Prensado en frío

Víctor del Moral: «Estamos rodeados de misterio»

Detalle de portada de 'Hechos a mano', de Víctor del Moral
Detalle de portada de 'Hechos a mano', de Víctor del Moral

Víctor del Moral: «Estamos rodeados de misterio»

Víctor del Moral nació en Úbeda en 1979. Transcurrió su infancia en Granada y después estudió en Lérida, Barcelona y Madrid. Actualmente reside en Alovera (Guadalajara), donde da clases de Lengua y Literatura. Es bibliófilo, melómano y estilófilo. El año 2008 obtuvo el Premio Ciudad de Valencia por el libro ‘Con la luz sumergida’ (Renacimiento); en 2014 publicó un cuaderno de apuntes de ética, ‘Los cartuchos de Andrés Rebotino’. Y en 2021 obtuvo el Premio Jaén de Poesía por ‘Hechos a mano’ (Hiperión), libro que hoy nos reúne en torno a la Prensa.

Portada de 'Hechos a mano', de Víctor del Moral
Portada de ‘Hechos a mano’, de Víctor del Moral

Javier Gilabert: ¿Por qué este libro y por qué ahora?

Víctor del Moral: Yo también me hago esa pregunta (y me refiero al “ahora” de la escritura, a los meses recientes en que fui poniendo por escrito los poemas de Hechos a mano; el momento de su publicación es otra historia). ¿Por qué ha surgido todo esto ahora? 

Lo cierto es que llevaba bastante tiempo sin apenas escribir poesía, y en junio de 2020 intuí que algo estaba pidiendo ser trasladado al papel; como si un magma acumulado estuviese anunciando una erupción; o como el agua a punto de desbordar por un manantial desde un acuífero. Abandoné otras ocupaciones que yo mismo me había impuesto, y así fue: comenzaron a sucederse los poemas, a menudo atropellándose unos a otros. 

Creo que los griegos utilizaban la palabra kairós para referirse a un momento propicio para algo, ¿no es cierto? Pues eso: había llegado un momento oportuno, el momento de decir esas cosas y de decirlas de esa manera.

¿Cómo y cuándo surge la idea del libro?

No sé cómo escriben otros la poesía, Javier, pero en mi caso habría que hacer la pregunta de otra manera: ¿Cómo y cuándo surgió la idea de cada poema? Porque yo no concebí ningún libro antes de sentarme a escribir. Hago los libros por peso: cuando se han juntado los suficientes poemas en la balanza los organizo en una obra. Es verdad que han sido escritos bajo el mismo impulso y por eso creo que se puede ver en ellos cierta unidad de estilo y de pensamiento y de sentir. Pero cada poema ha nacido y ha madurado de manera autónoma, con independencia del resto.

Podría añadir, en todo caso, que la idea de muchos poemas surgió en el silencio de mi biblioteca, normalmente con un libro entre las manos. Otros, sin embargo, apuntaron mientras conducía, o mientras iba dejando mis huellas en un sendero. También me recuerdo intentando cuadrar algunos endecasílabos en el Mercadona. Y algún poema (aunque esto no sé si debería decirlo) vino muy inoportunamente durante la celebración de la misa.

¿Qué pistas o claves te gustaría dar a los posibles lectores?

El libro se divide en cuatro partes; creo que se podría decir que son cuatro ingredientes importantes de mi mundo. En ellas se habla de instantes cotidianos, de recuerdos y personas conocidas, de mi sentir de la naturaleza, de arte y literatura. Pero me parece que todo lo que pudiese decir a partir de aquí sería hablar de más. Dejemos que abra el libro el que lo desee, y que se sorprenda o se decepcione según esté, o no, destinado a esa persona.

¿Qué efecto esperas que tenga en ellos?

Pues hombre, lo que me parece lógico esperar es que algunos poemas pellizquen el corazón de los lectores, que les produzcan un estremecimiento por su belleza. Ésa es la razón de ser de la poesía, ¿no? El escritor ruso Leonid Kannegisser hablaba de nuestra necesidad de belleza con una expresión hiperbólica que a mí me gusta mucho y voy repitiendo por ahí: “Al corazón humano no le hace falta la felicidad, le hace falta el resplandor”. La poesía, según entiendo yo las cosas, está llamada a dar respuesta a esa necesidad, a producir ese resplandor.

Esto no es independiente (siempre según mi manera de ver las cosas) de una determinada postura ante la realidad y la vida que se le puede contagiar al lector a partir de cualquier libro de poesía verdadera. Es casi un tópico decirlo, pero creo que es verdad: estamos rodeados de misterio. Yo en este libro he intentado ser dócil y permeable a ese misterio, a una verdad escondida pero que me parece se nos impone. E invito implícitamente a abrir los ojos ante ella, a aceptarla.

Y, ya puestos a pedir, me encantaría pensar que mis lectores sonríen alguna vez en el recorrido de Hechos a mano.

¿En qué medida veremos en él -o no- al Víctor del Moral de tus obras anteriores?

No me he atrevido a volver a abrir mi poemario anterior. Me parece que algunas cosas en él me sonrojarían, porque quizá me “confesé” o me “desnudé” de una forma que ahora considero inadecuada. Y eso espero haberlo evitado en este nuevo libro.

Por otro lado, tengo la impresión de que ahora ya se me ve caminando por mi propio pie, con un estilo más definido y personal. Creo que Hechos a mano es el libro en el que, como suele decirse, encuentro mi propia voz. Es decir, que ese estilo, esa manera mía de andar, mi propia voz, en mi obra anterior se reconocía en ciernes y entre morralla innecesaria.

Te pongo en un aprieto: si tuvieras que quedarte con solo tres poemas de Hechos a mano, ¿cuáles serían?

Sí que es un aprieto, sí. Sin pensarlo demasiado, te diría ‘Atardecer’, ‘Ante notario’ y ‘Julito’.

Hechos a mano te ha valido el Premio Jaén de Poesía, además de publicar en la prestigiosa Hiperión. ¿Qué supone para ti este reconocimiento?

Debo comenzar confesando una cosa: cuando organicé los poemas de este libro en el orden que ahora presentan (que no es el orden en el que los escribí), y cuando me parecía que había limado sus asperezas más evidentes, me dispuse a presentarlo a tres certámenes. Lo hice a esos sólo porque el plazo de entrega de los mismos concluía por aquellos días, pero sin saber demasiado de ninguno de ellos. No sabía nada, de hecho, del Premio Jaén.

Sin embargo, que obtuviese precisamente ese premio me produjo una gran emoción, porque mis raíces se encuentran en la provincia de Jaén. De allí son mis padres y allí nací yo. De hecho, en las breves palabras que pronuncié al recoger el premio, quise hacer un rápido recorrido por los lugares de esa tierra a los que estoy vinculado: La Iruela, Beas de Segura, Huelma, Úbeda…

Por lo demás, un premio de este tipo y una publicación así son un reconocimiento a un trabajo escondido y silencioso, que está rodeado de dificultades e inseguridades… Es como una palabra de ánimo oportuna para seguir por ese camino. (Y, bueno, es una ayuda inestimable para un asunto muy prosaico que se llama hipoteca).

Han pasado casi tres lustros desde la publicación de tu anterior poemario, Con la luz sumergida. ¿A qué es debido ese silencio?

No he publicado antes porque no he podido, porque los premios a los que me he presentado se los han dado a otros.

Ahora bien, creo en la Providencia, y no me quejo de esa circunstancia. Si miro hacia atrás puedo ver que ha sido un tiempo de crecimiento, en el que mi estilo y mi mundo poético se han ido macerando y purificando. Era bueno que los acontecimientos se sucedieran así.

Todo lo que escribí entre 2009 y 2019 da para un volumen más bien delgado de versos; pero en sus márgenes quedan montañas de virutas. El fruto, sin embargo, insisto en que me parece bueno.

Por último, como lector, ¿a quién te gustaría que invitásemos a pasar por ‘la Prensa’?

Hay tantos poetas andaluces por los que siento admiración y cariño, que mi lista, me temo, sería demasiado larga. Así que te digo cuatro sin darle demasiadas vueltas. He leído y releído con unción a Inmaculada Moreno y a Pilar Pardo. Y dos hombres: Joaquín Moreno (cuyo Largo viaje estoy releyendo estos días) y mi buen amigo Enrique García-Máiquez.  

Poemas de Víctor del Moral

ATARDECER

Aquellos escritores, tan tremendos,
del ser para la muerte,
de la pasión inútil y la Nada
desde la que hemos sido
lanzados a la vida… 
Ante sus rostros graves
yo fui como la víctima hechizada
de un reptil sigiloso.

Hoy más bien me pregunto
por la verdad oculta en esta escena:
un día que se duerme lentamente,
mural de tintas rojas,
y un campo cereal, en el silencio
que queda tras la siega, con enormes
balas de paja en forma circular.

ANTE NOTARIO

Cuando yo muera,
cuando llegue a mi hogar definitivo,
no espero ya la música de Bach,
que me dio tantas veces en la tierra
fotogramas magníficos del cielo.
Ni el otoño de Irati.
Ni el agua primigenia de Madeira.

Para que yo descanse
—rubrico en este agosto
del año 2020—,
cuando muera deseo
a estos grillos tenaces 
de la noche alcarreña.

JULITO

Atado a un tetrabrik de vinillo barato,
da igual la hora del día,
con un séquito fiel que presta oídos
a tus bravuconadas,
arrastras como puedes 
un cuerpo amoratado y tembloroso.
Los ojos derrotados,
con lengua torpe, ropa desgarbada,
barba de varios días…
una estampa patética.

Qué te habrá conducido hasta ese estado:
un desamor, la muerte, la traición,
la imposibilidad de acompasarte
a este mundo famélico…
¿O acaso es simplemente un espejismo 
de la felicidad?

Atiéndeme, Julito.
Sin duda guardarás
una foto de niño, con tus padres.
Mira bien a los ojos
de esa mujer tan joven.
Y, sobre todo, escucha
la voz de tu mirada,
a ese chico expectante,
con una vida aún por escribir.

Javier Gilabert
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