Herminia Luque
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Herminia Luque: «La creación y el saber son una cuestión vital para las mujeres, no algo contingente»

Herminia Luque

Herminia Luque: «La creación y el saber son una cuestión vital para las mujeres, no algo contingente»

En el último lustro, la escritora Herminia Luque se ha perfilado como uno de esos nombres propios imprescindibles para entender la escena literaria andaluza. En 2015, se hace con el Premio Málaga de Novela, que concede la Fundación José Manuel Lara, por Amar tanta belleza; y meses después consigue la mención especial Emma Tirado, que convoca la Diputación de Almería como anexo al Premio Carmen de Burgos, por el ensayo Siempre guapa. El Imperativo estético en la sociedad contemporánea.

Luque ha sabido apuntalar su horizonte con una poética firme en su propósito y transmisión, una poética consistente en analizar el presente a través del rigor histórico, ofreciendo al lector una memoria más veraz, menos edulcorada, matizada por la perspectiva de género. Su prosa, siempre atenta al uso preciso y urgente de la palabra,  habitada por personajes bien trazados, ofrece al lector la posibilidad de profundizar en la literatura desde dos planos: el horizontal, donde encontramos el argumento, la historia y sus componentes; y el vertical, ahí donde su autora se hace fuerte, esa red de variables a través de las cuales Herminia Luque observa la realidad siendo consciente de que el ejercicio de la literatura tiene un compromiso con la experiencia de la vida y ello nos debe hacer más fuertes, menos vulnerables.

En alguna ocasión, has mencionado que buscas la belleza literaria… ¿así surge Amar tanta belleza?

Surge más bien del personaje de doña María de Zayas: buscando información para una novela histórica, volví a encontrarme con esta escritora a la que ya conocía pero que, de repente, me pareció tan novelesca, tan digna de novelarse, que abandoné el otro proyecto y me centré en esta novela, con ella y con Ana Caro de protagonistas. Luego la belleza surge en dos sentidos: como objeto de reflexión teórica y como búsqueda de la belleza del lenguaje literario. 

En tu trayectoria se percibe un singular interés por la novela histórica, el gusto por el rigor dentro de un género que, en ocasiones, parece una suerte de cajón de sastre. ¿Qué debe aportar la novela histórica al acontecer? Y en relación con Amar tanta belleza, ¿cómo has trabajado el binomio investigación/ficción?

La novela histórica debe aportar, como toda obra literaria, conocimiento; conocimiento aquí de elementos que perecen con las sociedades históricas (determinadas costumbres, usos políticos, formas de sociabilidad) y elementos que perduran con la condición humana (sentimientos como el amor, el deseo de venganza…etcétera), o a causa de su importancia social y cultural (el arte barroco, por ejemplo).

El elemento ficticio se agolpa, sobre todo, en la trama novelesca; la erudición histórica me ha servido para arropar a los personajes y para tratar de comprender su forma de pensar, la mentalidad de la época.

Las protagonistas de este artefacto narrativo son Ana Caro y María de Zayas dos escritoras del Siglo de Oro. ¿Qué hace distintas a estas escritoras del resto de autores de su tiempo?

Las singulariza la valentía: Ana Caro tratando de vivir de su literatura (se considera que es la primera escritora profesional de las letras españolas): por eso se planta en Madrid, a la búsqueda de nuevas oportunidades. Y María de Zayas, hablando sin tapujos de la igualdad de hombres y mujeres, de la necesidad de que reciban una formación, criticando que la educación las convierte en seres débiles y dependientes.

En un tiempo como el Siglo de Oro, con tantas variables masculinas, ¿cuál fue la aportación de las mujeres?

Aportan unas vivencias y un punto de vista que no pueden allegar sus colegas varones. Pues aunque haya muchos personajes femeninos, sus acciones, sus motivos, sus sentimientos, están siempre filtrados por la escritura y la experiencia masculinas. María de Zayas habla con una crudeza inédita sobre la violencia que se ejerce contra las mujeres, una violencia netamente doméstica. Y habla también, para escándalo de su siglo y posteriores, del deseo de las mujeres, o de la inutilidad de tratar mantener en la ignorancia en materia sexual a las mujeres, por ejemplo.

La estructura narrativa sobre la que soportas Amar tanta belleza es clásica e incorporas el género epistolar. Sin embargo, se percibe, a lo largo de la lectura, cierto cambio de ritmo derivado del empleo del lenguaje. ¿Cambio espontáneo o pretendido?

Esta narración requería un lenguaje específico: para ser verosímil debía crear la ficción de un lenguaje del XVII; un lenguaje que, claro está, toma determinados préstamos de ese siglo, pero a la vez necesita ser accesible al lector contemporáneo (muchas obras del Siglo de Oro no son accesibles si no hay una mediación erudita, o al menos no son totalmente comprensibles), luego no puede ser idéntico al de la época. Eso he tratado de hacer, construir un lenguaje accesible, que sirviese a los propósitos de la narración; un lenguaje con determinadas estructuras sintácticas, con algunos cultismos (aunque también popular y jocoso, hasta chabacano  cuando procedía) pero un lenguaje creado por mí, con anacronismos o palabras inventadas que he introducido porque me apetecía. Yo creo que funciona: una lectora me confesó que, leyendo la obra, había creído que, en efecto, se habían encontrado cartas autógrafas de María de Zayas y Ana Caro. Hasta que se preguntó: Pero entonces ¿qué ha escrito Herminia?

Otro de tus trabajos, Al sur de la nada, sitúa a tres personajes femeninos ante el abismo de la muerte; ficcionas ese fin de trayecto a través de la mirada de tres nombres propios reales, radicalmente distintos, que comparten certezas, miedos y pasión por la experiencia de la vida. En Amar tanta belleza, sus protagonistas, María de Zayas y Ana Caro, recogen el testigo de aquellas otras mujeres. A pesar de tantos obstáculos, de tantos castigos, desigualdades e injusticias… ¿qué nos hace seguir adelante? ¿Por qué tener miedo de reivindicar nuestro papel en la sociedad, en la historia, en el mundo?

Evidentemente por la recepción que muchas veces tienen las obras. Por ejemplo, a mí me han preguntado si no temo que tachen la obra de “excesivamente feminista”. E incluso algún lector me ha dicho que me “he pasado” al respecto…

Siguiendo con el asunto del rigor histórico, incluso del canon, parece que la mujer empezó a crear en el siglo XX, como si no hubiera nombres propios que han conformado toda una tradición de escritoras, científicas, artistas,… ¿Por qué ese empeño en manipular la historia?

Por qué partir “el imperio de la reputación literaria” o cualquier otra prebenda con las mujeres; eso lo dice, de forma muy clara, un poeta hablando de las obras de la dramaturga malagueña María Rosa de Gálvez: ellas tienen ocupaciones “más agradables y más análogas a su naturaleza”. Ellas, en la actualidad, están mejor, si no en la cocina –eso casi nadie se atreve a decirlo, alguien con un mínimo de inteligencia al menos-, sí en lugares secundarios, subalternos, en reductos, en guetos; lo más alejadas que se pueda del prestigio, de los puestos, de los premios, de las Academias, del entramado social –también afectivo, de relaciones personales- de la República de las Letras. Es mejor que cada escritora esté aislada y teniendo que luchar en solitario, por sí misma, para hacerse un modesto huequecito.

¿Cómo sería la historia si se hubiera contado desde un punto de vista distinto del falocéntrico? ¿Y el acontecer?

No cabe hacer historia-ficción. Sólo tenemos que darnos cuenta de nuestra situación, la de las mujeres del planeta en general, y ver que, por nacer con unos cromosomas determinados, ya se determina lo que puede hacer y lo que no puede hacer un ser humano: es decir, si es de sexo femenino, ya tiene esa criatura más papeletas para ser más pobre, para recibir menos educación, para ser maltratada en un tanto por ciento mayor… Esta es la realidad, tan tozuda, de nuestro mundo. Y los retazos de igualdad que hay se han conseguido en los países occidentales, con mucho esfuerzo, mucho sufrimiento, adolecen de cierta precariedad, hay que apuntalarlos constantemente, justificarlos a cada instante. 

Tu obra más reciente es un ensayo titulado Siempre guapa. El Imperativo estético en la sociedad contemporánea, ensayo que se ha hecho con la última mención especial Emma Tirado que concede la Diputación de Almería.

En mi ensayo hablo, desde la teoría feminista y desde la filosofía que habla del cuerpo, del mandato que padecen las mujeres de nuestras sociedades: el de una belleza obligatoria, es decir, del deber de gustar (a los varones, por supuesto) lo que lleva una presentación tópica muy sexualizada y muy poco individual: no hay libertad, aunque en apariencia sí la haya, porque se ofrecen muy pocas variaciones en lo que es hermoso. Y eso es a lo que aspiran millones de mujeres, adolescentes y niñas incluidas. Aspiración que ha de pasar por los infinitos requerimientos de la moda y de los servicios de belleza, es decir, por lo económico. Pero que también acarrea severos problemas psicológicos e influye en terribles enfermedades como la bulimia y la anorexia. El tema es extraordinariamente complejo, pues el elemento hedonista o lúdico se desdibuja con estas imposiciones (tipo si quieres ir a la playa te tienes que depilar sí o sí) aunque realmente, hasta el siglo XVIII, la búsqueda de la belleza por parte de las mujeres fue una forma de autoafirmación, un modo de eludir las imposiciones morales de instancias tan poderosas como la Iglesia…

¿Qué es el Imperativo Estético?

Es un mandato de género: las mujeres tienen que estar siempre guapas, con un atractivo marcadamente sexual. Para la mirada de ellos. Para agradarlos, para mostrar sumisión y disponibilidad. Para servir a un sistema patriarcal. Para servir a los intereses de todo un sistema económico.

De todas las características que se asocian al Imperativo Estético, ¿cuál es aquella que de manera más contundente lo define?

Su ubicuidad: está en todas partes. Incrustado en la mente de todos sin tenerse conciencia de que es un prejuicio; de que es algo sobre lo que no se reflexiona y que sin embargo es algo dañino. Algo que minusvalora a las mujeres, les resta valor, o les da tan sólo un valor: la belleza.

En tu ensayo, haces un recorrido por los orígenes históricos del imperativo estético, ¿cuándo empieza esta subordinación de la mujer al concepto tiránico de la belleza?

En la cultura occidental, desde que tenemos testimonios literarios, se ha valorado la belleza femenina (en la Ilíada, por ejemplo). Pero cuando se convierte en un mandato, es decir, en una obligación, paradójicamente, es en la Edad Contemporánea. Rousseau lo define como una necesidad absoluta, un elemento definitorio de la identidad femenina (agradar a los hombres, servirlos, es el destino de las mujeres). Y luego, con la Revolución Industrial, se alía con segmentos de la naciente industria. No resulta baladí que dicha revolución comience con la industria textil (y los kilos de ropa de consumían las mujeres: hasta ocho kilos podía llevar una mujer del XIX encima). Hay toda una literatura decimonónica encargada de decirle a las mujeres burguesas que tienen que gustar a sus maridos y embellecerse (según sus posibilidades económicas, claro). Ya en el siglo XX, el imperativo se convierte en un mandato central de la sociedad de consumo.

¿Cómo de determinante, en relación con otros imperativos –económico, social, educacional- ha sido el imperativo estético en la cosificación de la mujer?

Es muy lesivo, dada su omnipresencia y su invisibilidad. Todas nos rebelaríamos ante la imposición directa de una prenda (un burka sería el ejemplo más extremo), pero una adolescente no tiene recursos para rebelarse cuando entra en una tienda de ropa juvenil y encuentra un tallaje que empieza en la talla 32 y nunca llega a la 44. No obstante, la falta de educación, las dificultades en el acceso a la cultura y al saber han sido durante siglos algo determinante para hacer de las mujeres seres sumisos y demediados. La creación y el saber, la creación del saber, son una cuestión vital para las mujeres, no algo contingente ni anecdótico.

¿Qué peligro corre la mujer occidental si no le planta cara a ese concepto de estar siempre guapa?

El peligro es asumir como normal lo que no lo es. Lo que es una imposición, aunque parezca una elección. Lo que conviene a la lógica del entramado económico moda-belleza y se hace pasar por un acto de libertad, algo hedónico sin más, pero que es una forma nada sutil de discriminación, de resignificación, de decir cómo tienes que ser y aparecer en el mundo, ante los otros.

Es curioso, en un momento del ensayo escribes: «El imperativo estético no se reproduce, pues verbalmente ni en medios escritos ni audiovisuales de una forma clara y denotativa…» También comentas que no es explícito y por ello carece de genealogía. Entonces, ¿cómo se reproduce? ¿Cómo cala su mensaje?

En una sociedad de la imagen, los medios de comunicación (tradicionales y cibernéticos) juegan un papel esencial. Los relatos visuales (publicitarios, video-cinematográficos, en las redes sociales) nos están contando la misma historia: si no estás guapa, mejor que no existas, no eres nada.

Sobre el valor de la mujer en su condición de ser para otro… ¿ha sido el imperativo estético el aliado perfecto en la actualidad?

Por supuesto. La belleza es el recreo del otro, existe porque una mirada certifica su existencia. El filósofo Kierkegaard, que define a la mujer como “un ser que existe para otros seres” escribía: “la mujer no tiene vida propia (…) no es libre sino estéticamente”; no tiene ningún valor si no se lo otorga la mirada apreciativa del hombre.

Y en relación con el actual modelo económico, ¿cómo ha influido dicho modelo en el corsé estético de la mujer?

Ese corsé  metafórico (y real también: es un sujetador, es un vestido…prendas que modelan lo deseable) está en el origen de amplísimos sectores económicos (ropa, cosméticos, servicios de belleza), es su razón de ser. Y de un modo más perverso aún determina la cosificación de las mujeres, el convertirlas en objeto de consumo directo a ellas mismas en parcelas como el sexo. El fenómeno de la prostitución está ahí, un negocio boyante, a costa, claro, de la dignidad, de la autonomía ética y económica de las mujeres. Este no es el tema de mi libro pero las conexiones son evidentes.

Cristina Consuegra

Cristina Consuegra

Escritora, crítica literaria y musical.

Es miembro del consejo editorial de la revista universitaria de Cultura de la Universidad de Málaga, Paradigma. Colabora en La Opinión de Málaga con una columna de opinión, “Interferencias” y con entrevistas y críticas en las revistas digitales Microrevista, Otro Lunes y Paisajes Eléctricos; en las revistas literarias Alhucema, Nayagua (publicada por la Fundación José Hierro), El Maquinista de la Generación (publicada por el Centro Cultural de la Generación del 27); el fanzine Mitad Doble y las revistas especializadas en música Rockdelux, Mondo Sonoro (Andalucía) e IndyRock.

Ha participado en el volumen Descubrir el teatro contemporáneo; ha sido incluida en varias antologías poéticas
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