Prensado en frío

Alana Gómez Gray: «Leer es abrirse a lo que venga»

Portada de 'Relámpago de asombro' de Alana Gómez Gray
Portada de 'Relámpago de asombro' de Alana Gómez Gray

Alana Gómez Gray: «Leer es abrirse a lo que venga»

Alana Gómez Gray, originaria de Jalisco, México, es escritora, editora e investigadora literaria. Ha publicado dos libros, Larva de serafín (Tierra Adentro, 1999) y La Fortaleza (Porrúa, 2005), con el cual ganó el Premio Nacional de Cuento Efraín Huerta. Ha publicado sus obras de creación e investigación en antologías y revistas especializadas. Actualmente vive en España. Acaba de publicar con la editorial granadina Esdrújula ‘Relámpago de asombro’, un libro de cuentos, y una excusa perfecta para que pase hoy por nuestra Prensa y podáis conocerla.

Javier Gilabert: ¿Por qué este libro y por qué ahora?

Alana Gómez Gray: Porque es un libro que de alguna manera se conformó solo y porque he decidido exponer mi faceta de escritora en España, puesto que aquí vivo desde hace años. Era un buen momento para compartir mis textos de creación. El libro ha nacido en primavera. 

¿Cómo y cuándo surge la idea del libro?

En 2019 fui invitada por Antonio Carvajal y Dionisio Pérez Venegas a leer mi obra en el marco de los Sábados Literarios que se organizaban en Motril. A fin de seleccionar lo que leería, imprimí todas las narraciones que he escrito desde que vivo en este país. Y aquí me gustaría hacer una acotación: mi estancia en España se ha definido por mi labor dentro de los estudios literarios tanto desde mi propia investigación como desde la edición, a través de la dirección de una revista científica arbitrada. Como bien sabes, el trabajo editorial es muy demandante, por eso escribo tanto como puedo en mi tiempo libre. Esto me recuerda el poema “Ser poeta los domingos”, de Perla Schwartz, solo que en lugar de criaturas y trastos sucios, están la delicada selección de árbitros y el manejo del OJS, por nombrar lo más evidente. Con todo, durante todo este tiempo he continuado con mi obra de creación. Sin embargo, no tenía idea cabal de cuánto había escrito hasta ese momento en que me preparaba para la lectura en voz alta de mis historias. Tras ese sábado que te comento, tras la entusiasta acogida con que fueron recibidas mis narraciones, y a la vista de los textos con que contaba, me quedó claro que debía publicar. Mariana Lozano, de Esdrújula Ediciones, aceptó de inmediato mi manuscrito y ahora somos compañeras en este viaje literario. 

¿Qué pistas o claves te gustaría dar al público lector?

No me gusta condicionar la lectura ni impedir interpretaciones distintas a la mía. Quien me lea, lo hará con base en su propia historia. Mis narraciones pasan a ser suyas. Esa es la maravilla de la literatura. De ahí la existencia de los clubes de lectura, por ejemplo, y el placer de estar con amistades con las cuales compartir, confrontar y comparar lo leído. ¿Quién no ha tenido una grata velada hablando de sus libros favoritos, de tal o cual escritora, del autor de moda o del olvidado? Porque cada quien encuentra algo diferente, incluso algo nuevo en las relecturas. Me parece que leer es abrirse a lo que venga y es, además, una oportunidad para que cada persona puede descubrirse (o redescubrirse) a sí misma. 

¿Qué efecto esperas que tenga el libro en quien te lee?

Que las imágenes, las escenas que describo, las situaciones de mis relatos se instalen en la mente de quien lee, las haga suyas, las viva. Que “experimente” el sabor de los arrayanes, el olor de las guayabas, el piquete de una hormiga, el calor de las amistades, pero también lo inesperado, la otredad, la tragedia gestada en lo cotidiano. En definitiva, que confronte sus propios conceptos de lo posible. 

¿En qué medida veremos en él —o no— a la Alana Gómez Gray de tus anteriores obras?

Me verán por completo por dos razones, primero, porque la que escribió mis anteriores libros y este reciente soy yo. Diferente y a la par la misma. Y segundo, porque continúo en la línea de la literatura de imaginación. Esta vez solo con el añadido de otorgar mayor protagonismo a la infancia. 

¿Existe un hilo conductor que engarce los cuentos que nos presentas en esta colección? ¿Cómo ha sido el proceso de selección y de composición del libro?

Existe tal hilo, por supuesto, como te mencionaba, es el de la niñez, enmarcada en una espacialidad simbólica. Podría añadir que el libro es como una red. De su eje manan líneas paralelas y perpendiculares: hay asuntos recurrentes, situaciones de un texto que se complementan en otro, personajes cuyo papel puede terminar o no dentro de una de las historias. Es un entramado de motivos y efectos. 

El proceso de selección de las narraciones, por su parte, fue un viaje con sus gozos y sus dificultades. Hubo parajes calmos y empedrados llenos de crueles aristas, gratas sorpresas y honda desesperación. Si alguien me hubiese visto desde afuera, podría decir que era una mujer que en silencio y con serenidad clasificaba un montón de textos. Lo cierto es que tal imagen sería incongruente con el bullir de mi interior. Pasé días enteros pensando y repensando los hilos conductores, dando cuerpo a algo y destrozándolo por completo. Era como armar un rompecabezas cuyo dibujo se desconoce y solo se sabrá una vez que las piezas encuentran su sitio justo. Así, en un momento dado, ya tenía el libro ante mí. En instantes así se llega a pensar que todo ha sido mágico, porque el resultado es tan satisfactorio que se olvida de inmediato lo padecido. Como parir. 

Te pongo en un aprieto: si tuvieras que quedarte solo con tres relatos de ‘Relámpago de asombro’, ¿cuáles serían?

¡Vaya que sí es un aprieto! —risas—. Y es que me gustan todas mis historias. ¿Solo tres? —más risas—. Haciendo un gran esfuerzo, te diría que ‘Fosa común’, ‘Dualidad’ e ‘Infinito’. 

¿Supone este libro un punto de inflexión en tu producción? ¿Y a partir de ahora, qué?

Supone un punto y seguido. Siempre he escrito desde un planteamiento similar en las distintas fases de la elaboración de los textos. Sigue, en todo caso, trabajar con el resto de narraciones que tengo, pulirlas, reordenarlas, jugar con ellas hasta que se expresen y se unan por sí mismas. Y lo que se me vaya ocurriendo en el transcurso, pues me la paso inventado historias de manera permanente.

Por último, como lectora, ¿a quién te gustaría que invitásemos a pasar por ‘la Prensa’? 

Me encantaría leer una entrevista a la motrileña María Martín, autora de Ni por favor ni por favora, Mujer tenías que ser: la construcción de lo femenino a través del lenguaje y Punto en boca. Este último acaba de editarse también esta misma primavera. 

Relatos de Alana Gómez Gray

VIAJE REAL

(Inédito)

El ánima de la reina ya no iba con ella cuando su funeral. En los días previos pasó por el natural extrañamiento de verse separada del que fuese su cuerpo por casi un siglo; por la pena hondísima del cambio y del alejamiento de sus seres y objetos queridos; por la entrega resignada a la nueva situación. Creyéndola cerca, su familia, sus súbditos, sus gatos acompañaron sus despojos en su último paseo en auto, en su transitar de un palacio a una capilla y de ahí a la cripta real. La hermosura de unas voces expresamente contratadas le cantaron; una buena gestión de los recursos la rodeó de rosas y lirios. Transformada en materia incolora, inodora, insípida y de apenas unos cuantos gramos de peso, el ánima de su alteza serenísima se marchó a recoger sus pasos. ¡Vaya si tenía tarea! Tantas décadas sobre el planeta, tantos viajes, oficiales y clandestinos. Si nos refiriésemos a ella en términos terrenales, diríamos que era el momento adecuado para sentir envidia de las almas que nacen y mueren en el mismo terruño. O quizá solo estamos transfiriendo nuestros propios sentires. 

Cuando se trata de espíritus, lo humano es inútil para describir su experiencia en la dimensión curvada del tiempo. Podríamos decir que pasó eones o, tal vez, solo micras de segundo, levantando cada pisada suya de todos los países del mundo. En vida no le faltó ni uno solo por visitar, incluso aquellos que se creían clausurados al exterior. De poder ser vista desde fuera en su calidad de ánima, podría creérsela poseedora el don de la ubicuidad; sin embargo, no sería dable afirmar que esa característica acortaría la duración de su tarea. El suyo era un viaje sin conciencia, sin placer, sin pena. Un engranaje más en el silencioso hacer del universo. 

Una vez completado el cometido, constituyó parte de las tormentas y los veranos sin viento, de la arena y del musgo. 

Ahora, a veces aparece en lugares insospechados. Por ejemplo, al lado de una mujer que sin intención expresa la evoca en una antigua capilla abierta mexicana. Y cuando otra se acuerda de ella, sin explicación, mientras hace girar con delicadeza y recogimiento una rueda de plegaria; alguien más incluso dice una oración por su alma ante la grisura de un amanecer urbano. Eran momentos fugaces estos pero, de estar viva, a la reina la sorprendería su constancia. Y agradecería esas muestras de afecto sincero. 

De la misma fluida manera, el ánima de la soberana se encuentra de pronto ante un platillo, ante una fruta. Paladea —no hay otra forma de describirlo—, sí, paladea sabores a los que accede a través de lengua, dientes, paladar, saliva, encías, labios de alguna persona abstraída. Su espíritu degusta a través de una anciana un conejo al curry en un puesto ambulante vietnamita, como en un árido valle norcoreano conoce el sabor de una rugosa raíz. Y así todo el tiempo, por todo el mundo, hasta la eternidad, como dirían quienes creen en ella. 

En efecto, cada vez que alguien se pierde en la nada, fija los ojos en un punto lejano que en realidad no ve, mastica mecánicamente, no escucha, no siente, en ese instante, un alma cualquiera, la que esté cerca, la que haya sido arrastrada por algo parecido a una racha de viento, ocupa el lugar del espíritu de su huésped. Qué pasa con ese espíritu es algo que se desconoce todavía. Las diversas teorías apuntan a que se funde con el ánima visitante, a que va y viene al éter mientras tanto, a que se apaga sin más y pierde fortaleza. Esta última es la creencia más extendida, de ahí que en otras épocas se impidiese a niñas y niños entrar en esa especie de trance cuando comían.   

El espíritu de la reina, y el de quien sea, no llora ni sufre a semejanza de la errónea imagen del Ánima Sola, ni se encuentra entre llamas ni rodeada de otras como ella. No, su ánima, como todas las ánimas, es cual abeja, podríamos aventurar con afán bondadoso. Es un ente que tanto fluye con la materia oscura y las ondas gravitacionales como liba de todo ser humano que caiga en esa desconexión —en apariencia inocua— durante la ingesta de alimentos. 

De haber tenido la reina conocimiento de esta situación, que el espacio de su ánima y el de su propia boca fueron ocupados innúmeras ocasiones por espíritus de, por poner un ejemplo, dictadores, asesinos, vendedores de armas o proxenetas, creemos que habría calificado de deleznable su habitual costumbre de quedarse como ida en las comidas, en las cenas, durante el té y hasta al comer sándwiches de pepinos en los paseos por el bosque. Esa costumbre que llevamos a cabo con exactitud día sí y día también tanto usted como nosotras. 

DESTINOS

(De ‘Relámpago de asombro’)

El cincho se soltó. 

El niño cayó de cabeza y, al ir atado a su vez a la silla —por ser pequeño—, golpeó con su cráneo todo el camino. 

Empapó con su sangre las piedras, dejó parte de sus pensamientos, su movilidad, su futuro entre las patas del caballo. 

Pablo, el hermano mayor, lo miraba. Los adultos corrían, gritaban, se confundían unos a otros con instrucciones contrarias mientras la cabeza rota goteaba el cerebro. 

Ya no podrían decir que era inteligente, el más inteligente. 

El niño agonizó durante días.

Pablo se sentía casi hijo único de nuevo. 

Pero el niño no murió del todo. Quedó hecho un desfiguro, un muestrario de remiendos, un chueco, un tartamudo, un tuerto, un pintor, un éxito rotundo, un nombre de referencia. 

Un genio. 

Y Pablo… Oh, sí, Pablo. Es quien empuja la silla de ruedas de su hermano. 

LECTURA

(De ‘Relámpago de asombro’)

La mujer pasea su cicatriz por la plaza. Busca la sombra de un toldo mientras escucha a unos dizque famosos leer un libro. Ella no lee. Hace mucho tiempo que dejó de hacerlo. Fue una niña aplicada en la escuela. De hecho su familia de pescadores tenía su fe puesta en ella. Se instala en una silla justo cuando, después de las presentaciones formales, comienza la lectura: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…”.

Manchas es lo que ve con su único ojo. Ella leía, y bien. Hasta ganó un concurso. El primero en el que participó, el cual también fue el último. Y todo por Rosalía, la niña bonita, la del uniforme limpio, la de los lápices nuevos, la del cuadro de honor. 

Al final del concurso, alguien le dio a Rosalía una caracola. Una muy bonita, de colores café claro y blanco, larga, puntiaguda. Rosalía caminó hacia ella, hacia ¡la ganadora! Ella la vio acercársele con la caracola en la mano. Llegó a pensar que se la regalaría. Y sí, sí se la dio, pero no como ella esperaba. Por eso ya no lee. Aunque a veces, como hoy, va a la plaza, pasea su cicatriz, escucha un cuento. 

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Javier Gilabert
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