Opinión y Pensamiento

El flamenco es japonés

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El flamenco es japonés

El flamenco es japonés”. Es lo que suele declarar irónicamente un amigo de quien esto escribe ante las habituales afirmaciones según las cuales el flamenco no es andaluz, como ha hecho hace pocos días un comisario cultural en una entrevista a Huelva Información. Nótese que, también como de costumbre, el nombre de Andalucía quedaba velado por el eufemismo cardinal: “sur”. De España, claro.

Si buscamos “muñeira” en la Wikipedia encontramos que es “una danza popular de origen gallego”, la entrada “zorcico” se define como “ritmo típico de baile popular tradicional vasco-navarro” y la “sardana” es descrita como “danza realizada en grupo y en círculo, tradicional en Cataluña”.

Sin embargo, el “flamenco” queda etiquetado en la enciclopedia digital como “un género musical español”; así, de entrada. Naturalmente, las tres primeras manifestaciones culturales son localizadas a continuación en España, en tanto que, lógicamente, es el Estado al que pertenecen las zonas nombradas. Pero en las citadas respectivas danzas gallega, vasca y catalana eso viene después, no en la propia definición, como pasa con el flamenco. ¿Casualidad? En absoluto, como ha estudiado el historiador Carlos Ríos en sus análisis.

Quedémonos por un momento más en la Wikipedia. Veremos que respecto al “jazz” se nos informa claramente de que estamos ante “un género musical nacido a finales del siglo XIX en los Estados Unidos”; más en concreto, “producto de la cultura afroamericana”. Que felizmente, como sucede con el propio flamenco, se haya expandido por todo el mundo dando lugar a las más variadas hibridaciones, enriquecimientos y fusiones no haría a nadie afirmar que no tiene origen ni raíz donde, efectivamente, lo tuvo; es decir, Estados Unidos. O que, aparte de ese país, sería una música propia de Alemania, Suecia, Finlandia, Francia; no en vano en estos últimos países hay festivales y artistas que cultivan ese género.

Pero con el flamenco sí parece legítimo tomarse esas licencias desnaturalizadoras. Entonces, ya puestos, ¿por qué no decir que el flamenco es japonés? Total, como explica el periodista Rafael Sanmartín, el país nipón cuenta con decenas de miles de estudiantes y personas vinculadas a ese mundo del flamenco, y de alto nivel.

Es más, desde 2014 se celebra regularmente la Cumbre Flamenca de Japón. De hecho, hay una web que cita la academia de Tokio como la “escuela de flamenco y baile español con más estudiantes del mundo” (la cursiva es nuestra); claro, es una web de la llamada ‘Marca España‘.

Pero que haya estupendos intérpretes en el país del sol naciente no significa que los japoneses pretendan ser los creadores de nuestro folklore, si seguimos citando a Sanmartín, quien saca a la palestra otra llamativa apropiación indebida de lo andaluz por parte de España: lo que en todo el mundo se conoce como Andalusian horse, o sea, “caballo andaluz”, resulta que en este reino que habitamos y padecemos no se llama sino PRE (siglas de Pura Raza Española).

No vayamos a creernos, empero, que este interés de ese gólem llamado España, en la caracterización del antropólogo Javier Escalera, por encontrar en Andalucía elementos y retales para una impostada identidad, es manifestado siempre desde el principio. Unamuno, quien por cierto detestaba abiertamente todo lo andaluz, definió el flamenco como música barata. Como denuncia Tomás Gutier, ocurre como con la siesta, una costumbre de vagos que es andaluza hasta que en Medicina es redescubierta como recomendable e inteligente hábito, momento en que ipso facto es convertida en española.

O el gazpacho, comida cutre y de pobres a la que cuando es valorada como bebida sana y energética se le pone una manita de barniz rojigualda. Bueno, pues si ahora el flamenco es valorado como una de las músicas étnicas más sobresalientes del mundo, habrá que españolizarlo.

En el siglo XIX el reciente Estado español buscaba una música nacional, pero la intelectualidad liberal se mostraba reticente a tomar como candidato al flamenco, considerado un género barriobajero.

Pero quienes llegaban a visitar la península Ibérica procedentes de otros lugares en aquella época, muy impregnada del intenso gusto por lo exótico, vieron en él lo más original o distintivo, frente a otras formas culturales.

Su éxito internacional, pues, terminaría por consolidar la elección de esta manifestación artística andaluza como representación de lo español; tanto fue así que, no solo artistas de Andalucía sino de otras procedencias geográficas del Estado orientaron su producción hacia temas morisco-andalucistas, asumiendo la parte nacional (Andalucía) por el todo jurídico-político (España): Isaac Albéniz (Cantos de España, Danzas españolas, Suite española, Suite Iberia; dividida esta última en “Triana”, “Rondeña” o “El Albaicín”), Enric Granados (Iberia, Capricho español, Danzas españolas), el gaditano Manuel de Falla (Noches en los jardines de España) o el sevillano Joaquín Turina.

Los ejemplos de los medios de comunicación en los que podemos encontrar esta sinécdoque sustitutiva o vampirización cultural, como la ha definido otro antropólogo, Isidoro Moreno, son innumerables. Pero quedémonos con uno donde lo incoherente llega a extremos surrealistas.

Coincidiendo con la celebración de la Copa del Mundo de fútbol de 2018, la cadena Cuatro emitió un documental titulado “La Rusia de Putin”, en el que a cuento de las personas conocidas como “niños de la Guerra”, 3.000 niños y niñas recogidos en los puertos de Bilbao y Gijón cuyo destino fue el exilio a la Unión Soviética en 1937 para salvarles del avance del ejército fascista, fue entrevistada Marina Coto, quien comentaba al periodista autor del reportaje, Josep Cuní: “Yo he nacido aquí pero mi madre es española y mi padre ruso”.

Poco después, declaraba: “Claro, cuando yo oigo la música española, la música flamenca, me encanta, está dentro de mí, y cuando escucho las canciones rusas lo siento dentro de mi alma”.

También entrevistaba Cuní a Marina Legás, otra descendiente, que explicaba: “Yo soy medio rusa, medio española, porque mi padre era español”. El periodista le inquiría: “¿Qué sientes tú con la cultura española, cuando escuchas música española? ¿Qué se mueve dentro de ti?”.

Es necesario aclarar que la única “música española” que se oye y se ve bailar en esta sección del reportaje no es otra que el flamenco que bailan una serie de mujeres en el Centro Español de Moscú. De hecho, una de las bailaoras es entrevistada por Cuní y se trata de Marina Coto Zapico, hija de una niña de la guerra oriunda de Asturias que llegó a la URSS en barco con 12 años de edad procedente de Gijón.

Así pues, a pesar de que estamos hablando de personas procedentes íntegramente de Asturias o País Vasco, lo que se entiende por cultura española, una vez más, no es una tonada celta asturiana ni un aurresku, sino que la gente del Centro Español de Moscú se dedica a la práctica de la música andaluza; un hecho que choca con el supuesto propósito de dicho emplazamiento donde “se reúnen los descendientes de los niños de la guerra para mantener vivas sus tradiciones”, por rescatar el enunciado del periodista.

Más preciso hubiera sido referirse expresamente a mantener vivas las tradiciones andaluzas, no sus tradiciones (las de esas personas ni de sus lugares de origen). Pongamos entonces que el flamenco es asturiano.

Manuel Rodríguez Illana
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