Voces del Extremo

Interdependientes

Prime Time, por Laurie Lipton

Interdependientes

En el Poema babilónico de la creación, conocido también con el nombre de Enuma Elis, se nos cuenta como el dios Marduk después de crear todo lo visible y lo invisible, lo ata con la llamada en el texto “Gran Cuerda”, para que todas las partes de la creación permanezcan unidas para siempre.

En efecto, todo está entrelazado. No hay en el mundo reservas de belleza. No vale destrozar, aniquilar, dejar la tierra como un páramo aquí para luego ir a vivir al paraíso de allí. No hay allí. Somos interdependientes. Los cruceros que llevan a los turistas a las que creen últimas playas vírgenes son los mismos que una vez sueltan amarras tiran la basura del viaje al mar para ir a terminar a estas mismas playas que, poco a poco, están dejando de ser paradisiacas.

Basta darse una vuelta por el litoral de Quintana Roo o Belice para ver miles de botes de champú, gel de baño y de afeitado, desodorante o ambientadores sobre las que debieron ser las blancas arenas de, en otro tiempo, playas paradisiacas. La escena se repite en los Himalayas, y en cuanto se generalicen los viajes a los polos también allí veremos acumularse la basura humana.

Pero el problema gordo no es la basura doméstica, que apenas constituye un 3% del total en los países industrializados y sobre la que se insiste como única evidente y para la que hace tiempo se llevan tomando medidas correctoras; el problema, en realidad, es el 97% restante: residuos industriales y especiales sobre los que apenas hay control ni legislación que se atreva con quienes los producen, multinacionales y grandes empresas que ya se cuidan de engrasar a la maquinaria informativa, a los sindicatos y a los grandes partidos para, entre todos, seguir desviando el problema, reduciéndolo a un asunto de conciencia individual y responsabilidad personal, despolitizando el problema, disfrazándolo de ética ciudadana, sacándolo del mundo para meterlo en el cubo de la basura con compartimentos separadores.

Por el Pacífico flota a la deriva una isla de plástico del tamaño del estado de Texas. Los niveles de mercurio en peces grandes, como el atún o el pez espada, y en general en todos los moluscos bivalvos de rivera, desaconsejan su consumo. El nylon y otros polímeros hace tiempo que pasaron a formar parte de la dieta de percebes y crustáceos de nuestro litoral. Hasta en las truchas de alta montaña se ha detectado la presencia de compuestos clorados, tan abundantes en la fabricación de plásticos, circuitos electrónicos y textiles.

La organización WWF realizó un estudio sobre familias europeas en el que detectó hasta setenta y tres productos químicos en sangre, de una muestra de ciento siete. A pesar de ello seguimos empeñados en ahondar en nuestros errores, utilizando, beneficiando y subvencionando las energías más contaminantes y peligrosas.

Ya no hay un afuera pero vivimos, como la canción, la vida loca, es decir, como si mañana estuviera ya preparado en alguna parte del universo otro planeta Tierra para ser devorado por unos millones de insaciables humanos al que éste apenas les ha durado un par de siglos.

Vivimos en la inconsciencia interesada y alimentada cada día por los medios de comunicación de masas, vivimos, según quién, en variadas versiones degradadas de lo incierto, lo falso, y lo irreal, es decir, vivimos en la ficción de las afueras y por tanto somos incapaces de reconocer dónde queda nuestro hogar, qué estamos haciendo con nuestra morada. Seguimos en guerra contra la naturaleza cuando deberíamos estar en guerra contra el capitalismo.

Sobre ese silencio, sobre esa desorientación fundamental gira la vida que nos hacen las industrias de la comunicación, colocando miles de imágenes entre el mundo real y nosotros, imágenes que son fragmentadas, mezcladas y vueltas a desmenuzar a gran velocidad por la batidora del consumo para mantenernos enganchados en la falsa realidad que vivimos y consumimos como único consuelo ante el dolor de vivir así, como a aquellos griegos que desembarcaron en la isla de los lotófagos, también nosotros lo olvidamos todo nada más encender la televisión.

Antonio Orihuela
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