Prensado en frío

Jesús Montiel: «La literatura exige la confianza ciega del amante»

Portada de 'Canción de cuna' de Jesús Montiel
Portada de 'Canción de cuna' de Jesús Montiel

Jesús Montiel: «La literatura exige la confianza ciega del amante»

Jesús Montiel (Granada, 1984) es autor de varios poemarios que le han valido distintos reconocimientos, entre los que destacan ‘Memoria del pájaro’ (Premio Hiperión, 2016) o ‘Un palacio suficiente’ (Ed. Comares, 2022). Ha traducido ‘Resucitar’ y ‘Prisionero en la cuna’, de Christian Bobin.

Ha publicado también un libro de aforismos, ‘Silencio casi’ (Trea, 2020) y varios de narrativa: ‘Notas a pie de instante’ (Esdrújula, 2018), ‘Sucederá la flor’ (Pre-Textos, 2018), ‘El amén de los árboles’ (Esdrújula, 2019), ‘Señor de las periferias’ (Pre-Textos, 2019), ‘Casa de tinta’ (Hiperión, 2019), ‘Lo que no se ve’ (Pre-Textos, 2020) y ‘La última rosa’ (Pre-Textos, 2021). Hoy pasa por la Prensa con motivo de la publicación de ‘Canción de cuna’ (Pre-Textos, 2022).

Javier Gilabert: ¿Cómo y cuándo surge la idea del libro?

Jesús Montiel: Este libro es muy especial. Como todos mis libros, surge de una manera orgánica, no premeditada. El libro comienza con una lágrima de mi madre. Éste es el inicio, el punto de partida. Es un libro que brota de una situación dramática, que ha crecido en mitad de una tragedia familiar, y por eso mismo ha sido un desafío, a veces un difícil número de equilibrismo. He tenido que bregar con el infierno.

Para que me entiendas, mi sensación era la de un campesino que ve sus tierras rodeadas por el incendio, y protege a sus animales y sus árboles a la desesperada, con todas sus fuerzas. Creo, y esa esa mi alegría, que el incendio no ha abrasado lo más importante. Que en mi corazón sigue intacta la hierba de la esperanza, el bosque del amor. He conseguido atravesar las llamas. Y creo también que esa es la misión de la poesía, muy parecida a la del guarda forestal: velar, impedir que el fuego avance, conservar la vida intacta, a salvo del diablo. 

¿Qué pistas o claves te gustaría dar a l@s posibles lector@s?

Mis lectores saben perfectamente lo que hay en mis libros. Nos entendemos. Tenemos un lenguaje común, como pasa en una familia. No hay pistas, ni senderos. La literatura exige la confianza ciega del amante. El lector, así lo entiendo yo, debe cerrar los ojos y avanzar a ciegas, caminar hacia la sorpresa. La lectura es un ejercicio de entrega. Cuando uno comienza a leer un libro está lanzándose al abismo. Entrando en una zona desconocida. 

¿Qué efecto esperas que tenga el libro en ell@s?

Yo creo en el arte que sana, que acompaña, que no quita un ápice de la violencia del mundo pero que resta importancia al mal, que sabe que el mal es vencido cada día por gestos minúsculos, desatendidos por los telediarios. En el libro hablo de una músico llamada Clarice Oppert, una violonchelista que toca para los enfermos terminales, que recorre los hospitales entregando a Schubert o a Bach a los moribundos, a los autistas. Este es el arte en el que creo. El poema, la pieza musical o la pintura que sabe darle la mano al quien está sufriendo y no puede más. La poesía es la mano que se posa en la frente con fiebre. No elimina el dolor, pero lo alivia. 

¿Es el libro que más te ha costado escribir? ¿Y del que estás más orgulloso?

Sí, es el libro que más me ha costado, por lo que te decía. El libro ha sido escrito en una situación dramática, muy dolorosa. Ha sido una lucha contra el desaliento, algunos días, de la que he salido más fuerte, más convencido de mi vocación, más seguro del valor de la poesía. La poesía, puedo decirlo ahora, tiene poder frente a la muerte. Es capaz de mirar el sinsentido sin apartar los ojos. La escritura redime si brota del corazón, si no es un juego lingüístico, una pirueta. Hablo del lenguaje puesto al servicio de la Realidad, de la escritura que obedece y no se impone, humilde. 

En el prólogo de tu libro anterior, ‘Un palacio suficiente’ (Comares, 2022), apuntabas la posibilidad de que aquellos podían ser tus últimos versos. ¿Tan cansado estás del corsé de la métrica, del verso? A partir de ahora, ¿exclusivamente prosa?

Ya lo explico en el prólogo de ese poemario. El verso es una herramienta, nada más. Una tradición expresiva que a mí no me contenta, en la actualidad. Mi literatura, con el tiempo, ha ido exigiéndome el abandono de ese territorio formal. Me encuentro bien en la prosa, sin renunciar a la poesía. Estoy en casa. 

Por último, como lector, ¿a quién te gustaría que invitásemos a pasar por ‘la Prensa’?

Como lector, yo escucharía con gusto a Eloy Sánchez Rosillo, un poeta que releo constantemente. O a Susana Benet, con sus maravillosos haikus. O a mi querido Pablo d’Ors, por ejemplo. O también a la hoja de un plátano, o a un mirlo, o la hormiga que trabaja día y noche, esquivando nuestras pisadas. 

Comienzo de ‘Canción de cuna’

Alguien da la luz dentro de mí, cuando miro a mi madre. Cómo llena el vaso en la cocina. El agua parece más clara de lo normal cuando es ella quien me la ofrece. Mientras charlamos coloca los platos, atiende el teléfono, aparta de la vitrocerámica la cafetera. Estuve en esos brazos hace más de tres décadas, pero no lo recuerdo. Es el único momento más importante de mi vida que no recordaré nunca.

Al menos no como una fotografía, igual que se recuerda un beso. Esta mañana disimulo mis ganas de arrojarme a ellos. Intento ser un hombre; aunque el miedo no haya disminuido, ni la necesidad de ser cuidado. Mamá, quisiera decirle, hace tantos años que vivo cayéndome de tus brazos.

Javier Gilabert
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