Prensado en frío

Marga Blanco: «La lectura de los otros es el único motor para seguir escribiendo»

Portada de 'La puerta de mi casa' de Marga Blanco
Portada de 'La puerta de mi casa' de Marga Blanco

Marga Blanco: «La lectura de los otros es el único motor para seguir escribiendo»

Marga Blanco (Granada, 1973) es profesora de Lengua Española y Literatura en Enseñanza Secundaria. Ha publicado En un continente cualquiera (Universidad de Granada, 1997) finalista del Premio Federico García Lorca de Poesía de la Universidad de Granada, A cierta distancia (Cuadernos del Vigía, Granada, 1998) y Mirando pájaros (col. Maillot Amarillo, Diputación de Granada, 2003). Ha sido incluida entre otras en las Antologías: Milenium: Ultimísima Poesía Española (sel. de Basilio Rodríguez Cañada, ed. Celeste, Madrid, 2000) y La voz ilimitada. Antología de poetas españolas 1940-2002, (sel. de José Mª Balcells, Universidad de Cádiz).

Desde septiembre de 2003 hasta noviembre de 2005 fue columnista del diario Granada Hoy. Ha publicado el libro de recopilación de columnas de opinión Ojo avizor (col. El genio maligno, 2008). También ha publicado la Guía Didáctica sobre el poeta Luis Rosales, Cosas que yo más quería (Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, Granada, 2010). Su último poemario, La puerta de mi casa (Sonámbulos, 2022) es el motivo que la trae hoy a nuestra Prensa.

Javier Gilabert: ¿Por qué este libro y por qué ahora?

Marga Blanco: Este libro cierra un proceso que se inicia con la cita que lo abre: estando ya mi casa sosegada de San Juan de la Cruz. Pero cuando aludo al sosiego no es en un sentido estrictamente espiritual ni mucho menos místico, sino un descanso para la contemplación de lo que se fue, un momento en el que las heridas de amor abiertas, como una puerta o un labio, no terminan en perfecta unión pero sí necesitan para cerrarse de un viaje, de la búsqueda, de la indagación en la oscuridad, de una guía que no es otra que la memoria. Sin memoria es imposible escribir.

¿Cómo y cuándo surge la idea del libro? 

En principio no surge una idea preconcebida de libro sino que se va conformando. La puerta de mi casa y la mayoría de los poemas de ‘Puerta adentro’ tratan de la experiencia inexplicable y rotunda de la muerte de un alumno que además era el hijo de una compañera, del dolor y la muerte de seres queridos, del consuelo propio y ajeno. Luego el libro se fue va abriendo a otras estancias, al “Patio de atrás” donde hay una revisión del pasado, pero sin resentimiento, porque el sol y la luz de la terraza lo iluminan todo –incluso los poemas más tristes–. El libro es un canto a lo que no vuelve pero que nunca se fue; en este sentido también al amor, a la alegría y al deseo. 

¿Qué pistas o claves te gustaría dar a l@s posibles lector@s?

Creo que La puerta de mi casa es un poemario de amor de principio a fin. Habla de la experiencia de la muerte, de los muertos que quiero –mi alumno, mi padre, mi hermana– pero siempre desde el amor y desde los sentimientos más humanos y corpóreos: de la solidaridad ante el dolor, del acompañamiento infinito, de la trascendencia mundana a través de la memoria; la infancia está presente en toda mi obra, pero en este libro con una consideración más amorosa y comprensiva de la niña que fui; la experiencia de la maternidad también aparece pero en la medida en que te puede cambiar no solo en un sentido individual y personal sino colectivo, en cómo te acerca a nuevos afectos inéditos y generosos para con los demás, del amor a la gente que no conoces, ya sea la que malvive en Tonle Sap, como la que ha pasado por tu vida poco tiempo pero que te ha cambiado la manera de mirar las cosas, como en “La mudanza”. 

¿Qué efecto esperas que tenga el libro en ell@s?

Me gustaría que el libro emocionara, porque no entiendo la poesía sin emoción. Que el lector pase de la puerta a las estancias que he construido y las vaya abriendo, y se sorprenda de lo que enseña y oculta esta casa.

¿En qué medida veremos en él —o no— a la Marga Blanco de tus anteriores obras?

En la presentación comenté que como canta Maria Creuza, no sé hacer canción ni poema de nada que no sea de amor, aunque aparentemente hablen de otra cosa. En los poemarios anteriores el amor ocupa un lugar principal. Sin embargo en este libro el sentimiento se abre, yo creo que hace un viaje donde hay más conocimiento al interior de la memoria. Y hay también un descubrimiento y una aceptación de que no todo se puede controlar, de lo que escapa a la voluntad en la que siempre de una forma u otra había confiado.

Creo que es un libro más maduro. Con los años tengo la sensación de que disfruto más y con más intensidad de los pequeños regalos que te da la vida. 

Te pongo en un aprieto: si tuvieras que quedarte solo con tres poemas de ‘La puerta de mi casa’, ¿cuáles serían?

“La terraza”, “Magia y derrota” y “La mudanza”. A este último poema le tengo un especial cariño porque a Rafa Juárez le gustaba mucho y me aconsejó, aún con el libro por terminar, que fuera el poema que lo cerrara.

¿Supone este poemario un punto de inflexión en tu producción como poeta? ¿Y a partir de ahora, qué?

A partir de ahora la vida sigue. Publicar un libro, ver que hay lectores a los que les gusta, que lo leen y te siguen es el mayor de los halagos para un escritor, es un acicate para quien escribe. Cuando estuve firmando, después de la presentación, había gente que ya lo había leído y que me dijo que les había emocionado. Otros que no lo conocían me comentaron que habían esperado deseosos que publicara un nuevo libro porque ya les había gustado el lejano Mirando pájaros.

Cuando quedas satisfecha con un libro, el verlo editado —la edición de Sonámbulos además es preciosa— te deja una sensación muy grata. Por un lado, lo miras como algo que ya no te pertenece del todo, que es propiedad de cada quien que lo lea. Y ese mismo motivo consigue que te acerques a la poesía de otros con un deseo renovado, como cuando se empieza una relación nueva. La lectura de los otros es el único motor para seguir escribiendo.

Lo bueno que tiene una casa, ya sabes, es que siempre quedan habitaciones por descubrir, estancias, rincones o cajones que aún no han sido abiertos del todo. Habrá que seguir indagando y abriendo puertas.

Por último, como lectora, ¿a quién te gustaría que invitásemos a pasar por ‘la Prensa’?

Pues yo por la Prensa pasaría a la poeta y actriz Mónica Francés, porque tiene una forma de escribir auténtica y perturbadora, y su manera de decir los poemas me fascina. Además ella aún no ha pasado por la Prensa y quiero retarla. Es más fácil escribir de la poesía de los demás que de la tuya propia —risas—. Espero que yo lo haya superado. 

Poemas de Marga Blanco

LA PUERTA DE MI CASA

Podré estar alegre quizá,
aunque ya no pueda abrazar al hijo
que me encumbraba poderosa
cuando me apretaba confiado.

Podré estar alegre quizá
si me regalan la medalla
dada merecidamente al mérito 
del sacrificio y el dolor inmerecidos.

Podré decir que sí a la alegría
sonriente, entusiasmada,
pero la felicidad –caudal de otra cosa–
seguirá obcecada su curso.
Una noche, la dicha encontradiza
se parará cerca de mí,
tarareará al grillo de la infancia 
la canción inventada
de la melancolía de verano. 
Incluso un día, casi la veré; 
en un atardecer de otoño 
se dejará correr la brisa,
y se bamboleará en un columpio.

Podré ser mucho más alegre incluso,
salpicar mi sonrisa en días laborables
a la gente que acoge la tristeza
como se toma un bien gratuito.

Pero la felicidad seguirá adelante
–erguida, firme, decidida–
ignorando que existe
la puerta de mi casa.

MAGIA Y DERROTA

Cuando escuchaba la sirena de una ambulancia
o el pitido de un coche
–pañuelo blanco por la ventanilla 
que siempre parecía impregnado de sangre–,
me persignaba treinta o cuarenta veces 
y salvaba un herido.
A mis padres 
los protegía de la carretera
–mi madre solía parar en las curvas
de regreso del pueblo los domingos–.
Yo cruzaba las piernas bajo el escritorio 
–con frecuencia perdía la cuenta de las veces–,
y lograba salvarlos.
Una noche de luna azul incluso 
puse a salvo a gran parte de mi familia: 
bajé de dos en dos las escaleras,
me paré en el rellano de la vecina
y mascullé entre lloros mis oraciones.
Con el tiempo perdí el poder de salvar a nadie.
De hecho algunos habéis quedado 
por siempre en el camino.
Ya no tengo el don de las piernas cruzadas
ni el de la geometría de los dedos 
en la frente.
Ya solo podría salvarme 
si uso trucos sin magia:
cogerme del brazo, tirarme del pelo
e intentar alejarme –para siempre–
de los pensamientos que me acribillan.

LA MUDANZA                                                           

                                                                                        A  José Luis

El apartamento era un tranvía con dos cuerpos
que multiplicaban el sol.
Un viaje donde las flores de adorno 
tienen aroma a prisa, a gemido, a mujer con dudas.
Un pasaje con vistas al río de la calle, 
a la música prestada de un acordeón
que inunda la plaza provinciana de melancolía,
a la risa de los transeúntes y al olor encendido
de la maría y los tambores.
El apartamento es un tranvía 
con parada en una ducha, un viaje en cápsula a la luna.
Acabado ya el trayecto, por última vez el inquilino
miró el apartamento antes de apear su equipaje
diciendo palabras tan hermosas en boca de un hombre:
aquí he estado con la persona que más he querido.

Te apreté contra mi pecho y miré
los muebles ajenos a nuestra historia.
La sensualidad de un sillón 
que ha envuelto un cuello. 
La quietud de un sillón
que ha arropado un cuerpo desnudo.
Cerramos la puerta y se lo susurré
a tus ojos dormidos —como si entendieran—
Me gustaría, hija, que supieras
que las cosas que son tuyas 
tal vez nunca te pertenezcan.

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Javier Gilabert
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