Autonomía Andaluza

Hermanos y hermanas


Hermanos y hermanas

Por Manuel Pimentel.

“Hermanas y hermanos andaluces.

Volvemos, otro año más, a rendir homenaje a Blas Infante. Aquí, frente a las paredes de este cortijo engullido hoy por la voracidad urbana, fue asesinado vilmente un hombre culto y bueno, que no cometió ningún otro delito que el de amar intensamente a nuestra tierra y el de comprometerse mediante la acción política y la palabra pensada en su mejora y redención. Aquí entonó su último ¡Viva Andalucía libre! que aún resuena emocionado en el eco de nuestro corazón.

Dicen que un hombre nunca muere del todo mientras que alguien le recuerda. Han pasado más de setenta años de su muerte y su figura sigue congregándonos bajo este sol de justicia. ¿Por qué?  ¿Somos acaso un puñado de nostálgicos o de románticos que no queremos que muera un mito que nos seduce? No, nuestra pertinacia va mucho más allá de la dulce memoranza o del recuerdo añorante. Tampoco nos congrega la simple exaltación del héroe. Desgraciadamente, muchos otros miles de andaluces fueron asesinados por sus ideas en aquella maldita guerra que nos devastó. ¿Por qué venimos entonces? A buen seguro que cada cuál tendrá su motivo particular, pero todos coincidiremos en algo: que don Blas es el padre de nuestra Patria andaluza y que su pensamiento aún está vivo. No venimos tan sólo a honrar a una muerte, sino, sobre todo, a dar testimonio del mucho futuro que encierran las ideas de aquel hombre bueno.

Blas Infante fue una persona de acción y un pensador dotado de una sorprendente intuición que le permitió desvelar los misterios de nuestra esencia, ocultos por la inquina de siglos de cultura oficial. Más que al político, que también, venimos a encontrarnos con el hombre de ideas siempre originales y frescas. Tan vivas están, que aún escuecen en el día de hoy, rajando los velos con los que la estulticia de algunos quiso ocultar nuestra memoria e identidad.

Como editor que soy, sé bien que los libros son las puertas para la eternidad. El sonido de las palabras se las lleva el viento, pero la tinta sobre el papel cimienta el edificio de la memoria más perdurable. Sus pasos se cuentan por libros, por eso podemos seguirle en su caminar. Volvemos una y otra vez a él para beber en el manantial de su pensamiento.

A diferencia de los héroes oficiales, cuya memoria sólo se mantiene en el sarcófago de sus hornacinas, la figura de Blas Infante no se dejará domesticar, siempre se resistirá a ser fosilizada. Blas Infante no quiere ser un santo laico elevado a los altares por los pontífices del poder. Sabe bien que esa lejanía oficial lo desactivaría, y él todavía quiere ser oído. Su voz es el eco atávico de nuestro pueblo, y su grito sigue siendo indomable porque hace vibrar las cuerdas ocultas de nuestra emoción más íntima.

VISIÓN HISTÓRICA.

Aún estremece su intuición histórica. Nadie como él supo ver la milenaria continuidad del pueblo andaluz, usurpada durante siglos, y aún no liberada del todo. Por razones políticas bien conocidas, tras la conquista de Andalucía por Castilla, se escribió una nueva historia, encaminada a borrar cualquier lazo de los derrotados con su propio pasado. Se trató, se trata mejor dicho, porque aún estamos bajo su influencia, de un auténtico genocidio cultural que pretendió que desapareciéramos para siempre como pueblo.

El objetivo estaba claro. Nosotros no éramos ya nosotros, sino que por la alquimia del poder vencedor nos habíamos transmutado en ellos, los conquistadores. Y nos contaron una historia imposible que nadie cuestionó, porque, entre otras cosas, le podía costar la vida. Como si fuese un cuento infantil, nos aseguraron que por la traición de don Julián, los árabes invadieron España en el año 711 y que, tras su victoria en la batalla de Guadalete, los pérfidos semitas ocuparon casi la totalidad la península, que pasó a ser árabe y a estar supuestamente habitada por árabes. Los cristianos iniciamos la bautizada Reconquista en Covadonga, y ocho siglos después, logramos arrojar a los moros al mar. Los andaluces de hoy – nos dijeron – somos por entero fruto de esa repoblación. No tendríamos, pues, historia propia, distinta de la Castilla. De hecho, durante algún tiempo, incluso intentaron bautizarnos como Castilla la Novísima. Aunque ese secuestro del nombre no funcionó, si lograron extrañarnos de nuestra propia historia. Con la caída de al-Ándalus se quiebra el espejo de nuestra identidad. Queríamos vernos en el pasado y no nos encontrábamos. Ya no existíamos. Esos que habitaron Andalucía desde los albores de la humanidad no éramos nosotros, eran otros.

Nosotros llegamos tras la Reconquista. El expolio más cruel se había operado. Consiguieron arrancarnos la posesión de nuestro pasado. Nuestra memoria había desaparecido. Todavía hoy, mantenemos una patológica relación de ajenidad con nuestra propia historia. Oímos cada día que Málaga y Cádiz la fundaron los fenicios, a Córdoba los romanos, los árabes construyeron la mezquita, Medina Azahara y la Alhambra, los castellanos el alcázar de Sevilla. ¿Dónde estábamos entonces nosotros? ¿Es que nunca hubo nadie aquí? El gran arabista Emilio García Gómez, ante la Alhambra, definió con brillantez nuestra paradoja íntima, la punzante tragedia que experimentamos al vivir entre monumentos que son en verdad nuestros y que no hemos sabido hacer nuestros por indigestión de Historia. Debemos reivindicar el nosotros. Que no nos digan más, por favor, que Averroes fue un filósofo árabe nacido en Córdoba. Fue, sencillamente, un filósofo cordobés nacido en Córdoba. La Mezquita de Córdoba no la construyeron los árabes, la hicieron los cordobeses, la Alhambra no la edificaron los árabes, la levantaron los granadinos. Obviedades que sin embargo extrañan aún a nuestras propias gentes. ¿Nosotros? ¿Pero no la hicieron los moros que son ellos? La deslumbrante intuición de Blas Infante permitió que colocáramos el “nosotros” en el pueblo adecuado. Con el cambio de sujeto, nuestra historia adquiere un sentido y una entidad absolutamente imprevista para nuestras gentes. Somos los mismos que pintamos la Cueva de la Pileta o construimos Los Millares. Nuestro pueblo lleva expresándose culturalmente desde la antigüedad más remota.

Andalucía no es árabe. Brillamos excepcionalmente en nuestro periodo musulmán, pero nuestra historia es mucho más antigua y rica. Blas Infante valoró ese anclaje en el pasado lejano, y dedicó muchas páginas de sus libros a narrar la antigüedad andaluza, todavía hoy sorprendentemente poco conocida. Infante se centró en las culturas del vaso campaniforme, que desde Andalucía llegó hasta el corazón de Europa y en los enterramientos en cúmulos. Podría haberlo hecho sobre nuestra espectacular cultura megalítica, claramente infravalorada. Basta una visita a los dólmenes de Antequera – Antiquaria, ciudad antigua en latín – para comprender nuestro temprano desarrollo. Blas Infante reivindicó ese pasado, anticipándose en muchas décadas a lo que la arqueología científica fue demostrando después.  Sorprende sus conocimientos arqueológicos sobre las culturas calcolíticas y del bronce en Andalucía, así como de la mitología sobre dioses y héroes procedentes o relacionados con Andalucía. Océano, Crisaor, Medusa, Atenea, Hércules, Cronos, Osiris, entre otros, están directamente imbricados en nuestra propia mitología, también presente, de forma apabullante, en la griega y egipcia. Fue Andalucía tierra diletante y primigenia, madre de civilizaciones y culturas. “Los turdetanos – escribió Estrabón – eran los más doctos de los íberos, pues usan de gramática y tienen antiguos libros, poemas y leyes en verso, que cuentan, según dicen, con seis mil años de antigüedad”. Tuvimos leyes escritas tan antiguas como las egipcias, las babilónicas o las chinas. Nosotros somos los herederos de ese pueblo antiguo y sabio. Estrabón habló de más de doscientas ciudades andaluzas muy antiguas. Quizá Shulten se equivocara al buscar un Tartessos perdido en imitación de la Troya de Schielman. Las ciudades tartésicas, en su inmensa mayoría, se encuentran bajo nuestros pueblos y ciudades actuales, que, a buen seguro, se cuentan entre las más antiguas del mundo.

La Bética se incorporó como provincia senatorial al imperio romano, mientras que el resto de Hispania fue conquistada militarmente y considerada como provincia imperial. Andaluces fueron los emperadores Trajano y Adriano, y nuestro genio se reveló en las figuras de Séneca, Lucano o Columela, todos ellos béticos-romanos. El reflejo de los brillos de la Bética iluminaron muchos siglos de nuestra historia, y aún se pueden encontrar en la cultura andaluza de hoy.

Nos hicieron mantener una relación de ajenidad con nuestra propia historia, y como muestra dolorosa nos encontramos la condena que recibió Al Ándalus, una de nuestra etapas más excelsas, firmemente reivindicada por Blas Infante. Debemos repetirlo con fuerza, incluirlo en nuestros libros de texto, asimilarlo vitalmente. Al Ándalus no es la historia de los árabes, es parte muy importante de la historia de los españoles en general, y de los andaluces en particular. Al Ándalus no lo hicieron los moros, lo hicimos nosotros, es reflejo de nuestro propio genio. Hasta que no lo hagamos nuestro, no podremos reconciliarnos con nuestra propia historia. Blas Infante lo tuvo claro. Aún hoy hieren sus palabras. Puso el “nosotros” en el lado de los andalusíes conquistados, perseguidos y obligados a ocultar sus costumbres y cultura bajo los rigores de las apariencias castellanas de la época.

Blas Infante fue criticado y ridiculizado por sus ideas. Cuando pidió celebrar un homenaje a nuestro rey Almutamid en la ciudad portuguesa de Silves, donde nació, fue acusado de peligroso islamita. Todavía hoy, cuando nos atrevemos a reivindicar Al Ándalus como parte de nuestra historia, y a sentirnos herederos orgullosos de su legado, se arrojan sobre nosotros insultos y descalificaciones. Existe un alma negra que no acepta lo andaluz y su pasado. Nuestra identidad les inquieta, les aviva un odio irracional. Esa herida aún está viva, podéis comprobarlo simplemente evocando el nombre de Al Ándalus en cualquier reunión. A nadie dejará indiferente. Unos lo mitificarán, otros lo despreciarán o negarán. Nuestra tesis no es ni la una ni la otra. No debemos mitificarlo, pero mucho menos ignorarlo. Al Ándalus es nuestro pasado y debemos conocerlo tal y como fue, con sus miserias, que sin duda las tuvo, y sus muchas grandezas.

Celebramos este año el cuarto centenario de la expulsión de los andaluces que se rebelaron en Las Alpujarras contra una corona que incumplió lo pactado en las capitulaciones de Santa Fe. Por eso, debemos pedir hoy, como ya lo hiciera Blas Infante ayer, que a los descendientes de los moriscos expulsados se les facilite la nacionalidad española, al igual que ya hicimos con justicia con los descendientes de los sefarditas. Y pedimos reparación histórica para nuestros monarcas, como símbolo de nuestra historia e identidad. Al igual que los reyes de León, Castilla, Aragón, Navarra o los condes de Barcelona son iconos de nuestro pasado y los andaluces los aceptamos como parte de nuestro patrimonio histórico español, también nosotros pedimos que se coloquen en el mismo rango a los grandes reyes andaluces, injustamente olvidados y escondidos. En nuestro parnaso de monarcas, deben aparecer  los Abderramán de Córdoba, los Almutamid de Sevilla, o los Muhammad de Granada, como importantes reyes hispanos de peso fundamental en el devenir de la historia andaluza y española. ¿Tanto les inquietamos como para que nos hayan usurpado hasta la memoria de nuestros reyes?

¿Queréis comprobar como el pensamiento de Blas Infante sigue levantando pasiones y heridas? Dicen que el patrón de España es Santiago Matamoros. Encuentro bellísima la ciudad de Santiago y una joya su camino, pero prefiero los santos de la paz y la bondad. Allá quienes encuentran santidad en quien decapita y descuartiza. Más allá de la cuestión religiosa, ante la que no cabe otra postura que la del respeto más íntimo, está la cuestión nacional. ¿Cómo puede ser el patrón de España un caballero matamoros? ¿Es que no caemos en la cuenta de qué quienes son lanceados y ensartados por nuestro santo bien pudiera ser antepasados de alguno de los aquí presentes? ¿Por qué no hacemos santos patrios a personajes menos sangrientos como San Isidoro de Sevilla o a San Juan de la Cruz, por poner algunos ejemplos más dignos?  Para algunos muy influyentes, España se construyó con la cruz y el acero contra lo que significaba Andalucía. Por eso, quisieron aplastarla para siempre. Nuestra simple pervivencia les atemoriza. Afortunadamente para la humanidad, Andalucía nunca morirá.

Pero el tiempo no se detiene. No podremos avanzar como pueblo mirando siempre a través del retrovisor. Debemos conocer nuestra historia, para respetarnos a nosotros mismos, pero nuestra brújula debe orientarse hacia el futuro. Ayer fuimos capaces de protagonizar etapas muy brillantes, ¿por qué no hemos de volver a hacerlo en el mañana? Nuestro pasado nos concede confianza e impulso para la inmensa tarea que tenemos por delante.  Ese espíritu ilusionado de redención es el que animó a Blas Infante a escribir en la Asamblea de Ronda de 1918. “Ha llegado la hora de que Andalucía, la región que siempre fue más civilizada de España y en ocasiones la Nación más civilizada del mundo, despierte y se levante para salvarse a sí misma y salvar a España de su vergonzosa decadencia”.

PRINCIPIO DE LAS CULTURAS FRENTE AL PRINCIPIO DE LAS NACIONALIDADES.

Uno de sus postulados más originales y vigentes, el Principio de las Culturas en contraposición del Principio de las Nacionalidades, sigue lozano en el actual debate global. Frente a “cada nación un Estado” contrapuso “a cada pueblo su cultura”, un principio más noble, universalista y convergente. Blas Infante abominaba del concepto nación, al que consideraba un artificio político normalmente construido sobre la fuerza, y que conllevaba la exclusión del extraño. Frente a él defendió el concepto de pueblo cultural. “Yo no me propongo –afirmaba – fundamentar una nación, sino un SER”. Tras de postular el principio de las culturas, reconoció que siempre había experimentado una repugnancia invencible ante el concepto de nación. Atacó con fuerza el Principio de las Nacionalidades como particularista y excluyente y criticó a los nacionalismos “estúpidos, patrioteros, chauvinistas que vino a engendrar”. En esa paradoja aparente residía la peculiaridad de su andalucismo: “El regionalismo andaluz tenía que ser antiregionalista o antinacionalista, en el sentido de haber de repugnar los exclusivismos económicos y políticos>>. Somos universalistas, todo lo contrario de los nacionalismos paridos por el Principio de las Nacionalidades. Y como tierra manantial que somos, siempre fluirán generosas corrientes que abriremos a los demás. <<Andalucía por sí, para España y la Humanidad>> no es una fórmula arbitraria. Es una expresión síntesis de la Historia de Andalucía.

Blas Infante pronto se diferenció del nacionalismo vasco y en gran medida del catalán, por tener bases étnicas y raciales, mientras que el andaluz lo debía de poseer ético o moral, basado en la filosofía de la libertad de la persona, y con una nítida expresión cultural.

Andalucía siempre ha sido y será tierra abierta, que recibe con los brazos abiertos y que hace suyos a los que con nosotros viven. El “En Andalucía no hay extranjeros” no es un esnobismo, es una tradición” gustaba repetir con orgullo. Contrapuso el “Cataluña para y por los catalanes” de los nacionalistas catalanes con el de “Andalucía, por sí, para España y la Humanidad”. Toda una tradición de abierta generosidad contrapuesta al exclusivismo del nacionalismo clásico. ¿Ante qué modelo nos sentimos más cómodos los andaluces de hoy? ¿Cuál de las dos perspectivas puede ayudar a construir un mundo más solidario y pacífico? Sin duda alguna seguimos abrazando los hermosos postulados del notario andalucista.

Pero el rechazo al exclusivismo nacionalista no puede suponer, en caso alguno, dejación en la defensa de nuestros derechos. Andalucía, que sabe que su sitio está en la Hispania secular, no aceptará jamás un Estado que nos discrimine. “No somos más que nadie, pero tampoco menos que el que más”. Sin esa fuerza andaluza, se habría consagrado una desigualdad competencial y estatutaria en el primer debate constitucional. Los andaluces frenamos la infamia con la fuerza del 4D y con el inesperado resultado del referéndum consiguiente. En la segunda revisión autonómica, las pulsiones de la desigualdad volvieron a rugir de nuevo. Con algunas dudas y ciertas heridas, el papel de Andalucía fue nuevamente relevante en el desarrollo de las reformas de los estatutos de autonomía, aunque nos queda el regusto amargo de ciertas concesiones discriminatorias a favor de Cataluña. En todo caso, de nuevo, se volvió a poner en evidencia el papel fundamental del Padre de la Patria Andaluza. Sus señorías tuvieron que echar mano de su legado para recoger en el nuevo Preámbulo la realidad nacional de Andalucía descrita por el Manifiesto Andalucista de Córdoba de 1919. Tuvo que ser Infante y su obra quienes desbloquearan un proceso que caminaba hacia el abismo. ¿Quién dijo que sus obras y sus ideas habían muerto y no tenían actualidad?

Blas Infante afirmaba que Andalucía no podría ser nunca separatista de España por una razón obvia: porque siempre fue y será su propia esencia. Esa convicción sigue definiendo el pensar de una inmensa mayoría de los andaluces. Desde la libertad de elegir, desde el reconocimiento a nuestra identidad e historia y de la corrección de las discriminaciones aún existentes, colaboraremos en pie de igualdad con el resto de tierras de España. No, más aún. Estaríamos dispuestos a la absoluta solidaridad iberista. El ideal de una Iberia reencontrada nos seduce y anima. El Algarbe y el Alentejo también fueron Tartessos, también Al Ándalus. España y Portugal no pueden vivir de espaldas, son parte de una misma esencia histórica. Ambas constituyeron Iberia o Hispania, y ojalá entre todos tengamos la suficiente imaginación y generosidad para ir uniendo nuestros esfuerzos en pro de un futuro de mayor colaboración y unión. Andalucía y el espíritu de Blas Infante serían sin duda una beneficiosa fuerza motriz para ese reencuentro histórico.

IDENTIDAD.

Nadie de bien se debe sentir extranjero entre nosotros. Debemos mantener ese espíritu de generosa apertura que siempre nos caracterizó. Hacemos gala de la mezcla de sangres y culturas que atesoramos en nuestro interior y que vinieron a enriquecer el flujo natural de nuestra identidad. Como mestizos de mil sangres que somos, abominamos de los exclusivismos de raza.  Por eso nos sentimos tan lejos de los nacionalismos que como el de Sabino Arana despreció como híbridas a las otras razas de la península, en contraposición con la pureza de los suyos. Nosotros, sin embargo, nos sentimos orgullosos de ser fruto de un milenario mestizaje, al que no renunciamos ni renunciaremos jamás. ¿Qué ideario nos parece ahora más necesario para estos momentos? El fenómeno de la inmigración, que hemos vivido con intensidad esta última década, y que volverá a reanimarse tras el doloroso paréntesis de la actual crisis económica, reabre el debate de la identidad. Aquellas tierras que la basan en criterios étnicos están condenadas a encerrarse en sí mismas o morir. Aquellas otras que, como Andalucía, mantenemos una fuerte identidad cultural que sobrevuela lo racial, seguiremos enriqueciendo sin merma nuestro acervo común. No podemos adivinar el futuro, pero estamos seguro que lo andaluz será más reconocible en el futuro que las identidades étnicas que precisan de las muletas oficiales para su conservación asistida. Paradojas de la vida. Nuestra patria abierta tiene raíces más profunda que sus naciones de razas y apellidos, porque está prendida en el pueblo mismo.

Somos pueblo abierto, hospitalario y pacífico. Blas Infante fue profundamente antibelicista. Sus sabias palabras aún resuenan entre nosotros: “Una sociedad – afirmaba – puede estar en contra de otra sociedad, pero una cultura no puede estar frente a otra sin dejar de ser cultura”. Ensalzaba nuestra tradición pacifista al escribir: “Este es el sino de Andalucía, siempre enfrente de los pueblos guerreros. Lucano lo dijo bellamente: <<Siempre fuimos de Marte el adverso, presa infeliz. Igual número tuvimos de derrotas que de guerras>>”. Tito Livio afirmó que: “De todos los hispanos, son los turdetanos los menos aptos para la guerra”. Al emir almorávide invasor, Yusuf Tasufin, le irritaba profundamente la vida disipada y sensual que llevaban los andalusíes, de los que decía que “su única ambición parecía poder tomar una copa de vino, escuchar a una cantante, y tener una diversión para pasar el tiempo”. Su alma áspera de militar de los desiertos, acostumbrado a noches de cabalgada y luna, despreciaba la vida muelle de los andalusíes. Decidió pues tomar directamente el poder de Al Andalus, incorporando sus taifas a su imperio. Los reyes de Sevilla y Granada, Almutamid y Abd Allah fueron deportados hasta Agmat, cerca de Marrakech, donde murieron en el exilio. Ya lo dijo el poeta cordobés: “Igual número tuvimos de derrotas que de guerras”. No, no somos guerreros, jamás reafirmaremos nuestra cultura mediante la conquista a sangre y fuego. Pero que seamos amantes de la paz, no significa una actitud cobarde ni pusilánime ante la vida. Al contrario, nuestra cultura es expansiva y contagiosa, al extremo de terminar incorporando a su caudal a los conquistadores y poderosos.

Somos pueblo alegre, al tiempo que sabio y profundo. Con frecuencia, se confunde lo alegre con lo frívolo o superficial. Nada más lejos de la realidad, en nuestro caso, al menos. Tenemos un poso milenario de sabiduría que sabemos envolver con la elegancia de la alegría por vivir. Muchas veces no nos comprenden, haciendo caer sobre nosotros el mito de la pandereta y las castañuelas. Somos en general alegres, sí, por supuesto. Y a mucha honra, además. Pero también profundos y sabios. Mientras otros necesitan reforzar su sabiduría con una pose de solemne trascendencia, nosotros la relativizamos con la alegría por vivir, por el gusto y el placer de saber apreciar lo hermoso en las pequeñas cosas que nos rodean. Una sonrisa, una mirada, una flor, un atardecer, son fuentes de placer para los sabios de la existencia. No todo es posesión ni consumo. No todo es lucha por el dinero o el poder. ¿Y la alegría por vivir? ¿Y el culto al placer? Pues debemos saber una cosa. Hay más espiritualidad en nuestra capacidad hedonista que en los muchos golpes de pecho de los fariseos del realismo práctico que tanto nos ridiculizan. Dicen que somos perezosos e indolentes. Y todo porque valoramos lo que otros ya olvidaron por sus prisas. Entre otras cosas, la alegría por vivir. Se ríen de nosotros, de nuestra habla, de nuestra superficialidad. Pues nos da igual. Somos alegres y profundos. Llevamos miles de años siendo así, y, probablemente, otros tantos seguiremos.

Decía Ortega y Gasset que los andaluces éramos el pueblo más antiguo de Europa. Y tenía razón. Y por viejos, somos sabios, y por sabios sabemos que nada merece la pena si por ello perdemos el gusto por vivir. La forma andaluza de estar en el mundo se nos revela más estable en el tiempo que las sucesivas culturas que nos dominaron. Ellas sucumben, nosotros continuamos. Y, curiosamente, terminamos siendo los que otorgamos identidad al conjunto. Paradojas de la vida. Conquistamos a nuestros conquistadores, nos dicen. Y será verdad, respondemos con la indeferencia del sabio. Porque intuimos que hemos sido esclavos en el reino del metal y el fuego, pero reyes en la república del espíritu.

Blas Infante reivindicó esa filosofía de vida. Frente al racionalismo europeo del “Pienso luego existo” de Descartes, contrapuso el “pienso y siento, luego existo”. La sabiduría andaluza siempre cantó a las cosas hermosas de la vida,  al tiempo que sabía llorar las penas que albergaba nuestro corazón. Para vivir hay que sentir. La razón, transparente y lúcida, ilumina sombras, pero los sentimientos son los reales embajadores de la felicidad y la tristeza. Por eso, el alma andaluza canta lo sensorial y a los sentimientos, los dignifica, los considera parte substancial del alma humana.

“Pienso luego existo”, sentenció Descartes; “Razono luego soy”, le emuló Kant. Hegel, en su soberbia filo-racista, sublimó esa componente racional. Lo bueno del hombre quedaba reducido a su intelecto, su razón y su pensamiento. Sólo lo racional era valorado, considerando todo lo irracional como una componente animal a ocultar. Sin ser conscientes, estaban convirtiendo al hombre en un monstruo, una especie de Frankenstein al revés, al que habían hurtado el derecho a sentir. El Hombre quedaba reducido al Homo Faber, el hombre que produce, o al Homo Pensante, que sólo avanza con su pensamiento. ¿Dónde quedaban entonces nuestros sentimientos, nuestra capacidad de amar, de emocionarnos, de soportar estoicamente el dolor? Quisieron teorizar un hombre, lo hicieron eficaz, implacable, trabajador, calculador. Pero no estaba completo. Le faltaba el tesoro de sus sentimientos, ese alma cálida e insensata, tantas veces cantada por los poetas del sur, acusados sistemáticamente de frívolos por las pensantes brumas del norte. Y, como no podía de otra forma, esa corriente europea de racionalismo productivista terminó naufragando en el océano profundo del pesimismo existencialista. Si pretendemos relacionarnos con el mundo que nos rodea exclusivamente a través de la Razón, siempre terminaremos concluyendo en que nada tiene sentido. Para equilibrar el alma humana es preciso aunar todas sus dimensiones. La racional, por supuesto, pero también la emocional, la sensual, la social, la espiritual. Y esos valores siempre estuvieron íntimamente arraigados en nuestras gentes y nuestros pensadores. Fuimos injustamente despreciados, desmerecidos. Que razón tenía el bueno de Blas Infante al contraponer al “Pienso luego existo” europeo su “Pienso y siento, luego existo”. Y por eso renegó de la Europa de la razón y el feudalismo. Y, por eso, su pensamiento sigue vivo hoy. Tenemos que equilibrar las exigencias de la razón y profesión, con los sentimientos y la alegría por vivir. Esa filosofía es hoy más necesaria que nunca y Andalucía puede aportarla al mundo. Blas Infante acertaba al reconocer que no somos una parte de Europa más. Somos occidente con mucho oriente en nuestro interior. Sin duda, lo europeo nos ha aportado valores positivos. Pero también, lo andaluz tiene mucho que aportar a la forma europea de estar en el mundo.

No tenemos folklore, tenemos cultura viva. El folklore nos suena a esas tradiciones y expresiones culturales fósiles que las sociedades estudian y cuidan como reliquias del pasado. La mayoría de las regiones europeas conservan su folklore en arcanfol. Llegan las fiestas, lo sacan, y una vez finalizadas vuelven a guardarlo hasta el siguiente año. Es un folklore muerto, que precisa de la custodia de los museos y de los estudiosos para que no desaparezca. Es como una mariposa hermosa clavada en un panel de corcho, para ser exhibida. Nuestras tradiciones están vivas, fluyen, se mestizan, se viven, se mezclan con otros ritmos y formas. Somos tierra manantial. El propio Ortega y Gasset, en su Teoría de Andalucía, reconoce la marcada personalidad de nuestra tierra cuando escribe:  “Andalucía, que no ha mostrado nunca pujos ni petulancias de particularismo; que no ha pretendido nunca ser un Estado aparte, es, de todas las regiones españolas, la que posee una cultura más radicalmente suya”. Cultura que irradia, que no necesita protección oficial como tantos otros folklores muertos.

Y si nuestra cultura e identidad ha soportado siglos de ocultación, con igual tenacidad superará la avalancha global que todo lo homogeniza. La globalización será una prueba de fuego a la propia teoría de Blas Infante, que aseguraba que nuestra cultura fluía subterránea, aflorando siempre como la escritura primera de los palimpsestos. Estamos siendo bombardeados sin piedad por el ocio, los héroes y las modas que los árbitros de la globalidad imponen. ¿Lograremos mantener una identidad propia y viva, o tendremos que recluirla en vitrinas de museos como ya ocurre en otras tierras con menos personalidad? Blas Infante y este su humilde alumno lo tenemos claro. Andalucía y lo andaluz sobrevivirá. No temamos a la apertura de los tiempos. Ojalá sepamos aprovechar lo que de bueno tienen estos vientos que están cambiando al mundo.

FUTURO.

El siglo XX fue duro para Andalucía. Si en 1900 nuestra economía suponía el 25% del total español, en la actualidad apenas alcanza el 13%. Aunque bien es cierto que el nivel de vida, de educación y de sanidad ha subido exponencialmente, también es cierto el que seguimos teniendo la tasa de paro más alta de toda Europa, lo que nos avergüenza y atormenta. Tenemos un marco de autonomía comparable al de las comunidades más avanzadas, pero, después de treinta años de desarrollo  apenas si hemos avanzado en la media relativa. En comparación con los demás estamos donde estábamos. Asistimos a la crónica de un fracaso parcial, que no debe dejarnos indiferentes. Ningún ideal andaluz puede ser válido si excluye del empleo a más de un millón de andaluces. Blas Infante denunciaría con toda la fuerza de su voz el hecho de que nuestra tasa de desempleo ascienda a unos niveles vergonzosos para un país del primer mundo. Triplicamos la tasa de paro europea, y duplicamos el de otras muchas zonas españolas. ¿Por qué? No es fácil, desde luego contestarla, pero la respuesta debe estar en nosotros, el pueblo andaluz. No podemos culpar al mundo de nuestra propia situación; debemos preguntarnos qué nos impide volver a florecer como en otro tiempo hicimos. Reivindiquemos con justicia lo que nos corresponde, pero ayudémonos, sobre todo, a nosotros mismos. La solidaridad de los terceros no hará por nosotros la tarea que a nadie más que a nosotros corresponde. Blas Infante siempre se sintió orgulloso del genio y el talento andaluz, original, lúcido, vibrante. Estaba convencido de que si se dejaba fluir, sin cortapisas, volvería a ofrecer los frutos que en el pasado nos otorgaron fama y riqueza.

Blas Infante, que creía en el universalismo humano, abominaba del universalismo político. La perspectiva de un gobierno mundial le inquietaba, y para conjurar sus propios demonios, lo ubicaba irónicamente en el Polo Norte. En estos últimos setenta años, el mundo ha cambiado mucho. Nos hemos hecho globales, dicen, sin que terminemos de ponernos de acuerdo en lo que significa eso de la globalización. Para unos, una pesadilla, y para otros, un natural avance histórico de la humanidad. En la medida que esa globalización signifique extensión de derechos, mejor conocimiento de culturas y respeto mutuo, debemos apoyarla. En la medida que significara alineamiento con los poderes, explotación del débil por el fuerte o esquilmación de los recursos naturales, debemos condenarla sin paliativos. Pero no caigamos en la condena del futuro por la sencilla razón de que lo desconocemos. Nuestro amor a Andalucía no puede basarse en el socorrido “cualquier tiempo pasado fue mejor”, porque ocultaría bajo la melancolía de mundos imposibles nuestra propia incapacidad de entender el presente y construir el futuro.

Nos sentimos orgullosos de nuestro pasado, pero aspiramos a mejorarlo, si cabe en el futuro. Ese es el espíritu que hace a los pueblos grandes. Y nuestro progreso debe tener una base cultural y de conocimiento para estar en armonía con los talentos de nuestro pueblo, así como de sagrado respeto a la tierra que nos cría. Nuestro desarrollo debe venir en convivencia con nuestro campo y nuestra naturaleza.

El nuevo discurso andalucista debe contar con el caudal de confianza creativa que Blas Infante reconocía en nuestro pueblo. No podemos quedarnos en el lamento fácil del agravio y la pura reivindicación. ¿Es que acaso tememos al futuro? No debemos enfrentarnos a la globalización con actitudes defensivas, que de nada valdrán a la larga. Debemos otear el nuevo horizonte con la perspectiva del sabio que sabe encontrar oportunidades dónde los demás sólo perciben problemas. Debemos creernos que podemos dar un salto de gigantes. Nada nos lo impide, los tiempos juegan a nuestro favor. Blas Infante tenía una confianza ciega en nuestra capacidad creadora:  “Andalucía – afirmaba – no ha copiado, ni copiará jamás, a ningún otro pueblo. No tiene necesidad de copiar. Sabe crear originalmente. No podría copiar, aunque quisiese. La fluencia inevitable de su historia la lleva a volar siempre sobre campos vírgenes”. Don Blas tenía razón. Si es cierto que nos adentramos en la sociedad del conocimiento, ¿qué nos impide aprovechar la oportunidad que la revolución industrial nos negó?

El discurso de Blas Infante nos otorga confianza en nosotros mismos. Fuimos grandes, ¿por qué no volver a serlo? No podemos resignarnos a nuestro triste papel de palmeros. El futuro lo tenemos en nosotros mismos. Nuestro mundo natural es el de la cultura, la ciencia, el arte y el conocimiento, todo ello aliñado con una determinada forma de ser y estar en el mundo que nos humaniza, según el pensar y el sentir infantiano. En ese resplandor lúcido y generoso encontraremos nuestro venero de futuro. Brillamos en Tartessos, en la Bética, durante Al Ándalus. ¿Por qué no volver a conseguirlo? Depende de nosotros, no podemos delegar nuestro porvenir en los otros. De ahí que debemos ser libres para construir nuestro propio futuro. Y libertad significa responsabilidad. Y esfuerzo. Y asumir riesgos.  Y potenciar iniciativas emprendedoras.

No podemos resignarnos. Blas Infante criticó con fiereza a quienes se abstenían de las cuestiones generales anestesiados por los placeres domésticos. Sus duras palabras aún resuenan en nuestros oídos y conciencias: “No son hombres de bien – bramaba – los que se consagran por entero a sus hogares, sus bibliotecas o sus retiros, rehusando o despreciando la lucha por la justicia. Son egoístas que huyen del fango por evitarse la repugnancia o el esfuerzo. Son esa clase cobarde llamada neutra. Hablan de las debilidades de los hombres públicos sin haber contrastado su propia fortaleza y dejan los asuntos públicos a la incapacidad de los peores”. ¡Qué razón tenía! Esa energía debe canalizarse tanto en iniciativas colectivas como en las individuales. Pero además de los esfuerzos culturales, económicos, sociales y políticos, nos hace falta un gran esfuerzo intelectual para postular un nuevo discurso andaluz adaptado a los tiempos y que sin ningún ánimo de carácter exclusivista, sea compartido por una amplia mayoría de la población andaluza. Este discurso, desde la firmeza de nuestro reconocimiento histórico, no debe quedarse en el quejío de la discriminación. Debe entonar el grito de nuestra propia responsabilidad ante los tiempos. Debemos abandonar la fácil actitud de justificar todos nuestros problemas acusando al otro, hasta convencernos de que somos los amos exclusivos de nuestro propio futuro. Seremos lo que queramos ser. Y no podemos encontrar mejores cimientos para el nuevo discurso que el Ideal andaluz de Blas Infante, vivo y vigente para todos nosotros.          Hermanos y hermanas andaluzas. El futuro es nuestro.

Querido Blas Infante, muchas gracias por habernos dado tanto. Tu grito se mantiene incólume en nuestras gargantas. Gritemos ahora todos juntos, con la misma emoción que la de los que nos precedieron, nuestro himno de libertad.

¡Viva Andalucía Libre!


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