Raíces

La leyenda negra de Cisneros

La leyenda negra de Cisneros

por Bruno Alcaráz

Hay personas que pasarán a la Historia como paladines de la cultura. Es el caso del cardenal Cisneros, confesor de Isabel la Católica y fundador de la Universidad de Alcalá de Henares. Pero este sacerdote franciscano también fue el responsable del expolio de la biblioteca de la Madraza de Granada, considerada la primera universidad de Granada, capital del reino nazarí, y último bastión de la Reconquista.

Cisneros ordenó a sus tropas, además de la Madraza, la requisa y saqueo casa por casa en el barrio de El Albayzín de cualquier texto escrito en árabe que obrara en poder de los recién vencidos. Tras un exhaustivo examen, donde fueron separados los libros de Botánica y Medicina, el resto de los ejemplares, mayoritariamente ejemplares del Corán, fueron llevados a la plaza de Bib-Rambla, donde se quemaron en pública hoguera el 22 de febrero de 1502.

Entre los libros y textos de filosofía islámicos expoliados de la biblioteca de la Madraza figuraban el Diccionario Árabe y la Gramática de fray Pedro de Alcalá. Alvar Gómez, el biógrafo del cardenal Cisneros, indicó que fueron 5.000 los libros quemados, y en sus Paseos por Granada y sus contornos, Echevarría dice que fueron en torno a un millón veinticinco mil los ejemplares que fueron a la hoguera.

Cisneros encarnó, tras la conquista de Granada de 1492, el espíritu de imponer la fe cristiana entre la población musulmana que no abandonó la ciudad tras ser tomada y aniquilar sus creencias y su cultura. Según cuenta el cronista Vallejo: “Y para desarraygarles del todo de la sobredicha su perversa y mala secta, les mandó á los dichos alfaquís tomar todos sus alchoranes y todos los otros libros particulares, quantos se pudieron aver, los quales fueron más de IIII ó V mill volúmines, entre grandes y pequeños, é hazer muy grandes fuegos é quemarlos todos”.

Hubo voces que se alzaron en contra del carácter inquisitorial y anticultural de dicha quema —continúa el cronista—, pero no para salvaguardar algún que otro saber musulmán, sino para “aprovecharse de los pergaminos y papel y enquadernaçiones. (…) Se quemaron todos, sin quedar memoria, como dicho es, exçepto los libros de mediçina e botánhica (…) de los quales su señoría mandó traher bien XXX ó XL volúmines de libros, y están oy en día puestos en la librería de su insigne collegio é vniuersidad de Alcalá…

Está claro que para el docto franciscano había que salvar del legado andalusí —y de paso incorporarlo a la nueva cultura cristiana emergente del triunfo de la Fe— sólo la parte útil o fácilmente asimilable. Salvaguardar las creencias, respetar la convivencia de las culturas, desde luego no formaba parte del prontuario del confesor real.

Siendo significativa, esta monumental hoguera tuvo otros precedentes protagonizados por las huestes cristianas, como la sucedida en 1109, durante la captura de Trípoli. Entonces, los cruzados buscaron cualquier ejemplar del Corán para quemarlo. El argumento: era una obra del mal y, por lo tanto, merecía el fuego como destino final.

El fundamentalismo se cebó con el Libro Sagrado musulmán a lo largo de esos años de cristianización. El propio papa Clemente dio instrucciones precisas para destruir una misteriosa edición del Corán en 1537. Se pensaba que las llamas acabaron con todos los ejemplares de esta edición. Hace unos años, Angela Nuovo descubrió uno que escapó a las llamas y que se conservaba en la Biblioteca dei Fratri Minori de San Michele, en Isola, Venecia. Se considera que podría tratarse de uno de los libros más raros de la historia.

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