Imprescindibles

Fernando de la Morena, el último Papa de la Bulería

Fotografía de Juan Carlos Toro

El flamenco pierde a Fernando de la Morena, el último Papa de la Bulería

por Paco Múgica

Fernando Carrasco Vargas, el de la Morena, impecable como siempre, presumido, filósofo alegre de la vida, se ponía muy contento cuando le salía “un contratito”. Jerezano de 1945, del número 1 de la calle Cantarería del barrio de Santiago, con el compás y el soniquete en las venas, Papa de la Bulería, fiestero con causa, currante del quejío, vinagre de Jerez gran reserva, amontillado VORS, llegó entre cuarentón y cincuentón al flamenco profesional y sentía que se le iba el tiempo si no estaba encima de un escenario.

Empezó de forma innata en el cante, empapado por el ambiente flamenco que respiraba cada día en el barrio, escuchando a Talega, Mairena, Terremoto, La Perla…, haciendo sus pinitos en fiestas, dichos, bodas y bautizos, y nunca se despegó del mundillo y del oficio, aunque la nómina se la ganase durante casi treinta años como taxista y repartidor de bollería industrial.

Desde su salto profesional, Fernando retomó la pasión de su vida como, al fin, medio de subsistencia. Lo suyo con el cante, desde luego, “fue por devoción, como algo espiritual, algo que nació conmigo, que lo llevaba en la sangre. Tenía justa necesidad de manifestarlo, de soltarlo de dentro para afuera”.

Encontró un manager y se puso a acumular bolos, colaboraciones, festivales, viajes… Sin compás no habría podido vivir, dijo alguna vez. Hasta acabó viviendo en la calle Bulería del humilde barrio de Icovesa, no muy lejos del Arco de Santiago y de su gente. “Cuando yo era chaval solía irme a las fiestas de los flamencos, a los bautizos, a los dichos, a las bodas… Esa era mi válvula de escape. Ahora de mayor es mi profesión, el pan nuestro de cada día y mi sustento y el de mi familia. Sin el flamenco no podría vivir, sin cantar me quitarían la vida. Me es justo y necesario por esas dos vertientes: es mi profesión, a la que quiero y venero, y además es mi medio de vida”, nos contó en una entrevista hace años.

Desde que grabó en 1994 su primer disco, De Santiago a Triana, acompañado por su fiel hermano Manuel Moreno Moraíto —con quien seguro que se reencontrará en alguna fiesta siete años después de su partida—, la figura cantaora de Fernando de la Morena no paró de cobrar relieve por su sello inconfundible, por un metal a veces susurrante, afillao, que traspasaba la piel.

Fue con el mítico disco familiar En Cá Fernando de la Morena (Mercurio), del que se cumplen en este 2019 veinte años, cuando el eco gitanísimo y el compás cortito, único e intransferible de Fernando nunca más se despegó del oído de los buenos aficionados que ya le conocían y de la legión de incondicionales que iban a llegar al universo de la morenagracias a su particular manera de abrir la senda espesa del arte jondo.

Porque no era Fernando solo fiesta. Cuando lloraba por seguiriyas o evocaba la atmósfera de la trilla y las gañanías de la campiña, la verdad del De la Morena calaba muy hondo. Hay mucho de eso en Jerez de la Morena (Muxxic, 2002)donde aparte de sus famosas bulerías cortas de las papas aliñás, se rompe por soleá recordando qué cortita es la vía o versionando por bulerías Pudiera ser que pudiera de Alberto Cortez.

A Fernando le ha fallado lo que él llamaba su ministerio del interior, su voz se le ha apagado a los 74 años, tras no poder superar diferentes problemas médicos. Queda la reverberación de su cante en la garganta de su hijo Juan, a veces casi como un clon un puñado de años más joven. Pero, evidentemente, se marcha un cantaor insustituible y difícilmente igualable.

Dicharachero, optimista, de esos maestros que no van de que lo son, de los que cantan “por el pueblo y para el pueblo”, como solía advertir antes de abrir la boca en un recital. Como cuando participó hace años en el espectáculo-disco VORS. Jerez al Cante, donde congregados por Jose Mari Castaño, unieron las voces un sexteto de imprescindibles del que, desgraciadamente, ya solo nos quedan dos en esta vida: allí compartió cartel De la Morena con Manuel Moneo, Manuel Agujetas, Juan El Torta, Luis El Zambo y Capullo de Jerez.

El viaje a Sevilla por la autopista hacia la Bienal todavía lo recuerda Castaño, sufrido pegamento de aquella amalgama de genios del cante. “La cosa está tomatosa, sobrino, está que tira bocaos. Esto es generalizado, pero ya vendrán tiempos mejores, hay que aguantar el tirón”, nos decía recién estrenada esta crisis de la que no salimos.

Afirmaba que el flamenco no era ni de izquierda, ni de derecha, “el flamenco es de la cuchara y del paso atrás. Cuchará y paso atrás. Que no falte la cuchara, que no falte”, e instaba, en este mundo de locos, a serenarnos, “tomar precauciones y restringirse, porque al final te pegas el trompazo”.

Eso sí, siempre defendía la pureza y el arte por encima de todo, como sustento material y espiritual. “Si eres artista, aunque no estés en la cumbre, tienes todo el derecho del mundo a pensar que haces muy bien lo que haces”, mantenía. Queda su voz grabada, los recursos arriba y abajo del escenario, cualquier noche en Tío José de Paula, en Los Juncales (ahora en proceso de demolición), en El Pasaje.

Quedan las vivencias y su sabiduría flotando en el aire: “Cuando yo era taxista, una madrugada, en lugar de llevar a Tío Borrico a su casa lo lleve a en ca’ la Bolola. Un señor había dado una buena propina en una venta flamenca y en vez de llevarlo a la casa, lo llevé a lo de la Bolola. Empezó ese hombre a hacerse son en la mesa y se llevó dos horas cantando por soleá sin repetir una letra y con un lagrimal constante. No se me olvidará en la vida. Y después llegó más tarde Manuel Agujetas con su compare Antonio. Hizo ese gitano una seguiriya… ¡Qué barbaridad!. Eso no se me olvida a mí”.

Fernando de la Morena ha fallecido en la noche del pasado 5 de junio en Jerez. El funeral será esta tarde, a las cinco y media en la Iglesia de Santiago. Parece que le estamos viendo abrir la boca para decir una ocurrencia de las suyas o para cantarle a Eugenia de Montijo y a sus dos hijas, o para recordarnos que hay que ir despacito y con buena letra, que el hacer las cosas bien, importa más que el hacerlas. Llegó tarde al cante profesional el bueno de Fernando, entró a fuego lento, pero con tan buena letra que en la hora de su muerte muchos se habrán enterado de lo grande que fue y del boquete tan enorme que deja. Descanse en paz.

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