Opinión y Pensamiento

El acento de una generación perdida

María José Llergo en el anuncio de Cruzcampo

El acento de una generación perdida

¿Tú sabes por qué a mí se me entendió en todo el mundo? Por el acento”. Con estas palabras, puestas artificialmente en boca de Lola Flores, comienza #ConMuchoAcento, un spot publicitario que Cruzcampo lanzó el pasado jueves con inmenso éxito de crítica y público. Más allá de la sobrecogedora e inquietante técnica del deepfake que aterriza en la publicidad española, ¿qué elementos, qué teclas ha tocado para merecer ser trending topic durante todo el día, acaparar titulares y probablemente desbancar al clásico Campofrío como spot del año?

Que Cruzcampo haga de la identidad andaluza su principal reclamo publicitario no es ninguna novedad, sino que viene siendo su estrategia desde hace años. Lo relevante es qué contenidos se asocian a dicha identidad. Baste como ejemplo este spot de 2009 titulado Hecha de Andalucía, en el que un locutor en castellano neutro reivindica, sobre un fondo música épica, toda una colección de tópicos que llegan a sonrojarnos. Si, las técnicas de marketing han evolucionado mucho, pero esa es sólo una parte de las diferencias.

Apenas ha transcurrido una década, pero las Andalucías que se dibujan en uno y otro spot son tan distintas que nos obligan a preguntarnos qué ha sucedido en este tiempo. Nada hay en el spot de 2009 que nos lleve a asociarlo a una crisis incipiente que por entonces empezaba a desmantelar el pujante sector de la construcción en Andalucía y poco después estallaría con toda su potencia, llevando a la comunidad a liderar todos los ránkings en materia de desempleo, pobreza, exclusión social y reducción de la esperanza de vida. La década 2010-2020 estuvo marcada por el millón de parados, por las ruinas del Algarrobico, por el 15M y las corralas, por la vergüenza de La Manada, por la gentrificación de nuestras ciudades, por el escándalo de los ERE y por la agonía del PSOE hasta la histórica victoria de las derechas en diciembre de 2018… Una sucesión de desgracias que golpeó especialmente a la primera generación de andaluces nacidos en democracia y bajo la bandera de la autonomía. 

Los millenials andaluces crecimos desayunando pan con aceite cada 28 de febrero después de interpretar el himno con la flauta dulce y colorear banderas de verde y blanco. Tuvimos muñecos y camisetas de Curro, la mascota de la Expo, y pegatinas de “Al turismo, una sonrisa”. Veíamos La Banda en Canal Sur y soñábamos con ir de excursión a Isla Mágica. Seguimos creciendo y disfrutamos, como nuestros mayores, de la Semana Santa, los carnavales y las ferias, pero también lo flipamos con la Mala, Hora Zulú o Triple X y aprendimos a bailar breakbeat, reggaeton o drum’n’bass. Estudiamos y a menudo fuimos los primeros en llevar un título universitario a nuestros hogares. Nos fuimos de Erasmus a las mismas ciudades donde emigraron nuestros abuelos, creyendo que nuestro sino iba a ser muy diferente. 

La primera generación nacida en una Andalucía democrática y autónoma volvió a sufrir todos los males que, sobre el papel, venía a barrer la autonomía andaluza proclamada en 1981 y, en realidad, apenas fue capaz de mitigar por poco tiempo. Volvió la pobreza, volvió la emigración, volvió “la visión sombría del jornalero” que marcó a Blas Infante, ahora también en versión urbana de kellys riders gracias a los contratos por horas y los falsos autónomos. Volvieron los estereotipos del andaluz vago y parasitario, volvieron los insultos y las mofas por nuestro acento y nuestra cultura y, por volver, volvieron hasta las partidas de fascistas a caballo. Volvieron o, tal vez, solamente tomamos conciencia de que esos fantasmas nunca se habían acabado de marchar. Siempre habían estado ahí. 

Es difícil todavía -aun menos hoy, inmersos en la pandemia y una nueva crisis que vuelve a castigar especialmente a Andalucía- hacer balance de una década perdida que hizo añicos todas y cada una de las promesas de la autonomía andaluza por la que lucharon nuestros mayores y que para nosotros era tan natural como el sol de nuestras playas, tan nuestra como el aceite de oliva. Mucho se ha escrito sobre la crisis del régimen del 78 y la Cultura de la Transición y muy poco sobre su declinación andaluza. Baste señalar que la ruptura de aquellas promesas de la autonomía ha parido monstruos como los que vemos ahora en nuestras instituciones, pero también alumbró y sigue alumbrando a toda una generación de jóvenes creadores que, como en la época dorada del andalucismo de los 70, vuelve a reivindicarse orgullosamente andaluza y a hacer de lo andaluz sinónimo de vanguardia. 

Lo que se viene nombrando desde hace tiempo como nuevo andalucismo o tercera ola andalucista es un movimiento amplio y difuso que abarca desde iniciativas por la normalización de las hablas como @hablatuandaluz o la propuesta de escritura EPA al feminismo andaluz de la Poderío, pasando por influencers como MALACARA o marcas de moda como Taifa, y desembocando una amplia gama de estilos musicales, del nuevo flamenco de Rocío Márquez o Mª José Llergo al rock psicodélico de Derby Motoreta, el rap de la FRAC o Gata Cattana y la electrónica de Califato ¾. El nuevo andalucismo ha puesto la banda sonora, la imagen y la voz a esa generación millenial de la década perdida. Y es precisamente este vibrante clima cultural lo que unos publicistas han conseguido condensar en un spot de 60 segundos.

Es en el andalucismo político, sin embargo, donde han surgido algunas de las críticas más severas al spot. Advierten algunos, con razón, que poco tiene de andaluz la cervecera Cruzcampo, una marca comercial más de la multinacional holandesa Heineken. Que se corre un serio riesgo de que el nuevo andalucismo cultural acabe sirviendo para blanquear la apropiación cultural y el extractivismo que tradicionalmente han definido la subalternidad andaluza. Que unos artistas hasta ahora marcados por su compromiso y mensaje reivindicativo pueden acabar cantando para la juerga del señorito, como resume agriamente mi amigo Miguel Ángel Vargas. La polémica no es baladí y creo que es necesario pensarla muy a fondo de aquí en adelante. Tres apuntes al respecto.

1) Vuelve el viejo dilema de si es posible desmontar la casa del amo con las herramientas del amo. Un dilema planteado por la feminista afroamericana Audre Lorde y que ha tenido precisamente en el feminismo y en el antirracismo más recientes sus debates más interesantes. El nuevo andalucismo está muy lejos de tener la potencia social de estos movimientos, pero el spot de Cruzcampo ha abierto la puerta al camino de contradicciones al que se enfrenta todo proyecto contrahegemónico cuando empieza a ganar posiciones. ¿Contribuye a la causa del feminismo o del Black Lives Matter el hecho de que Inditex adopte sus eslóganes, o más bien los debilita y domestica? ¿Un spot producido por una multinacional holandesa puede acaso redundar en beneficio de una Andalucía colonizada por el capital extranjero? El andalucismo no puede dejar de leer a la Butler que explica que el poder “no siempre produce de acuerdo con un propósito o, mejor dicho, su producción es tal que a menudo desborda o altera los propósitos para los cuales produce”. Este carácter incoherente e inconsistente del poder el que produce las fallas, las contradicciones, las brechas que hacen posible la acción política…

2) …Brechas como las que abre este anuncio concreto en este preciso momento. La brecha de reivindicar el acento andaluz “seas cajero de supermercado, catedrática o ministro” cuando tenemos, día sí y día también, a Pablo Motos mofándose del acento andaluz y a la ministra Montero en la diana por su forma de hablar. Poner en los televisores de toda Andalucía a María José Llergo hablando de poderío, en lugar de alabar el toreo como en 2009, es cuando menos esperanzador en un año en que los presupuestos andaluces reducen las partidas destinadas a combatir la violencia de género y disparan las ayudas a la tauromaquia. Reflejar una Andalucía de jóvenes que se manifiestan, pegan carteles y beben latas en su barrio el mismo año en que el gobierno andaluz le pone una corona al escudo y completa la jugada concediendo la medalla de Andalucía al rey Felipe VI es una brecha por la que entra aire fresco en una Andalucía cuyos dirigentes se empeñan, cada día más, en que huela a naftalina. 

3) Se explica, así, buena parte del entusiasmo de ayer entre la juventud andaluza. Pero existe un riesgo real de caer en la autocomplacencia. “Tu oficio, poeta» -escribía Gata Cattana- es esculpir utopías donde no puede haberlas”. La eclosión de nuevas expresiones culturales andaluzas es imprescindible para recuperar la autoestima, para construir comunidad, para empoderarnos como sujeto colectivo. Esa es la diferencia con artistas como Tangana que también apuestan ahora por recuperar la copla o las marchas de Semana Santa. No se trata sólo de darle un barniz moderno al folklore castizo sino, como escribí en otra ocasión, de “reapropiarnos de la poesía, la música, el cine y la cultura para (re)constituirnos como una comunidad con voz propia y superar la brecha que nos condena a tener vidas más breves y más duras que las de nuestros vecinos del norte”. Curro Morales, uno de los integrantes de Califato ¾ , lo resumía bien en su crítica a un reportaje de El Mundo: “A los andaluces se nos ha insultao y ridiculizao durante años, por eso es necesario decir lo contrario (…) La frase ‘ser castizo es guay’ elimina toda su carga política y la transforma en una basura sobre tendencias”. 

El acento es tu tesoro, no lo pierdas nunca”, concluye Lola Flores al final del spot. Ponerle a la cerveza más vendida de Andalucía el acento de su generación perdida es una pequeña victoria. Pero la batalla cultural (y no sólo) por definir qué será de Andalucía en el futuro acaba de empezar. Las ganas de ganar son el verdadero tesoro; no las perdamos nunca.

Por Jesús Jurado
(en CuartoPoder)

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