Literatura

La poesía visual de Pablo García Baena (I)

La poesía visual de Pablo García Baena (I)

El último premio Reina Sofía de Poesía, Pablo García Baena, constituye una de las principales señas de identidad de la cultura andaluza contemporánea. O simplemente de la cultura. Poeta esencial de las últimas siete décadas, desde su residencia en Córdoba mantiene la memoria marina de Málaga, donde residió durante largos años y desde donde Antonio Garrido Moraga ha suscrito una precisa antología de su obra, que fuera presentada durante las jornadas que le dedicase la Universidad de Granada, en el contexto del último Festival Internacional de Poesía, celebrado en dicha ciudad.

Director emérito, hoy, del Centro Andaluz de las Letras, hacia el ecuador del siglo XX, Pablo García Baena vivía en un país sin ámbito. Ya no era aquel niño que asistía a las clases del colegio cordobés de los Hermanos López Diéguez, el que se había educado en el colegio Francés, en el de la Asunción o con los Maristas. El que había conocido de la mano de su amigo Juan Bernier al mejor Juan Ramón Jiménez, esto es, a Juan Ramón Jiménez, el que se deleitaba con Marcel Proust y su eterna magdalena de la memoria o había descubierto, entre las vidas de santos, la obra milagrosa de Juan de la Cruz a quien, con apenas dieciocho años, dedicaría una puesta en escena a partir de cuatro poemas bajo su noche oscura.

A aquellas alturas de la historia, cuando apenas era un veinteañero que gustaba del cine, de las antigüedades, de Chopin y de las tonadilleras, Pablo García Baena seguía pintando, como cuando estudiaba en la Escuela de Artes y Oficios y empezó a publicar aquellos primeros poemas entreverados con sus dibujos, en los diarios cordobeses, en la revista Caracola, en La Estafeta Literaria o en El Español.

Fue por entonces cuando empezó a militar en el grupo y la revista Cántico, al fin y al cabo, una reunión de amigos descontentos por no haber ganado el premio Adonais y que dieron forma literaria a su camaradería en 1947. Todo ocurrió en aquella Córdoba más romana que árabe según sus propias palabras, aquella Córdoba cenicienta donde acababan de dejarse oír los disparos entre la dictadura y la guerrilla, como un eco de la represión del Batallón de Voluntarios y el del Gran Capitán, contra el Batallón Garcés.

Impares, fila 13

Entre el contraluz y el incienso de la Semana Santa y las cruces, se entreabría tímidamente el hambre y las cárceles, el gasógeno y el estraperlo, las corridas en el coso de Los Tejares donde pronto habría de moverse el flequillo invencible de un robagallinas llamado Manuel Benítez. La ciudad, por entonces, congeniaba los anuncios de vinos con los del aceite Carbonell, las giras de Caracol y Lola Flores que tocaban puerto en el Gran Teatro, el olor a zotal de los cinematógrafos en donde —quizá en los impares de la fila 13— aquellos jóvenes poetas se arrobaban contemplando a Sara Montiel, camino de una imposible Veracruz junto a Gary Cooper y Burt Lancaster, bajo el plano americano de Anthony Mann.

García Baena reconoció en cierta ocasión ante el periodista Antonio Chaves que el cine constituía uno de los motores de su poesía: “Soy un poeta visual, tengo que ver plásticamente lo que luego voy a decir”, afirma y aunque le gusten títulos clásicos como Eva al desnudo (All about Eve), tampoco desdeña creaciones más recientes como El crepúsculo de los dioses y todas aquellas en las que aparece la figura de la femme fatale, la que se cree perpetuamente bella a pesar de los pesares y del paso del tiempo.

A caballo entre los 40 y los 50, entre catecismos y fastos imperiales, las tiendas  empezaban a verse abastecidas en una ciudad en la que abría su consultorio Carlos Castilla del Pino y en donde empezaba a reinar el mairenismo del jondo de la mano de Ricardo Molina y en  donde la feria de Nuestra Señora de la Salud —donde pronto Manolo Escobar cantaría Julio Romero de Torres pintó a la mujer morena— enjugaba las lágrimas del dolor, de los fusilamientos, de ese extraño aroma a cárcel o a cerrado que desprendía aquella España por la que empezaban a circular canciones, leche en polvo o chicles de las bases americanas. La policía de costumbres exigía los libros de familia en las pensiones y la ley de vagos y maleantes se aplicaba con mano dura a cualquiera que se apartase del rebaño o dejara ver cualquier atisbo de  diferencia en cualquier plano, ya fuese político o sentimental, sexual o forajido. Aquel régimen exigía jóvenes entusiastas y aquellos muchachos, en el mejor de los casos, era antiguos y perplejos.

Como describió Martín Santos, se trataba de un tiempo de silencio, aunque la gente era capaz de conciliar las estrecheces con la copla o las telenovelas y los suburbios se llenaban de personajes entresacados de cualquier novela de Juan Marsé, mientras los salones literarios se poblaban de nuevos eruditos a la violeta o de poetas supuestamente sociales cuya militancia discurría entre el falangismo, la disidencia de Dionisio Ridruejo y las células clandestinas del PCE. A la censura, como el propio García Baena afirma, no le interesaba demasiado la poesía más o menos hermética o intimista de aquellos veinteañeros: bastante tenía aquella nueva Inquisición con perseguir las copias de los poemas de Rafael Alberti. La caridad, en todo caso, tomaba forma entre los barrios de chabolas, mucho antes de que tan olvidada tradición cristiana tomara de nuevo cuerpo oficial al rebufo del Concilio Vaticano II y bajo las campanas de una catedral que seguía inútilmente empeñada en ocultar a una mezquita.

La poesía de Cántico

Bajo el ángel simbólico de Miguel del Moral, la poesía de Pablo García Baena, Ricardo Molina, Vicente Núñez, Mario López, Julio Aumente, Juan Bernier y de tantos otros jóvenes que se reunieron bajo el paraguas de aquella revista, también se encontraba en un país sin ámbito, en una tierra de nadie. Eran versos al margen de la estética dominante y entregada a la misión imposible de desgranar el grano de la paja, de buscar la belleza como una forma sublime de aproximarse a la justicia. De ahí, durante largo tiempo, su olvido.

Entre los logros de dicha publicación figura sin duda el de rendir por primera vez homenaje a Luis Cernuda en la España franquista, en 1955. “Era un ser difícil y atrabiliario, pero lleno de una sensibilidad extraordinaria —le describe García Baena—. Casi todo le hería. Por eso la recuperación a nivel popular de su poesía le hubiera encantado porque estaba lleno de ternura. Se quiere dar una idea de un Cernuda hostil a casi todo, a su ciudad y amigos. No era así. Concha Méndez, mujer de Altolaguirre, me contaba que era tiernísimo con sus nietos y les dedicó poemas a los niños. Era muy seguro de su capacidad y de la altura de su poesía. La incomprensión y las zancadillas para alejarlo, de lo que se ocuparon sus propios compañeros de la Generación del 27, hizo que tuviera un carácter difícil”.

Sin embargo, aquel proyecto no transcurrió como parecía previsible: “Éramos muy jóvenes y bastante ingenuos —recuerda García Baena—. Tuvimos el apoyo de los tres grandes del 27 que quedaron en España: Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso y Gerardo Diego. Creíamos que se estaba haciendo algo importante. Después vimos que no. Nos dimos cuenta de que había una intención de dejarnos a un lado. Aquello nos desilusionó. Fuimos abandonando”.

No obstante, Luis Antonio de Villena llega a reprochar que el índice de la revista fuera demasiado ecléctico, que no llegaran a desarrollar un planteamiento estético estrictamente propio y que se aproximarán en demasía a lo que él llama “los todopoderosos poetas sociales”.

“Nosotros intentamos hacer poesía cuando se estaba haciendo otra cosa. Nuestros maestros fueron J. R. J., los poetas del 27, Mallarmé, los simbolistas y los parnasianos”, reivindica en un momento dado el propio Pablo García Baena. Claro que también se contradice cuando, como recoger Francisco Ruiz Noguera, cita a Vicente Núñez al afirmar “…el grupo Cántico no es la continuación del 27, sino la continuación del modernismo y su proyección sobre el 27.”

Y en una entrevista periodística con Manuel Planelles, en El País, en 2006, García Baena insistió en que nunca contemporizaron con la estética oficial ni predicaron la indiferencia frente a la realidad de su tiempo: “Cuando Cántico nació en 1947, era algo de provincias que no seguía los parámetros de lo que ordenaba el Estado y tuvo muy poco eco. Sólo lo tuvo entre los poetas y, especialmente, entre los grandes del 27 como Aleixandre, Dámaso o Gerardo Diego. Para el resto no existíamos porque nuestra poesía no estaba con el régimen ni a favor de una poesía social, combativa y panfletaria. Nosotros intentábamos hacer poesía, que es armonía, belleza del lenguaje. Nuestra rebeldía estaba en hacer lo que no hacían los demás”.

Juan José Téllez

Juan José Téllez

Periodista y escritor. Os he hablado siempre desde el borde de la duda. Actualmente director del Centro Andaluz de las Letras
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La poesía visual de Pablo García Baena (I)
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