Opinión y Pensamiento

La Unión Europea y la política de fronteras

La Unión Europea y la política de fronteras: Reflexiones ante las próximas elecciones

Por Emma Martín
Catedrática de Antropología

Los recientes naufragios en las costas italianas han tenido una amplia repercusión por el elevado número de víctimas y la proximidad entre dos hechos que, como señala certeramente Javier de Lucas no son catástrofes humanitarias ni tragedias no imputables a acción humana alguna. Bien al contrario, como este reconocido experto en derecho migratorio denuncia, los naufragios en las costas mediterráneas, ocurran en el punto en que ocurran, son el producto, probablemente no deseable, pero si claramente predecible, de tomas de decisiones concretas que se traducen en políticas de fronteras destinadas a construir un “cordón sanitario” que “proteja” al territorio y a los ciudadanos de Europa de las supuestas “invasiones” a las que está expuesta. Esta idea-fuerza, que lo es en cuanto que es producida, difundida y legitimada desde el poder, ha calado profundamente en las representaciones sociales que rodean dos temas que aparecen claramente vinculados, pese a su especificidad diferenciada: la inmigración y el refugio.Es lógico que así sea, cuando las autoridades políticas de cualquier signo y color los utilizan como una forma, la única en estos tiempos, de demostrar a la ciudadanía que velan por sus intereses, mientras prosiguen con sus políticas de desmantelamiento del estado social, convirtiéndonos día a día en seres más indefensos y asustados. Incluso quienes se pronuncian en contra de la utilización demagógica de la xenofobia y el racismo con fines electoralistas se ven atrapados en la contradicción de que, en la medida en que participan de este marco político común, cuestionarlo puede tener un coste electoral importante. La idea que se impone desde estas posiciones no está exenta de cinismo: por muy dolorosas que sean las consecuencias, no queda más remedio que blindar nuestras fronteras para proteger a los ciudadanos de la llegada de personas que supondrían un coste insostenible de recursos. De esta forma, la responsabilidad de los políticos queda acreditada, y la ciudadanía ve confirmada no sólo la amenaza que se cierne sobre ella con la llegada de inmigrantes y refugiados, sino la eficacia y el celo de los gobernantes.Incluso en el caso de que estas afirmaciones fueran ciertas, habría que cuestionar una ética que antepone los recursos a las vidas de las personas, pero es que, además, están afirmaciones no sólo no son ciertas, sino que esconden detrás de estos discursos, actuaciones políticas irresponsables que ponen en riesgo no sólo la calidad, sino la propia vida de los ciudadanos europeos, como me propongo demostrar.

1. La idea de que Europa está sometida a una presión demográfica inaceptable por parte de los inmigrantes y los refugiados que llegan sus costas está ampliamente instalada en el discurso político y mediático desde el comienzo de este siglo, pero frente a esta representación nos encontramos con una realidad demográfica de envejecimiento de la población europea que hace insostenible la propia reproducción social y dispara los costes de pensiones y sanitarios. Para afrontarlos tendríamos que tener una población en edad activa mucho mayor que la que tenemos en la actualidad, el problema es que para que el sistema funcione, está  población activa debería de tener empleo, y es la masiva destrucción de empleo, y la degradación del mismo, una de las causas directas de la baja tasa reproductiva en los países europeos. Nos encontramos pues, ante la cuadratura del círculo: necesitamos más personas para tener una demografía sostenible, pero esas personas deberían tener trabajo. Esto se podría conseguir invirtiendo la redistribución de la riqueza, y en esta tendencia la clase política tendría mucho que hacer y que decir. Sin embargo, la connivencia entre los poderes políticos y los poderes financieros nos está llevando en la dirección contraria de incremento de la desigualdad social. Hay que denunciar que esta dinámica no tiene nada que ver con que haya o no inmigrantes. El trabajo no es un bien escaso que haya que repartir, sino un bien mal administrado con el objetivo de enriquecer aún más a los más ricos a costa de abaratar hasta límites insoportables para el ser humano los costes de producción.

2. Desmontada la idea de que llegan más personas de las que podemos acoger en nuestras envejecidas sociedades, analicemos ahora cuáles son los verdaderos flujos que desestabilizan a las sociedades europeas. Quienes ponen en riesgo nuestro modelo social son quienes ponen en circulación flujos masivos de capital financiero, que utilizan los países, y de manera especialmente sangrante, pero no exclusiva, los más débiles, para ganar ingentes cantidades de dinero con la especulación: la prima de riesgo no es tampoco una catástrofe natural que nos cae por nuestro mal comportamiento económico: muy poca gente en España vivía “por encima de sus posibilidades”. Al igual que con la inmigración y el refugio, se utiliza la tasa del endeudamiento privado como ejemplo del descontrol en el que estamos sumidos y al que hay que someter, ocultando que este endeudamiento fue propiciado para sostener significativas estafas de carácter piramidal diseñadas por los poderes financieros, y en el que los ciudadanos fueron meras, y muy necesarias, víctimas. En lugar de arbitrar medidas que pongan coto a los poderes financieros, se utilizan ingentes cantidades de recursos a reflotar a las entidades, dejando a los ciudadanos completamente indefensos. Hay que reconocer que la jugada les ha salido perfecta: la mayoría de los ciudadanos tiene más miedo a un inmigrante que a entrar en una sucursal bancaria, y ello en contra de toda evidencia empírica personal. Es más, han conseguido que la gente acepte, con pocas protestas, su papel de financiadores de las entidades bancarias, algunos porque han asumido “la culpa”, y otros porque parecen estar en la fase: “virgencita, que me quede como estoy”, y la mayoría ajenos al hecho de que, como se ha demostrado en otros lugares (Latinoamérica, por ejemplo) después de que las “crisis” financieras hayan pasado, lo que sucede normalmente cuando ya no se puede apretar más a la ciudadanía, JAMÁS SE VUELVE a la situación anterior. Dicho de otro modo, la “estabilidad” financiera no se traduce en una vuelta a los derechos sociales anteriores a la crisis.

3. En este contexto, si se ha instalado en el imaginario social la idea de que los inmigrantes (porque de los refugiados no se habla, han conseguido borrarlos del imaginario social) y los autóctonos “compiten” por los recursos sociales es porque lo que está teniendo lugar es un desmantelamiento de éstos, particularmente de los sistemas sanitario y educativo, que, una vez agotada la teta del mercado inmobiliario, se están convirtiendo en las nuevas presas del capital en su afán privatizador. La ciudadanía debería ser consciente de que aceptar que un inmigrante no tenga tarjeta sanitaria es el primer paso para que después se acepte pagar el 10% de la quimioterapia. Este modelo de chivos expiatorios deberíamos tenerlo muy presente, ya que forma parte de nuestra historia europea contemporánea. La frase de Martin Niemöller: “Primero vinieron a buscar a los comunistas, y yo no hablé porque no era comunista. Después vinieron por los socialistas y los sindicalistas, y yo no hablé porque no era lo uno ni lo otro. Después vinieron por los judíos, y yo no hablé porque no era judío. Después vinieron por mí, y para ese momento ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí” podría trasplantarse perfectamente al momento actual, sustituyendo a los judíos por los inmigrantes. Después de todo, el tratamiento que reciben inmigrantes y refugiados cuando llegan a nuestras costas, su privación de libertad, adquiere mayor gravedad por la indiferencia de muchos, y no pocos alivios de algunos. Y es que una sociedad que permite que se violen los derechos de algunos considerados como ajenos está preparada para legitimar la violación de todos los derechos. Y cabe enfatizar que no es cierto que la responsabilidad de lo que está pasando provenga exclusivamente de los poderes mencionados, después de todo, ellos hacen lo que consideran mejor para sus intereses, es la ciudadanía, entendida como ejercicio activo de la misma, quién tiene la responsabilidad de denunciar estas políticas y sus gestores, y quien posee las herramientas para hacerlo, no lo olvidemos, por mucho que los poderes, como han hecho siempre, se empeñen en difundir la idea de que cualquier alternativa a su modelo es utópica, poco realista e incluso irresponsable.

Y, en este contexto, tenemos la oportunidad, ante las próximas elecciones al parlamento europeo, de posicionarnos en contra de cualquier partido u organización política que no se pronuncie de manera inequívoca contra la política europea de fronteras. Y de denunciar que difícilmente pueden considerarse democracias regímenes políticos que diseñan medidas que conllevan el incremento del sufrimiento de sus ciudadanos y que en la organización de los flujos migratorios y el tratamiento de los refugiados imponen como norma principal el racismo institucional, según la definición de Focault: “El racismo representa la condición bajo la cual se puede ejercer el derecho de matar…Que quede bien claro que cuando hablo de “matar” no pienso simplemente en el asesinato directo, sino en todo lo que puede ser también muerte indirecta: el hecho de exponer a la muerte o de multiplicar para algunos el riesgo de muerte, o más simplemente, la muerte política, la expulsión”.

 

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