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Marcos Gualda: «Tomarse en serio lo que sucede en las redes sociales puede inducirte al suicidio»

Marcos Gualda el actor secundario
Marcos Gualda

Marcos Gualda: «Tomarse en serio lo que sucede en las redes sociales puede inducirte al suicidio«

Hay tópicos que han calado hondo en el imaginario colectivo y que, normalmente, sólo señalan hacia lugares extraños, ajenos a la propia vida y su sentido. Tópicos que repetimos de manera incesante como un eco que quema nuestra capacidad para vivir de la manera más plena posible.  En ‘El actor secundario’ (Niebla editorial, 2020), Marcos Gualda hace saltar por los aires estas liturgias para poner a cabalgar, en cada una de las postales que conforman este título, asuntos clave en la experiencia de todo ser humano como la memoria, la infancia, el humor y un amor profundo hacia la capacidad para ficcionar.

Este título nace con la intención de echar la vista atrás para ser consciente del camino recorrido, de la experiencia de la vida. ¿Ajuste de cuentas con uno mismo?

Efectivamente, esta novela es una recreación literaria, pero fidedigna, de los acontecimientos decisivos de mi vida, una vez sobrepasada la mediana edad. Tengo la suerte de conservar la memoria en excelente estado de forma, lo que me ha permitido sentirme muy cómodo manejando este material de partida. Desde muy temprana edad fui educado en el aprecio de las manifestaciones artísticas. Supongo que eso me condujo a experimentar los estímulos cotidianos con mayor intensidad. Sublimar la realidad y emocionarte con ella permite que quede impregnada en tu memoria con mayor viveza. De todos modos, los recuerdos son las huellas dactilares de nuestra existencia, siempre están presentes en el ejercicio creativo. No es menos cierto que la memoria se descodifica de manera distinta según nuestro estado vital, no es sinónimo absoluto de objetividad, ni tan siquiera de verdad. En nuestra conciencia de los recuerdos, en el mejor de los casos, subyace siempre una involuntaria manipulación. La memoria siempre es una reelaboración, una ficción. Como escritor, esto es lo que me motiva. Partir de sucesos reales, o no, y conseguir que al lector les resulten emocionantes y verosímiles.

La escritura nos permite rescatar tesoros sumergidos, restaurarlos y mostrarlos al público. Obra el milagro de que seamos plenamente conscientes de que hemos vivido. En este sentido, en el proceso creativo de un libro de tan alto voltaje emocional, he experimentado auténticas epifanías. Momentos en los que, escribiendo de otras personas, he conseguido entender dinámicas relacionales de mi familia. Sí, quizás en la confección de esta novela haya latido la ambición de ordenar las piezas de mi vida. Creo que es algo que nos caracteriza a los narradores, el ansia por la estructura.

No pienso que exista ningún ajuste de cuentas conmigo mismo en esta novela, o al menos entendido de un modo peyorativo. Todavía no estoy preparado para un psicoanálisis tan duro, que además involucraría a otras personas a las que no quiero afectar. Creo tener la conciencia más o menos tranquila. Fui educado en el respeto escrupuloso del prójimo, y esa enseñanza me ha evitado muchos problemas. No estoy especialmente capacitado para dañar. Lo que sí reconozco es que ha supuesto una catarsis personal virulenta. Mis padres atesoraban unas ideas muy avanzadas, incluso para este tiempo. Desde la cuna, me inculcaron los valores del feminismo. Pero escapar de la sociedad heteropatriarcal no iba a ser tan sencillo. Mi ecosistema sentimental fue permeable a algunos tics. Por ejemplo, interiorizar que el hombre no debe mostrar sus flaquezas. El advenimiento de las responsabilidades propias de un adulto, el cuidado de hijos, el azote experimentado en propias carnes de la crisis económica, un trabajo de gestor cultural que te obliga a ponerte a la defensiva, y una acusada tendencia a la introversión, acabaron por conformar una máscara inexpugnable, absolutamente incompatible con el hecho de comunicar. La suerte es que fui plenamente consciente de este paulatino proceso de insensibilización. Cuando comencé a escribir ‘El actor secundario’, era conocedor de que el trabajo más arduo sería superar ese bloqueo. Su misión iba más allá de lo literario, la concebí como un aviso preventivo al lector de la importancia de ser espontáneos. La novela consta de cincuenta capítulos autoconclusivos. El cuarto está dedicado a una depresión brutal que experimenté a los dieciocho años. Me marcó para toda la vida y mi madre jugó un papel esencial en mi recuperación. Quizás éste no sea el mejor capítulo de la novela, pero, sin duda, es donde explota y yo vuelvo a sentirme libre para crear.

Escribir es otra manera de dialogar con el tiempo que nos toca habitar. Las distintas geografías – física, emocional, educacional,- que conoces, ¿cuántas pieles han mudado?

Esa posibilidad que nos ofrece la Literatura es apasionante. Reflexionar y sintonizar de un modo trascendente con nuestro tiempo. Incluso retrotraerte al pasado o propulsarte al futuro desde la ficción.

Esta novela no la hubiera podido escribir a una edad más temprana. No deja de ser cierto que, en gran medida, supone una vuelta al humanismo de aquellos primeros relatos escritos con veintipocos años y recogidos en ‘Cuentos con frenillo’ (LF Ediciones, 2004). En esos cuentos noveles, de los que, a día de hoy, y en términos generales, no reniego, cosa extraña en mí, ya estaba muy presente el retrato de personajes honestos y corrientes, el estudio de la intimidad, la pulsión de la ternura, el estilo sencillo, de frase corta, la elipsis, muy influido por César Vallejo, Juan Rulfo o Raymond Carver. Esos relatos fueron posibles gracias a mi ingenuidad, a esa espontaneidad que, como te he comentado antes, quise recuperar en ‘El actor secundario’. Pero en la virtud también estaba el problema. Aún era muy joven. No atesoraba las cicatrices ni el poso vital que pueden conducirte a una obra más profunda. Tampoco había tenido espacio para desarrollar las herramientas técnicas. Las crónicas de conciertos que escribí para revistas como ‘Rockdelux’ fueron una gran escuela. Sometido a la exigencia de no sobrepasar un número exacto de caracteres, aprendí a prescindir de lo superfluo. Un breve taller de creación literaria con Constantino Bértolo, “La práctica del relato” de Ángel Zapata o “El guión”, de Robert McKee, fueron igualmente influencias radicalmente reveladoras. Lo cierto es que nunca dejas de aprender a escribir, y que a nadie le resulta más complicado escribir que a un escritor. Esto, bien mirado, no solo es una paradoja, sino una pequeña tragedia. Luego, con la escritura de la novela ‘El examen’, quizás impelido por una deriva personal que se empeñaba en alejarme de la felicidad, entré en una fase más experimental, más oscura. Lo cierto es que siempre me he empeñado en el autosabotaje (risas), y que, como no vivía de la escritura, me podía permitir tomar riesgos. ‘El actor secundario’ llega en un momento en que siento que los acontecimientos nucleares de mi vida ya han sucedido. Las experiencias más salvajes han sido exprimidas. Después del amor, los hijos, el trabajo, el ahínco creativo, solo vislumbro un manso acontecer de los días. Este estado vital ha propiciado el desnudo, una serenidad franca. Esta sinceridad la ha percibido el lector en ‘El actor secundario’. Creo que he sido recompensado con creces.

Quienes te seguimos la pista, sabemos que el humor y la risa forman parte de tu identidad. Este eje atraviesa ‘El actor secundario’ en fondo y forma. Los reivindicas como estilos de vida. ¿En qué momento dejamos de reírnos para convertirnos en una sociedad tan dogmática?

Fíjate, esto que me dices es muy curioso, y habla de la imposibilidad, casi absoluta, de huir del estilo, de tu marca personal. Para ser sincero, en esta novela me propuse que el humor, la ironía, ésa que, por lo visto, tanto me define, permaneciese en un segundo plano, quizás como un ligero, pero muy sutil, casi imperceptible, contrapeso a los acontecimientos (tremendos, a veces) narrados. Porque el humor es un arma de doble filo. Una pincelada un poco más gruesa de lo aconsejable puede arruinar las intenciones de tu relato. Quizás eso me haya ocurrido en el pasado, y ha generado en mí un sentimiento de frustración, hasta que entendí que, para ser más efectivo, debía rebajar el tono. Y, como tú dices, creo que en ‘El actor secundario’, en este aspecto, he estado acertado. Esa fina capa de humor, de distancia, de ligereza, consigue que el lector entre más fácilmente en la lectura y le resulte difícil renunciar a ella. Por otra parte, todas las grandes obras maestras de la literatura están impregnadas de humor: La metamorfosis, El Quijote, El guardián entre el centeno, Bartleby, 1.280 almas, etc. Y luego, es cierto que la novela es un canto vitalista, un homenaje a la alegría, a la risa como elemento sanador y revolucionario. Las personas inteligentes descubren muy pronto que la vida no merece la pena vivirla en serio. Es una estrategia escapista, sí, pero muy lúcida. Esas personas sin sentido del humor que creen atesorar la exclusividad del dolor suelen ser egoístas, invasivas, altamente tóxicas. El humor, igualmente, es un arma mortífera para defenderte de ellas. Y para ocultar tus carencias (risas).

En cuanto a la sociedad tan dogmática que estamos creando, a nivel global, tienes razón, el mundo está muy exacerbado, muy polarizado, y es algo que me preocupa y contra lo que me he rebelado con acciones como la creación del Partido Trochodadaísta, que supuso una reivindicación de la libertad de expresión tras sucesos tan penosos como la censura a los titiriteros. No podemos obviar que los años ochenta, después del franquismo, fueron unos años conciliadores, de descubrimiento, de abrirse al mundo sin prejuicios. Poco a poco esa ilusión se fue deshilachando. Y el siglo XXI, con el poder omnímodo de los medios de comunicación, la consolidación de la política profesional, las grandes corporaciones, los nuevos censores disfrazados de ofendiditos, ha irrumpido como una penosa oda al extremismo, al capitalismo, a la insolidaridad. Éste es el escenario que les interesa crear a los tres o cuatro poderosos que controlan el mundo, y a veces los de abajo nos dejamos arrastrar. Pero luego aparecen, como un contrapeso de justicia, movimientos espontáneos, ciudadanos, que se resisten a dejarse manipular, como el feminismo, o el ecologismo, que plantean el reconocimiento del ser humano y del diálogo. Pero la risa es una intrusa, siempre acaba entrometiéndose donde parece que no tiene cabida. Observemos lo que ha ocurrido en la pandemia. El alimento espiritual de los humanos ha sido el humor.

Si lo prefieres, podemos pasar de puntillas por este asunto, aunque yo lo pongo sobre la mesa… Está en tu mano. El sempiterno sambenito de lo andaluz y el humor más zafio. Sumado al acento. Como si sólo hubiera uno…

A mí, la verdad, este tema no me enerva porque no me siento aludido. Jamás me he sentido inferior a nadie ni por mi acento ni por mi estilo de humor, ¡qué tontería! Jamás me va a afectar lo que un ignorante opine de mí, máxime cuando su motivación sea la agresión, en lugar del diálogo. El debate de hablar bien o hablar mal, como filólogo que ha estudiado a fondo a Saussure, a Chomsky, a Menéndez Pidal o a Lapesa, sé que no existe, es falso. Todas las modalidades lingüísticas son oportunas, son sabias, proceden del intelecto humano. Lo que existe es una gran ignorancia propiciada por unos gobernantes a los que les interesa más mantenernos enfrentados que instruidos en cuestiones humanísticas. Estas polémicas estériles tienen un fundamento muy simple. El hombre, genéticamente, es agresivo. La historia de la humanidad demuestra que el poder nunca se emplea adecuadamente. El poderoso se autovalida machacando al que está por debajo de él. El andaluz, por su privilegiada historia de siglos y civilizaciones, posee un acervo lingüistico tan creativo, tan rico, tan inmenso, que resulta amenazante para el poder. Por eso se empeña en atacarlo. Le produce miedo.

¿En qué punto se encuentra ‘Oído en la calle’?

‘Oído en la calle’ está pletórico de salud (risas). Es un proyecto que desarrollo desde hace cinco años en las redes sociales y que no tiene visos de finalizar. Precisamente, ilustra la riqueza intelectual y lingüística del andaluz, y en concreto, del choquero trocho. SUPEROIDOR es un personaje que agudiza su sentido auditivo para captar las espontáneas, líricas y divertidas sentencias que los choqueros regalan a su paso por el orbe terrestre. Si para Ramón Gómez de la Serna la greguería era una ecuación que se componía de Metáfora + Humor, para nosotros, el oído en la calle es la unión mágica e irrenunciable de Metáfora + Trochería. Estas frases las cazo al vuelo o me las soplan algunos ingenuos colaboradores, aunque, para ser honestos, la mayoría se desarrollan en los estrechos callejones de mi mente. Anteriormente, los oídos en la calle han inspirado vídeos, reportajes fotográficos, calendarios, y ahora es el turno del libro físico. En las próximas Navidades, Editorial Niebla lanzará “Oído en la calle (un paseo por la Huelva trocha con las orejas abiertas)”, un volumen que recopila más de mil doscientos oídos en la calle agrupados temáticamente, con entradillas de texto en cada uno de sus diecisiete capítulos, introducción teórica, una profusa bibliografía y la portada e ilustraciones de Lorenzo González, un genial ilustrador onubense. El lector podrá regodearse en clásicos como «Oído en la calle: Empiezo a ser como Yoda, un viejo verde…», «Oído en la calle: Los portugueses nunca pasan frío. Siempre están muy obrigados…», y descubrir otros oídos inéditos.

Los oídos en la calle son una evolución lógica de la trochería, una forma de expresión que atraviesa y define al homo onubensis. La trochería es una provocación. Es una tontería que se pronuncia con plena conciencia de que no es ni excesivamente graciosa ni excesivamente ingeniosa. En esa falta de ambición estriba su éxito. Busca la sonrisa del prójimo, pero no por sus méritos humorísticos, sino por compasión. Incomprensiblemente, es una serie que ha calado hondo en la ciudadanía, así que nos hemos visto obligados a materializarlos en un libro, porque nos han dicho que Facebook tiene los días contados.

Hablemos ahora de algunos asuntos que deslizas en ‘El actor secundario’. En el relato que nos da la bienvenida, escribes: «Creo que somos privilegiados por vivir una época en la que existen las relaciones virtuales. Según yo lo veo, no solo no restan al fomento de las relaciones físicas, sino que suponen, en sí mismas, una fuente de riquezas y sorpresas que nos hacen la vida más excitante y amena». Tras todo lo sucedido en estos meses, ¿lo mantienes?

Volvemos a hablar de la polarización. No cabe duda de que las redes sociales son el reflejo de esa hostilidad global que, con la pandemia, y por intereses bastardos, se ha acentuado. Es cierto, tomarse en serio lo que sucede en las redes sociales puede inducirte al suicidio. Pero también pienso que esa agresividad virtual, en el ciudadano de a pie, no es tan radical. En las redes sociales actuamos igual que cuando conducimos un coche. Amparados en la seguridad y el anonimato que nos confiere la burbuja automovilística, nos tornamos más agresivos, y somos capaces de increpar a un paisano por una insignificancia. En la vida presencial, sin duda, somos mucho más pacíficos, aunque no niego que su uso inadecuado alimenta acciones abominables, como todos esos fakes y agresiones, creados por multinacionales y partidos políticos, que hemos tenido que soportar durante la pandemia. A la postre, la responsabilidad no es de la herramienta, sino del uso que el ser humano hace de ella. En lo que a mí respecta, las relaciones virtuales, hasta el momento, me han reportado grandes alegrías y minúsculos contratiempos, que, sin mayores consecuencias, he resuelto a golpe de click bloqueador. Gracias a ellas he escrito, producido y difundido mi trabajo profesional como gestor cultural, he resuelto producciones musicales y literarias, he llevado a buen puerto diversos crowdfundings y, quizás, lo más importante, me han permitido nutrirme del contacto con el público, lo cual valoro mucho porque ando muy alejado de los círculos literarios de poder. Estimo que esto supone una revolución en el mundo de la creación. Por primera vez en la historia, el artista puede mostrar instantáneamente el proceso creativo de su obra a los espectadores, y contar con una información valiosa acerca del interés que despierta en el público. Así, el artista podrá enderezar o mantener el rumbo de su obra, según estime oportuno. Yo no hubiese finalizado muchos proyectos si no hubiese contado con el ánimo virtual de mis amigos de Facebook. A muchos de ellos, por supuesto, jamás los conoceré en persona. No es obligatorio. Las relaciones físicas y virtuales pueden ser complementarias, pero nunca estarán al mismo nivel.

La paternidad y la maternidad aparecen en distintos relatos del libro. Bien en tu condición como hijo o como padre. Eso sí, visiones muy personales de estas cartografías vitales… La vida no siempre te lo ha puesto fácil, pero la ficción – y el humor pata negra- siempre te ha acompañado. ¿Qué ha supuesto la escritura en este primer tramo de tu vida’

Yo debo confesar que soy escritor casi a la fuerza. No tuve mucho margen de elección. Desde el colegio me abocaron a la escritura. Todos los profesores me decían que yo debía ser periodista o escritor. Mis redacciones causaban grandes carcajadas entre los compañeros. Desde muy pequeño, me entusiasmó hacer reír con la escritura. Existe el suficiente riesgo, incertidumbre y adrenalina en ese empeño como para que se convierta en una tarea adictiva (risas). En casa, el ambiente también era propicio a ese destino. Mi padre era (y es) un lector voraz, poseedor de una selecta biblioteca. En verano me encomendaba la labor de realizar unas fichas bibliográficas, que, a decir verdad, no creo que hayan sido de ninguna utilidad, más allá de tenerme entretenido en esos meses de hastío (risas). En la adolescencia, yo era un fanático del baloncesto y de la música, ni la escritura ni la lectura eran lo esencial en mi vida, pero de manera subrepticia, mi padre, que es muy tenaz, estaba asentando las bases. Yo nunca he tenido una vocación definida. Lo cual, pienso, me ha generado bastante inestabilidad, pero también ha posibilitado que se avivase mi curiosidad. Siempre he estado buscando mi lugar en el mundo, a veces de manera ansiosa. En la facultad de Filología, lógicamente, la relación con los libros se precipita, y entro de lleno en la espiral lectora y escritora, hasta hoy. Por el camino también me he dedicado a las artes escénicas, a amar y a criar hijos, nutrientes que recomiendo a cualquier escritor. Con la escritura he sufrido, he gozado, incluso de un modo místico, he ordenado mi vida, he ahorrado en psicólogos. Quizás mi escritura haya servido de alivio a unos pocos lectores. Con esto me doy por satisfecho.

«Según yo lo veo, el ancla de nuestra infancia son los amigos. Si tienes la suerte de conservarlos, nunca dejarás de ser niño». Esta frase condensa dos pilares sobre los que se apoya el libro: amistad e infancia. Ambos como procesos sobre los que indagar, procesos de búsqueda de uno mismo…

Es muy bello esto que comentas. Buscarse a uno mismo en la amistad con el prójimo. Completar tu identidad en el intercambio de afectos. Un hombre solo es el vacío, el apocalipsis. Ahora, el compromiso está devaluado. A no ser que padezcas un trastorno de personalidad, soy de la opinión de que la plena felicidad solo se alcanza con la práctica de la intimidad.

La verdad es que siempre he mantenido en muy alta estima el concepto de amistad, quizás con un romanticismo desmesurado. Para mí, conservar amigos tiene un valor incalculable, por eso es difícil que perdone una traición, una actitud muy tanguera, por cierto. En la infancia, la amistad se manifiesta en su expresión más pura. Yo conservo a mis amigos del colegio, y a muchos otros que, con el paso de los años, se fueron incorporando. Me encanta mezclar a amigos que no se conocen. Luego se caen bien y se olvidan de mí (risas). Por ese lado soy bastante aglutinador y poco celoso. Me apasiona ser testigo de los fuegos artificiales de una amistad incipiente. Creo que aquí también influye de manera determinante que toda mi vida haya transcurrido en una ciudad pequeña como Huelva. En entornos tan cerrados es mucho más fácil conservar las amistades. Igualmente, para la creación de personajes literarios es muy ventajoso. Asistes a la evolución completa de las personas, desde que nacen hasta que fallecen, incluso a las que solo conoces “de vista”, a las que dedicamos un capítulo en la novela. La amistad es una aventura apasionante, repleta de sorpresas, decepciones, secretos y satisfacciones.

Dicen los psicólogos que los rasgos predominantes de nuestra personalidad se forjan en la infancia, y que la relación con nuestros padres es fundamental. Yo tuve mucha suerte con los míos, y eso, indefectiblemente, se refleja en mi literatura, donde están muy presentes la ternura y la esperanza. Es imposible concebir a un escritor sin memoria. Ésta es muy testaruda, y te devuelve una y otra vez a la infancia. Aunque yo no vuelvo a ella para impregnarme de nostalgia, sino para comprender el presente. En toda mi obra hay un intento de aferrarse a la pureza de la infancia. Por eso, a veces, mi estilo es deliberadamente naíf.

También utilizas la ficción para reivindicar tu ciudad, Huelva, en cierto modo, es una manera de reivindicar la lógica de la periferia, ¿no?

Mi vida no ha sido especialmente cosmopolita. Salvo los obligados exilios académicos en Sevilla y Madrid, las estadías vacacionales en Granada, excursiones a Buenos Aires tras las huellas de Gardel y los consabidos viajes de cualquier turista occidental de clase media, toda mi vida personal y profesional se afianzó muy pronto en Huelva. Me siento especialmente ligado a ella. Toda mi obra literaria la ha tomado como escenario. He escrito su evolución, significativa, desde los años setenta hasta ahora. Me he empeñado en que el lector universal pueda reconocer el valor de esta ciudad periférica, los contrastes de su provincia, sus singulares cabezos, las playas, la sierra, su folclore, su pálpito urbano, pero sobre todo, la geografía sentimental de las personas, hospitalaria, quizás poco ambiciosa, pero al mismo tiempo muy sabia. De todo esto escribí en profundidad en ‘Teoría del choquero trocho’ (Editorial Almuzara, 2005). 

En los años noventa, cuando yo empezaba a escribir, existía un desprecio brutal hacia la periferia, incluso entre los escritores que pertenecían a ella. Escribir de tu ciudad estaba muy mal visto. Se consideraba algo provinciano, cateto, un pasaporte seguro a la mediocridad. Podías escribir de Madrid o Nueva York, a las que solo habías visto en postales. A Clarín se le había permitido novelar sobre Oviedo, a García Márquez del pueblo de su abuela, pero Huelva, que presume de una riqueza y personalidad tremendas, no era digna de ser el escenario de una novela. En realidad, esto solo ocultaba el gran complejo de inferioridad de los que lo censuraban. La centralidad sigue siendo una apisonadora, no nos engañemos. Quedan muchos prejuicios por derribar, pero creo que casi todo el mundo es consciente de que la verdad más auténtica del ser humano se encuentra en la periferia. Las relaciones humanas más libres y profundas se dan en ellas. La literatura que a mí me interesa es la que refleja espacios de humanidad. Las capitales del mundo son todas iguales, como franquicias de hamburguesas.

Para terminar… ¿realidad o ficción?

Vivir la realidad con la pasión de una ficción.

Cristina Consuegra
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