Letras flamencas

La cantaora

Rocío Márquez, ilustración de Álvaro Sola

La cantaora

Entre el extenso y riquísimo elenco de artistas de lo jondo que hoy encontramos a lo largo de nuestra geografía, hay una cantaora que no pertenece a las exclusivas y sufridas estirpes gitanas o gitanistas, y cuasi monárquicas de la tragedia y el chispazo fragüero, de rajo, fuerza y pena abrasadora.

Ella no nació entre Pavones -que no está mal-, ni los Ortega arrullaron su cante de cuna en alberos sevillanos y cuajarón de sangre torera. No. Nuestra cantaora no tiene cuna, ni  pasado iniciático en el arcano mitológico de sibilas jerezanas de la gañanía, que mamaban la teta del cante en una especie de iluminación autoreveladora e imposible de transmitir. 

La cantaora no tiene estirpe, ni familia, ni raza que autentifique y dé fe de su arte. Pero ella no necesita nada de esto. Pues su cuna, su origen, su tierra, ha sido el compás salino y oceánico de las olas atlánticas rompiendo en su tímida mirada de muchacha de hoy, de ahora; de niña andaluza con lunar psicodélico. Pero sobre todo, y más que nada, de niña apasionada por el Cante y la Música. Y con eso basta.

No parece tener perfil de cantaora, sino de perenne universitaria que no acaba de terminar su doctorado. Y sin embargo, su presencia llena la estancia cuando sube a las tablas y se recoloca el flequillo rubio y la caída de la falda, y entonces, canta: canta sin el aspaviento impostado ni el retorcimiento cegador del trance arrebatado.

Ella canta, y su voz se convierte en elegante surtidor andaluz de agua limpia y plegaria pagana, al servicio de nuestro Arte, con ese eco cálido y profundo de trino estremecedor; no de relámpago aguardentoso de tabanco, o bocinazo cazallero a hora intempestiva, si no como ese trino tan suyo; un trino de nostalgia saetera, soleaera, trino melódico, y pleno de armonía y gusto musical,  que lastima y hiere como aquel pajarillo cantor de los Tientos en la rama de alguna verde oliva. Aunque a ella no le pedimos que se calle como a aquel inoportuno pájaro.

Porque bien sabemos los flamencos que su singularidad, su musicalidad única nos acaricia el pecho, y consuela la herida fresca y sin cura del amor o de su ausencia. No, que nuestra cantaora no enmudezca. Porque a través de ese trino lanzado como grito del alma, reencarna y resucita a todos los ancestros y a toda la ralea infinita de cabales, que ahora callan enmudecidos en su tumba, y nos miran silenciosos desde el más allá del disco de pizarra y el microsurco.

Cuando derrama su cante, la cantaora refunda y vivifica, recrea y renueva toda una tradición, siempre en aparente peligro de morir sacrificada cual mariposa rígida en las formas inamovibles del pasado o de aquellos que conciben el Flamenco, y también la vida, como una correcta y ordenada reproducción de palos, oles y ayes.

La última vez que la vi, entró serena hacia una bucólica fuente del Generalife enmudecido y triste del confinamiento, sobre la herida abierta entre la Alhambra y el Albaycín, que desangra desde entonces a Granada.

Y después del siempre majestuoso toque de Miguel Ángel Cortés, la cantaora echó hacia atrás los calendarios, pasó las hojas lentamente, y Chacón dejó de perfilarse en las estampas y nos miró a los ojos; y volvió Pastora del brazo de Marchena, para pasear juntos por la ahora solitaria y triste plaza del Potro, en un Romance a Córdoba de antiguas ferias de Mayo y florecidas sultanas en carroza. 

Y se oía a Valderrama, y a Lole, y a José, nuestro eterno José Monge, y a Fernanda, y a la zambra de las cuevas acalladas por el virus, y los acentos levantinos y la gracia gaditana, y los Caracoles rodando por la calle de Alcalá.

Y todos los espíritus que alguna vez cantaron, se agolpaban en el Patio de los Arrayanes para escuchar su antigua voz muerta, renaciendo en los labios de nuestra cantaora.

Y hasta un gato negro pasó… Entonces, sí; volvieron los aires de antaño, los buenos, cabales y dolientes; aunque no los mismos, si no los suyos, los de ella, los de su conciencia artística, al coger ese puñado de tierra ennegrecida y requemada del Flamenco y germinarlo de nuevo con su emoción, para que no se cristalice y no muera, –que nunca muera-.

De hecho, esta reinterpretación del arte es la que ha traído hasta aquí al Flamenco y le ha insuflado vida eterna: una vida, como todas, impura por antonomasia; una vida gitana y paya, morisca, judía y cristiana, africana y americana. Una vida real, al fin y al cabo.

Y así debe seguir siendo por los siglos, si no queremos convertir nuestro Flamenco en pieza de museo a la que nadie presta atención.

Afortunadamente, nuestra cantaora no ha heredado trono de soleras, ni leyendas de juergas a deshora –de momento-, ni llaves mágicas que abren y cierran la puerta del cante, pero sí ha heredado el cuidado y el gusto de nuestro Morente para no aburrirse -ni aburrirnos- cantando siempre igual y siempre lo mismo, aunque el sacrosanto Charamusco y las cátedras entendidas se enojen en sus Soleares, y a veces acabemos de ellos hasta los tarantos.

Porque El Planeta, Silverio o la Piriñaca, ya no necesitan más reproductores, sino una boca y un alma nueva y viva en la que reencarnarse y revivir de nuevo la risa y la pena en este trozo de tierra, pequeño y frágil de la historia de la Música, que es de nuevo fértil con nuevos rostros, pero también con las pequeñas  y refrescantes gotas de Rocío Márquez, la cantaora,  para deleite nuestro y de todos los aficionados al cante jondo.

Ilustración de Rocío Márquez por Álvaro Sola
Rocío Márquez, ilustración de Álvaro Sola

Rocío Márquez se convirtió ayer en la primera artista española en conseguir el prestigioso premio Les Victoires du Jazz en la categoría de ‘mejor álbum de músicas del mundo‘ por su último trabajo discográfico ‘Visto en El Jueves’.

Ricardo Franco
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