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Ángel Olgoso: “Necesitamos los sueños, no para soñar sino, precisamente, para despertar y comprender”

Ángel Olgoso. Foto de Marina Tapia
Ángel Olgoso. Foto de Marina Tapia

Ángel Olgoso: “Necesitamos los sueños, no para soñar sino, precisamente, para despertar y comprender

Una entrevista a dos voces de Javier Gilabert y Fernando Jaén.

Ángel Olgoso es considerado por muchos como un maestro del relato en lengua castellana. Cuenta en su haber con cerca de setecientos cuentos. Desde sus primeras publicaciones en los 90 del pasado siglo (aunque comenzó a escribir relatos en los años setenta), destaca un cuidado estilo literario no exento de cierto lirismo, que dotan a sus narraciones de una emotiva originalidad y una geométrica perfección. Su luz oscura (como dice José María Merino) sirve para iluminar lo asombroso y lo fascinante de este mundo.

Nacido en Cúllar Vega (Granada), en 1961, es miembro de la Academia de Buenas Letras de Granada y de la Amateur Mendicant Society de estudios holmesianos, fundador y Rector del Institutum Pataphysicum Granatensis y auditeur del Collège de Pataphysique de París.

Entre sus más de treinta premios destacan: finalista del XII Premio Setenil 2015 al Mejor Libro de Relatos Publicado en España, por ‘Breviario negro’; XX Premio Andalucía de la Crítica 2014 de relato, por ‘Las frutas de la luna’; finalista del XVII Premio Andalucía de la Crítica 2011, por ‘Los líquenes del sueño. Relatos 1980-1995’; y Libro del Año 2007 según ‘La Clave’  y Literaturas.com por ‘Los demonios del lugar’, también finalista del XIV Premio Andalucía de la Crítica 2008.

Junto a su intensa y prolífica dedicación al relato, Ángel Olgoso ha trabajado asimismo otros campos literarios o artísticos: el haiku en su libro ‘Ukigumo‘, escrito en 1992 y publicado en edición hispanoitaliana en 2014, y el collage fantástico a partir de grabados decimonónicos, al estilo de Max Ernst, un centenar de piezas publicadas primorosamente en el libro-objeto ‘Nocturnario’, proyecto colectivo en el que cien escritores españoles e hispanoamericanos ilustraron con textos inéditos aquellas imágenes oníricas y totalmente artesanales. Mención aparte merece su antiguo interés por la Ciencia de las Soluciones Imaginarias creada por Alfred Jarry, la Patafísica. En enero de 2007, espoleado por el escritor Miguel Arnas, pronuncia la conferencia ‘Aproximación imposible a la Patafísica‘ y funda el Institutum Pataphysicum Granatensis, del cual es Rector y Proveedor-Propagador, y en cuyo seno ha otorgado el rango de Sátrapa Trascendente, entre otros muchos escritores y artistas, a José María Merino y Umberto Eco. Para esta Sociedad de Investigaciones Sabias e Inútiles ha elaborado los veintincinco números de ‘Los Escarbadientes Espirales del I.P.G.‘, donde se alternan números monográficos con florilegios patafísicos.

Fernando Jaén (F.J.): Ángel, eres un hombre con un acervo cultural incuestionable, abnegado e impenitente lector y escritor de producción lenta pero imparable. Se te considera un maestro del cuento. Cuentas en tu haber con más de 700 relatos escritos, la mayoría con un cierto tono sombrío, donde exploras esas habitaciones que tenemos los seres humanos y que pocos deciden abrir. ¿Cuál es tu inspiración? ¿Te queda algún tema sobre el que te gustaría escribir?

Ángel Olgoso: Gracias, Fernando, por tus generosas palabras. Supongo que a los soñadores nos resulta difícil resistirnos a una buena historia, a una pirueta intensa, a un encantamiento que convierta el carbón en diamante, a una visión que conjure la monótona vulgaridad de lo real, a la vez pueril y terrorífica. No podemos dejar de gravitar hacia las estrellas, tratando de escapar de la atracción de la tierra; es una especie de fuerza magnética inversa, como si la realidad nos impulsara a buscar el éxtasis en los viajes imaginarios. Hay una necesidad apremiante de contar, de buscar epifanías diarias. Y, al menos en mi caso, a la hora de resistir los violentos asaltos de la realidad, trato de conservar un mundo individualmente bello a través de la magia -me atrevería a decir que sagrada- de las palabras. Motivos literarios siempre habrá para un epígono del Romanticismo como un servidor, al que le fascina expandir la realidad, crear un mundo imaginativo y verbal propio, sugerente y extraño, de fabulaciones simbólicas, de prodigios inquietantes, de perspectivas asombrosas y, sobre todo, intentar la proeza de conmover con unas pocas páginas. Aparte de la iluminación poética y onírica de la vida, creo que mi inspiración es lo que el niño deja al hombre: la capacidad de maravillarse, la renovación, la apertura de nuevos caminos, esa mirada sorprendida por la dureza y la locura del mundo.

“A los soñadores nos resulta difícil resistirnos a una buena historia”

Javier Gilabert (J.G.): Tu carrera literaria entronca en sus orígenes en la poesía y, sin duda, lo lírico está muy presente en tu prosa. ¿Cuál de los dos géneros es, en tu opinión, más difícil de escribir? ¿Está entre tus proyectos el de escribir un poemario?

Ángel Olgoso: Creo que los dos géneros son hermanos, y los dos son hijos difíciles si son genuinos. Ambos trabajan con esencias, intentan descubrir una luz aún no dicha, pintar con breves pinceladas la infinita tormenta de belleza del mundo, pesan las palabras en balanzas de platero antes de llevarlas hasta sus límites para que reclamen nuevos espacios y significados. Sus autores son captadores de lo invisible, exploradores de otros mundos. La diferencia está en el método elegido para destilar esos relámpagos visionarios, esas miniaturas de variadas texturas. Sus autores tienen un don que ni la sabiduría, ni la práctica, ni la experiencia pueden sustituir. Y, por lo general, ambos cultivan la invisibilidad, voluntaria o forzosa, y escriben consecuentemente más allá del éxito o el fracaso cosechado. Quizá si lo escrito no es efímero, es poesía. No, no tengo en mente ningún poemario como tal (‘Ukigumo’ fue una excepción): a mis relatos ya suelen calificarlos de poéticos, tal vez porque uso una prosa que -según la idea de Sartre- se sirve de las palabras pero también sirve a las palabras. Y luego está esa embriaguez verbal, esa música barroca que parece propia de los escritores andaluces. Puede que los estilistas empleemos la prosa como si fuera un arcabuz de oro, no obstante se procura que esa materia densa y exuberante no deje de ser un arte que toque el corazón y satisfaga la necesidad de consuelo. En cualquier caso, como decía Cunqueiro, las palabras son el país de las maravillas.

F.J.: Algunos de tus libros de relatos, como ‘Los demonios del lugar’, ‘Las frutas de la Luna’ o ‘Breviario negro’, son auténticas joyas del cuento y han recibido merecido reconocimiento. Sin embargo, tengo la impresión de que el gran público no tiene en tanta consideración este género con respecto a otros, aun siendo uno de los más difíciles de conseguir. ¿Por qué decidiste escribir y atesorar tantos relatos y ninguna novela? ¿Qué hace que tus relatos sean tan especiales?

Ángel Olgoso: Por cabezonería, quizá. Por mi falta de talento para los maratones literarios, tal vez. No hay premeditación, ni siquiera rebelión contra el pragmatismo o el comercialismo, sólo una predisposición genética a la palabra justa. Lo cierto es que prefiero degustar la emoción verbal en bebedizos, en esa “rara quintaesencia” que le adjudicó Valera a Rubén Darío, en ese milagro provocado que es la escritura, el de atrapar la gracia, lo misterioso, lo conmovedor que vive en las cosas y en las personas, y no hacerlo al por mayor ni en contenedores descomunales sino con las palabras medidas, necesarias, escrupulosamente sopesadas, que transmitan a la página y al corazón del lector un reverbero, una resonancia de ensueño. El relato fantástico, imaginativo, lleva puesto -como decía Anaïs Nin de los cuentos de hadas- un vestido que produce una brisa, que crea un espacio entre los pies y la tierra.

No sé si mis relatos son especiales, pero es cierto que hay una voluntad de estilo, de lograr la página con cuño artístico, de mezclar el lirismo y los elementos perturbadores, el fatalismo y el planteamiento lúdico, de infiltrar dosis de lo ominoso, de la extrañeza cósmica, en el mundo de la realidad. Hay una sed de perfección en estas alucinaciones aritméticas, de alcanzar el absoluto como querían los románticos, a través del poder de la imaginación, de su fuerza inventiva, de su explosión de semillas; un humor un tanto lúgubre; un deseo de cultivar sensaciones de todo tipo en relatos versátiles que pueden desarrollarse en cualquier época o lugar, ajenos al anecdotismo inmediato, de largo vuelo, de intensidad contenida, de enumeraciones obsesivas e interrogantes existenciales. En cualquier caso, mis libros no hacen más que traslucir mi modo de ver el mundo, y me parece primordial que la creación traiga a nuestra realidad lo inaudito, sus ecos y sus registros, como un caballo de Troya hermoso y desconcertante preñado de transgresiones. Y, ya puestos, me gustaría llegar a ser lo que decía Pla de Walter Pater, un escritor quintaesenciado y opalescente.

“La piedra realmente angular que habría que anteponer a todo es la educación: sin ella no habría humor, ni fantasía, ni humanidad digna de tal nombre”

J.G.: El humor negro es un elemento que aparece recurrentemente en tus relatos, al igual que lo fantástico y lo inquietante. ¿Cuáles son tus referentes literarios en estos aspectos? ¿Cuánto de humor y de fantasía necesita el mundo en el que vivimos para ser mejor?

Ángel Olgoso: El humor aparecía sobre todo en mis primeros libros, como antídoto -junto a la imaginación- contra el veneno de la realidad. Puede ser, además, rebelión, desinfectante, liberación. Los referentes, infinitos: Saki, Wodehouse, Jardiel Poncela, Julio Camba, Miguel Mihura, el humor anarquista de Groucho, el patafísico de Andrés Sopeña, el sociopolítico de Mrozek, el frío de Piñera, el socarrón de Pla, el culturalista de Denevi, el kafkiano de Kafka, etc. En cuanto a las condiciones y necesidades del mundo, depende de la perspectiva: según Pinker, ahora mismo vivimos en el mejor de los mundos posibles dentro de la historia de la humanidad; según Cioran, todo es irreal y no tiene sentido fatigarse para demostrarlo; según Poe, estamos al borde de un precipicio, nuestro primer impulso es apartarnos pero, inexplicablemente, no lo hacemos; según Stanislaw Jerzy Lec, “soñé con la realidad. Me desperté aliviado”. Un servidor, como Laforgue, se queja de cien formas de que la vida sea demasiado cotidiana: ya en el Quijote se reconoce la superioridad del arte sobre la realidad. El verdadero Grial, la materia inmortal, la única realidad superior es la obra de arte; el resto sería una sombra imperfecta, degradada. Sin embargo, la piedra realmente angular que habría que anteponer a todo es la educación: sin ella no habría humor, ni fantasía, ni humanidad digna de tal nombre.

F.J: Muchas de tus narraciones se desenvuelven entre hechos fantásticos, con reminiscencias de la tradición del “romanticismo negro”, la mitología y el asombro del mundo en que vivimos. Siempre ofreces una luz nueva desde la que contemplar la realidad, todo ello escrito con un cuidado lenguaje y un desarrollo casi geométrico de la narración. ¿Son la noche y los sueños tu fuente de inspiración o más bien la cruda y esperpéntica realidad?

Ángel Olgoso: Los primeros, por supuesto. Siempre me ha interesado explorar la frontera entre sueño y realidad en mis relatos, dar rienda suelta a la potencia expresiva de nuestras capas más oscuras y profundas, vivir como fuera del mundo para estar más adentro, provocar el vuelco de la razón, de las leyes del espacio y el tiempo. De hecho, muchos de los títulos de mis libros (‘Los días subterráneos’, ‘Los líquenes del sueño’, ‘Breviario negro’, ‘Racconti abissali’ o ‘Nocturnario’) aluden literalmente a esa dimensión onírica, a ese trasvase entre mundos, a esas horas en que el ser humano -y sus sentidos- se muestra más desprotegido. La noche, los sueños y la vigilia potencian el carácter visionario de mis textos, como si se tratara de un arrecife donde embiste la realidad convencional contra su reverso, contra la realidad subvertida, renovándola y provocando las salpicaduras de lo inaudito, lo misterioso, lo absurdo, lo amenazador. Según Salman Rushdie, cuando la razón y lo irracional se separan producen monstruos; cuando se combinan, crean maravillas.

Ahora que lo pienso, sin llegar al extremo de las recopilaciones de sueños hiladas por Kafka, por Kerouac en ‘Book of Dreams’, por Perec en ‘La cámara oscura’, por Bolaño en ‘Un paseo por la literatura’, o por Marina Tapia en ‘El libro de las visiones’, he visitado con mucha asiduidad ese país nocturno donde los miedos, las experiencias y los deseos se transmutan en fantasmagorías: ‘Arponeando sueños’, ‘Las verdes aguas del sueño’, ‘La técnica de soñar monstruos’, ‘Sueño nº 333’ o ‘La impunidad de los sueños’. Incluso, recientemente la profesora portuguesa Ana Sofia Marques Viana Ferreira ha publicado un estudio sobre ellos: ‘La técnica de despertar y seguir soñando. Lo onírico y lo fantástico en los microrrelatos de Ángel Olgoso (2007-2015)’ Y los collages de ‘Nocturnario’ quizá no sean más que una muestra gráfica de mis pesadillas y mis quimeras, deudoras a su vez de los de Ernst y de los grabados de Goya y de Kubin. Sí, puede que la clave esté en la tradición que con tanta puntería has señalado, y en la que me inscribo con orgullo, la que Mario Praz llamó “romanticismo negro”: lo bello y lo siniestro, Chateaubriand y Friedrich, Poe y Füssli, los simbolistas y los decadentistas, Blake y Villa Diodati… Necesitamos los sueños, la imaginación, no para soñar o para evadirnos de la realidad sino, precisamente, para despertar y comprender, para combatir la certeza de se está muerto antes de la muerte. Inventamos pesadillas para hacer más llevaderas las reales. Necesitamos conjurarlas con esa luz oscura con la que Merino califica en su prólogo a los textos de ‘Breviario negro’. Y es que uno encuentra lo extraordinario en proporción a su propia rebelión contra lo ordinario.

J.G.: En mi calidad de “recién llegado” a este mundillo literario granadino, el término “patafísico” que adorna los currículos de escritores como es tu caso, o el de Josefina Martos, Miguel Ángel Zapata, el propio Fernando Jaén…, me llama poderosamente la atención. ¿Podrías explicar para los legos en la materia como yo qué es la Patafísica? ¿Cómo llegas a ella y qué influencia tiene en tu vida y en tu forma de escribir?

Ángel Olgoso: Me temo, Javier, que necesitaríamos una entrevista entera para tratar este singular y heterodoxo movimiento cultural. Básicamente, la Patafísica es una ciencia paródica dedicada “al estudio de las soluciones imaginarias y las leyes que regulan las excepciones”, que tiene su origen en la obra de Alfred Jarry ‘Gestas y opiniones del Doctor Faustroll, patafísico’. Etimológicamente, sería la ciencia que se sobreañade a la metafísica, aquello que se encuentra “alrededor” de lo que está “más allá” de la física. En 1948 se fundó en París el Collège de Pataphysique, del que formaron parte Boris Vian, Prévert, Ionesco, Queneau, Genet, Miró, Arrabal, Eco, etc. Los patafísicos cuentan con su propio calendario (de trece meses, cuya era actual empezó el 8 de septiembre de 1873, día del nacimiento de Jarry), santoral laico, organigrama, innumerables cátedras, departamentos y subcomisiones, cargos y dignidades de críptico nombre y publicaciones internas de alto valor bibliográfico. La creación de Jarry ejerció una considerable influencia en las vanguardias literarias, plásticas, teatrales, filosóficas y hasta científicas del siglo XX. De su semilla crecieron el Dadá, el Surrealismo, el Futurismo, el Teatro del Absurdo, el Art Brut, el Grupo Cobra, el Situacionismo, el Movimiento Pánico, etc. La Patafísica -que se ocupa no sólo de este universo sino también de los universos suplementarios- tiene como tarea principal huir de la banalidad circundante, de la losa muerta de una cultura adquirida durante cincuenta siglos y de una ciencia constreñida a preferir la solución que conviene a los hechos. A la luz de del razonamiento, del humor y del azar, la Patafísica constituye una crítica de las costumbres capaz de sustituir con ventaja al conocimiento y a la moral convencionales. “Nada es extraño a la Patafísica puesto que en la vida todo son excepciones”, “A lo fácil por lo difícil”, “El verdadero patafísico no se toma nada en serio salvo la Patafísica” o “La existencia no es todo, es incluso lo mínimo”, son algunos de los postulados de esta disciplina arbitraria pero rigurosa, siendo su emblema la espiral, que representa el conocimiento perpetuo.

Antes de fundar oficialmente el Institutum Pataphysicum Granatensis, fui durante diez años su único miembro (tras descubrirla en el libro de Noël Arnaud ‘Las vidas paralelas de Boris Vian’) y, por pudor, no hice un sólo movimiento para consolidar la plaza fuerte o extender la acción de esta “ciencia de lo particular” hasta que, espoleado por el escritor y amigo Miguel Arnas, decidí dar un paso adelante. A tal efecto, mi conferencia ‘Aproximación imposible a la Patafísica’ -el 25 de enero de 2007- se reconoce como acto fundacional-público del I.P.G. Aquella fue una velada inolvidable y brillante, adobada por los Sátrapas granadinos con declaraciones entrañables, entrega de diplomas, imposición de insignias, lectura de comunicados y fotografías pataphistóricas. En el número 25 de Viridis Candela, revista trimestral del Collège, el I.P.G. fue reconocido oficialmente por el Proveedor Editor General y Representante Hypostático de Su Magnificencia, Monsieur Thieri Foulc. Si desde hace casi cuarenta años los relatos son mi vida íntima, desde hace diez la Patafísica ocupa casi por completo mi escasa vida social: Reuniones Estacionales, una Gran Exposición Patafísica, la convocatoria del Premio Internacional A. F. Molina al Espíritu Patafísico (que en su primera convocatoria recayó en el dibujante y autor de los Grandes Inventos de TBO Ramón Sabatés, y en su segunda convocatoria en el poeta Carlos Edmundo de Ory), la supervisión y presentación del volumen ‘El siglo Ubú’, un blog y una web propios, celebraciones del Nuevo Año Patafísico, el aprendizaje por parte de todos del nuevo Himno del Heroico Destacamento de Camellería Patafísica, Defenestraciones puntuales, Veladas Patafísicas Públicas, y la continua elevación a rango de Sátrapa Trascendente de nuevos y numerosos miembros, nacionales e internacionales. Serenísimos todos ellos, son elegidos por propia iniciativa, por su condición patafísica innata o por su natural interés hacia la Ciencia de las Excepciones, sobreentendiendo que se trata de individuos creativos, con inquietudes intelectuales y artísticas. Sin estar sometidos a regla alguna, actúan patafísicamente con su sola presencia o incluso con su ausencia.

“Cuanta más fealdad hay alrededor, más se siente la necesidad de la belleza”

F.J: Tu relato ‘Aramundo (‘Las frutas de la Luna’) es uno de mis preferidos, y leí hace poco un análisis que hizo de él Juan Herrero, en el que destacaba una percepción visionaria del poder transformador del tiempo y una invitación a «regresar al comienzo, cuando el mundo era nuevo y los hombres, benévolos, vivían en la inocencia y en la hospitalidad». ¿Qué importancia tiene la voz poética en tu obra? ¿Cuánto hay de sueño y cuánto de reflexión en él? ¿Consideras que es uno de tus mejores relatos?

Ángel Olgoso: No quedó mal. Aunque, para mí, la pieza más lograda en los cuarenta años que llevo escribiendo relatos es ‘El síndrome de Lugrís’, también incluido en ‘Las frutas de la luna’, que considero mi mejor libro. En ‘Aramundos’ se plasma, de manera literal, el sueño de detener el tiempo. En esa historia cohabitan dos dimensiones o dos tiempos contrapuestos, merced al hechizo de la melodía del chiflo de un misterioso afilador, mensajero que cada año trae la posibilidad de una tregua, de un cambio, de un tránsito a otro mundo posible, mejor, por fin armónico y fraterno, libre de la lepra del egoísmo, la crueldad y la avaricia. Una nostalgia por la plenitud. Cuanta más fealdad hay alrededor, más se necesita soñar, más se siente la necesidad de la belleza, de buscar un refugio al que no llegue la vulgaridad estética ni la zafiedad ética. Pero es cierto que este texto aúna, por una parte, el deseo de imaginar otras realidades y de que al lector le invada ese vértigo, ese escalofrío que se siente al saberse de pronto en coordenadas diferentes y, por otra, la idea de que el deber de la literatura es expresar la belleza por medio de la palabra. Como muy bien afirma Juan Herrero en su minucioso trabajo, se trata de un relato poético con una retórica especial que juega con imágenes, metáforas o enumeraciones inesperadas que sorprenden las expectativas del lector. Como otros cuentos de ‘Las frutas de la luna’ (‘Contraviaje’, ‘Los túmulos’, ‘El confeti de nuestras cenizas’ o ‘La pequeña y arrogante oligarquía de los vivos’), proporcionan una visión de conjunto de la especie, una perspectiva totalizadora que permite contemplar el planeta según lo expresó Chateaubriand, como un insecto microscópico inadvertido en el pliegue del manto del cielo.

J.G.: El pasado año se editó un volumen de 700 páginas con los 25 primeros ejemplares de la serie de ‘Los escarbadientes espirales’. ¿Cómo explicarías a los no iniciados en la Patafísica en qué consisten esos “escarbadientes”?

Ángel Olgoso: Los patafísicos son aquellos que hacen de manera consciente lo que los demás hacen de manera inconsciente, así que tras su Desocultación en 2013 (vulg.) después de un lustro hibernado, el I.P.G. se entregó a una febril actividad institucional aspirando a mostrar la excepción patafísica, y tal eclosión obligó a exorcizar la conspicua pereza de este Rector que entonces, durante cuatro años, ideó, diseñó, imprimió en un secreto falansterio granadino y repartió puntualmente una serie de opúsculos -monográficos y florilegios- con las invaluables aportaciones de los Sátrapas Trascendentes, hijos del cáustico Jarry que pidió un mondadientes en el momento de su ingreso en la Ethernidad patafísica.

Ahora, en esta época de voraces Ubús falsarios y en este año en que celebramos nuestro Décimo Ubuaniversario, hemos presentado la edición reunida, simbólica y oficial de aquellas plaquettes confidenciales de tirada limitada y uso interno, de aquellos primeros 25 números de ‘Los Escarbadientes Espirales del I.P.G.’, sociedad sabia, inútil y faustrollizante. Ismael Ramos ha sido el responsable de la maquetación vivísima e imaginativa de este precipitado estético, de este poliedro de ideas, toda una sublimación de lo Irrelevante, una navegación epigeana, un regurgitamiento indiscernible. Supuso todo un privilegio personal contribuir a esta imantación de intereses en torno a la Ciencia de las Ciencias, a invencionar y eyectar esta publicación mano a mano con los serenísimos miembros del I.P.G., pataeminencias ocurrentes de corazón sublime y cerebro prodigioso, a los que desde aquí rindo honores ubuescos, y a los que ruego que no cambien: las excepciones mejoran al permanecer excepcionales.

La hazaña se llevó a cabo en la granadina Imprenta del Arco. El volumen, con calidades de tesoro bibliográfico, está encuadernado en tapa dura y tiene lomo cuadrado, papel interior ahuesado de 100 gramos, guardas amarillas, 25 portadillas en pergaminol transparente con efecto tridimensional, Pataintroito en papel Kraft, diseños con juegos en espejo, en espiral, en ondas, ajedrezado, etc. Para José María Merino, se trata de “una joya, un majestuoso toisón, imaginado con sutileza Ubuenísima, digno de figurar en la Biblioteca de Babel y en la de Babilonia, por lo menos”. En el índice del libro podemos encontrar títulos como ‘El clítoris de Arrabal’, ‘El abrazo de la Venus de Milo’, ‘Teoría General de las Ingles’, ‘Ubú Panóptico’, ‘Siderurgia Sideral’, ‘Escupiremos sobre vuestras tumbas (Epistemología del Gran Saqueo)’, ‘Eco Dadá’, ‘Catoblepas (Bestiario patafísico)’, ‘Erótica Patafísica’, ‘Epifenómenos fenomenales’, ‘Nicolas Cirier, tipógrafo loco’ o ‘Patafísicos sin fronteras’.

F.J: En tus libros siempre se escapa algún relato con Japón y la cultura japonesa como telón de fondo. ¿De dónde nace esta pasión?

Ángel Olgoso: El brillo prometedor de lo lejano, de lo exótico, el silencio elocuente de Oriente, siempre me han atraído mucho más que la aspereza roma de lo cotidiano y que la jaula de grillos occidental. Esa fascinación comenzó en la adolescencia con la civilización china, pero pronto dejé atrás su innegable apariencia kitsch y caí rendido ante la tradición y las formas más sobrias y exquisitas de Japón. También surge de cierta identificación con sus patrones de pensamiento budista, de la armonía absoluta con la naturaleza, de mi admiración por su acervo artístico, por la amorosa atención a los minúsculos detalles, por el esmero, por las sensaciones sutiles, por la modestia de la maestría, por la maravillosa delicadeza de sus logros literarios, pictóricos, arquitectónicos, artesanales, gastronómicos, etc. Cuando en 1992 escribí los haikus de ‘Ukigumo’, o cuando compuse casi para cada libro mío un relato ambientado en Japón, quizá lo que hacía inconscientemente era pagar un modesto tributo por el deslumbramiento que en su momento me produjo, por ejemplo, el encuentro con el Zen, con el concepto taoísta del Wu Wei, la ceremonia del té, el arte ukiyo-e, la visión de ‘Kwaidan’ o de los films de los maestros clásicos japoneses, la vida y muerte de Mishima, la lectura del ‘Manioshu’, del ‘Libro de la almohada’, de las obras de Kawabata o de ‘El elogio de la sombra’ de Tanizaki.

“Se están diluyendo los géneros y borrando las lindes, lo fantástico se infiltra en el realismo, la no ficción en la ficción, y viceversa, lo cual es por supuesto una contaminación positiva y fructífera”

J.G.: Se te puede considerar un pionero en el campo del relato breve. ¿Cuáles son, en tu opinión, la evolución y el momento actual de este género, al que cada vez se suman más escritores y que es también más demandado por el público? ¿Y su futuro?

Ángel Olgoso: Puede que haya cierta efervescencia propiciada por el Nobel a Alice Munro, por la continua publicación de libros de creciente calidad de autoras hispanoamericanas, y por las estructuras lectoras del colonialismo digital (que facilita su inmediatez, su difusión, y también su banalización y la dispersión de la mirada), pero tengo la impresión de que -inexplicablemente- los relatos y los libros de relatos se mantienen invisibles para el gran público, exceptuando pequeñas ráfagas puntuales. Es obvio, asimismo, que se están diluyendo los géneros y borrando las lindes, lo fantástico se infiltra en el realismo, la no ficción en la ficción, y viceversa, lo cual es por supuesto una contaminación positiva y fructífera. No obstante, me temo que -como decía Carlos Edmundo de Ory- lo fantástico sigue sin tener público en nuestros pagos de viñas y olivares, que no presta demasiada atención a los ensueños intelectuales de lo gótico, de lo macabro y otras exquisitas melancolías de sello romántico; y me temo que hasta que no haya revistas pagadoras de los trabajos de los narradores, hasta que los libros de relatos no demuestren ser rentables a ojos de las editoriales, el género nunca obtendrá la atención multitudinaria y el prestigio que disfruta por ejemplo en América. Y mientras tanto seguiremos probablemente, durante mucho tiempo, bajo la aplastante, bajo la abrumadora y gregaria tiranía de las novelas.

F.J.: Te gusta disfrutar con el arte y en ese sentido tienes un gusto especial por realizar collages. Hace unos años se publicó ‘Nocturnario. 101 imágenes y 101 escrituras’, libro coeditado con José María Merino, ilustrado con tus collages y acompañándolos con textos de un centenar de escritores españoles e hispanoamericanos (Nazarí, 2016), entre los que tuve la suerte de figurar. ¿Cómo surgió la idea y tu afición a los collages? ¿Cómo fue recibido un libro tan particular, esta pequeña joya?

Ángel Olgoso: A mediados de los noventa, entre 1994 y 1999, estuve varios años sin escribir, pero el caudal de la imaginación encontró una brecha en el dique de los contratiempos del día a día: collages en blanco y negro a partir de grabados decimonónicos, en la tradición surrealista de Max Ernst. Al principio contaba casi únicamente con los libros ilustrados por Doré; luego, fui ampliando el material de imágenes con volúmenes de grabados del siglo XIX sobre moda, fauna, maquinaria, erotismo, viajes, medicina, etc. Eran imágenes tan sugestivas que no pude resistirme a experimentar con ellas, a buscar texturas oníricas, poéticas, macabras, libertinas, satíricas, legendarias, a crear historias completas conectando una imagen recién recortada con otra disímil o con un fondo inesperado. Me hacía feliz ese humilde pasatiempo, esa meticulosa labor de artesanía en la que esgrimía tijeras y pegamento, esa otra variante más de la taracea granadina, como mis relatos. Recuerdo con nitidez la fascinación que me provocaban aquellas combinaciones más íntimas de la mente, el placer que me procuraba huir de lo familiar, traducir libre y visualmente otras facetas, otras dimensiones que son inseparables de la condición humana.

Casi quince años después, en Madrid, le mostré a Merino unas fotocopias de los collages y, entusiasmado, sugirió el proyecto en el que -al contrario de lo que es usual- las imágenes fueran ilustradas por el mismo número de textos literarios. Tuvimos que crear una compleja logística que abarcó toda una red amistosa de escritores de distintas edades y promociones y de diferentes sexos y lugares, sin excluir el otro lado del océano, que se enfrentaron con las imágenes para “ilustrarlas” con sus textos en prosa o en verso: cien miradas planteando analogías entre unas formas de lenguaje y otras, ofreciendo la creación de imágenes más mentales, una obra abierta y repleta de referencias a la literatura, al arte, a los propios ensueños y figuraciones. Así, al aunarse ahora con poesía, narrativa y pensamiento en una fusión creativa particular, en un palimpsesto de voces, en un corpus cargado de múltiples lecturas, aquellos viejos collages fueron llevados a una dimensión asombrosa, expandiéndose en un universo mestizo y delirante. Hoy, cuando parece que estamos ante la muerte de la imaginación a manos de la sobreinformación, creo que ‘Nocturnario’ favorece el uso de la parte del cerebro que está a la vista -los ojos- y reclama una mirada personal que despierte los sentidos, que los limpie de esa aturdidora abundancia de imágenes que, en la actualidad, con los medios digitales, no han hecho sino multiplicarse hasta el infinito, persuadiéndonos de que imaginar es un lujo innecesario.

Mi amigo Paolo Remorini maquetó este hermoso volumen polifónico e intertextual, este libro-espejo donde las palabras reflejan imágenes y las imágenes evocan palabras, y Nazarí se encargó de una edición primorosa en su elegancia y sobriedad. Aunque me temo que, a pesar de su condición solidaria (los derechos de autor se donaron a Médicos Sin Fronteras) y de su más que ajustado coste, el libro ha tenido escasa repercusión, convirtiéndose en una flor rara y exquisita. Pero siempre me quedará la alegría de haber hecho literalmente realidad este sueño de sueños, estos esponsales de la imagen y la palabra.

J.G.: Hablemos sobre tu próximo trabajo. ¿En qué andas, literariamente hablando, ahora? ¿Qué “de viejo” y qué “de nuevo” van a encontrar tus lectores en él?

Ángel Olgoso: Acabo de terminar mi nuevo libro de relatos, ‘Devoraluces’, un punto de inflexión literario en mi obra que se origina tras haber conocido a Marina, dulce huracán que ha reinventado mi vida. Se trata de un libro celebratorio, nacido de la gratitud a Marina y a su amor luminoso, y que me ha reconciliado con la humanidad. Es, básicamente, un catálogo de sus dulzuras: la pasión, la esperanza, la pulsión creativa, la alegría, el poder de la imaginación, la solidaridad, el cariño paternofilial, la fascinación de las historias, la bondad, los sueños, el ingenio o la amistad. Aunque no ignoro que la existencia no tiene ningún sentido, que oscila claramente entre la estafa y el horror y que tarde o temprano enseña las garras, hay que vivirla como si fuera algo precioso e intentar, sin descanso, encontrar la avara belleza y los instantes de luz que se esconden entre sus pliegues y rincones. Vivimos en un mundo cada vez más sombrío, y precisamos cada vez más fulgor, nos urge ser conscientes de que estar vivos es algo milagroso, un goce del que Xavier de Maistre pensaba que al común de los mortales le parecería singular: el de existir y respirar.

Los libros anteriores compartían un aire burlón, pesismista, oscuro, perturbador. Si con ‘Breviario negro’ puse un crespón a mi narrativa (en la línea de la extrañeza onírica de Andreiev, Aickman o Ewers), si hacía resonar en los oídos del lector el hueco sonido de la tierra amazacotada sobre la tumba, con ‘Devoraluces’ remite el fatalismo y el narrador a la cálida marea de la vida, se reencuentra con la dicha, con las mil y un facetas que cada día ofrece la existencia, con la belleza del mundo, con la felicidad de amar y ser amado, el narrador se sabe efímero y sin embargo no duda en ensalzar la vida en la que nos consumimos. Ya Dante condenaba al Infierno a aquellos que fueron tristes “en el dulce aire que del sol se alegra”. A diferencia de mi obra anterior, en estas historias he procurado insuflar un ánimo benigno, positivo, inocente, abierto a los sentidos, he intentado escribir un librito que dé gusto leer, que haga soñar, que sea como un bálsamo para el alma del lector. Es, definitivamente, mi obra más vitalista (con desnudo integral incluido), pero en él no renuncio a seguir transfigurando la realidad.

J.G.: Eres miembro de la Amateur Mendicant Society de estudios holmesianos. En los últimos años, Holmes es un recurso muy utilizado tanto en el cine como en las series de televisión. ¿A qué crees que se debe esta fascinación del mundo del celuloide? ¿Te parece que alguna de éstas adaptaciones está bien lograda?

Ángel Olgoso: Es la atracción lógica que causan los personajes inmortales, una combinación perfecta, un invento imbatible, como el libro, la cuchara, la rueda o el pan con aceite. Atraídas por la popularidad del Gran Sabueso, las distintas generaciones no pueden evitar la tentación de volver a mirarse en su espejo, de dar su propia versión, de apropiárselo. Incluso Jardiel Poncela compuso ‘Novísimas aventuras de Sherlock Holmes’ y ‘Los 38 asesinatos y medio del Castillo de Hull’, suplantando el propio Jardiel a Watson en todos los relatos de la serie. Un servidor mismo escribió para la A.M.S. un largo y paródico relato holmesiano, ‘El Lecho Celestial del doctor Graham’, publicado después por la editorial Cazador de Ratas en la antología ‘Los Irregulares de Baker Street’. Y en mi libro inédito ‘Devoraluces’ va también un extenso homenaje a la Amateur Mendicant Society, ‘El encuentro de los países sin niebla’. En cuanto a las versiones cinematográficas, siento especial cariño por el perfil clásico de Basil Rathbone y por la vibrante traslación al mundo actual de la serie ‘Sherlock’, pero la inmortalidad en este caso se la adjudico a la serie que Granada Television rodó entre 1984 y 1994 (la más fiel adaptación del Canon, en la que por fin se siguen al pie de la letra los relatos de Conan Doyle) y a su intérprete principal, el añorado Jeremy Brett.

J.G.: Momento “carta blanca”. Acaba esta entrevista como lo haría un sátrapa patafísico… o como te apetezca.

Ángel Olgoso: Lo haré agradeciendo primero vuestra paciencia (siempre resulta tedioso explicar la obra de uno) y vuestra propuesta (quien se ha sentido por lo común invisible agradece la atención que otros prestan a su trabajo).

Y brindando después, a hombros de gigantes, con unos chupitos de citas:

Sólo la belleza salvará al mundo” (Dostoievski).

La bondad es el afrodisíaco más potente que existe” (Robert Aickman).

Cuando encuentres que estás al lado de la mayoría, es hora de hacer una pausa y reflexionar” (Mark Twain).

Espera y hallarás lo desconocido” (máxima del maestro presocrático).

Sed pacientes, vuestro futuro os alcanzará y se acurrucará a vuestros pies como un perro que os conoce y os ama sin importarle lo que eres” (Kurt Vonnegut).

LOS CABALLOS PENSANTES DE ELBERFELD

(‘Breviario negro’)

Me pidió un cuento y le conté la historia del gigante Pan Gu, que creó el mundo dividiendo el cielo y la tierra de un hachazo, y que tras aquel tajo descomunal permaneció entre ellos durante dieciocho mil años, empujando a la vez hacia arriba y hacia abajo en la tarea de mantenerlos separados. Esa noche la fiebre desapareció.

Me pidió un cuento y le conté la historia del niño glotón que tras la papilla se comió el plato, tras la mesa se comió la casa, tras la ciudad se comió los terrones de azúcar moreno de las montañas, tras beberse los océanos se tragó de un bocado el panecillo del planeta con su copete de helado, tras la macedonia del Sistema Solar engulló la ensaimada de las galaxias y el tazón de leche con canela de las nebulosas, tras los cascabillos garrapiñados de los meteoros se zampó el almíbar ardiente de las estrellas, tras la materia oscura con su punto de picante rebañó los restos ya fríos del universo, pero ni todo ese glorioso festín bastó para saciarlo. Esa noche no quiso otro biberón.

Me pidió un cuento y le conté la historia del viejo que trata de desprenderse de sus babuchas desgastadas, que harto de no conseguirlo porque alguien se las devuelve siempre, las arroja desde la azotea y golpea al emir de la provincia, que ordena su inmediata decapitación. Esa noche me sonrió como a un perro fiel tendido a su lado.

Me pidió un cuento y le conté dos historias, la del caballero inglés que sufría de melancolía y se quejaba de los términos de su vida, al que un amigo, para escarmentarlo, lo introdujo durante cinco minutos en el ataúd que usaba para guardar sus licores en el comedor de su casa, de donde el taciturno caballero salió contento y renacido, y la del poeta que se creyó hecho de mantequilla, por lo que eludía cualquier fuente de calor temiendo derretirse, hasta que una mañana muy calurosa, asustado, se arrojó de cabeza a un pozo y murió ahogado. Es noche le dejé la lucecita encendida.

Me pidió un cuento y le conté la historia de un posadero de Ática, un tal Procusto, que estiraba o cortaba las extremidades de sus huéspedes para que se ajustaran al tamaño de los lechos. Esa noche se mantuvo bien arropado.

Me pidió un cuento y le conté la historia del rey que decretó que fueran sacrificadas todas las personas mayores de treinta años, para estar rodeado sólo de belleza y juventud, pero que al cumplir él mismo esa edad cambió la ley y ordenó que fueran ejecutados los menores de treinta, para estar rodeado sólo de gente sensata y experimentada. Esa noche durmió a cuerpo de rey.

Me pidió un cuento y le conté la historia del indio coruba que, tras apuntar con una flecha hacia el avión que sobrevuela su poblado en el Amazonas, consigue derribarlo. Esa noche lloró añorando a su madre.

Me pidió un cuento y le conté la historia de los cuatro caballos pensantes de Elberfeld que, antes de morir en la Primera Guerra Mundial, sabían leer marcando sobre el pupitre las letras del abecedario y, para resolver raíces cuadradas y problemas matemáticos, contaban las decenas con una pata y las unidades con la otra. Esa noche no tuvo pesadillas con el colegio.

Un buen día, el tiempo que no transcurría ni hacia adelante ni hacia detrás al fin se decidió, y él creció y creció y, en razón a las circunstancias, ahora es él quien me lava y me viste, quien me peina y me arropa, quien me besa en la mejilla, y yo el que balbuceando, contemplándolo con aire de súplica y fervorosa gratitud, le pide un cuento, que me sorprenda cada noche con la fascinación que procura el horror.

Javier Gilabert / Fernando Jaén

Javier Gilabert / Fernando Jaén

Javier Gilabert (Granada, 1973). Casado y padre de dos hijos. Maestro desde hace cuatro lustros, disfruta trasmitiendo su amor por las palabras a unos alumnos de los que afirma aprender cada día. Cuenta entre sus filias la poesía, pasión que ya alentaran sus primeros maestros y con la que afirma haber “jugado” desde la infancia; ésta ha desembocado en su primer poemario, ‘poeAmario’. Siempre atento a las palabras y ávido lector, manifiesta su preferencia por la poesía nacional, especialmente de las Generaciones del 98 y del 27 (en la que incluye y subraya a Miguel Hernández Gilabert), pasando por las más actuales hasta llegar a coetáneos como Montiel, Praena, Iniesta o Jaén, que combina con otra de sus aficiones, la música, de cuyas letras también aprende y destaca las del “maestro” José Ignacio G. Lapido (091).

Fernando Jaén (Granada, 1975). Como poeta ha publicado 'El corral de las cuatro esquinas' (Dauro 2002), 'Los ciclos brutos' (Comares 2012), 'Los días del barro' (Comares 2014) y 'Las orillas difíciles' (Oblicuas 2015). Incluido en 'Todo es poesía en Granada', por el antólogo José Martín Vayas (Esdrújula 2015). Participa en 'Nocturnario', obra colectiva coordinada por Ángel Olgoso y José María Merino (Nazarí 2016). Aparece en 'Pájaro Azul', edición de Marina Tapia, homenaje a Rubén Darío (Artificios 2016).
Ha colaborado con A.L. Guillén en distintas aventuras artísticas y musicales como 'Capricho 69' (1993), 'Restos' (1998), 'Amor sin misericordia' (2003) y 'Aprojimación a tu ciclo' (2013). De este diálogo ascético surge el documental 'Alfa y Omega' (2012).
Es miembro del Institutum Pataphysicum Granatensis y del proyecto anartístico Gruppo Ungido. Para el autor, médico de profesión, "la poesía es la fuerza que te permite sobrevivir en la fragilidad".
Javier Gilabert / Fernando Jaén
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