Opinión y Pensamiento

Andalucismo, ¿para qué?

Andalucismo, ¿para qué?

por Manuel Ares

José Aumente decía que andalucismo es toda aquella teoría ideológica y, por supuesto, aquella praxis, que promueve, por encima de todo, los intereses de Andalucía en cada coyuntura histórica.

Diversas voces hablan de una tercera ola de andalucismo (concepto desarrollado por Javier García Fernández), de forma que, al andalucismo histórico -el de Blas Infante y las Juntas Liberalistas-, que asentó las bases teóricas del andalucismo, y al andalucismo posterior a la dictadura -el del propio José Aumente, el PSA, José Acosta Sánchez, Carlos Cano, y otros tantos-, que de esa base teórica promovió el ejercicio de una praxis política netamente andalucista, se le añadiría una tercera ola que empieza a atisbarse, el qué deparará o supondrá sólo lo saben los dioses.

Pero precisamente, siendo de los que piensan que esa tercera ola está en ciernes, me parece pertinente plantearnos una serie de preguntas que se debe atajar de cara a esta nueva etapa, una de las cuales es: andalucismo, sí, pero ¿para qué?

Y es que sucede con diversas teorías ideológicas que, en tanto desconectadas de su praxis, pierden el sentido. La teoría sin práctica es simple abstracción, la teoría construida sin voluntad de acción está evocada al fracaso. Sucede, por ejemplo, con el socialismo, teoría política que pierde su significado en boca de algunos, que forma parte de unas siglas como si de un salmo se tratase: se recita, pero ni se entiende ni se es consecuente con el mismo. El socialismo, como teoría política revolucionaria y emancipadora, tiene una potencia abrumadora, pero queda vacía sin una práctica socialista. ¿Qué tiene de socialista el PSOE? Su práctica socialista se reduce a levantar el puño izquierdo y cantar la Internacional Socialista una vez al año. Aunque en este caso concreto podríamos decir que no sólo no hay práctica política, sino tampoco teoría, y es que el PSOE renunció al socialismo allá por 1979, aunque se empeñe en defenestrar su nombre manteniéndolo en sus siglas.

Me parece innecesario teorizar sobre si tenemos ejemplos similares dentro del andalucismo -y del socialismo-, el/los caso/s son por todos conocidos y cumplieron su justa condena, además, la idea ha quedado sobradamente ejemplificada.

A las puertas del advenimiento de la tercera ola del andalucismo, me preocupa que el andalucismo pueda volver a convertirse en un cajón de sastre donde todo quepa si es andaluz. Ser andaluz no te hace andalucista. Esto, que no debiera ser traumático, lo es para muchos. El PSOE de Andalucía no es andalucista por ser andaluz, ni Juanma Moreno lo es por ser el presidente de la Junta de Andalucía, ni tantos otros casos. Porque ser andalucista no es una condición dada, es una teoría y una praxis política concreta, que, como con el socialismo, se es o no.

El andalucismo, en tanto promueve los intereses de Andalucía, entiende a ésta -al pueblo andaluz– como sujeto político transformador, como comunidad plena que debe alcanzar y ejercer su soberanía, no como fin en sí misma, sino como medio para alcanzar una Andalucía más justa, libre y solidaria, emancipada de la subordinación que sufre en los planos político-social, económico y cultural.

Y ésta, y no otra, es la meta del andalucismo. La meta del andalucismo es cambiar las condiciones materiales y sociales del pueblo andaluz. Transformar su modelo económico y productivo, no como cliché o mantra, sino para cambiar la vida de las personas que viven en Andalucía, acabar con la pobreza, con la emigración y con el paro estructural (inherente a un modelo productivo como el actual), pero también cambiar la posición social y cultural de Andalucía, que se encuentra absolutamente subalternizada. Necesitamos poner en valor nuestra cultura, reivindicarla, no como folclore, sino como elemento definitorio de nuestra identidad como pueblo.

Andalucismo es no querer que nuestro pueblo se convierta en un ejército de camareros hacinados en la periferia de nuestras ciudades mientras nuestros centros históricos son puestos a disposición de inversores, especuladores y turistas. O no querer que nuestros pueblos mueran con tasas de paro inhumanas y a completa merced de quienes tienen la propiedad de la tierra. No querer y poner sobre la mesa los instrumentos concretos para subvertir dicha situación, entendiendo que no hay remedios mágicos, pero sí estrategias y políticas que pueden llegar, a medio y largo plazo, a hacer de esto un mal recuerdo del pasado.

Ser andalucista es entender que ser de izquierdas no basta en tanto no se cuestione el marco nacional y territorial, porque sin soberanía no hay posibilidad de transformación efectiva, y nuestros intereses siempre estarán supeditados a centros de poder ajenos a nosotros mismos. Decidirán por nosotros, y eso hasta ahora nunca ha salido bien. Y, siento si contradigo alguna opinión de personas a las que aprecio, para mí llevar a cabo medidas sociales que afectan a Andalucía no te convierte en andalucista, porque falta precisamente el elemento antes planteado: el animus, que el alma de esa medida sea andalucista, que asuma como marco el andaluz y su finalidad sea cambiar las condiciones materiales y sociales de Andalucía. Porque en el obrar se necesita acción, pero también voluntad de hacer, y si esa voluntad no existe estamos ante mera casualidad, y no causalidad.

Estamos ante tiempos convulsos, donde la confrontación personal sustituye a la política, donde nos enredamos en la forma y perdemos el hilo del fondo. Debemos tener claro que el andalucismo, como decía antes, no es un cajón de sastre, y no es el autodenominarse como tal lo que te hace andalucista, es el asumir una teoría política para un marco político concreto y ejercer una práctica política andalucista.

Y pienso que quienes asumimos ese marco fundamental, del andalucismo como teoría y práctica emancipadora, tenemos la responsabilidad de caminar unidos para acometer dicha tarea. Porque si nuestra voluntad real es la transformación de la realidad social y económica andaluza, debemos aspirar a más que a hacer valer nuestra posición, debemos ceder, dialogar, debatir, llegar a consensos, construir mayorías, y trabajar bajo un programa que nos permita avanzar en dicha dirección. Pero para ello necesitamos también sangre nueva -que no necesariamente joven-, que deje atrás e incluso ni conozca las rencillas personales de unos, ni lleve las mochilas a la espalda de otros. Porque hay quienes hacen de sus preferencias y enemistades personales práctica política, quienes no entienden de ceder, sino de imponer, quienes sólo asumen su marco político como el único válido, o quienes han hecho de la política su profesión y sólo buscan la forma de mantener el cargo a cualquier precio, y eso sólo nos lleva al eterno fracaso y la marginalidad.

Si deseamos construir un proyecto de mayorías, un bloque transformador andaluz y de izquierdas, debemos aspirar a sumar, en un primer momento, a toda la izquierda andalucista, desde la socialdemocracia al socialismo. Sin sectarismos, sin filias ni fobias, desde la horizontalidad y el respeto entre iguales, que tenga como voluntad la transformación de Andalucía, su liberación de la subalternidad cultural, la dependencia económica y la alienación ideológica, y asuma como marco el soberanismo y al pueblo andaluz como sujeto político de nuestra teoría y praxis, confluir o coaligarnos bajo un programa de mínimos, sea de la forma que sea -que la forma jamás sustituya al fondo-, y comencemos a trabajar desde ya por poner los intereses de Andalucía encima de la mesa.

Para, en un segundo momento, que sea nuestra práctica política intachable y comprometida con el pueblo andaluz, en las instituciones, pero también y crucial, en las calles, la que permita ir construyendo conciencia de pueblo, conciencia nacional y voluntad de transformación en ese sujeto político, para, una vez hagamos del nuestro un bloque mayoritario, podamos efectivamente transformar la vida de las andaluzas y los andaluces, transformar Andalucía.

Quien está enfrente es el pueblo andaluz, será el encargado de juzgarnos, y a él tendremos que integrarlo, pues sólo él tiene la capacidad de autorreconocerse, de tomar conciencia de sí mismo y de su potencial, y así transformar su realidad.

Nuestra tarea es hacer del andalucismo un instrumento útil para acometer tal encomienda, y a ella debemos dedicar todo nuestro empeño y esfuerzo.

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