Iniciativas

Trogloditas y Perrockflautas

Granada Ciudad del Rock

GRANADA, CIUDAD DEL ROCK (Y DE LA CENSURA)

Por Paco Espínola

Hace quince días, el organizador de una exposición fotográfica del rock en Granada en los años 80, me pidió 30 líneas sobre el tema, y como siempre, gratis y urgente.

El argumento -también manido- es el de “la lucha y solidaridad por una cultura independiente y que-tú-ya-sabes-cómo-está-todo-de-mal y lo poco que se ayuda a los músicos en esta ciudad y bla, bla, bla”. Y claro, si “tú me llamas, amor, yo cojo un taxi”.

Es decir, uno lo deja todo y se pone a la tarea. El problema es que a uno le cuesta escribir y aún más recordar, pero uno lo hace y lo envía. Un día antes del plazo para que el colega no se agobie. El colega lo recibe y te contesta algo así como (traduzco): Tío, t’has pasao. Yo quería una cosa de ternura, de recuerdos y de peloteo y tú le endiñas una hostia al personal político que m’han dao curro de ‘fotógrafo oficial’. Hombre, si quitas lo duro y lo suavizas, lo publico. Si no, entiéndeme…”.

Y uno, que es bastante torpe para el mamoneo, se niega en redondo.

Este es el texto no publicado.

Trogloditas y Perrockflautas

El pasado mes de marzo, en la presentación del proyecto “Granada Ciudad del Rock” (¿por qué no “Ciudad de la Música”?) alguien comentó ante los medios que, por primera vez -y gracias a la corporación municipal- la ciudad daba la alternativa a grupos y solistas, apoyando, asimismo, “espacios claves y crear una marca cultural y turística que aporte valor, rentabilidad y nuevas opciones de ocio”, explicaron al vender la moto.

Se estableció así un circuito de actividades donde algunos músicos, cobrando un poco más de casi nada, decoraban con sonido las orejas y los locales del tejido empresarial, una segunda piel que disfrazaba de cultura a un Ayuntamiento impermeable al conocimiento.

Ni siquiera la camiseta negra superpuesta sobre la Ralph Lauren del concejal de Cultura marcó tendencia.

El regidor vestido ad hoc con el hábito talar de Juan Ciudad (no olvidemos también su ‘Ciudad de la Poesía’) recogía a los indigentes “perrockflautas” y los cobijaba en su lista de éxitos.

Ahora hay más poetas que poesía y más escritores que lectores. Las editoriales publican guías telefónicas del tipo “Las 1000 mejores poesías granadinas de la semana”. Los músicos florecen cual plaga bíblica cultivada en el laboratorio vírico de las redes sociales y los hijos de los artistas muertos gozan de la bula crítica y la consideración de que el talento es hereditario.

Ni mucho menos cualquier tiempo pasado fue mejor, ni por supuesto, pretendo convertir los datos en nostalgia estadística. Pero sí es mentira que esta sea “la primera vez” y, sí es cierta, la amplitud de miras que mostraron la concejala de Cultura, Mariló Cotarelo, y su director, Antonio Muñoz Molina, ante la propuesta que les hice en 1983.

Durante los seis primeros meses, todos los domingos, a las 20:30h, se celebraría en el Estadio de la Juventud un ciclo denominado “Estadio Música”. Cualquier conjunto o solista podía subirse por primera vez a un escenario. Había bandas cuyo repertorio constaba sólo de cuatro o cinco canciones y mucho miedo, pero, al final, obtenían una maqueta en cassette -¡de cromo!- y un vídeoclip a cámara fija.

Cada semana actuarían cuatro grupos, uno de ellos como cabeza de cartel. Las entradas las venderían en su beneficio los propios músicos y el Ayuntamiento pondría la infraestructura: local, escenario, sonido, luces y publicidad. Juan Vida y Jacinto Gutiérrez regalaron sus diseños a la causa. La producción la hicimos gratuitamente.

Y sucedió lo imposible. “Estadio Jazz” congregó a Arturo Cid, Guillermo Morente, Nicolás Medina, Kiko Aguado, Fernando Wilhelmi o Ernesto Baquero, entre otros. “Estadio Folk” consolidó a los andinos Yaraví y Antara, y al de raíces hispanas, Lombarda (el grupo de los hermanos Hervás y Manolo Mateo). “Estadio Flamenco” fue apadrinado por Enrique Morente acompañado a la guitarra por Paco Cortés, y Jaime Heredia.

Granada Ciudad del Rock

Por último, aquel tonel de Diógenes habitado por músicos de las cuevas del Tambor, se concentró en el “Estadio Rock”: Pank de Alfacar, Johnny Roll y los Traviesos, La Guardia del Cardenal Richelieu (luego La Guardia), SOS, TNT, KGB, Magic, 091, Sesión de Noche, Nosferatu, Tarot, Los Discretos, Lucky Luke, Habitación 101 o La Banda de los Hermanos Cruz, entre otros.

Años después, en 2001, el propio Antonio Muñoz Molina, refiriéndose a la cultura en España, escribió: “(…) No ha habido tiempos mucho mejores que éstos, aunque quizás tampoco más escandalosos o atolondrados, así que la única nostalgia legítima y útil me parece la de las cosas que ya deberíamos estar haciendo, las que siguen malográndose no por falta de talento, sino por un hábito inveterado de chapucería y negligencia, de abandono al desaliño de lo más fácil”.

Pero no se preocupen. Seamos optimistas. La diferencia entre un pesimista y un optimista es que el pesimista sostiene que todo es un horror, todo es un desastre, que las cosas no pueden ir peor. Y el optimista dice: “Sí, sí, claro que pueden ir peor”.

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