Prensado en frío

Francisco J. Márquez: «El poema es poema cuando prescinde del poeta»

Portada de 'Cantar de grillos' de Francisco J. Márquez
Portada de 'Cantar de grillos' de Francisco J. Márquez

Francisco J. Márquez: «El poema es poema cuando prescinde del poeta»

Francisco J. Márquez (Jerez, 1983), docente de vocación temprana, comparte su profesión como maestro con su pasión por las letras. Es asiduo a tertulias, certámenes y recitales y colaborador en varias revistas literarias. Actualmente ha sido nombrado director de la próxima revista literaria ‘Enverso’, del Ateneo de Jerez. Tras Pequeños Trazos (Takara, 2017), Cantar de Grillos (Canto y Cuento, 2021) es su segundo poemario. 

Javier Gilabert: ¿Por qué este libro y por qué ahora?

Francisco J. Márquez: Este libro viene a hacer una reivindicación, una demanda del misterio que envuelve a la poesía y que insiste en el temblor, en la mirada, en una forma de vida, que llega ahora porque así lo ha decidido, porque la voluntad de la emoción está por encima de la mía.

¿Cómo y cuándo surge la idea del libro?

Pues surge gracias al poeta José Mateos a finales de 2019. Llevaba tiempo enviándole poemas que él revisaba con el rigor que le caracteriza y con sus oportunas podas, iba sacando de la broza los poemas que componen este libro. Cuando a principios del año pasado me llama y me dice que quiere que mi libro salga en su colección no me lo podía creer, iba a compartir editorial con muchos autores a los que admiro y que son (para mí) las grandes santidades del verso: Josep María Rodríguez, Vicente Gallego, Susana Benet… Sentí sin pecar de falsa modestia una gran responsabilidad, quería estar a la altura de tantos nombres consagrados, pero a mí las alturas me dan demasiado vértigo, así que confíe en el claro juicio de José Mateos y nos pusimos manos a la obra y tras mucho trabajo y con una pandemia de por medio, aquí está ‘Cantar de grillos’.

¿Qué pistas o claves te gustaría dar a l@s posibles lector@s?

Me gustaría decirles que se asomen a las páginas como a un espejo, que entre mis versos hay sitio para todos,  porque intento escribir desde la verdad de lo cotidiano, de la tierra en los zapatos, de los charcos y sobre todo de la infancia. Es mi forma de acercarme a la belleza: mostrar rincones, escombros, cunetas que albergan en sus ignorados vientres pequeños dioses, divinidades esperando a ser descubiertas y utilizar los ojos de los niños porque ellos miran desde el amor. En su mirada aún está la candidez del que descubre algo por primera vez, no está sucia por el cieno que enturbia la vida de los que ya hemos salido de ese Edén. Desde ahí, justo desde ahí, es desde donde me gusta cantar y por eso intento que mis poemas sean breves y mi verso limpio, para estar cerca de la inocencia y alejarme del poema. No me cabe duda de que el poema es poema cuando prescinde del poeta.

¿Qué efecto esperas que tenga el libro en ell@s?

Pues que se oigan, que se busquen por las páginas, pero sobre todo que hagan suyos los silencios. Intento decir más cuando callo, ya que como decía antes, me gusta sugerir, susurrar, dejar que el lector encuentre en las palabras sus propias palabras, su verdad, esa que les lleva a la emoción. El temblor es un sentimiento que tiende a lo misterioso, a lo imprevisible y para que ese milagro surja, el poeta debe tender los versos a los pies del lector. No busco grandes alardes formales, ni virtuosas metáforas, para mí las palabras son sacramentos y como todo elemento sagrado necesita respeto. Por ello me alejo del barroquismo, porque creo que en esa maleza de términos se pierde la esencia del poema y sobre todo se aleja al lector y sin él, el poema, deja de serlo. Necesito a las personas que me leen cerca de mis versos para que lleguen a ser suyos, para que tiemblen en su pecho como en un primer momento, temblaron en el mío.

¿En qué medida veremos en él —o no— al Francisco J. Márquez de tus anteriores obras?

Como os decía es difícil no dejar huellas cuando se camina sobre el poema. ‘Cantar de grillos’ no se parece a mi anterior libro. Es un libro más reflexivo, de indagación, de búsqueda de una voz propia. ‘Pequeños trazos’ fue un lanzamiento al abismo en el que el vértigo no aparecía y ahora entiendo que ese respeto hacia la obra es imprescindible para hacer un buen libro,  porque el primer tamiz para cualquier poema debe ser uno mismo.

La autoexigencia es una forma de honestidad hacia al lector y no quiero decir con esto que no esté orgulloso de primer libro, ni mucho menos, pero ahora siento que para escribir un poemario deben desecharse muchos más poemas de los que se quedan. Y sin embargo si cotejamos ambos libros hay muchos temas en los que coinciden, un tono sereno y poemas breves e intensos en su mayoría, con lo cual es evidente que me sigo viendo en ‘Pequeños trazos’, pero ahora, en este libro, oigo muchos ecos de autores y autoras que me han ido aportando a lo largo de estos años y que sin duda me ayudan escucharme mejor. Como decía Borges: «Que otros se enorgullezcan por lo que han escrito, yo me enorgullezco por lo que he leído».

¿Supone este poemario un punto de inflexión en tu producción como poeta? ¿Y a partir de ahora, qué?

Sin duda. Que la vida me pusiera en el camino personas como Rosario Troncoso hace que me sienta afortunado, con ella empezó todo. En este libro he tenido a José Mateos de la mano, como editor y como amigo. Ha sido una experiencia de lo más enriquecedora, de aprendizaje y exigencia, de humildad. No sé qué surgirá a partir de ahora, no sé si volveré a escribir algo como para poder publicarlo, ni siquiera lo intento, simplemente espero pacientemente la llamada del Misterio. La poesía no se busca, no se entrena: o llega o no. Porque los secretos no se pueden poseer ni atrapar, cuando son revelados, cuando se te ponen enfrente y te susurran su verdad es el momento de intentar retenerlos negro sobre blanco, pero antes, no. Puedo sentarme a escribir sin más, la belleza está ahí no es difícil encontrarla, pero yo necesito que esa verdad me toque, que me descubra, porque solo en ese momento en el que la hago mía,  puedo intentar compartirla con los demás.

Te pongo en un aprieto: si tuvieras que quedarte solo con tres poemas de ‘Cantar de grillos’, ¿cuáles serían?

¿Qué dedo de la mano me corto? —risas—. Quizás con “Caronte”, “El columpio” y “El puente”, podríais haceros una idea de cómo se vertebra el libro.

Por último, como lector, ¿a quién te gustaría que invitásemos a pasar por ‘la Prensa’?

Me gustaría que Raúl Pizarro se asomara por aquí, estoy seguro que no os dejará indiferentes.

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Javier Gilabert
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