Opinión y Pensamiento

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Que nadie te silencie, graffiti de El Niño de las pinturas

Que nadie te silencie, graffiti de El Niño de las pinturas

Intento respirar hondo, calmarme. Siento tanta rabia por todo lo que estoy leyendo que no sé si encontraré argumentos o sólo acertaré a escupir bilis. TODAS, y repito, TODAS las mujeres que me rodean han sido violentadas sexualmente alguna vez en sus vidas. Pudo ser en la pubertad, cuando algún adulto medio conocido aprovechaba para sobarlas y las instaba después a callar. Pudo ser en la calle, cuando las abordaron para intimidarlas verbalmente o las persiguieron de noche durante minutos, sólo por el placer de aterrorizarlas. Pudo ser en un espacio cerrado y público (en un autobús, en la cola de un establecimiento). Pudo ser de mil formas distintas y en mil lugares, pero el resultado siempre era el mismo: una sensación extraña, una mezcla de asco y rabia, un miedo paralizador. La sensación imprecisa de que algo que no debía ser así había sido. Todas las mujeres que conozco han sentido a lo largo de su vida sexual que han tenido relaciones que les dejaban mal sabor de boca, que no habían sido lo que deberían haber sido. Las hay que han seguido adelante “porque ya habían comenzado” (como si hubiera algún tipo de contrato que obligase a finalizar el coito una vez iniciado), las hay que no se han sentido respetadas ni tenidas en cuenta, las hay que se han sentido coaccionadas a llevar a cabo prácticas que no les apetecía realizar. Las hay que han tenido sexo cuando no lo deseaban, por el mero hecho de que sus parejas se lo “reclamaban” (por miedo a que dejaran de amarlas; porque también el “enfado” ante una negativa es una forma de coacción, de chantaje). Todas y cada una de esas situaciones comportan una agresión, más o menos grave.

Casi todas las mujeres que conozco han sentido vergüenza al ser agredidas, han pasado horas analizando su grado de “responsabilidad”, han pensado que quizás estuvieran exagerando, que quizás había sido fruto de su imaginación. Pero el malestar, la rabia, el sentirse extraña en el propio cuerpo, la impotencia, el llanto, son muestras claras de que algo que no debía haber sido así, ha sido.

Con esto lo que intento expresar es que TODAS las mujeres sabemos lo que es sentirnos sexualmente agredidas. No sólo eso. Vivimos desde niñas con la conciencia de que podemos ser agredidas sexualmente, de que es algo a lo que estamos “expuestas” por el mero hecho de ser mujeres. Desde muy temprana edad, se nos enseña que no debemos hablar con hombres desconocidos ni irnos con ellos, que no podemos subir a un ascensor solas con un hombre, que volver solas a casa por la noche implica estar ojo avizor, ser precavidas, vigilar nuestras espaldas. Se nos enseña a vivir con miedo, a que la sombra de una violación nos persiga constantemente.

No es una broma. Es algo extremadamente serio.

Conozco algunas mujeres que han sufrido agresiones sexuales de las tipificadas como “violaciones”. En algunos casos, por fortuna, pudieron zafarse de sus agresores empleando toda su fuerza. En otros, no. En todos, es un hecho que ha marcado sus vidas, que ha requerido terapias, medicación y meses de aislamiento.

A pesar de todo esto, sigue siendo hoy una mujer agredida sexualmente la principal “sospechosa”, la principal “culpable” de lo que le ha sucedido a ojos de la sociedad. Siguen siendo válidos, incluso para jueces y abogados, argumentos como que a la chica “la vieron en actitud cariñosa” con sus agresores. Sigue habiendo dudas cuando una mujer invita a casa a un hombre y es violada, cuando una mujer había consentido comenzar una relación sexual y en determinado momento ha dicho “basta”, ha decidido que no quería continuar. A pesar de todo, una mujer que denuncia una agresión sexual sigue siendo la que ha de demostrar no ser “responsable” del horror que ha vivido, no ser culpable de lo que le ha ocurrido, no “habérselo buscado”. Sigue siendo cuestionada, estigmatizada socialmente, puesta en duda por todos, dolorosamente puesta en duda.

Me resulta imposible que alguien pueda de veras creer que una chica a la que encuentran llorando y desorientada en un mísero terraplén, que una chica que es llevada a un hospital donde confirman que ha sido penetrada por cinco energúmenos, con signos de violencia, que ha sido grabada, humillada, pueda haber vivido esa experiencia como “sexo consentido”. El sexo consentido no te hace llorar. El sexo consentido no te lleva a denunciar una agresión sexual.

Me parece devastador lo que está sucediendo. Devastador. Así es. Algo que me sacude por dentro y me desgarra. Algo que arrasa conmigo. Algo que ni siquiera alcanzo a poder explicar.

Olalla Castro

Activista de todas las causas por las que merece la pena luchar. Esta andaluza de Graná lo hace desde el compromiso y la palabra. Poetisa, feminista, soberanista. Léanla, merece la pena

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