tengo que explicarle nada de los juegos de poder.

Llegamos al Partal, le comento escapadas nocturnas, en mi adolescencia, a este estanque. Algunos guardias disparaban con escopetas de perdigones a unos jóvenes que se adentraban por la noche en este paraíso. El recuerdo de lo vivido – decía García Márquez- es lo que nos queda en la vida. Está cansado. Camino del Generalife nos escondemos tras un grueso tronco de árbol y nos fumamos un cigarro. No deberíamos. El humo que aparece y desaparece da testimonio efímero de una travesura. Creemos que nadie nos ve o que, al menos, nadie nos va a delatar. Así es. Sonríe y hablamos un rato de la literatura picaresca. Hubo un tiempo en el que una abandonada Alhambra estaba cohabitada de sueños y de contrabandistas, pobres, gitanos e inválidos. Muy lentamente vamos poniendo nombre a las sombras que nos señalan el camino: rosales, laureles, cipreses, naranjos. Se emociona con las plantas. En la mercadotécnia de la política no es normal (ni oportuno) mostrar sinceros sentimientos. Todo es un permanente ejercicio de simulación (en el que la sonrisa publicitaria es el recurso fundamental). Es sincero. Es espontanea su admiración. Se lo reconozco y me recuerda el escándalo que produjeron unas declaraciones suyas sobre la actuación de la FIFA (Federación Internacional de Asociaciones de Fútbol): los de la FIFA son una manga de viejos hijos de puta…

Tiene hambre. Este hombre desgreñado y gestual me pide que paremos. Cuando uno está cansado debe buscar reposo. Nos vamos a comer. Él pide carne. En Uruguay todo el mundo come carne, verduras y hortalizas no están muy presentes en la mesa, me indica. Me recuerda que en el periodo de su presidencia un complot de los grandes productores de vacuno elevó sobremanera el precio de la carne; él se esforzó en la negociación y consiguió que se rebajase. Desde ese momento se popularizó el denominado asado de Pepe. Bebemos vino y el cansancio se aleja momentáneamente. Abandonamos la Colina de la Sabika. Vamos dejando la Alhambra a nuestras espaldas. José Mujica es un hombre desprendido del dogmatismo al uso (lo que no significa una renuncia a sus ideas pero sí a una determinada forma de defenderlas). Le propongo ir al Albayzin. No hay mejor forma de despedirse de la Alhambra que hacerlo desde la competencia. Accede (aunque no se imagina que el Albayzin no es plano).

Albayzín, por Tono Cano

Albayzín, por Tono Cano

Estamos en pleno corazón de un barrio de resistentes. A la altura del Aljibe de las Tomasas, José Mujica, se planta: ¡necesito ir al baño, no doy un paso más! Encontramos el lugar (en este caso no ejercemos de pícaros). Nos sentamos junto al convento de las Tomasas. Entre foto y foto, de visitantes y autóctonos del barrio, le voy relatando los veinticinco días de resistencia de este barrio en nuestra Guerra Civil. Fue el último bastión de la Granada republicana. En el aire le diseño los enclaves de las barricadas: la Cuesta del Chapiz, la Cuesta de Alhacaba, la Calderería vieja. Se emociona pero no quiere hablar en exceso. Sabe lo que ocurrió. También sabe que el carácter disolvente del tiempo solo lo salva y atempera la memoria. Este hombre desprende una fuerza ética inmune a la corrupción generalizada. Sus palabras son tan elocuentes como sus silencios. Sabe administrar, casi a la perfección, la fuerza de su ejemplo. No busca de manera desenfrenada el reconocimiento, su vida  le ha demostrado que el viento de poniente se escucha y el de levante se soporta. En el panorama de los liderazgos políticos y mediáticos es una radical anomalía. Un maldito tupamaro. Mi respeto, simpatía y admiración por él.

Va finalizando el día (y el sueño). Está cansado y feliz. Antes de que se vuelva a dormir en el viaje de vuelta, le comento las palabras de María Bashkirtseff, una pintora del siglo XIX, que quiso ver cumplido su sueño: la Alhambra es la mejor alternativa al paraíso.

Sebastián de la Obra

Sebastián de la Obra

Un hombre con piernas y memoria.
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