Prensado en frío

Álvaro Galán Castro: «Me siento parte de una gran cadena de transmisión cultural y creativa»

Portada de 'Soledad' de Álvaro Galán Castro
Portada de 'Soledad' de Álvaro Galán Castro

Álvaro Galán Castro: «Me siento parte de una gran cadena de transmisión cultural y creativa»

Álvaro Galán Castro (Málaga, 1979) es licenciado en Derecho por la Universidad de Granada y en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad Complutense. Máster en Études Romanes por la Université Paris X —en la que trabajó como lector entre 2008 y 2010— y máster en Gestión del Patrimonio Lingüístico y Literario por la Universidad de Málaga. Doctor en Literaturas Europeas de Vanguardia por la Universidad de Málaga.

Ha publicado los libros de poemas El lucero del ala (Premio de Poesía MálagaCrea 2001), El cuerpo eléctrico [La canción de amor de Paolo Cinelli] (Monosabio, 2010), Ordo amoris (En Huida, 2013), Los frutos de la herida (Premio Salvador Rueda, Cedma, 2016), Ficciones familiares (Premio Ricardo Molina, Hiperión, 2019), Del pájaro que canta en los días aciagos (Premio Rafael de Cózar, Renacimiento, 2019), Plenitud y vacío (Premio Internacional de Poesía Generación del 27, Visor, 2021) y Soledad (Sloper, 2023).

Ha trabajado como profesor en el Departamento de Traducción e Interpretación y en el Departamento de Filología Románica de la Universidad de Málaga y ha obtenido el Premio Málaga de Investigación en Humanidades en 2023. También es coordinador de las veladas poéticas en el bar Manhattan. Hoy viene a nuestra Prensa a hablarnos sobre su libro más reciente, Soledad.

Javier Gilabert: ¿Por qué este libro y por qué ahora?

Álvaro Galán Castro: Casi un año antes de su publicación, tuve la fortuna de conocer a Román Piña Valls, editor de Sloper, de poder enviarle el manuscrito y de que él, una vez leído, lo aceptara para su colección ‘La noche polar’. La editorial mallorquina me parece la idónea para este libro por diferentes motivos, el primero de los cuales es la afinidad que encuentro en Soledad con otros títulos del catálogo de Sloper, y además por su buena distribución y por su cada vez mayor presencia en librerías. También estoy encantado con su diseño. La estupenda imagen de cubierta, por cierto, es de Daniel Díaz Godoy, que ya había ilustrado otros libros míos.

¿Cómo y cuándo surge la idea del libro?

A diferencia de Plenitud y vacío o de Del pájaro que canta en los días aciagos, que son libros escritos a partir de un plan premeditado, Soledad se fue escribiendo a lo largo de varios años y en paralelo a otros proyectos. Solo después tomé conciencia de la unidad temática y de tono de este conjunto de poemas en principio dispersos, de modo que decidí reunirlos, dando como resultado una suma bastante coherente y ordenada, en mi opinión.

¿Qué pistas o claves te gustaría dar a l@s posibles lector@s?

Creo que el libro habla por sí solo y que no precisa de grandes explicaciones. En todo caso, el título, la ilustración de Dani y la sinopsis de la contra dan suficientes pistas acerca de lo que va a encontrarse en sus tripas. 

Lo que sí me gustaría es que el lector entrara en él sin ningún tipo de prejuicios, que se dejara llevar por la lectura y que, como recomendaba S. T. Coleridge, en un acto de fe poética suspendiera voluntariamente su incredulidad —léase su suspicacia—.

¿Qué efecto esperas que tenga en ell@s?

Quizás —ojalá— algunas personas puedan sentirse momentáneamente acompañadas en sus propias soledades. 

Por otro lado, siempre me interesa ser capaz de despertar la emoción estética, que, en mi modo de ver la poesía, es el resultado de combinar diversos factores, básicamente rítmicos e imaginarios, con casi infinitas posibilidades.

¿En qué medida veremos en él —o no— al Álvaro Galán Castro de tus anteriores obras?

Frente a libros de alta carga simbólica como Los frutos de la herida o Del pájaro que canta en los días aciagos, se da en este título un tono más franco y directo, más en la vena confesional de Ficciones familiares, del que, en cierto modo, supone un desarrollo —aunque menos culturalista que aquel—. 

En todo caso, considero que comparte ciertos rasgos comunes con todos mis libros anteriores, como son el impulso rítmico germinal, el uso de un léxico rico y la reincidencia en ciertas imágenes obsesivas.

Te pongo en un aprieto: si tuvieras que quedarte solo con tres poemas de ‘Soledad’, ¿cuáles serían?

‘Noche y día’, que abre el volumen y hace las veces de planteamiento, la ensoñación borgiana ‘Los otros’ y ‘Al volver de Venecia, septiembre de 2019’, contraargumento final.

¿Tras la ‘Plenitud y vacío’ viene la ‘Soledad’? ¿Cómo has vivido, literariamente, la transición entre un libro y otro?

En realidad, como he explicado antes, Soledad no es posterior en su escritura a Plenitud y vacío, sino anterior en su mayor parte. Así lo han dispuesto el azar y los avatares editoriales, de los que no puedo quejarme. Eso sí, su aparición la vivo con la ilusión de cada nuevo libro.

Tu actividad literaria no se limita a la poesía. Vienes de ganar, por ejemplo, el Premio Málaga de Investigación en Humanidades en 2023. ¿Qué nos puedes contar sobre eso?

La Universidad es un mundillo casi tan complicado como el poético, pero, al mismo tiempo, a pesar de algunos sinsabores, también casi tan gratificante. 

Recibo este reciente reconocimiento como acicate para no abandonar la carrera académica.

En mi faceta de investigador —en cada conferencia y con cada publicación— y como docente, intento trasladar a mis alumnos y oyentes el mismo entusiasmo que me mueve como lector y como escritor. Me siento parte de una gran cadena de transmisión cultural y creativa.

También coordinas las veladas poéticas en el bar Manhattan, un ciclo que ha funcionado realmente bien en su primera edición. ¿Cuál es tu balance y cómo ves el futuro de esta actividad? 

En efecto, la primera edición del ciclo superó todas nuestras expectativas, tanto en cuanto a asistencia de público como al buen ambiente que se respiró. 

Actualmente, mi compañera Carmen y yo estamos ya inmersos en la organización de la segunda entrega, que promete ser al menos igual de exitosa. 

Es una ardua tarea —muchas horas de trabajo invisible—, pero la recompensa vale el esfuerzo, porque cada sesión supone una genuina celebración colectiva de la poesía.

Por último, como lector, ¿a quién te gustaría que invitásemos a pasar por ‘la Prensa’?

Si pudiera ser, me gustaría ver pasar por aquí al fantasma de Rafael Pérez Estrada, con su loro —que aún vive— al hombro.

A falta de medios —médiums—, se me ocurren muchos nombres, pero, por no esquivar la pregunta, te propongo al prometedor talento de Antonio Díaz Mola.

Tres poemas de ‘Soledad’ de Álvaro Galán Castro

NOCHE Y DÍA

Mitradente
Mitrapausa
Mitralonga
Matrisola
Vicente Huidobro

Me siento en esta plaza con un libro
de Vicente Huidobro. 

Serena,
la luz anticipada del limpio mediodía,
veintidós de febrero, media hora
para que den las doce.

Un perro está tendido al sol de la mañana. 
Desmiente la dudosa, la imprecisa 
verdad de populacho y de tendencia
de todos los refranes.

A mí sí que me guarda la sombra de un olivo.
Y cuánta lucidez en los ojos del perro.

La plaza tiene un parque de juegos en el centro.
Serán una docena los niños que retozan
de un sitio para otro, diligentes
en esta obligación sabática del arte
de hacer y no hacer nada al mismo tiempo:
columpio, tobogán, balancín, tirolina.

El banco en que me siento es un fragmento
de un cerco que protege 
su efímera pureza, su precaria
ausencia de maldad.
Ciudad de la inocencia amurallada, 
defensas permeables, muros torpes
contra el vicio, el pecado y la perfidia.

Estoy de espalda al centro de la plaza.
Me niego la visión de la ternura.
Vicente debió ser un niño insoportable.

Se acerca una cuadrilla de limpieza.
Baldean con mangueras las esquinas 
de orín, cristales rotos, vomitera 
en esa calle sola que de tanta angostura
soporta su agonía apoyada en sí misma
y sale o viene a dar a la plaza cercada.

Calle como una tenia enganchada a la plaza 
con garfios y ventosas.

El agua lame el pie de los olivos
con olas desganadas, indolentes.
Los restos del naufragio son devueltos 
del fondo de la noche.

Reconozco el local, 
sus letras de neón acribillado,
su frontis de cristal iridiscente
el tufo a orfanatorio de las sucias paredes,
también la ranciedad de los cuartos de baño,
su fama de mal after donde acaban
su noche interminable algunos libertinos
—tal vez hasta el final tan solo una docena—.
Vampiros subyugados que se ocultan 
de las luces primeras.

Seguro que han chapado hace bien poco.
Un hielo se derrite sobre el agua
ya negra de inmundicia
como un diamante triste, condenado.

El perro se ha dormido sabiamente.

Yo pienso en cómo huir con Huidobro 
de esta burda encerrona maniquea
del vals del bien y el mal, 
del día y de la noche,
del yo, del tú, del ellos.

LOS OTROS

Los otros lo leerán como un cuento 
y, con los años, lo será tal vez para mí.
Jorge Luis Borges

Si pudiera cruzarme con mi yo de los veinte
y con él me sentara en un banco del parque
—Ginebra para mí, doble ginebra; 
para él, Buenos Aires
y litro de cerveza—,
¿qué mierda de consejo le daría?,
¿qué podría decirle que de algo valiera
para hacerle llevar mejor esa tristeza
y calmar esos lapsos de euforia desmedida
y esa terca impaciencia 
y esa vana soberbia
y ese tierno pecado de creer a fe ciega
que existe una Verdad y que él va a encontrarla?

Ya sé —yo estuve allí— que cualquier cosa
que pudiese yo hablarle del futuro
a él le sonaría a lección bochornosa,
batallita de abuelo cebolleta 
o monserga ordinaria.

Si le dijera, grave, por ejemplo:
«no luches contra ti, tu mortal enemigo,
acéptate el dolor y déjalo que fluya;
más adentro de ti hallarás un refugio,
la sombra de una higuera suspendida
en el puro vacío»,
él, cargado de odio,
que tanto ama los cuerpos,
aferrado al conflicto, pensaría
que yo soy un cobarde vendehúmos,
que toda rendición es despreciable.

Y no me haría caso, el muy pendejo.

Pero es que si ahora mismo me sentara
con ese sesentón en este banco
de un parque de París, 
de Madrid o de Málaga,
petaca, panamá y holgada guayabera,
mi muy factible yo de los sesenta
—y eso es dar por sentada mucha vida—,
no querría inservibles advertencias
ni augurios del mañana.

Yo, que soy tan pendejo, no le haría ni caso.

Tan solo pediría, y él lo sabe
sin que yo se lo diga,
el abrazo de un buda de mil brazos.

AL VOLVER DE VENECIA, SEPTIEMBRE DE 2019

Yo sé que, si eres tonto,
viajar no te ha de dar entendimiento.
Hay hordas de tarados —los he visto,
caminaba entre ellos—,
riadas de idiotez bajando por las calles
de todas las longevas capitales de Europa,
haciendo peligrar los puentes bajo el peso
de su paso cansado, colgando candaditos
de falso amor eterno en cualquier antepecho, 
gastando, de rozarla, la piedra milenaria, 
dejando la grasienta impronta de sus zarpas,
la mugre de ese sándwich de precio exorbitado
en todo cuanto quede, aunque haya que estirarse,
al sacrílego alcance de la mano.

En los pasos de cebra,
parece que los ñus del Serengueti 
cruzasen cada día a empujones el Mara.

De hecho, hay quien prefiere volar al tercer mundo
buscando el exotismo y la extrañeza,
la sonrisa barata de los niños
a cambio de unas sucias monedas en el suelo,
harapo y griterío para el magnate blanco,
danza de la pobreza por la reina del Cáucaso 
que asperge del hisopo de sus cándidos dedos,
como una lluvia fina, la triste calderilla.
También los mochileros, como el Hijo del Hombre,
los dejan acercarse, les dan chocolatinas. 
Se piensan que no son turistas ordinarios.
Cuando hablan de los otros, los llaman «todo cristo»,
locución en que ellos no se incluyen.
Pero, al que es gilipollas, en nada le aprovecha
tanto ir de flor en flor.
El planeta está lleno —los has visto
en la barra del bar, en la oficina
y en la lista electoral bien apostados—
de bárbaros viajados y racistas 
de muchísimo mundo.

El sabio Krishnamurti, 
que pasó toda su vida viajando
para dar conferencias,
dejó una verdad dicha como un templo:
bien podrás recorrer la tierra entera, 
tendrás que regresar, al final, a ti mismo.
Y ¿no es cierto, además,
que todo el universo, en su vacío,
toda esta plenitud de formas sin sentido 
cabe dentro del pecho
de un hombre en su cabaña, retirado del mundo,
sentado en el umbral viendo caer la tarde?

Pero cuánta belleza en cada esquina
de la ajada, decrépita Venecia.
Encontrar un remanso relativo 
de quietud y silencio
en la lonja de pescado de Rialto 
en que huir de la fatua marabunta
que devora a su paso los palacios
y sentarse en el muelle cada tarde
a ver el sol ponerse sobre el mármol 
del frontis al canal de la Ca’ d’Oro
mientras cruzan los barcos sin descanso.
Subía la marea y me llegaba
el agua hasta los pies.
Después, al levantarnos, nuestros culos 
estaban impregnados de salitre.

El siglo es un suspiro.
Qué fácil comprender lo efímero de todo
ante esta esplendorosa decadencia.
Los postes de madera carcomidos, 
el óxido en el casco de las naves
y el verdín en las puertas. 
El tufo y la miasma en ciertas calles.

Perderse por placer en Dorsoduro.
Recordar al amigo
que alguna vez fue joven y dichoso
en el número ciento ochenta y uno.
Hacer una excursión a la isla de Burano
y sacarte mil fotos con las casas 
de colores de fondo.
Y, sobre todo, tú,
feliz, entusiasmada, con tu risa
brotando a borbotones como una espuma limpia 
en la popa atestada de un viejo vaporetto.

También te puede interesar...

Javier Gilabert
Click para comentar

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.