Prensado en frío

Ángel Olgoso: «Todos necesitamos en nuestra vida una gota de luz que contrarreste esa noche que trae la miseria, la mezquindad, el dolor o la crueldad»

Portada de 'Devoraluces', de Ángel Olgoso
Portada de 'Devoraluces', de Ángel Olgoso

Ángel Olgoso: «Todos necesitamos en nuestra vida una gota de luz que contrarreste esa noche que trae la miseria, la mezquindad, el dolor o la crueldad»

Ángel Olgoso deja tras de sí una colección que supera los 700 relatos y con Devoraluces pone el punto final de su obra entendida como ficción pura. Además, este último volumen nos lo entrega cargado de luz, a modo de celebración de la mera existencia. Lo recibimos en la Prensa como se merece…

Javier Gilabert: ¿Por qué este libro y por qué ahora?

Ángel Olgoso: Devoraluces es, esencialmente, una afirmación vital. Supongo que nació como una defensa lógica contra la fragilidad humana y la fugacidad de todo. Y lo hizo en el momento adecuado y con la compañía adecuada. A cierta edad, resulta inevitable resaltar el ardor efímero de sentirse vivo frente a la amenaza del paso del tiempo, de la muerte o de un mundo con frecuencia oscuro y ruin. Por eso Devoraluces tiene esta dimensión celebratoria, quiere ser un libro benigno, abierto a los sentidos, poético, donde el lenguaje intenta festonear algo hermoso en cada renglón. En una ocasión, el amigo Miguel A. Zapata calificó mi obra como “una nave cargada de estrellas y calaveras”: a medida que estas últimas se van acumulando en el platillo de la realidad, más necesidad de luz hay en el otro platillo de la balanza, el de la creación, para compensar. A estas alturas, uno ya no se puede permitir el lujo de prescindir de los elementos de gratitud y dicha de la existencia, de sus fulguraciones sensuales, de sus misterios incapturables.

¿Cómo y cuándo surge la idea del libro?

Necesitaba un cambio de enfoque, dejar de pulsar (después de cuarenta años y casi 700 relatos) esa nota un tanto sombría, espectral o de humor negro, propia de un huésped de las tinieblas, de una estética romántica de vapores de plata en los que flota la luna, melancólica como el vuelo de una mariposa nocturna. Y en eso conocí en 2013 a la poeta y artista chilena Marina Tapia. Y su influencia benéfica potenció creativamente los textos de Devoraluces, este diálogo literario con la esporádica alegría de vivir, con los raros momentos de plenitud, con los sentimientos más positivos. A la dulce colisión con Marina se sumó, como otro propulsor decisivo, el reto involuntario del escritor y crítico Jesús Cotta: en su reseña de La máquina de languidecer se lamentaba de que a pesar de estar maravillado con mis relatos, estos se asomaban a un mundo oscuro y en ocasiones espantoso, invitándome a escribir textos “donde de pronto se haga la luz allí donde había solo oscuridad”. Recogí el guante.

¿Qué pistas o claves te gustaría dar a l@s posibles lector@s?

En Devoraluces el lector podrá encontrar algunas de las infinitas manifestaciones de la luz, desde el fulgor misterioso de las luciérnagas hasta las sencillas claridades que otorgan la bondad, la esperanza, la alegría o la compasión, pasando por la lumbre eterna de las historias y los sueños y por los incendios arrasadores de la creación artística y de la pasión amorosa. Todos necesitamos en nuestra vida una gota de luz que contrarreste esa noche que trae la miseria, la mezquindad, el dolor o la crueldad. Todos compartimos esa capacidad tan humana de maravillarse. Y me gusta pensar que la experiencia literaria nos ayuda a ver el mundo como un milagro.

¿Qué efecto esperas que tenga el libro en ell@s?

Ojalá Devoraluces fuera recibido como un bálsamo para estos tiempos sombríos. Quisiera despertar en los lectores -según palabras de Cioran-“el deseo de una claridad ajena a la luz y de unas tinieblas que no dependan de la noche”, que el embeleso formal y la belleza prendan un chispazo emocional singular, que saquen al lector de sí mismo, que lo acaricien, lo arrullen o lo engulla.n ¿Qué efecto concretamente? Me viene a la cabeza una frase de Édouard Levé que le viene a este libro como anillo al dedo: “Estaría bien conseguir un abrigo de luciérnagas”.

¿En qué medida veremos en él —o no— al Ángel Olgoso de tus anteriores obras?

Como te comentaba antes, ahora hay un énfasis en la gentileza de la vida, en su lado acogedor, en los bienes elementales, en esa magia que a veces fluye como una gracia inesperada. Reconozco que mis libros anteriores eran más perturbadores, que buscaban explícitamente inquietar, pero podían causar una sensación de desesperanza. Otra novedad es que regreso al manantial primigenio del cuento para homenajearlo y despedirme de él (Homero, Las mil y una noches, Cervantes, etc.). No obstante, aunque en Devoraluces permanecen aún el sobrepujar de la imaginación, la lucha a muerte por el esmero de las palabras, el aliento poético y sensorial y el tratamiento atmosférico de la materia narrativa, algunos de sus textos dejan de surcar los resplandecientes sueños de la ensoñación y las quimeras, y comienzan ya a apuntar más abajo, a ras de tierra: quizá voy necesitando los excitantes de la realidad (siempre destilados, nunca en crudo) para ponerme al rojo vivo. En cualquier caso, en todos mis libros continúo explorando literariamente el mundo como quería Bioy Casares, más allá de lo visible y lo elocuente.

¿Supone este libro un punto de inflexión en tu producción como relatista? ¿O quizá un punto y final? ¿Y a partir de ahora, qué?

En efecto, Devoraluces es el punto final de mi obra entendida como ficción pura. En otros libros anteriores habían comenzado ya a infiltrarse algunas piezas de un universo fragmentario y multidimensional, que diría Vila-Matas, entre lo metafísico, lo ensayístico y lo confesional, pero ya tengo listo el primer volumen de esta nueva etapa más libérrima, titulado Madera de deriva. Siento cierto hartazgo de la ficción y, al mismo tiempo, mucha curiosidad y ganas de explorar este territorio fronterizo, mediante otros registros pero sin dejar totalmente de lado los mundos sumergidos y fascinantes de la imaginación. Si recapitulo, compruebo que me he dado a luz literariamente tres veces: en La Salle con la poesía (año 1973), en Cúllar Vega con los relatos (año 1978) y en La Zubia con los textos híbridos (año 2020). A pesar de tantos partos, estoy decidido a seguir intentando transfigurar de alguna manera esta condenada realidad.

Te pongo en un aprieto: si tuvieras que quedarte solo con tres relatos de ‘Devoraluces’, ¿cuáles serían?

Intentaría salir del aprieto citando por ejemplo Villa Diodati, un relato fruto de una exhaustiva documentación de varios años, en el que la propia casa realiza una apasionada crónica de aquellas noches fundacionales y del delirio artístico que en 1816, el año sin verano, llevó a la creación de Frankenstein y del vampiro. También me quedaría con el especial, por íntimo, Émula de la llama, una especie de Cantar de los Cantares del frenesí erótico, de la delectación de los placeres, expuesto por orden alfabético. Y, por último, destacaría Nomenclatura Borghini para los dedos de los pies, que es la concreción de un sueño de adolescencia: escribir libros de relatos compuestos únicamente por sus títulos, concentrando historias invisibles en las pocas palabras de su encabezamiento, como un blasón que contuviera todo el sabor del argumento, un reino de posibilidades que el lector podría completar después a su gusto y libremente.

Por último, como lector, ¿a quién te gustaría que invitásemos a pasar por ‘la Prensa’?

Como comprenderás, Javier, me encantaría que “prensaseis” a Marina Tapia, una creadora de nacimiento, genuina, integral, en la que confluye el fuego divino de la poesía con otros múltiples dones. Una de esas personas únicas que -como decía Villaespesa- “abren en la tragedia muda/ de tanta fatalidad/ un paréntesis de oro”. Creo, sinceramente, que frecuentarla a ella y a sus poemas sería un enriquecedor privilegio para los lectores.

Javier Gilabert
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