Raíces

La permanencia de un pensamiento

andalucismo

Escultura conmemorativa en el km. 4 de la carretera de Sevilla a Carmona, donde se cometió el asesinato de Blas Infante. Foto de TonoCano/SecretOlivo

Tomás Gutier

El olivo, ancestral símbolo de Andalucía, constancia eterna en el paisaje andaluz, nos marca y nos define. Igual de persistente, a pesar de tenerlo todo en contra, es ese ideal, aquel Ideal Andaluz de don Blas Infante. El olivo pudiera ser también la representación del pensamiento infantiano: constante, útil y perenne. Unos ideales, una doctrina, igual de vivos hoy que en 1936, cuando asesinaron a su autor. Hace 75 años pretendieron matar una idea. Alguien creyó que las ideas se podían matar. Y se equivocaron.

Hace 75 años se produjo un golpe de Estado ilegítimo y anticonstitucional, y detuvieron al máximo representante de la lucha por la dignidad de Andalucía.

Cuando un 10 de agosto cae vilmente asesinado, un “¡Viva Andalucía libre!” estalla en la noche. 

Hace 75 años buscaron un lugar apartado y la oscuridad de la madrugada para asesinar a un hombre bueno, a alguien que había cometido el alevoso delito de luchar durante toda su vida por Andalucía. Y de hacerlo sólo con las armas de la razón en la mano.

Porque la mente de Blas Infante estaba llena de Andalucía, su corazón vacío de rencor y sus manos limpias de sangre.

Como la de todos los andalucistas que fueron igualmente asesinados por creer en un ideal andaluz. Se trata de una constante en el nacionalismo andaluz. Los andaluces de conciencia luchan y trabajan por sus ideas, por el bien de la nación andaluza y el progreso de sus habitantes, y en esa lucha no se ha derramado más sangre que la de los propios andalucistas.

Blas Infante no murió, como otros demócratas y republicanos, sólo por defender la legalidad vigente. Además de por eso, lo asesinaron por ser andaluz, por lo que representaba, por sus escritos, por su defensa de una Andalucía libre.

Este injusto crimen y la represión posterior hicieron posible que los ideales e ilusiones por los que tantos andaluces habían luchado sufrieran una ocultación que duró 40 años. Junto a nuestro precursor, muchos andaluces dieron su vida sólo por eso, por ser andaluces y luchar por su tierra. Hombres buenos y honrados asesinados por creer en un Ideal Andaluz.

En ellos tenemos que vernos reflejados. El pueblo andaluz ha tenido una suerte de la que pueden presumir muy pocos pueblos: Blas Infante, la persona que forjó el ideal de una patria andaluza, el padre del andalucismo, fue un hombre bueno, un humanista que dio su vida por aquello en lo que creía. Podemos sentirnos orgullosos de su vida y de su herencia.

Blas Infante murió para que Andalucía continuara viva.

Los estúpidos y torpes asesinos, cuyos ojos llenos de sangre les impedían ver la realidad, creyeron que acabando con Infante se acababa todo. Y ese fue su gran error. Pensaron que mataban una idea y solo consiguieron asesinar a un hombre. Porque las ideas son como las semillas, cuando las entierras resurgen con más fuerza y vigor.

Cuando asesinaron a un hombre bueno creían que liquidaban todo lo que él representaba. Hoy, 75 años después, aún existen personas conscientes de que el ideal andaluz no está muerto. Y que nunca lo estará mientras quede un aliento de vida.

Para ello, sigamos el camino abierto por nuestros precursores: duros, directos, comprometidos… llamando injusticia a la iniquidad y mentira a la falacia. Hablando de paz y esperanza y exigiendo tierra y libertad. Aunque nos cueste, aunque perdamos parte de nuestro estatus social.

Ahora, en estos tiempos globalizadores de “realidades nacionales”, nos es más difícil mostrar abiertamente nuestras ideas. Ahora, guardamos más lo poco que tenemos sin atrevernos a manifestar nuestros sentimientos si no van acompañados de la pertinente adulación al poder y a quienes lo representan. Ahora, ¡quién lo iba a decir!, somos más progresistas y más conservadores, en el sentido más pobre del término. Una mezcla tan ilógica como triunfadora en una sociedad desmotivada y apática. Todo esto debe cambiar, y ha de cambiarlo nuestro convencimiento de pertenecer a una cultura, a un pueblo, a una nación que comparte el mismo destino.

Como os decía, así eran nuestros precursores… y así les fue. Junto a Blas Infante, muchos andaluces sufrieron persecución por sus ideales y dieron su vida por ellos. Era algo que tenían muy claro: daban por buena su muerte si Andalucía continuaba viva.

Ellos vislumbraron un amanecer que se dibujó el 4 de diciembre de 1977, aunque poco después las tinieblas en forma de gobernantes sin conciencia nos han aletargado, cubriendo el fabuloso sol que nos debería alumbrar.

Pero, a pesar de estar oculto, el sol ya ha salido, sólo falta que se disipe la niebla. ¡O la disipemos nosotros!

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