Opinión y Pensamiento

Los hermanos Machado y Antonio Burgos

Los hermanos Machado y Antonio Burgos

Llegábamos a Sevilla para disfrutar del Martes Santo. La Semana Santa encierra claves estéticas y líricas que no todo el mundo sabe advertir y es territorio también de heterodoxias, como revela el volumen que ha dedicado David González Romero al heterodoxo Antonio Núñez de Herrera, autor del fascinante Teoría y realidad de la Semana Santa. El Martes Santo sale en Sevilla el imponente crucificado de la Buena Muerte de la Hermandad de los Estudiantes, obra de Juan de Mesa. Obras tan eminentes como ésta exigen de espectadores sensibles, atentos a los esplendores del arte barroco. No hablamos de trozos de madera sino de obras de arte trascendentes. El Cristo de los Estudiantes no salió de su capilla universitaria por causa de la lluvia. Pero yo viví un Martes Santo memorable gracias a la generosidad y amistad de mi buen amigo José María Ribas Alba, profesor de Derecho Romano de la universidad hispalense y autor de varios libros, entre ellos algunos que desentrañan con maestría y rigor la Pasión de Cristo desde un punto de vista jurídico.

Todo este preámbulo viene al caso porque a mi llegada a Sevilla me topé en las páginas de ABC con un artículo de Antonio Burgos titulado Saeta contra la SaetaDe esos artículos que retratan ciertamente a quien los escribe. A Joan Manuel Serrat acaban de darle el Premio Demófilo, precisamente por la música de “La saeta”. La ciudad de Sevilla vuelve a premiarle por su difusión de la obra de Antonio Machado que parte de aquel elepé que dedicara al poeta en 1969. En ese disco aparecía “La saeta”, poema del libro Campos de Castilla de Machado, escrito en Baeza, al que Serrat puso música sin imaginar que esa música se convertiría en popularísima marcha procesional. De tal modo que el cuestionamiento machadiano de la religiosidad popular andaluza -de ascendencia unamuniana- terminaría por convertirse en afamada marcha de cornetas y tambores que acompaña a los Cristos itinerantes, lirios de Judea según la metáfora de Lorca.

Lo que termina interpretándose en la Semana Santa andaluza es la  partitura de Serrat cuyo primer arreglo debemos a Ricardo Miralles. De ese modo la memoria del poema de Machado sigue resonando a su modo cada primavera que anuncia la Semana Santa. Es mérito indudable del cantautor barcelonés que la sigue cantando en sus conciertos, que la situó también estratégicamente en su Antología desordenada compartiéndola con Carmen Linares. A Burgos no le habrá gustado el premio. En su artículo de ABC cuestiona “La saeta”, defenestra a Antonio Machado, negándole su sentimiento sevillano y lo vuelve a enfrentar con su hermano Manuel, después de tantos años.

Y claro, se puede ser Burgos y errar clamorosamente. Porque no se puede escribir todos los días un artículo lúcido. Y a Burgos le pierde su vehemencia reaccionaria. En primer lugar cabría recordarle que antes que le cantara Serrat, Antonio Machado ya era un poeta admirado y respetado, víctima del bando vencido de la incivil guerra, símbolo de otra España posible, acribillada a balazos. Recuérdese la peregrinación a la tumba del poeta en 1959, conmemorándose el vigésimo aniversario de su muerte. Este acto fue promovido desde París por el Partido Comunista actuando como cabezas visibles Claude Couffon y Juan Goytisolo. Se trató de restaurar la memoria de Antonio Machado, diez años antes que Serrat le pusiera música para situarlo en el ámbito de la inmensa mayoría que no suele leer poesía. Serrat, estrella pop, soñador de pelo largo de una España nueva, obró el milagro de hacer hits con sus canciones basadas en poemas de Machado fundiendo la Penélope del bolso de piel marrón con los proverbios y cantares del poeta-filósofo o la agonía tremendista del jornalero Manuel con la guitarra del mesón de los caminos. A partir de ese momento las canciones propias de Serrat convivirán armónicamente con las de Machado.

A título muy personal evoco la elegía que en 1956 dedicó mi padre, el poeta José Manuel García Gómez, a Antonio Machado, elegía que hice recitar a Javier Ruibal y a Joan Manuel Serrat en el documental En medio de las olas. Mi padre incluyó además a Antonio Machado en su Antología de Poesía Española que preparó para los alumnos extranjeros de los Cursos Universitarios de Verano de Cádiz. Y le dedicó varias conferencias al poeta sevillano resaltando siempre su hondura lírica. Es evidente que Serrat le dio una enorme difusión pero Antonio Machado ya era antes de Serrat un poeta importante al que incluso habían cantado previamente Paco Ibáñez y Alberto Cortez. Conviene recordarlo. Si Machado atrajo a los cantantes populares es porque su obra poseía un grandísimo valor per se y porque sus versos seguían estando vigentes en aquella España de lo que se dio en llamar tardofranquismo.

El amor a Sevilla del poeta queda evidenciado en varios momentos de su obra. No sólo en el celebérrimo “Retrato”. En plena Guerra Civil el poeta rememoraba en un soneto la Sevilla de su infancia citando a su hermano Manuel cuando más lejos se encontraba de él: “Mi Sevilla infantil, ¡tan sevillana!/ ¡cuál muerde el tiempo tu memoria en vano!/ ¡Tan nuestra! Aviva tu recuerdo, hermano/ No sabemos de quien va a ser mañana”. Y están aquellos versos finales, los que se encontraron en el bolsillo de su gabán en Coilliure, donde halló la muerte camino del exilio. “Estos días azules y este sol de la infancia”. Sí, el sol de Sevilla, su luz ya cantada en un hermoso soneto a su padre, forman parte de la memoria fundamental del poeta, de su sentimentalidad. Que esto no se le olvide al señor Burgos que trata de desterrar a Machado de su Sevilla natal. Y claro que también hay que considerar a su hermano Manuel pero desde luego no seré yo quien hable de Manuel para enfrentarlo a Antonio. Es un recurso que no me parece lícito ni honesto. Todavía ha de dolernos el final del poeta, el infinito drama de la Guerra Civil, la imagen final cargada de tristeza que desentraña Luis Antonio de Villena en su recienteImágenes en fuga de esplendor y tristeza. 

El artículo de Burgos remata su suma de exabruptos con referencias a Serrat no demasiado elegantes. De entrada le califica de catalán, algo que es obvio que lo es, pero conociendo la catalanofobia de Burgos lo del catalán Serrat parece sonar con segundas. A eso sumar cuando dice que en otro tiempo Serrat era Juan Manuel Serrat. ¿Cuándo fue eso? Salvo un remoto single toda la discografía del cantautor está firmada por Joan Manuel Serrat y no por Juan Manuel Serrat. Es más, en cierto modo me gusta pensar que Joan y Manuel vienen a integrar a su modo el bilingüismo natural que baña su propio cancionero. Por eso tampoco me resulta adecuado llamarle -como hacen algunos- Joan Manel Serrat.

El caso es que Burgos lo ha vuelto a hacer. De vez en cuando su afán polemista le conduce por territorios ciertamente enconados que ni siquiera aprueban algunos de sus fieles lectores. A estas alturas de la película nadie debería confrontar a los hermanos Machado y una marcha como “La saeta” debiera ser marcha de consenso para alegría de Serrat y su sentido de lo popular y para alegría también de la Semana Santa, de sus sonidos particulares, de esa banda sonora que tiene en “Amargura” de Font de Anta su  cúspide musical y sentimental.

Sevilla debe sentirse orgullosa de ser la patria de los hermanos Machado, sin distinciones, sin roces, al margen de las dos Españas y de la sangre derramada en un tiempo de guerra incivil que aún hoy sigue dejando su virulenta huella. Y hay que decir bien alto y bien claro que Antonio Machado jamás despreció a Sevilla ni siquiera a través de su heterónimo Abel Martín. Escrito y estudiado está. Aunque el ufano señor Burgos lo olvide.

Luis García Gil

Luis García Gil

Poeta y ensayista con una docena de libros publicados en los que cine y canción se entrelazan de modo sumamente lírico. Más información en www.luisgarciagil.com
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