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Palabra de Agujetas

Antonio Agujetas, sobrevivir a la muerte

El realizador jerezano Juan Cepero estrena Palabra de Agujetas, centrado en la peripecia vital de un hombre que no es cantaor, “es otra cosa“. Su experiencia en la cárcel y en el mundo de las drogas ha convertido su queja flamenca, al filo de lo imposible, en lamento desgarrador.

Cuando el periodista le pregunta a Manuel de los Santos Pastor sobre si, en palabras de Manuel Torres, es el último sonío negro, el cantaor-personaje espeta, con ese aire entre jocoso y malhumorado: “No digas eso. Menos mal que no está aquí Antoñito, si no, te pega… Yo no le digo ná. Este muchacho quiere que la gente le diga que es mejor que su padre, ¿entiendes? Un hombre con cerca de 50 años. Chiquillo, ya te lo dirán. De aquí ha salido llorando. Se fue curando de la droga poquito a poco, lo están llamando, lo han llevado a tres o cuatro lados a cantar… Ahora que se está curando yo le digo: Antonio, eso no es así, es así. Y a veces sale llorando. Donde se lo puede decir su pare es aquí“. Su Antoñito es Antonio de los Santos Bermúdez, Antonio Agujetas (Jerez, 1966) y, a diferencia de su padre, él sí tiene fecha de nacimiento. Tiene 52 años, ha sobrevivido a doce años de cárcel y a una vida marcada por la droga y la enfermedad. Así que, para el caso, da lo mismo la edad que tenga, porque él canta “para que la muerte no me lleve“, que es lo mismo que cantar a lo inmortal. A lo eterno.

Antonio Agujetas, rebuscándose en el documental de Juan Cepero.

Palabra de Agujetas es el documental en el que Juan Cepero ha volcado medio año de trabajo. Su autor es un realizador audiovisual jerezano (1978) que después de dar muchas volteretas en el mundo de la imagen —con parada incluso en Guinea Ecuatorial trabajando para la televisión estatal— montó una productora flamenca, A Palo Seco, con la que pretende ahora ganarse la vida. Este primer gran trabajo, enfocado por entero a la figura de Antonio Agujetas, “no como biografía, sino como acercamiento a la emoción que transmite“, emana la misma verdad y humanidad que su protagonista. Y es que, si algo destaca el autor del trabajo, es la humanidad de Antonio, al que no se le puede etiquetar con algo tan aparentemente simple como artista o cantaor. “Me quedo, aunque parezca extraño, con su palabra, por eso lo he titulado así, con cómo te dé la mano, que es algo que va a misa. Si le dices que le haces una entrevista en los Pirineos el lunes a las nueve, si él te dice que sí, estará allí a menos cuarto. Él se ha comido muchos marrones por culpa de mucha gente porque está claro que no tiene maldad ninguna. Lo poco que coge lo entrega, le das 20 euros y va a casa de los hermanos a darles 10“, asegura el realizador de un documental que, en su hora de duración, tiene más de experiencia vital que de biografía al uso.

Sobre la personalidad que se le intuye a Antonio, explica: “Él lo ha pasado tan mal que tiene una coraza, no tiene guasa y como te deje entrar en su círculo, ya eres uno más y va a muerte. En estos meses entré en su círculo, aunque al principio era reacio porque él piensa que todos van darle coba, a engañarle“. Después de este relato, de una enorme inversión de tiempo, sin recursos económicos, Cepero insiste en que, una vez que ya ha presentado el trabajo, hace una semana en el marco del XXII Festival de Jerez, “me ha quedado la persona tras el proceso, no me la esperaba. El poder de transmisión lo conocía, pero en el fondo he comprobado cómo tanto su padre como él interpretaban papeles, pero luego son gente humilde y llana“. Si se la juegan, eso sí, “la cruz es para siempre“.

El documental, totalmente autoproducido, “tirando mucho de colegas“, comenzó a fraguarse a mediados de 2017, cuando el cantaor que canta para espantar a la muerte reapareció otra vez entero. Había superado una neumonía que “prácticamente se lo llevaba por delante“. “Estuvo tres días tirado en el suelo de su casa en pelotas, con las ventanas abiertas, e inerte, pero lo cogieron a tiempo y le salvaron, pese a que ya no contaban con él“, cuenta Cepero. Otra vez. La enésima resurrección del niño de Agujetas. Este niño entró de joven en la cárcel, por un tiro al aire o una pistola de fogueo con la que quiso dar un palo en Rompechapines, y allí se chupó el capítulo central de su vida. La mierda de la droga. En la cárcel de La Asunción cantó una carcelera en una función de La Zaranda, con Paco y Gaspar haciendo Los tinglaos de María Castaña para los presos, y de allí salió a chuparse otra tira de años entre Badajoz y Córdoba. El caballo nunca le abandonó. Su padre se lo llevó a Madrid pero lo mandó de vuelta a Jerez porque “no soportaba verle drogarse; era una relación de amor-odio“. Y él no soportaba no alcanzar a su padre. “Ya te lo dirán“, le conminaba Agujetas padre, hijo de Agujetas el viejo.

Ahora bebe Fanta de naranja, aunque sigue con algún porrito por prescripción psiquiática y la metadona, que debe acompañarle hasta el final. “La vida que ha llevado ha marcado ese poder de transmisión“, concluye el realizador de este documento que recoge parte de su vida. Juanaco, como es conocido el autor en el mundillo jerezano, no quería entrar “en los temas morbosos” del personaje, sino en su capacidad de tranmisión, por encima de facultades. “No es un documental biográfico puramente, sino más bien, simplemente, se habla de la transmisión, de por qué transmite tanto, por qué hay gente a la que estremece o rompe por dentro. Montándolo se lo puse a mi cuñado, que no tiene ni idea de flamenco, y empezó a llorar, no se lo podía creer…“.

Antonio canta la toná y canta la carcelera, y prueba sonido y rompe por seguiriyas como si no hubiera un mañana. ¿Por qué? Juan Cepero responde: “Él sabe su nombre y poco más, pero tiene una riqueza interior increíble“. “No canto, yo me lamento”, suele decir. “Parece que llora cuando canta, no es cantar, es otra cosa. El prejuicio de alguna gente es acercarse a él buscando musicalidad o lo bello pero en él están los sonidos negros“, asegura el autor de un documental que ha contado con la opinión de flamencólogos, artistas como el tocaor Alberto San Miguel —al que llegaron a llamarle en el mundo del flamenco jerezano el proyecto hombre, por la cantidad de artistas que salvó de la quema— y una figura clave en la vida de Antonio, Miguel Ángel Fernández, “el que lo lleva, y por el que si no fuera por él seguro que estaba muerto en la calle“. “Es gente extraña pero alucinante –abunda el realizador jerezano-; no se conoce gente así todos los días, que no suelta mentiras piadosas, que canta como es, que no se guarda nada, que lo da todo“.

Antonio Agujetas pasó años y años en la cárcel por delitos menores, por triquiñuelas y palos de enganchao que solo busca su ración diaria. Y allí no recibía cartas, ni llamadas, ni visitas. Estuvo solo durante años y, probablemente, solo morirá. Un hombre con causa. “Me gustaría haber nacido de nuevo“, reconoce en un momento del documental este renacido de lo jondo. Un renacer permanente a diferencia de su cante, un lamento misterioso que sobrevive a la muerte. Una voz entre ortigas que, a la manera de Tío Borrico, es una oración desgarrada. “El otro día me dijo que era la reencarnación de su padre“, confiesa Juan Cepero que le dijo Antonio. Palabra de Agujetas.

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