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Crónica de un expolio

Crónica de un expolio

En marzo de 1972, en sesión plenaria presidida por el alcalde Antonio Alarcón Constant, el Ayuntamiento de Córdoba aprobó por unanimidad cursar a la Unesco la solicitud para que la Mezquita fuera declarada Monumento Internacional, lo que años después acabó por denominarse Patrimonio Mundial. El acta oficial no dejaba lugar a dudas. La Mezquita de Córdoba, indica el documento manuscrito en tinta azul, es “universalmente reconocida por su carácter de joya única del arte árabe”. No la Catedral. Ni siquiera la Mezquita Catedral. El Ayuntamiento en pleno, en las postrimerías de la dictadura franquista, nada sospechoso de veleidades laicistas, ni mucho menos yihadistas, expresaba una encendida defensa del extraordinario monumento omeya a lo largo de cuatro páginas plagadas de argumentos patrimoniales, artísticos e históricos.

Dadas las características de nuestra Mezquita”, declaraba solemne Antonio Alarcón Constant, “el alcalde que suscribe tiene el honor de proponer que se acuerde elevar petición a la Unesco, a través del Ministerio de Educación y Ciencia, para que la Mezquita de Córdoba sea declarada Monumento Internacional”. Cuatro meses después, en una nueva sesión municipal, el alcalde ponía en marcha una comisión de expertos con el objeto de elaborar un expediente detallado que justificara ante el organismo internacional la pertinencia de la candidatura. Alarcón Constant recordó sin medias tintas la misión histórica del Consistorio como administración garante de la conservación de la Mezquita. Y trajo a la memoria el ya legendario episodio que enfrentó en el siglo XVI al comendador Luis de la Cerda, como representante de la ciudadanía cordobesa, y al obispo Alonso Manrique, empeñado en demoler el tesoro arquitectónico andalusí para construir en su corazón una Catedral renacentista.

En un texto inequívoco, que se conserva en el Archivo Municipal, Alarcón Constant se proclamó heredero de la determinación de Luis de la Cerda por defender la integridad del singular monumento cordobés frente a la Iglesia y elogió sin fisuras el papel secular del Ayuntamiento como custodio de sus valores universales. En los años setenta, la ciudad estaba inmersa en un gran debate sobre la oportunidad de desmontar la Catedral y devolver la Mezquita a su “pureza”. Ese es el término exacto que usó en repetidas ocasiones el alcalde de Córdoba y la mayoría de expertos que, encabezados por Rafael Castejón, director de la Real Academia, y Rafael de la Hoz Arderius, director general de Arquitectura, abogaban por la restitución del espacio islámico perturbado bruscamente por el apéndice injertado en su interior en 1523.

El adjetivo no era inocente. La Mezquita era entonces (y lo sigue siendo ahora) el valor fundamental a proteger y la Catedral constituía una “impureza” inoportuna que debía ser trasplantada a otro lugar, según palabras de las autoridades de la época. Insistimos: hablamos de un contexto nacionalcatólico y, por tanto, fuera de toda duda. La Unesco, finalmente, desechó el proyecto de desagregación arquitectónica sobre el argumento razonable de que, a veces, una transgresión aberrante puede acabar convirtiéndose con el tiempo en un símbolo de mestizaje y concordia.

En aquella labor ímproba del Ayuntamiento para poner en pie la candidatura de la Mezquita, el alcalde se rodeó de un solvente equipo de asesores, entre ellos la Real Academia de Córdoba, hoy dimitida de un debate crucial de la historia y la cultura de la ciudad. Un papel clave en todos estos trabajos científicos para poner en valor la Mezquita como seña de identidad del arte andalusí lo jugó el canónigo archivero Manuel Nieto Cumplido. Producto de su ingente y decidida labor en defensa del monumento islámico, publicó en 1976 un libro titulado “La Mezquita Catedral y el Icomos”.

El trabajo, visto en perspectiva, explica muchas cosas. Nieto Cumplido defendía entonces la Mezquita de Córdoba como el “primer monumento islámico español”, en la línea de todos los especialistas mundiales en arte y arquitectura andalusíes. A lo largo de 131 páginas, elogia con vehemencia la esencia de un edificio excepcional que “fue declarado monumento nacional en 1882 para que fuera testimonio vivo y perenne de la cultura hispanomusulmana”. Textualmente. La obra constituye un alegato vibrante del arte y la historia árabes que respiran en cada piedra de un monumento sin parangón. Y la escribe, precisamente, uno de sus más tenaces investigadores, destacado miembro del Cabildo catedralicio. El lenguaje, entonces, con toda su carga simbólica y connotativa, no ofrecía la menor confusión. Tanto es así que de 110 ocasiones en que el monumento es citado, en 72 de ellas el canónigo se refiere a él como “Mezquita”; en 21 como “Mezquita-Catedral”; y en 5 con el familiar apelativo de “nuestra Mezquita”. Únicamente en 12 ocasiones aludió a la “Catedral” a secas y en todas ellas para referirse al crucero; nunca al monumento.

Por entonces, el canónigo archivero no tenía la menor duda de que la asombrosa joya arquitectónica objeto de sus investigaciones era el más importante ejemplo de arte islámico en toda Europa. Aún quedaban treinta años para que se pusiera en pie esa extravagante artimaña dialéctica según la cual la consagración católica de la Aljama cordobesa en 1236 hizo desaparecer un colosal edificio de 24.000 metros cuadrados como por arte de magia. Y en esas estamos. De tal intensidad era la adhesión del canónigo a la Mezquita de Córdoba que no tuvo inconveniente en reprobar sin medianías la decisión del obispo Alonso Manrique de levantar la Catedral en el eje del oratorio islámico en el siglo XVI. “Resulta perfectamente comprensible la postura tanto del Cabildo Catedral como del Concejo Municipal de Córdoba”, escribe Nieto Cumplido, “al oponerse a la voluntad del obispo don Alonso Manrique cuando este -que no era cordobés- determinó contra el parecer de toda la ciudad, incluidos los eclesiásticos, la construcción del inmenso crucero en el interior de la Mezquita en abril de 1523”.

Este pequeño librito, y otros más posteriores del autor, son lectura obligada para comprender con meridiana claridad este estrafalario viaje académico y cultural que ha llevado a un sector eclesiástico en los últimos años a elaborar esta esotérica teoría negacionista de la obra cumbre de Al Andalus, cuya civilización ha sido puesta en valor por insignes expertos nada menos que como el primer renacimiento europeo.

crónica de un expolio

La solicitud del Ayuntamiento alcanzó buen puerto y en noviembre de 1984, junto con la Alhambra, El Escorial y la Catedral de Burgos, la Unesco reconoció la excelencia universal de la Mezquita de Córdoba. El monumento omeya fue registrado en el listado del Patrimonio Mundial con la denominación de “The Mosque of Córdoba”. Y así figura 31 años después. Cuatro fueron los criterios que el organismo internacional esgrimió para otorgar a la Mezquita el máximo galardón planetario. Y se podrían simplificar en la siguiente afirmación: “Es el testimonio irreemplazable de la civilización del Califato Omeya y uno de los modelos ejemplares de la arquitectura religiosa del islam”.

Un año después, en 1985, el obispo de Córdoba, José Antonio Infantes Florido, organizó un solemne acto en conmemoración del XII Centenario de la Mezquita de Córdoba. No de la Catedral. Ni siquiera de la Mezquita-Catedral. De la Mezquita. Nadie celebra el 1.200 aniversario de un edificio que no existe. Y mucho menos el prelado de la diócesis. La celebración alcanzó rango ceremonial de Estado, con la presencia de representantes internacionales, expertos arabistas, enviados del Vaticano, el alcalde de Córdoba, el presidente de la Junta de Andalucía y el Rey Juan Carlos I. “Estamos conmemorando los 1.200 años de una obra, Patrimonio de la Humanidad, que es la Mezquita de Córdoba”, declaró protocolariamente el obispo entre las columnas del templo islámico. El jefe del Estado, minutos después, proclamó: “La Mezquita se alza como imagen universal de la belleza y de los valores profundos de España”. Ahí es nada.

Monseñor Infantes Florido y el canónigo Manuel Nieto Cumplido no hacían entonces sino reconocer la identidad singular de un monumento que figura como Mezquita de Córdoba en todos los compendios de arquitectura, de arte y de historia del mundo. No hay especialista en la materia, de la escena nacional o de la internacional, que no haya consignado el edificio omeya como el cénit de la cultura islámica andalusí de Occidente. Desde Torres Balbás a Félix Hernández, desde Gómez Moreno a Velázquez Bosco, pasando por Pierre Guichard, Levi Provençal, Fernando Chueca, Eduardo Manzano, Emilio García Gómez, Juan Vernet y toda una pléyade interminable de especialistas de reconocida solvencia.

Ese hecho incontestable desde cualquier punto de vista científico y patrimonial ha sido reflejado por sus administradores, el Cabildo catedralicio, en todos sus folletos divulgativos hasta 1998. Ya en el primer tríptico del que hay constancia, en 1981, se presenta el edificio como “Mezquita-Catedral” bajo una reseña del arquitecto y académico Fernando Chueca Goitia, que la destaca como el “primer monumento hispanomusulmán de Occidente”.

La estrategia del Cabildo da un giro copernicano a finales de los noventa. Elimina sin contemplaciones el término Mezquita, borra la historia islámica del edificio, impone una lectura excluyente católica y se presta a un calculado plan para vaciar al gran monumento omeya de su identidad. El actual folleto que reparte el Cabildo a millones de visitantes de todo el mundo que vienen a contemplar el fabuloso monumento andalusí es una hojilla parroquial para catequistas que no pasaría un mínimo examen académico.

No es casualidad que en 1998 la silla episcopal esté ocupada por Francisco Javier Martínez, conocido miembro de Comunión y Liberación, una de las corrientes más rigoristas de la Iglesia católica. Tampoco es fortuito que el viraje se intensifique tras los atentados de septiembre de 2001 y el incremento exponencial de la islamofobia en todo el mundo, lo que le ha proporcionado una ventana de oportunidad indiscutible.

La de la Mezquita de Córdoba no es una mera batalla por el nombre. Lo que el Obispado se propone desde hace ya más de quince años es ejecutar una operación de lobotomía cultural sin precedentes en un país mínimamente moderno. El Cabildo ha declarado una suerte de guerra santa contra la arquitectura islámica con la extemporánea intención de proclamar la victoria del catolicismo sobre un conjunto de piedras. En un acto digno de ser psicoanalizado en el diván de la historia. Asistimos a un atentado contra el arte, contra el patrimonio y contra la memoria de una ciudad que ha asumido milenariamente su complejo pasado con naturalidad y orgullo. Pero estamos, sobre todo, ante un atentado contra el sentido común.

En la Mezquita (y Catedral) de Córdoba confluyen dos usos netamente diferenciados: el litúrgico y el cultural. La lógica nos indica que el primero de ellos debe ser conducido por las personas habilitadas en la materia, los diocesanos; mientras que la gestión del patrimonio histórico, cultural y turístico debe recaer en profesionales de reconocido prestigio bajo un modelo regulado, con garantías y plural. No parece razonable que un monumento universal de la trascendencia de la Mezquita siga siendo gobernado en exclusiva por una veintena de canónigos, cuyo mandato se ha revelado desleal con su identidad y su historia. Crónica de un expolio Crónica de un expolio Crónica de un expolio Crónica de un expolio 

Mezquita de Córdoba. Foto de Annie Escobar

Mezquita de Córdoba. Foto de Annie Escobar

Más allá del asombro que nos despierta esta inexplicable y chusca deriva episcopal, lo que nos sobrecoge es la deserción de la administración pública en su deber de tutela y vigilancia del patrimonio histórico andaluz. Ni la industria turística, que vive de una marca universal, ni la inteligencia universitaria, que creíamos baluarte de la ciencia y la razón, han movido apenas un músculo para impugnar lo que a todas luces constituye un expolio cultural en toda regla.

Aristóteles Moreno

Periodista y articulista. Colaborador habitual de varios medios de comunicación
Aristóteles Moreno

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