Opinión y Pensamiento

Al Andalus: Entre la fascinación y la sospecha

Al Andalus Mirhab de la Mezquita de Córdoba

Al Andalus en la prensa

Entre la fascinación y la sospecha

El pasado 2 de mayo, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, pronunció un solemne discurso en la sede del Gobierno autónomo con motivo de la efeméride del levantamiento popular de 1808 contra las tropas francesas. La presidenta Ayuso articuló un argumentario trufado de referencias históricas con un objetivo declarado: exaltar la nación española y delimitar sus contornos. 

En un punto determinado de su alocución, dijo exactamente lo siguiente: “Napoleón estuvo ciego cuando intentó invadir una nación con dos milenios de historia, desde la romanización, la monarquía visigótica, la España perdida por la invasión musulmana, (lo) que nos hace perseverar durante casi ocho siglos para seguir siendo europeos, libres, occidentales”. La frase no tiene desperdicio. Podría haberla firmado de su mismísimo puño y letra don Marcelino Menéndez Pelayo. Y resume sin complejos la visión decimonónica y excluyente de la identidad peninsular, que vuelve a cobrar vuelo en los últimos años. 

Podríamos decir que lo que más nos llama la atención de su alegato es la amputación de Al Andalus de la historia de España. Pero mentiríamos. Su extranjerización forma parte del pensamiento conservador español desde tiempo inmemorial. Sí nos conmueve su crudeza descarnada. Sin edulcorantes. Sobre todo, cuando desprecia a Al Andalus como la “España perdida”. Es entonces cuando nos acordamos de la Alhambra, Averroes, el astrolabio, la Mezquita de Córdoba, el álgebra, Maimónides, la Giralda y todo un diluvio de avances científicos sin precedentes que colocaron a la península ibérica durante el siglo X en la cúspide universal de la medicina, la astronomía, la filosofía, la botánica o la ingeniería. Hasta el mismo suelo madrileño desde el que la presidenta Ayuso levantó su encendido discurso nacionalista fue fundado por un emir andalusí que ella quiere borrar del mapa. 

Una buena parte de los medios de comunicación le afearon su “ignorancia” histórica. Otros tantos callaron. Pero lo que exhibió Díaz Ayuso no fue ignorancia. Fue simple y llanamente fundamentalismo. Una vieja y persistente idea según la cual España es católica o no es. Su alocución lo deja bien claro. La responsable de la Comunidad de Madrid admite como ingredientes indiscutibles de la identidad española a romanos y visigodos, dos pueblos “invasores” aunque cristianizados. Esa es la clave. Y si son cristianos no son invasores. El peyorativo verbo lo reserva en exclusiva para los musulmanes. Aunque los cordobeses Averroes y Abulcasis sean tan españoles, o más, que el belga Carlos V y el francés Felipe de Anjou. 

Isabel Díaz Ayuso arranca las páginas de Al Andalus de la historia de España. Ocho siglos de páginas nada menos. Pero no solo. En una asombrosa operación de cirugía histórica, cose la monarquía visigoda y los reinos cristianos del norte con la Europa democrática moderna. Así lo cita literalmente sin sonrojo alguno: “Para seguir siendo europeos, libres, occidentales”. Observen el tiempo verbal en gerundio continuo. Verdaderamente portentoso. La democracia contemporánea, según Díaz Ayuso, empieza con la expulsión de los musulmanes hispanos y la “reconquista” cristiana. Aunque para ello tenga que soslayar de un plumazo la Santa Inquisición, la expulsión de los judíos, la persecución de los moriscos y la forja de un Estado edificado ya a finales del XV sobre la uniformidad religiosa y el aplastamiento de la diversidad. 

La mirada de Díaz Ayuso sobre la realidad peninsular se acerca a la de los Reyes Católicos, sus indiscutibles referentes míticos. El de la presidenta madrileña no es un discurso nuevo. Forma parte de una narrativa ultraconservadora que se abre paso en los últimos años espoleada por el resurgimiento del nacionalismo español tras la catarsis secesionista de Cataluña. 

La acogida de los medios de comunicación fue, en términos generales, ambivalente. La prensa que podríamos tildar de progresista interpretó sus palabras en clave crítica, cuando no abiertamente hostil. “Tropiezo histórico”, “ignorancia” o “suspenso en historia” fueron los titulares predominantes en este segmento periodístico. Sobre todo, asociados a la controvertida teoría de la bimilenaria nación española esbozada por la presidenta de Madrid contra la tesis mayoritaria que sitúa su nacimiento en los albores del siglo XIX.  Los medios conservadores, en cambio, guardaron silencio. Quizás porque el discurso decimonónico de Ayuso no chirría en sus líneas editoriales. 

La batalla por el relato histórico se ha recrudecido en la prensa española durante los últimos años. La irrupción de Vox y su desacomplejado nacionalismo identitario han contribuido decisivamente a ello. En todo este tiempo, han desfilado cientos de historiadores y medievalistas por las páginas de las principales cabeceras del país para apuntalar o desmantelar los argumentos del renovado tradicionalismo patrio, que ha encontrado en la historia medieval el combustible necesario para alimentar su fervor nacionalista. 

En el marco neoconservador, Al Andalus queda retratada machaconamente como la anti España. El término nos recuerda, dicho sea de paso, a la cacería ideológica desatada por Franco en su cruzada contra la mitad de los españoles. Ahora, sin embargo, la islamofobia es un ingrediente básico del nuevo proyecto de reafirmación nacional. Exacerbada, eso sí, por el auge del terrorismo islamista desde el 11-S y su abyecta espiral de violencia y muerte. En estos veinte años, miles de páginas de periódicos han asociado islam con terror integrista y, en su convulsa caída, algunos columnistas han arrastrado también a Al Andalus a una pira abrasadora y sin distingos. Con la expulsión de los musulmanes, sostienen algunas voces, España se libró de un mundo oscuro, machista, retrógrado y totalitario. Las delirantes reclamaciones de Al Qaeda por la recuperación del “paraíso perdido” han terminado por echar gasolina al discurso ya abiertamente anti andalusí. 

En la producción periodística española, Al Andalus sigue siendo un artefacto inclasificable. Un nudo histórico atrapado en la sospecha. Aunque no únicamente. También constituye un destello del pasado que llama a la fascinación. Una tierra mítica idealizada y preñada de leyendas sin cuento en algún lugar de nuestro imaginario. Partamos de la base, no obstante, de que en la prensa generalista raramente escriben periodistas especializados en historia medieval. Y así debe ser. La suya es una labor meramente intermediaria entre los expertos de toda especie y el lector común. Y ese es, quizás, uno de los principales rasgos definitorios de un modo de comunicación urgido por la actualidad y el uso obligado de un lenguaje asequible. Es, por lo tanto, comprensible que puedan deslizarse imprecisiones en cuestiones de cierta complejidad. También al escribir sobre una materia tan poliédrica como el medievo hispano.

Hagamos una pequeña prueba. Abramos un buscador de internet y tecleemos las siete letras de Al Andalus. Las primeras noticias que encontramos nos hablan de un tren de lujo que acaba de ponerse en marcha como reclamo turístico de alta gama. El ferrocarril se denomina Al Andalus. Y las fotografías retratan un fantástico hotel sobre raíles de embaucador sabor de época. La marca Al Andalus aparece claramente asociada a lo exótico y lo deslumbrante. Otra información datada en Palma de Mallorca vincula un ‘hammam’ llamado Al Andalus con la cultura del bienestar. 

Seguimos. La 2 de TVE programa una serie de diez capítulos titulada ‘Los pilares del tiempo’. La primera entrega entra de lleno en la formidable construcción de la Mezquita de Córdoba y la Alhambra de Granada. Arte y cultura como señas identitarias del periodo andalusí. Un rasgo indubitablemente positivo. Otro periódico canario publica un reportaje de carácter histórico: “Las mujeres de Al Andalus trajeron el arte de la poesía femenina a Occidente”. Más adelante nos topamos con un trabajo sobre arqueología. Dos especialistas acaban de editar un libro sobre el impresionante arrabal occidental de Córdoba, camino de Medina Azahara, en el que revelan datos inéditos sobre la vida cotidiana en Al Andalus. Seguimos rastreando en internet. Un reportaje se formula la siguiente pregunta: “¿Por qué desapareció Al Andalus?”. Y otro más adelante también se cuestiona “¿qué significa Al Andalus?”. Ya ven: la España islámica como foco de enigmas históricos.

Hasta aquí las piezas de nuestro improvisado experimento que relacionan el periodo islámico con hitos positivos o, al menos, neutros. De otro lado, emergen las informaciones que proyectan pesadas sombras sobre la España musulmana. Veamos. Leemos el siguiente titular: “Un clérigo salafista señala el mes de Ramadán como el idóneo para conquistar Al Andalus”. La presunta recuperación del “paraíso perdido”, como indicamos párrafos más arriba, es un tema recurrente en los últimos años, sobre todo en periódicos de sesgo tradicionalista. El catálogo es interminable. Por ejemplo: “El Estado Islámico se marca como objetivo la reconquista de Al Andalus”. O este otro: “Al Andalus, un objetivo permanente”. Y algunos se repiten: “Al Qaeda mira de nuevo a España”. Más allá de las disparatadas obsesiones del fundamentalismo islámico, ciertos medios conservadores aprovechan el dislate para reforzar la supuesta naturaleza foránea de Al Andalus, asediada ahora por extranjeros árabes que ya fueron felizmente expulsados de la cristiana España. 

Otro rango de noticias se ocupa frecuentemente de desmantelar el manido mito de las tres culturas. Este es un plato muy sabroso para según qué medios. Hallamos, por ejemplo, el siguiente reportaje: “El falso mito de la tolerancia religiosa en Al Andalus”. Historiadores y medievalistas desmontan con profusión de datos y pruebas documentales la presunta leyenda de la convivencia interreligiosa del medievo islámico y usan la prensa como canal de divulgación de sus trabajos de investigación. Otros titulan sin rodeos: “La intolerante Al Andalus”. O entrevistan a historiadores que suministran sentencias como esta: “En Al Andalus se practicaba la humillación del cristiano”. O como esta otra: “Los Almorávides y los Almohades desataron una persecución brutal contra los judíos de Al Andalus”. Y, cómo no, la situación de la mujer en la sociedad medieval islámica peninsular. Este es otro manjar predilecto en cierta prensa española. Fíjense en este subtítulo: “Las europeas de la Edad Media, incluso las mozárabes españolas, sabían que eran más libres que las musulmanas”. 

Abundan los reportajes, entrevistas y artículos elaborados por periodistas profesionales. También las tribunas de opinión. Es en este género donde los historiadores y arabistas sacan a la luz el resultado de sus investigaciones científicas. La prensa constituye, desde luego, una ventana inmejorable para socializar un conocimiento académico que no siempre logra franquear los gruesos muros de la universidad. Y en las páginas de los periódicos hemos asistido en los últimos años a vibrantes controversias sobre el significado y la dimensión histórica del fenómeno andalusí.

Al Andalus desata emociones dispares, siempre particularmente intensas, a caballo entre la fascinación y la sospecha. El majestuoso patrimonio andalusí ha sido fuente caudalosa de información periodística. Resulta materialmente imposible no caer rendido ante el milagro arquitectónico de obras colosales como la Giralda, la Alhambra o la Mezquita de Córdoba, cuyo poder hipnótico traspasa fronteras. Los tres conjuntos monumentales llenan páginas, espacios televisivos y programas radiofónicos cada año en una fecunda espiral que parece no tener fin. Especialmente en el sur peninsular. Al Andalus encuentra en su huella arquitectónica un instrumento de difusión virtuosa verdaderamente insuperable. Incluso para aquellos que se esfuerzan diariamente en desarbolar su legado cultural. 

Pongamos por caso aquí la controvertida operación de secuestro identitario de la Mezquita de Córdoba, orquestada en los últimos años por los sectores más reaccionarios de la Iglesia católica. A la jerarquía eclesiástica no le bastó con mutilar su universal nombre, para sustituirlo por el de Catedral, sino que puso en marcha un sistemático programa ideológico para expulsar a los musulmanes andalusíes nada menos que de la fundación de la Mezquita principal de Al Andalus y quizás la más importante de Europa en términos históricos. Acuérdense de aquel revelador titular que nos regaló el obispo de Córdoba ampliamente difundido por la prensa nacional: “La Mezquita es bizantina y los moros solo pagaron las obras”. A los ojos de cualquier experto en arte islámico, la frase podría parecer un simple desliz sin la menor importancia. Pero no lo fue. Era solo la punta de lanza de una campaña perfectamente calculada para desalojar la “Catedral de Córdoba” de adherencias impuras. Es decir: andalusíes. Como ya es inviable la demolición del Mihrab y el soberbio bosque de columnas, al menos que se proceda a su destrucción simbólica.

Durante todos estos años, la prensa se ha convertido en el escenario de un debate identitario de calado. Particularmente en Córdoba. Llovieron las noticias sobre historia del arte. Quién construyó realmente la Mezquita, con qué estilo artístico, de qué materiales, procedentes de dónde. Se escribieron titulares del siguiente tenor: “La Mezquita más bizantina y menos árabe”. También de este otro: “Nieto Cumplido defiende el carácter helenístico de la Mezquita”. Recientemente fallecido, Manuel Nieto Cumplido fue canónigo archivero de la Catedral de Córdoba y uno de los máximos expertos mundiales del monumento omeya. También, y por qué no decirlo, uno de los más activos ideólogos de su transmutación arquitectónica y la operación de ocultamiento andalusí. 

Hasta los propios arquitectos conservadores del bien Patrimonio Mundial por la Unesco, que trabajan bajo nómina del Cabildo, terciaron en la refriega con la publicación de un artículo periodístico: “La Catedral es una Catedral”. Se trataba de enterrar la Mezquita (nada menos) para que el obispo pudiera sentarse en su “cátedra” sin esa incómoda sensación de sentirse fuera de tiesto. De hecho, fue el propio purpurado quien había solicitado públicamente a las autoridades locales y autonómicas en 2010, también en un artículo de prensa, que eliminaran la palabra Mezquita de la señalética urbana y renunciaran a la poderosa industria turística y cultural levantada durante siglos en torno a la milenaria Aljama omeya. Con escaso éxito, afortunadamente. 

Buena parte de la batalla por el relato, de la que le hablábamos un poco más arriba, se libra en el conjunto monumental cordobés. Si la narrativa conservadora trabaja denodadamente por arrancar Al Andalus de la historia de España, hay quien lo hace por liquidar lo andalusí de la Mezquita de Córdoba. Es, digámoslo claro, la misma cruzada contra el infiel. Y en pleno siglo XXI. Una contienda que se ha disputado (y se disputa) con vehemencia en los medios de comunicación de uno y otro signo. 

La fascinación y la sospecha abrazan la percepción de Al Andalus en la prensa española. Una y otra monopolizan la ingente producción periodística sobre el medievo hispano en las últimas décadas. Unas veces en compartimentos estancos, enfrentados e irreconciliables, y otras muchas en informaciones entreveradas, heterogéneas y pluriformes. Pero siempre en una convivencia conflictiva como conflictivo es el debate inextinguible sobre el ser de España. Al Andalus sigue siendo una pieza inmanejable en el gran puzle de la identidad peninsular. Incluso en la visión más benévola de la España andalusí, subsiste obstinadamente una cierta sensación de extrañamiento hacia un trozo de nuestra propia historia. Como si la Alhambra y su mágica silueta que se recorta sobre la colina de la Sabika hubiera sido construida por “otros” y no por los arquitectos granadinos que también un día fuimos nosotros. Es en ese espejismo construido durante décadas por la educación nacionalcatólica donde la presidenta Ayuso extirpa las páginas perdidas de Al Andalus.

Aristóteles Moreno
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