poesía

La realidad justifica al poeta Javier Gilabert

Portada de 'Todavía el asombro', de Javier Gilabert
Portada de 'Todavía el asombro', de Javier Gilabert

La realidad justifica al poeta Javier Gilabert

El final de un poema explica el camino. En ese final está el sentido de la vida del poeta. Y así, la vida y el tiempo acompañan al poeta Javier Gilabert (Granada, 1973) en una actitud interior, solo el poeta ante un horizonte que proyecta su realidad. El poeta permanece sereno desde la contemplación mística en el tiempo. Frente a esta realidad, Javier Gilabert construye su poemario ‘Todavía el asombro’ (XV Premio Internacional de Poesía, Blas de Otero-Ángela Figuera, Villa de Bilbao, 2022).

En la portada del libro (Ediciones El Gallo de Oro, 2023), es significativa la contemplación de la naturaleza cercana desde la ventana (obra de Magritte). Y el título ‘Todavía el asombro’ envuelve frente a la realidad que aprisiona la gran fuerza poética del momento del autor. Tiene sentido la dedicatoria del autor al poeta Rafael Guillén, frente a la memoria del paso del tiempo.

En la misma orientación está el prólogo del poemario, por Julen A. Carreño, que alude al largo tránsito del poemario, su caída en el tiempo, unas claves que navegan por la concienciación, la luz, la andadura y la mirada.

Y comienza el Camino: “El poema es el centro del lenguaje”, para construir la gramática del asombro, en principio en torno a la voz, los instantes y la luz (“siempre la claridad viene del cielo”). El poeta viaja acompañado por María Zambrano, Rafael Guillén y Miguel de Unamuno, a los que se irán uniendo George Berkeley, Tomás Hernández, San Agustín, Marcial.

Surgen las preguntas viajeras, por qué el asombro del poeta (“No deja de asombrarme la hiedra que se aferra a las paredes…”), su mundo personal, familiar, la vida que le acompaña. En este viaje, el poeta no camina solo.

En la gramática que construye el poema, Javier Gilabert señala el instante que desvela su secreto en la lluvia que hace música en los cristales. 

Búsqueda incesante

El poeta no cesa en su búsqueda incesante. Transforma la escritura en algo mágico que asombra. Comparece a su alrededor la muerte (“Vivir requiere ser olvidadizo”), el poeta encuentra el día siempre al lado de los pájaros (mirlos, gorriones), frente al sol y el silencio (“Las aves no lo rompen, lo completan”), el mar (“…un mar cuyo oleaje  arrastra la evidencia de un naufragio”). Y la duda siempre. Por eso, el poeta necesita regresar para reencontrarse. Pasan los días, los miedos, a lo que se rebela el poeta para defender la eternidad de la poesía. Los árboles justifican el vivir (“Se olvidarán los árboles del cielo”)..

Javier Gilabert descubre su silencio interior asombrado. En medio de la luz y la sombra. Llega el poeta al momento de la construcción del Poema (“Hoy necesito el Cielo más que nunca”). Hay momentos, sobre la realidad del campo, la altura del horizonte que configura el poema, el regreso de los gorriones y los mirlos, de nuevo el mar, y los álamos. Para desvelar los secretos del poema, Gilabert confiesa que  necesita la mirada del niño que fue.

Los asombros del Camino conducen a Javier Gilabert al momento final, en “La vida ahora”, con el tiempo, las distintas vidas, el paso de los días, para cerrar su círculo interior: “…tan sólo es posesión la vida ahora”.

Y al final del Camino, el lector permanece refugiado en los asombros del poeta.

Miguel Ángel Blanco Martín
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