Prensado en frío

Miguel Ángel del Arco Blanco: «Tenemos que cerrar de una vez nuestras cuentas con el pasado para poder superarlo»

Portada de Cruces de memoria y olvido de Miguel Ángel del Arco Blanco
Portada de 'Cruces de memoria y olvido', de Miguel Ángel del Arco Blanco

Miguel Ángel del Arco Blanco: «Tenemos que cerrar de una vez nuestras cuentas con el pasado para poder superarlo»

Miguel Ángel del Arco Blanco (Granada, 1978) es profesor titular en la Universidad de Granada, donde es director del Departamento de Historia Contemporánea. Ha centrado sus investigaciones en el estudio de la Guerra Civil, la Posguerra y el fascismo, abordando temas como las actitudes políticas, la represión, la memoria o la hambruna franquista.

Sus trabajos han aparecido en revistas científicas nacionales e internacionales como Journal of Contemporary History, European History Quarterly, Contemporary European History, International Journal of Iberian Studies, Ayer, Historia Agraria o Historia Social. Ha publicado diversas obras en inglés y en español, siendo la más reciente el libro colectivo Los años del hambre. Historia y memoria de la posguerra franquista (Marcial Pons, 2020).

En su más reciente trabajo, ‘Cruces de memoria y olvido’ (Crítica, 2022), reconstruye tanto la historia concreta de los monumentos que el franquismo erigió bajo el lema «caídos por Dios y por España» y que aún se encuentran diseminados por toda la geografía española, como su papel en la propagandística y manipuladora memoria franquista sobre la Guerra Civil, cuyos vestigios -físicos e ideológicos- han condicionado el relato, el recuerdo y el paisaje de la historia contemporánea de España. Hoy nos lo cuenta en nuestra Prensa.

Javier Gilabert: ¿Por qué este libro y por qué ahora?

Miguel Ángel del Arco: En realidad este libro comenzó a escribirse hace diez años, por lo que habría que explicar por qué este libro entonces. Hace una década vivíamos en la resaca de la aprobación de la primera Ley de la Memoria Histórica (2007) y las llamadas “Batallas por la memoria” que, en España, tenían lugar en torno al recuerdo de la Guerra Civil y del franquismo. La casualidad ha llevado a que, afortunadamente, cuando el libro estaba culminándose, la cuestión de la memoria siguiera viva tanto por el derribo de estatuas, por la olas de protesta del “Black Lives Matter” y por la inminente aprobación de una nueva Ley de la Memoria Democrática (julio de 2022). El libro versa sobre cómo se gestiona la memoria de la violencia por los poderes públicos (ya sea la dictadura franquista, los gobiernos de la transición o los actuales de autonomías o de España), pero también cómo esas memorias impuestas son siempre interesadas y son contestadas por la sociedad.

¿Cómo y cuándo surge la idea del libro?

Terminé mi tesis doctoral, en la que había estudiado la implantación del franquismo en el mundo rural de Andalucía. Aunque quedé satisfecho, notaba que faltaba algo: la cultura, las percepciones de la gente corriente ante el desastre de la guerra, ante la pérdida de sus seres queridos… Y cómo actuaba el poder respecto a todo ello para legitimarse. Tuve la suerte de continuar mis estudios en la Universidad de Michigan donde entré en contacto con algunos elementos de la historia cultural o los estudios culturales. Amplié así mi visión de la historia como historia de los hombres y mujeres comunes, entendiendo la sociedad no sólo como algo fraguado en lo material (salarios, condiciones de trabajo, propiedades, etc.), sino también en la cultura (identidades, ideologías, percepciones, memoria…). Los seres humanos no lo son sólo por lo que tienen, sino también por lo que creen y sienten.

¿Qué pistas o claves te gustaría dar a l@s posibles lector@s?

Este no es un libro de blancos y negros. Es un libro que expone y demuestra los abusos de la memoria respecto al pasado traumático. Algo especialmente evidente en el caso del franquismo, que alzó una serie de monumentos a los caídos para representar una idea de la Guerra Civil como “Cruzada” y de España como un país unitario, católico e imperial. Pero que también puede hacerse evidente, con más matizaciones, en el presente: la memoria del pasado no es historia, es siempre intencionada, no nos habla de las complejidades de lo sucedido como lo hace la historia, sino que simplifica, silencia y tiene unas intenciones determinadas. Se elabora desde el presente con el fin de construir un futuro. 

¿Qué efecto esperas que tenga el libro en ell@s?

Ya sé que es pedir demasiado, pero me gustaría que se construyese una memoria plural y democrática respecto a la Guerra Civil y el pasado. Está claro que el franquismo monopolizó la memoria de todo aquello, construyendo una memoria de piedra que no podía ser discutida. Pero los gobiernos democráticos no pueden inhibirse de las políticas de memoria respecto a su pasado más doloroso: es legítimo que hablen de él, que lo conmemoren, que dignifiquen a las víctimas, que lo difundan… Igual que se ha hecho en otros países europeos. Es una labor de urgente necesidad democrática.

J.G.: ¿En qué medida veremos en él —o no— al Miguel Ángel del Arco de tus anteriores obras?

Hay continuidades: me sigue interesando el estudio de la sociedad en el pasado, como los hombres y mujeres corrientes se bañan en el tiempo histórico y se mueven en su espacio, cometiendo errores, sufriendo, pero también avanzando, abriendo brechas en la memoria pétrea de la dictadura. Pero hay cosas nuevas respecto a mi forma de escribir historia: primero, hay más interés en lo cultural, en las memorias, en las percepciones, así como en cómo el poder trata de apropiarse de un relato del pasado. Además, hay una voluntad de escribir mejor, de forma más sintética, más clara, tratando de llegar a un mayor número de lectores. La historia debe aspirar a desbordar los muros de la academia.

¿Qué te ha resultado más difícil a la hora de abordar la escritura de ‘Cruces de memoria y olvido’?

La honestidad es la parte más difícil de cualquier trabajo histórico. Asumir que cuando hablamos del pasado humano, cuando estudiamos a las sociedades, no hay mayorías absolutas, no hay sólo blancos y negros, sino contrastes, contradicciones, matizaciones. Integrarlas a todas bajo un argumento principal es siempre un reto. Y hacerlo, claro está, con una metodología: recurriendo a lecturas, a documentos históricos (los propios monumentos), a debates… Un historiador no opina, construye una explicación del pasado. 

Como historiador, y con respecto a la cuestión que aún sigue dividiendo nuestra sociedad, qué opinas: ¿memoria u olvido?

Memoria… hasta cierto punto y por el momento. Tenemos que cerrar de una vez nuestras cuentas con el pasado para poder superarlo. Ha transcurrido demasiado tiempo, la democracia ha esperado demasiado. Por eso hay que dignificar a las víctimas, recuperar los cuerpos de las cunetas, re-significar el espacio público, abordar cuestiones como el Valle de los Caídos… Pero una vez desarrolladas esas políticas de la memoria y construida una memoria democrática, plural y vinculada con los derechos del hombre y de la mujer, tenemos que superar el pasado. No podemos permanecer siempre prisioneros de él, debemos integrarlo por fin en nuestras vidas y avanzar hacia un futuro siempre mejor, afrontando los retos del presente.

Para todo ello, izquierda y derecha deberían superar sus diferencias y asumir (especialmente por la derecha, como sucedió en otros países europeos) un mínimo común denominador de la memoria pública que debemos guardar sobre el pasado: que la Guerra Civil fue provocada por un golpe de estado fallido contra una democracia imperfecta (la República, pero al fin y al cabo, democracia), que la contienda fue un auténtico desastre humano y social, y que la dictadura franquista fue un régimen extremadamente violento que retrasó en 40 años la llegada de la democracia en España. 

¿Por qué crees que las “batallas por la memoria” están ahora más de actualidad que nunca? ¿Seremos alguna vez capaces de alcanzar una memoria plural de esta etapa de nuestra historia reciente?

Las batallas de la memoria importan porque vivimos un momento en el que la identidad ha resurgido: en una sociedad occidental opulenta, la democracia vive una crisis de marcada importancia. Como consecuencia de la globalización y en un mundo cada vez más multicultural, la identidad se ha convertido en algo esencial para todos porque nos define, nos construye, nos diferencia, marca el nosotros y el ellos. Por eso, las batallas de la memoria esconden una forma de concebir la nación, lo que es y debe ser España. Así pues, es necesario huir de esas memorias nacionales que siempre son tramposas y abrazar una memoria multicultural y cosmopolita, que identifique qué somos y a dónde queremos ir más allá de las fronteras. 

Respecto a alcanzar una memoria plural, ya mencioné algo anteriormente: es algo absolutamente necesario para superar nuestro pasado y dignificar y reconocer a las víctimas (a todas), pero honestamente lo veo difícil si los partidos políticos no actúan con responsabilidad. En esto es especialmente grato el ejemplo alemán: tras treinta años de olvido, finalmente la sociedad reconoció el pasado del nazismo, habló de él y lo asumió. Nada de esto hubiese sido posible sin la participación, con todas sus diferencias, de la derecha moderada.

Te pongo en un aprieto: si tuvieras elegir tres monumentos de los que hablas en esta obra, ¿cuáles serían y por qué? (aquí es donde te digo de incluir fotos, con sus pies)

El primero, la cruz de los caídos de Granada: porque forma parte de los recuerdos de mi infancia al estar alzada junto a la casa de mis padres; también porque con la llegada de la democracia se adoptó con ella una solución idónea: el monumento fue desmontado en 1985 y la cruz (sólo la cruz), trasladada al cementerio de la ciudad ya despojada de símbolos franquistas, donde todavía los descendientes de los fallecidos en el bando nacional pueden recordarlos.

Cruz de los Caídos en el Paseo de la Bomba de Granada (foto: Ideal)

El segundo, el “monumento nacional a los caídos por Dios y por España”: esto es, el Valle de los Caídos. En él se explicita claramente qué eran los monumentos, qué querían significar… Pero también su historia nos dice mucho. Aquel espacio fue un campo de trabajadores forzosos, una basílica, un enorme lugar de enterramiento, un lugar de concentraciones franquistas, un espacio donde la naturaleza fue transformada. Es franquismo en estado puro: quizá el mejor texto para conocer qué fue la dictadura, diseñado por la propia dictadura y construido con el sudor y la sangre de los vencidos. Por eso no podemos permanecer impasibles ante él.

Y el tercero, quizá el monumento a los caídos de Cáceres. Porque ejemplifica las dificultades que todavía rondan a estos monumentos. Aún permanece en pie en una plaza principal de esta capital y existe una importante tensión social sobre su destino. Es cierto que los escudos del franquismo han sido retirados, y la leyenda “Caídos por Dios y por España, ¡Presentes!”, ha sido cambiada por una que recuerda a todos los fallecidos en la Guerra. Pero la cruz, imponente, sigue dominando el espacio desde que fue construida en 1937, arrojando su sombra sobre una sociedad dividida sobre cómo recordar su pasado más traumático.

Cruz de los Caídos de Cáceres.

Por último, como lector, ¿a quién te gustaría que invitásemos a pasar por ‘la Prensa’? 

Tendría interés en saber más sobre Arturo Muñoz, autor de una novela muy interesante sobre ETA, la violencia y la perspectiva andaluza de la misma, publicada en Pepitas de Calabaza. 

Javier Gilabert
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