Prensado en frío

Raúl Pizarro: «No vendo rebeldía ni cambio, ni revolución ni insurrecciones»

Portada de '¿Y ahora qué?' de Raúl Pizarro

Raúl Pizarro: «No vendo rebeldía ni cambio, ni revolución ni insurrecciones»

Raúl Pizarro nace en Jerez de la Frontera (Cádiz), en 1973. Cursó estudios de Magisterio y de Pedagogía. Hizo teatro infantil, pasacalles y cuentacuentos. Ahora ejerce de maestro en un colegio público.

Ha publicado los poemarios ‘Tiempo adverso’ (Sevilla, Ayuntamiento, 2006 —Premio de Poesía Antonio Machado—), ‘Caída hacia la luz. Notas de un diario’ (Rialp, 2008. Col. Adonais —Premio Florentino Pérez Embid de la Academia Sevillana de Buenas Letras—) ‘Lo único que importa’ (Siltolá, 2012), ‘Estar aquí’ (Canto y Cuento, 2016) y, por último, ‘¿Y ahora qué?’ (Renacimiento, 2022), poemario que le trae hoy a nuestra Prensa.

Ha colaborado en diversas antologías y revistas.

Javier Gilabert: ¿Por qué este libro y por qué ahora?

Raúl Pizarro: Supongo que porque tenía que ser así. Porque no podía ser de otra manera. No trabajo con premeditación y alevosía los libros que doy a la imprenta. Me doy tiempo, no escribo sobre un proyecto previo, unas ideas preconcebidas. Tomo notas, apunto versos, poemas… Pero sin un objetivo claro, establecido. Y en un momento dado, cuando pongo orden y corrijo esa masa deforme que fue quedando, veo algo, como a trasluz, de forma indefinida. Entonces me digo: quizás sí. Comienzo entonces un proceso recopilatorio, de descarte, de ensamble y de diálogo con mis maestros y amigos. Los libros suceden desde una necesidad interior que no puedo explicar claramente. No tengo conciencia de escribir libros, creo más bien que escribo poemas.

¿Cómo y cuándo surge la idea del libro?

Cuando concluyo el proceso de revisión y corrección que antes te contaba, entreveo, descubro, que hay algo que se me escapa de las manos con posibilidad de formar un bloque: por tono, por ansia, por deseo, porque hay una expresión poética que veo reconocible y unitaria, porque creo que se pueden fijar de alguna manera intenciones, emociones y pensamientos que fueron quedando anotados. Tiro mucho a la papelera y dejó que el alambique del tiempo trabaje. La escritura poética la entiendo como una condensación. Entonces enseño el “lote” a algunos amigos y ya comenzamos a dialogar sobre lo que he vislumbrado. Así creo que van surgiendo muchos libros. Y así surgió este. 

¿Qué pistas o claves te gustaría dar a l@s posibles lector@s?

Ninguna, yo no soy nadie para eso. La lectura es un acto personal e íntimo, de desvelamiento y difieren mucho los significados de una persona a otra. La participación poética que se da cuando leemos, su interiorización, es una actividad donde surge lo imprevisto, de comunión, como la fe y el sexo, cualquier intento de pretender recomendar y penetrar en los demás con posibles pautas de lectura considero que es una falta de respeto. Cada cual tiene que hallar sus propias claves. No voy a inmiscuirme.  El descubrimiento, el asombro que cada uno pueda sentir ante un poema son como hechos de amor, algo que uno vive en sus propias carnes. Son requerimientos individuales de la lectura, la atención y la soledad. Como dice José Mateos, «Un buen poema es obra también de quienes lo leen. El poeta pone la tierra nutricia, pero cada  nueva lectura añade un sedimento que enriquece la tierra original.» 

Al menos, los más gratos deslumbramientos poéticos que yo he tenido no fueron conducidos sino fortuitos, dependen del momento, del lugar; están situados y fechados en cada vida (aunque tuviera ciertas referencias que de poco valen). Así que no puedo ni quiero decirte mucho sobre esto que me pides, no puedo recomendar, ni dar pistas. Mi trabajo es levantar una arquitectura, que por otra parte reconozco frágil, que intenta conseguir eso: propiciar esa especie de  encuentro, apego  o conocimiento emocional en los demás que yo he sentido o pensado alguna vez. Pero que sean los demás quién lo sostengan, lo mantengan en pie privativamente.

Si puede ser esto, claro, que alguien encuentre pistas, descubra algo, porque los caminos de la poesía son inescrutables —risas—. Yo no estoy en la cabeza de nadie, ni quiero guiar a nadie, me cuesta trabajo estar en la mía, conducirme a mí mismo. Poco puedo decir de lo que se va a encontrar aquí ni porque lo va a encontrar. Los poemas ya son miguitas de pan en sí mismos ¿dónde puedan conducir? No lo sé. Que cada cual busque su camino.

¿Qué efecto esperas que tenga el libro en ell@s?

No tengo claro que espero y si espero algún efecto. ¿Quisiera que el libro encontrará algunos buenos lectores? Pues sí, me gustaría. ¿Qué sirviera para algo? No sé qué utilidad puede tener la poesía. Como algo utilitario, el beneficio es contra la sociedad actual, sin duda.

Reconozco que este libro es poco efectista, muy sutil, escrito en tonos bajos. Mi primer libro, Tiempo adverso, lo escribí como por una entusiasta ósmosis lectora y sentimental; es bastante torpe, dictado a través del colador de mi juventud. El segundo fue un reconocimiento interior, una Caída hacia la luz, como señala su título. Cuando escribí el tercer libro Lo único que importa, que surge de la experiencia de la paternidad, pensaba que ojalá algún día mi hija mayor, recién nacida, encontrará en ellos una imagen de este jodido mundo donde entreviera belleza y verdad, como forma de conducirse por la vida. Estar aquí, es una afirmación poética explicita, de entrega a esta forma de resistencia que son los poemas. 

Cuatro libros después del primero, con este ¿Y ahora qué?, lo natural y lo paradójico se complementan. He añadido elementos toponímicos de mi infancia, la expresión se ha adelgazado, a lo Novoneira, en ciertos paisajes; mis referentes aumentan por lustros. Hay una canción surgida por imitación de otra tradicional, mi aportación al haiku, con un puñado de ellos. También creo que hay una madurez discursiva del yo poético que suma consciencia a los libros anteriores. Poco más. Transito entre lo verosímil y lo inexplicable, como por las semanas y los meses, con cuidadito.

También es cierto que ahora tengo más años que cuando sentí esta llamada o capricho del verso. Que tengo una vida absolutamente diferente a la que imaginaba cuando empecé a balbucear escritos. Supongo que estas cosas afectan para el oficio. Quisiera que en el futuro mis dos hijas me lean y encuentren en los libros que escribió su padre una visión del mundo que vaya más allá del chatarreo diario de ruidos, sinsentidos y mentiras que nos invaden, que sean para ellas un asidero moral, estético y, lo mismo que para mí, una búsqueda. Concibo la poesía como una forma de caminar entre los escombros, restos y desechos de los días buscando la hermosura y la justicia, aunque a veces duele hacerlo (pero no me gusta que la mierda impregne el papel).

¿En qué medida veremos en él —o no— al Raúl Pizarro de tus anteriores obras?

Este libro está más decantado que los cuatro anteriores, porque la vida no pasa en vano, se aprende con el tiempo ciertas cosas, va uno conociendo un poco más este juego de hacer versos, que no es un juego, según Gil de Biedma. Se asumen ciertas posturas éticas y artísticas, pero en el fondo son el mismo libro sin ser igual; casi los mismos temas, las mismas dudas, el mismo cielo, sin ser el mismo, “La misma noche que hace blanquear los mismos árboles./Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.”  Recuerdo que decía el Pablo Neruda de mis lecturas adolescentes. 

El ser humano es movimiento, entendiendo esto no como desplazamiento, sino como camino interior y discreta lucha exterior. Mis ojos quizás estén más limpios cerca de los 50. Y quiero pensar que soy más honesto y no más cínico, algo que trae la edad, incluso atendiendo a cuestiones como la culpa, la memoria o la muerte. La expresión de lo anecdótico y lo irracional se mezclan y expresan con más sutileza en este poemario. Se consolida una mirada sobre el mundo que ya estaba ahí anteriormente, que no subraya ni destaca creencias, solo muestra un ser, sin pretensiones ni dogmas, sin estridencias, con aceptación del entorno, poemas que son como pinturas sacadas al natural de una vida cotidiana, donde el pasado queda revisitado desde un presente muy vivo. Las reminiscencias están actualizadas desde el hoy, un hoy también borroso.

Creo que siempre estoy escribiendo lo mismo, no sé, como cavando el mismo pozo, cada vez más adentro, cada vez de forma más asumida y honesta. Además el libro está lleno de conexiones y autores que me han llevado y traído —lo siguen haciendo— consciente o inconscientemente. No olvidó que la poesía es un artefacto artístico con muchas formas de presentación y que un poeta pretende transcribir ciertos símbolos con unos recursos que intenta controlar y que en ese trasiego de la vida al papel, ocurren algunos hallazgos.

Te pongo en un aprieto: si tuvieras que quedarte solo con tres poemas de ‘¿Y ahora qué?’, ¿cuáles serían?

¿Con qué hija me quedo? ¿Con qué día de mi vida? ¡Qué importa lo que yo elija aquí! Hice ya una selección para el libro. Ahora eres tú quién debe elegir, si te apetece hacerlo. Cada lector hace su antología personal de cada libro, muestra sus preferencias. De todas maneras voy a señalar uno, por si pasara desapercibido; son unos versos basados en un poema de Ungaretti que se encuentran en el colofón. Pero no me quedaría con ninguno en especial, en este instante no tengo preferencias por ninguno de ellos.

¿Supone este poemario un punto de inflexión en tu producción como poeta? Me lo pones ad hoc… ¿Y ahora, qué?

No supone ninguna inflexión o yo no soy consciente aun. Si acaso, otra genuflexión, otra señal de acatamiento ante la realidad, otra inclinación respetuosa en esta búsqueda, en este intento de comunicación y encuentro. No vendo rebeldía ni cambio, ni revolución ni insurrecciones. 

¿Y ahora qué? El título del libro, es una pregunta que queda sin respuesta y que puede significar muchas cosas. Como bien vislumbró mi editora Marie-Christine del Castillo, de Editorial Renacimiento, al verlo: rabia, indignación, duda, inseguridad, depende como se diga, el énfasis al pronunciarlo. Es el título de un poema del libro que surgió de un paseo y que expresa la necesidad de seguir en el hoy y en el amor.

Por último, como lector, ¿a quién te gustaría que invitásemos a pasar por ‘la Prensa’?

Javi, qué te gusta ponerme en el aprieto de seleccionar y elegir. ¿Qué flor es la más querida de mi jardín? Mis  maestros más cercanos, Pedro Sevilla y José Mateos, son ineludibles por su experiencia, transmisión y conocimiento. No sé si ya hablaste con ellos, a mí me gusta escucharlos y leerlos.

Mis compañeros de tertulia en Jerez: Francisco J. Márquez —creo que ya pasó por aquí—, Julia Bellido, Sergio Moreno, Antonio Apresa o Pilar Pardo me aportan muchísimo, por su cercanía, sus puntos de vista y sus lecturas.

En Andalucía, creo que Ismael Cabeza está cavando un túnel con un caudal impredecible, pienso que Jesús Beades tiene cuerda y mundo poético para varias entrevistas y me parece que Juanma Romero se adentra en los versos desde una calculada racionalidad que tiene fantásticos aciertos poéticos. 

Y menos jóvenes, por ejemplo, José Julio Cabanillas y Rafael Adolfo Téllez, a los que yo escucho con verdadera atención y porosidad.

Nombrar a unos es callar a otros, y eso no me gusta. Me quedo corto. No me quiero quedar con una estrella si puedo tener todo el cielo para mis ojos.

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Javier Gilabert
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