Prensado en frío

Olalla Castro: «La tristeza o el miedo son a menudo una semilla de lucidez y de belleza»

Olalla Castro: «La tristeza o el miedo son a menudo una semilla de lucidez y de belleza»

Olalla Castro (Granada, 1979) es doctora en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada y licenciada en Periodismo. Sus últimos poemarios publicados son Todas las veces que el mundo se acabó (Pre-Textos, 2022, Premio Ciudad de Estepona de Poesía), Las escritas (Berenice, 2022, Premio Vicente Núñez de Poesía), Inventar el hueso (Pre-Textos, 2019, Premio Unicaja de Poesía) y Bajo la luz, el cepo (Hiperión, 2018, Premio Antonio Machado en Baeza).

Sus poemas han sido incluidos en una veintena de antologías y traducidos a varias lenguas. Desde hace años, investiga la literatura escrita por mujeres y trabaja en la visibilización de la misma dando conferencias e impartiendo talleres. Es columnista en El Salto Diario. A veces corrige textos ajenos para seguir escribiendo los propios. Hoy hemos querido charlar con ella en nuestra Prensa con motivo de la publicación de Todas las veces que el mundo se acabó.

Portada de ‘Todas las veces que el mundo se acabó’, de Olalla Castro.

Javier Gilabert: ¿Por qué este libro y por qué ahora?

Olalla Castro: Este libro es una indagación en la idea del fin y sus aristas. Es un claro fruto de todo lo que hemos vivido en los últimos años, pasado por el tamiz de la reflexión teórica y la crítica ideológica, que son quizás los dos elementos que tienen en común todos mis libros. En 2020 y 2021, cuando estábamos siendo con más intensidad desbordadas por la sensación de apocalipsis, fui absolutamente incapaz de nombrar eso que me/nos estaba atravesando. Solo después de tomar la distancia necesaria con respecto a lo sentido en plena pandemia pude trasladar al plano intelectual lo que nos había arrollado y convertirlo en materia poética. Escribimos, como dice Chantal Maillard, «para que el agua envenenada pueda beberse». La tristeza o el miedo son a menudo una semilla de lucidez y de belleza, pero para obtener su fruto hay que estar lo suficientemente lejos de aquello que los originó. La escritura es eso que nos separa del golpe y nos permite entender al mismo tiempo de dónde provino y cuáles han sido sus efectos.

¿Cómo y cuándo surge la idea del libro?

La idea surgió en 2020, aunque, como decía, entonces no tuve la capacidad de desarrollarla. En pleno confinamiento, pensé en varias ocasiones en cómo esa sensación de fin del mundo que se percibía en los discursos de los medios y anegaba nuestra propia cotidianidad hasta ahogarla ya había atravesado a la humanidad infinidad de veces. De hecho, lo que todas las culturas a lo largo de la historia han tenido en común ha sido precisamente la necesidad de pensar su fin, de preverlo, de prepararse para él. Es, en cierto modo, la vida asumiendo su propia fragilidad es lo que me interesa de todas esas escatologías, de todas esas narraciones apocalípticas. Y el hecho de que el fin del mundo haya sido a veces un momento, un acontecimiento por venir que vaticinan adivinos y libros sagrados, otras un lugar, incluso una persona (la última superviviente de un pueblo que desaparecerá con ella).

La idea de armar un libro que repasara todas esas veces que el mundo se había acabado ya me parecía muy interesante para entender qué elementos se repetían, qué latía por debajo de ese miedo original a la finitud de la vida y cómo quizás era precisamente ese terror lo que desde el principio había articulado el mundo: «En el centro del principio, áspero como un hueso de ciruela, estaba el fin», leemos en uno de los poemas del libro. En el sentido heideggeriano, el ser humano es un ser-para-la-muerte, en tanto es nuestra finitud la que enmarca nuestra existencia, nos arroja a la vida, nos convierte en dassein; la muerte es la condición de posibilidad para la vida. Como digo en el libro: «Para qué buscar señales del fin,/ ponerle fecha,/ si el fin es esto/ ‒limo bajo la piel, ojo cerrado‒/ que desde el principio de los tiempos/ se repite».

¿Qué pistas o claves te gustaría dar a l@s posibles lector@es? ¿Qué efecto esperas que tenga en ell@s?

Bueno, creo que ya he apuntado algunas claves importantes. Este es un libro cuya unidad viene dada por esa indagación en la idea del fin y por su lectura en clave ética y política. Es una crítica, quizás la más dura y aparentemente desesperanzada que había hecho nunca, a lo que somos, al lugar del que venimos, a nuestra historia. Se escribió desde la tristeza y el miedo, en un momento oscuro en el que parecía no haber salida posible. Ahora quiero pensar que señalar los errores de los que partimos de manera tan cruda, lejos del fatalismo y la derrota, puede hacernos entender la urgencia de transformarlo todo, lo vital que es que rompamos con los sistemas de opresión/explotación sobre los que hemos cimentado nuestro mundo; ensayar otro lenguaje, otra razón, otra forma de existir que se levante sobre la defensa de la vida y no sobre su expolio y su devastación.

Todas las veces que el mundo se acabó avanza a tientas (tiene en ese sentido la estructura que Adorno aseguraba que era propia del ensayo); lejos de afirmar, cuestiona, se pregunta, amaga salidas, vuelve atrás, afirma y se desdice. Si está seguro de algo es del error de partida, de todo lo que debemos reparar, de esa herida anterior a nosotras de la que, sin embargo, nos hemos de hacer cargo. Habla de culpa como único hogar, pero no en el sentido judeocristiano, sino en el sentido levisiano de responsabilidad, de compromiso con el sufrimiento de las otras. Va de lo macro a lo micro, del exterior al interior (de la religión, la cultura, el lenguaje y la historia a la intimidad del yo), mostrando la continuidad entre todas esas cosas, cómo son todas juntas las que construyen el mundo tal y como lo conocemos, como un juego de matrioshkas que se contienen las unas a las otras y se precisan todas para ser lo que son. 

¿En qué medida veremos en él —o no— a la Olalla Castro de tus anteriores obras? 

Creo que hay un fondo común en todos mis libros que viene dado por el lugar desde el que miro y nombro el mundo, sobre todo en su dimensión ética e ideológica. Mi poética está muy emparentada con el dolor, con la herida en la que se origina el ser. Eso está muy presente en este libro, como lo estaba en mis anteriores obras. Este es quizás un libro más triste y oscuro que otros, donde hay poco espacio para la luz y el yo poético parece asfixiarse en su propia imposibilidad. Muy diferente al otro libro que acabo también de publicar, Las escritas, que se centra mucho más en aquello que nos ayuda a resistir y que nos salva.

En cuanto al estilo, intento que cada libro mío explore formalmente espacios distintos. En este caso, el tono es quizás más ensayístico que narrativo, acercándose más a Inventar el hueso (aunque con un imaginario muy propio, que se busca en todos esos relatos apocalípticos y escatologías que toma como referentes), pero su aspereza lo acerca también a Bajo la luz, el cepo. Es muy diferente a los libros anteriores y a la vez está claramente emparentado con ellos. En realidad, ¿no ensayamos una y otra vez el mismo libro, ese libro por venir del que hablaba Blanchot? 

Te pongo en un aprieto: si tuvieras que quedarte solo con tres poemas de ‘Todas las veces que el mundo se acabó’, ¿cuáles serían? 

No creo demasiado en el valor de los poemas por sí solos, separados del libro del que forman parte. Para mí, un poemario es una totalidad y el sentido se va entretejiendo a lo largo de las páginas, precisamente en el diálogo de unos poemas con otros y en la estructura que juntos generan. Dicho esto, he elegido tres poemas de la parte que abre el libro y le da título, para que así se entienda un poco al menos hacia dónde apunta esa primera sección: ‘Nostradamus’, ‘Bailarán los doce soles’ y ‘Hic sunt dracones’.

A pesar de que tienes dos poemarios recién sacados del horno, seguro que ya estarás mirando hacia el futuro. Háblanos de tus próximos proyectos.

Acaban de concederme una de las ayudas a la creación literaria del Ministerio de Cultura para escribir un ensayo sobre literatura y feminismo que tenía en la recámara desde hace años. Estoy muy contenta porque voy a poder dedicarme solo a escribir durante unos seis meses, pudiendo prescindir de todos los otros trabajos (correcciones, conferencias, talleres, recitales…) que me roban el tiempo y me dan de comer. El ensayo requiere una constancia y una disciplina inmensas. No es una escritura que pueda compaginarse (al menos, no para mí) con jornadas laborales de nueve horas y viajes constantes. Ahora voy a poder enfrentarme a él con la calma y la energía que demanda.

Desde hace años dedicas parte de tu tiempo y de tus esfuerzos a la investigación sobre la literatura escrita por mujeres y trabajas en pro de la visibilización de la misma dando conferencias e impartiendo talleres. ¿Está cambiando la perspectiva que el público tiene sobre esta literatura? ¿Se podrá hablar dentro de unos años de un nuevo canon? 

Ojalá que sí, Quiero pensar que así está siendo, de hecho, ya. Hay un trabajo inmenso que venimos haciendo editoras, traductoras, autoras, libreras… que hemos elegido hacer de nuestras profesiones una forma de militancia feminista. Gracias a ese empeño en politizar nuestro trabajo se están publicando más libros escritos por mujeres que nunca, se están recuperando tantas y tantas voces perdidas, olvidadas, ignoradas a lo largo del tiempo. Lo que hay que preguntarse es cómo es posible que tantas y tantas autoras consagradas en sus respectivas lenguas no estuviesen hasta ahora traducidas al castellano, cómo había tantas obras importantísimas descatalogadas o sin editar. El canon, efectivamente, debe ser revisado y ampliado para dar cabida a todas las autoras que por razones mera y claramente ideológicas se quedaron fuera del mismo. Hay que feminizar y descolonizar el canon. No solo es una cuestión de justicia social, sino una pura necesidad estética, un imperativo literario. La mejor poesía en las últimas décadas, sin duda, la están escribiendo las mujeres. Hay en ellas una lucidez, un compromiso ético y un sentido del riesgo estético que las coloca en la vanguardia del pensamiento y la escritura. 

Por último, como lectora, ¿a quién te gustaría que invitásemos a pasar por ‘la Prensa’?

A Erika Martínez, porque me parece una de las mejores poetas de mi generación y una de las personas más brillantes que conozco.

Poemas de ‘Todas las veces que el mundo se acabó’, de Olalla Castro

NOSTRADAMUS

Es un poema el futuro:
temblor que se invoca 
con el fin de apartarlo,
fantasma conjurando la lengua,
monstruo hueco que en lo hueco se esconde. 
Quise alejar esto muerto,
lanzar lo que había visto
‒dos brotes de peste, 
mis hijos y mi esposa en el mismo ataúd‒
como una piedra plana sobre el mar.
Que en el agua saltase cinco veces
y se hundiese después.
Intenté 
desviar mis ojos de sus ojos redondos,
cubrir con la palabra, sábana blanca,
aquel cuerpo tan frío.
Y, si os entregué este miedo
‒vieja de luto, lluvia de ranas, 
sangre mezclada con leche, 
serpiente de cascabel‒,
fue solo para poder continuar.

BRILLARÁN LOS DOCE SOLES

Cuando nadie recuerde 
los nombres de los dioses
brillarán los doce soles a la vez
y Kalki descenderá en un blanco caballo.
Sus manos se abrirán hermosas como lotos,
cada dedo un pétalo muy suave,
para matar aquello que él mismo creó
‒pues ¿qué es el ser humano 
sino un ladrón ansiando vestir ropa de rey?‒.
Ven aquí, Kalki, 
con tu cuerpo cóncavo recógeme,
devuélveme al hueco del que vengo,
hasta que no respire 
‒hasta que ninguno de nosotros respiremos‒.
Acaba con la herida
para que pueda la herida 
volver a comenzar.

HIC SUNT DRACONES

Cuando el mundo era plano
en los mapas se cartografiaba el fin
y, más allá del agua donde todo acababa,
se dibujaban monstruos y dragones,
serpientes marinas, sirenas, centauros,
peces con diez ojos y pulpos con cabeza de titán.

Como si todo lo que asusta
no pudiera tocarse alargando los dedos.
Como si todo lo que asusta 
no estuviese ya aquí.

Javier Gilabert
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