Entrevistas

“El sistema de asilo español es casi artesano”

Marta García (Acnur) por Manolo Finish

¿Vivimos la mayor crisis humanitaria de la historia? Si se lee en los labios de Marta García (Madrid, 1968) habría que concluir que sí. “Vivimos un drama”, certifica la responsable de protección del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) en España. Por eso insiste en recordar a los Estados cuáles son sus obligaciones internacionales y defiende el trabajo del organismo “para que la UE cree definitivamente un mecanismo predecible de desembarco para los refugiados rescatados en el mar”.

Encontrar soluciones que borren las vergüenzas de la especie humana siempre fue una de las funciones a la que García se entregó en cuerpo y alma desde 1991. “Mientras muchos de mis compañeros querían opositar para notarios al terminar la carrera de Derecho, yo tenía interés por lo que sucedía en la guerra de Yugoslavia, leía mucho sobre ello y descubrí que ACNUR tenía allí una misión”, afirma. Y pese a los sinsabores que luego le trajo el paso del tiempo, ha podido conservar sus ideales de juventud. Sabe por lo que lucha y lo defiende con pasión. “La gente aquí arriesga su vida por proteger a personas en situación de riesgo. Es cierto que se cometen fallos pero el refugiado es el centro de nuestro trabajo”, asegura. Y se emociona con los momentos estelares que, pese a todo, continúa viviendo como “las reagrupaciones familiares o la localización de hijos de refugiadas que se habían quedado en otros países”. Eso le provoca una felicidad inmensa.

Luego, con su encanto personal y la inquietud que muestra por la aplicación inflexible del Derecho Internacional, del que es una experta, Marta García puede acabar logrando que hasta los incrédulos de este oscuro mundo titubeen. Para ella, vivir es la única opción.

¿Conoce el Open Arms?

Sí, claro. Es el barco de rescate de Proactiva Open Arms, una ONG española que trabaja salvando vidas en el Mediterráneo central. 

Y ¿cómo califica usted el bloqueo y las amenazas de durísimas sanciones que sufren el Open Arms, el Sea Watch y el Ocean Viking por parte de Estados como Italia, Malta y España? 

Cuando las personas huyen de sus países y se encuentran en situación de peligro, lo primero que debemos hacer es salvarlos de la muerte. Es el principio universal que nos mueve a todos. Salvar vidas. Después tenemos que asegurarnos que esas personas no sean devueltas a un lugar donde corran peligro. Por lo tanto, hay que desembarcarlas en un puerto seguro. Se trata de cumplir el derecho internacional. En estos momentos, ACNUR está trabajando para que la Unión Europea cree definitivamente un mecanismo predecible de desembarco para evitar que cada situación de rescate, como el del Open Arms y Ocean Viking,se convierta en una larga espera en medio del mar repleta de incertidumbre mientras un Estado decide hacerse cargo de las personas que llevan a bordo. 

Pero, al final, esa actitud vacilante de los Estados termina criminalizando el trabajo que realizan estas ONGs. Mire España. El actual gobierno permitió hace meses la entrada en puerto del Acuarius, y también del Open Arms, pero ahora ha tardado en reaccionar e incluso lo ha entorpecido. ¿Qué opina?

Existe un debate y España, como país fronterizo, forma parte de él porque está recibiendo un número importante de personas procedentes de lo que nosotros denominamos “flujos mixtos”, es decir, refugiados, migrantes y otras personas con necesidades de protección. Pero es la UE quien debe encontrar una solución que pase por un reparto pactado de solidaridad. No hay otra vía. El hecho indiscutible es que en el Mediterráneo se está viviendo una situación dramática donde lo fundamental es salvar vidas y para hacerlo de manera efectiva se necesita una medida que sea predecible para todos. Para las personas rescatadas, para los barcos que deben atracar con rapidez en un puerto que garantice protección y para los propios Estados. Estamos hablando de la supervivencia de seres humanos.

¿Esa solución incluye combatir con decisión y transparencia a las mafias que operan en Libia?

Por supuesto. En primer lugar, hay que poner en marcha mecanismos que impidan que la gente llegue a Libia porque eso es lo que favorece el mercado de las mafias que allí operan y que tanto sufrimiento provocan. Son las medidas de urgencia pero no podemos obviar que la movilidad humana es parte de nuestra existencia y que se ha incrementado considerablemente en las últimas décadas por múltiples motivos dentro de un mundo interconectado. Sólo por eso se debería crear con prontitud vías legales y seguras de migración para evitar que la gente utilice el recurso de las mafias que les engañan, torturan y esclavizan. 

Pero la sensación es que todas esas recomendaciones y denuncias han entrado en una fase de irrelevancia política.

La virtud que no debemos perder nunca es la de reinventarnos. Es la única manera de encarar con eficacia este drama humanitario porque nos arriesgamos a acabar en la irrelevancia. ACNUR es muy consciente de ello. Nosotros trabajamos sobre el terreno pero también a nivel político. Y actuar en ambos frentes nos permite conocer de primera mano el sufrimiento humano y fortalecer nuestros argumentos. Ir donde un representante institucional y mostrarle pruebas sobre una vulneración de derechos humanos suele provocar reacciones positivas en los políticos. 

¿Qué queda de aquel ACNUR que en 1984 se peleaba en España por sacar adelante la primera ley de asilo y refugio?

Bueno, el papel sigue siendo importante pero es indudable que ha tenido que readaptarse a la evolución del mundo. El primer cambio llegó con la reforma de la ley de 1994, una época en la que la UE recibía muchas solicitudes de asilo y los Estados empezaban a mostrar síntomas de preocupación. Entonces, nos asignaron un papel bastante relevante como fue el poder de veto. De esta manera, si se producía alguna discrepancia con las autoridades respecto a la admisión de una solicitud de asilo siempre prevalecía el criterio de protección. Aquel veto en frontera fue una medida práctica porque nos permitió atender con celeridad las solicitudes meritorias de asilo entre 1994 y 2009. Recuerdo hasta la cifra de peticiones recibidas aquel primer año: 12.615. Para que te des cuenta de cómo ha evolucionado todo te diré que sólo en lo que llevamos de 2019 se han presentado ya más de 50.000 solicitudes.

¿En qué medida ACNUR se ha ido mimetizando con los intereses de los Estados, con sus dobles lenguajes y sus simulaciones?

ACNUR es una agencia de las Naciones Unidas que monitoriza el correcto cumplimiento de la Convención de Ginebra. Es cierto que sirve a los Estados pero también que se rige bajo criterios de independencia y neutralidad en asuntos tan complejos como el de asilo y refugio. Lo vivimos a menudo en las fronteras. Ahí velamos para que se mantenga un equilibrio entre el legítimo derecho de los Estados al control fronterizo y sus obligaciones internacionales en la protección de las personas. 

¿Y dónde está el equilibrio entre ambos criterios?

En los límites. Los Estados tienen intereses que proteger pero también tienen obligaciones internacionales que cumplir. Y se lo recordamos permanentemente. 

Y, ¿no le inquietan los incumplimientos de esas obligaciones, cada vez más numerosas?

Hay frustración, por supuesto, pero puedo asegurarte que si no existiera ACNUR la situación sería aún mucho peor. La principal virtud de esta organización reposa, sin duda, en los valores de su fundación, basados en la solidaridad de la Convención de Ginebra. La gente que trabaja aquí arriesga su vida por proteger a personas en situación de riesgo. Es cierto que se cometen fallos pero la mayoría provienen de la movilización de unos operativos inmensos y burocráticos. Pero aún así, créeme, hacemos enormes esfuerzos por simplificar todo el proceso para que las personas en riesgo se sientan protegidas rápidamente. El refugiado es el centro de nuestro trabajo. 

Pero hay situaciones decepcionantes

Es cierto. A veces resulta desalentador observar cómo en un campamento de refugiados se agolpan dos y hasta tres generaciones de personas porque no hemos sido capaces de encontrar una solución para ellos. O cuando ves que detienen a niños o a familias enteras. Entonces piensas, ¿cuál es el problema? ¿Qué hay que hacer para detener esto? O con la situación en Libia donde todo el mundo sabe que existen casas de tortura para inmigrantes. ¿Acaso no aprendemos del pasado? Sin embargo, también es reconfortante ver cómo se han arreglado conflictos como el de Sierra Leona o Liberia aunque luego se recrudecen en otros lugares como en Mali, Somalia, Yemen… Y es una vuelta a empezar.

¿Cuál ha sido el momento más dulce y el más amargo de sus 25 años en ACNUR?

Personalmente, me resulta muy duro observar la situación de las personas en necesidad de protección en Ceuta y Melilla. Hay cosas difíciles de olvidar y una de ellas fue la llegada de los primeros refugiados sirios en 2014 y su negativa a solicitar protección internacional en España. Las autoridades encajaron aquel hecho de forma negativa y consideraron que no podían calificarles como refugiados. Me resultó muy complicado entender aquella falta de comprensión y mediación. La relación se tensó hasta el punto de que un grupo de unas 80 personas, con bebés recién nacidos y mujeres de 80 años incluidas, decidió acampar en la plaza de los Reyes de Ceuta y allí se quedaron durante meses. Fue difícil pero al final logramos arreglarlo. Sin embargo, prefiero recordar los momentos dulces. Por ejemplo, las reagrupaciones familiares que hemos conseguido o la localización de hijos de refugiadas que se habían quedado en otros países provocan felicidad. Y de estos he vivido muchísimos. 

¿Se arrepiente de no haber sido más contundente ante una coyuntura especial?

Ahora mismo no recuerdo haber vivido ninguna situación de esa magnitud pero soy consciente de que el día a día nos ha ralentizado la reacción en alguna tesitura de vulneración que ya teníamos identificada. Y ese tiempo perdido siempre es muy importante. Luego te fustigas y te recriminas, ¡cómo pudimos tardar tanto tiempo en reaccionar! 

¿Hasta qué punto existen dos varas de medir en las tramitaciones de asilo en España? Se lo pregunto porque, pese a la urgencia humanitaria que se vive en la frontera sur, los ciudadanos venezolanos han sido los solicitantes más numerosos por segundo año consecutivo. 

ACNUR intenta reforzar el sistema de protección internacional en todos los países donde está presente para facilitar que una persona perseguida encuentre refugio en cuanto pueda. Sin embargo, hay gente que prefiere intentar ir a un sitio más alejado por diferentes motivos, quizá porque hay unas mejores condiciones para hacerlo. En la misma UE sucede y eso que tenemos un sistema común de asilo. Es legítimo intentarlo pero lo lógico es que lo tramiten en el país más cercano a su lugar de origen porque así está pensado el régimen de protección internacional. Lo malo es cuando quien accede al procedimiento es el que tiene dinero para pagarse un billete de avión. Ahí vamos mal. Por eso en ACNUR incidimos tanto en las vías legales y seguras, y promovemos el reasentamiento como una de las soluciones duraderas. Es la mejor manera de que una persona que ha huido por ejemplo de Somalia y está en un campo en Kenia pueda ser identificada con rapidez para acceder a la protección en otro país. No es otra cosa que aplicar el espíritu de la declaración de Nueva York y el pacto mundial sobre refugiados. No olvidemos que algo más del 80% de las personas refugiadas viven en Estados vecinos a sus países de origen, que no son necesariamente ricos. 

Hace unos meses se publicó una fotografía de la comisaría de Aluche donde se veía a gente tramitando solicitudes sobre un contenedor de basura. ¿Ha colapsado el sistema en España?

Hay que dotar al sistema de más recursos para no mermar los derechos. En España siempre ha habido una mirada negativa hacia el procedimiento de asilo y no se ha atendido adecuadamente las necesidades del sistema. Llevamos advirtiendo desde 2013 que había que prepararse porque el sistema de asilo español es casi artesano. Desafortunadamente, esas advertencias de ACNUR no se tuvieron en cuenta y sólo cuando se saturó se comenzaron a implementar medidas estructurales, que han sido bienvenidas pero que no resuelven el problema a corto plazo. Es necesaria una arquitectura institucional en esta materia, es decir, España tiene que crear una autoridad que aglutine todas las competencias que hoy siguen compartimentadas. No sirve de nada que por un lado la policía tenga sus propios retos, que la dirección general de política interior tenga los suyos y que luego esté el sistema de acogida desconectado del número de solicitudes que están entrando, lo que le incapacita para programar necesidades. Se necesita coordinación.

España aguarda la decisión del Tribunal de Estrasburgo por la devolución en caliente de dos inmigrantes africanos en la frontera de Melilla en 2014. ¿Cuál es la posición de ACNUR en este proceso?

Sí, la decisión es muy importante porque determinará el marco que debe regir en una frontera compleja como es la de Melilla. ACNUR es parte en este procedimiento porque consideramos que se produjo una devolución colectiva de personas que podían estar en situación de protección internacional y se actuó en contra del convenio europeo y la carta de derechos fundamentales de la UE. El interés del ACNUR es que se asegure el tratamiento individualizado en la frontera pero, de nuevo, aquí colisiona la legitimidad de los Estados para decidir quién entra en su territorio con la obligación de crear mecanismos que sirvan para identificar a las personas que puedan necesitar protección. El dictamen será vital.

Siendo ACNUR una de las instituciones internacionales con mayor capital moral del mundo, ¿qué más podría hacer ante la situación política cada vez más complicada para miles de refugiados?

Seguir e insistir en los principios internacionales y humanitarios que deben prevalecer. Tenemos que recordar a los Estados cuáles son sus obligaciones sin olvidarnos de que nuestro trabajo también es buscar nuevas fórmulas para apoyarles en su tarea de protección y asistencia. También tenemos que extender a la sociedad los valores de ACNUR y visibilizar su labor para mejorar el conocimiento general sobre los refugiados, que creo que es muy importante en la actualidad. Así la gente hablaría con argumentos y disminuirían los mensajes cargados de odio que hoy en día circulan por las redes sociales. Y con las herramientas de comunicación que tenemos es relativamente fácil conseguirlo.

¿Quién es Marta García?

Soy una persona que ha dedicado, y sigue dedicando, buena parte de sus esfuerzos a que el mundo sea un poco mejor. Y con mi dedicación e ilusión intento cambiar las cosas. A veces, echo la vista atrás y me siento orgullosa de haberme comprometido tanto en esta causa.

¿Otro mundo es posible?

Espero que sí. 

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Gorka Castillo

Periodista. Nací en Bilbao. He sido corresponsal cubriendo conflictos internacionales en Irak, Bosnia, México y Colombia, además de ser enviado especial en Venezuela y Ecuador entre otros.

He colaborado en secretOlivo, CTXT, eldiario.es, La Marea, Radio Euskadi, Euskal Telebista, Deia, Ideal de Granada y algún otro más que no recuerdo.

Para mí, John Coltrane es dios. Amo el rugby y sueño con escribir una novela de misterio.
Gorka Castillo
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