poesía

Canción de las campanas y el desierto

Canción de las campanas y el desierto

Las campanas de la catedral tienen la voz del desierto de los campos de refugiados
Ya que en ambos se escucha el romperse de los juguetes como bolas de cristal.
Las campanas de la catedral ocultan lo mismo que el desierto de los campos de refugiados
Como el grito asesino de las bombas.

Con cascos azules y botas negras o con togas negras y una bufanda morada,
Allá adonde se borra nuestro horizonte o está tan cerca que se hace borroso,
Los lobos buscan presas fáciles, de muslos tiernos, morenos o pálidos
A punta de pan ácimo o de escopeta.

Callad, callad un momento y escuchad al mundo
Debajo del cemento que anula los lamentos de la brisa;
En algún sitio un niño tiene la cara contra el polvo y detrás de él hay un soldado
Llevando nuestra libertad a los pechos como tablones de nogal de las refugiadas más jóvenes.

Y está pasando, y es más real que la cotidianidad de los teléfonos
Cómo la lengua de gato de los violadores moja la espalda de una inocencia,
Y todos los días, en algún sitio, tiran un cadáver de pájaro a la barranca
Donde se pudre sin que nadie lo huela.

Cuando suenan las campanas
Una granada desparrama unas tripas
y un dedo se cuela en los ombligos.

Cuando suenan las campanas
El hambre obliga a vender el corazón que te ha arrancado
Una guerra donde los mercenarios han engrasado sus cuchillos con grasa de cordero.

Cuando suenan las campanas
Los huesos crujen y una margarita se deshace bruscamente
Y en el establo de los pecados un taburete se empapa con un hurto de saliva.

Oh cuando suenan las campanas y posan con crueldad sus manos
Sobre los cabellos rubios de la infancia regada por los escupitajos de la catedral;
Oh cuando caen las bombas y los cascos de dientes azules
Mordisquean los vientres de arena del futuro de los sirios.

Tened la valentía, hijos del águila
De mirar a los niños que luchan
Bajo las plumas de un pavo arco iris.
Que tampoco es inocente quien ignora
Y que mintiendo bajo la compasión
Callan frente el amor sucio y obsceno
Como el sexo erecto de la lepra.

En la guerra no hay virginidad que se salve
Y en la catedral donde todos los días un japonés toca la guitarra
Hay un silencio todas las mañanas cuando un encargado se ocupa de limpiar la sangre al cristo con una esponja.

Qué horrible es el mundo y qué casto aparece
Pero olvidaremos y seguirán cayendo bombas y las campanas sonando
Cuando el juicio de la burocracia de armas a los locos e hígados frescos a los carniceros.

En la catedral y en el desierto de Siria
Un músico con un muñón toca un organillo
Y el suicidio viene a dar las buenas noches.

Los ocasos son tan tristes en el desierto y en la catedral
Que nadie se molesta por ver al sol desnudándose,
Porque lo hace con tanta pena como aquella primera vez

¿Quién protegerá a los niños de las bombas y de las campanas?
No lo sé, en ambos casos sus padres están muertos.

Fernando Grieta
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