Entre2vistas

Rafael Saravia: «La madurez te doma y te convierte en experto en prevención de riesgos»  

Rafael Saravia. Foto de Noemí García Martínez
Rafael Saravia. Foto de Noemí García Martínez

Rafael Saravia: «La madurez te doma y te convierte en experto en prevención de riesgos»  

Rafael Saravia nació en Málaga en 1978, aunque desde su infancia reside en León. Ha publicado los libros ‘Pequeñas conversaciones’ (Leteo, 2001; Amargord, 2009), ‘Desprovisto de esencias’ (Renacimiento, 2008), ‘Llorar lo alegre’ (Bartleby, 2011), Carta blanca (Calambur, 2013), El abrazo contrario (Bartleby, 2017) y Vena Amoris. ‘Cafuné & Revolución’ (Eolas, 2020). Se han publicado antologías de su obra como ‘La transparencia de las cerraduras’ (Atrasalante, 2014) en México, ‘Eón’ (4 de agosto, 2014) en España y ‘Gramática de la escucha’ (Summa, 2019) en Perú. ​Su poesía ha sido recogida en diversas antologías de poesía española reciente como ‘Petit Comité’ (2003), ​‘Antología del beso. Poesía última española’ (2009),​ ‘A Pablo Guerrero, en esta hora’ (2010),​ ‘Por donde pasa la poesía’ (2011), ‘En legítima defensa. Poetas en tiempos de crisis’ (2014), ‘Poesía amiga y otros poemigas para Aute’ (2014)​ y ‘Marca(da) España. Poesía en tiempo de crisis’ (2014), entre otras.​ 

Trabaja como bibliotecario y desarrolla en la ciudad de León su función de editor y gestor cultural a través de las diferentes publicaciones y actividades que se organizan desde el Club Leteo y el Festival Internacional Palabra.

En el ámbito fotográfico ha realizado las exposiciones individuales Nos queda la memoria, Ramblas y Contrastes. También las colectivas No tan mayor, Arrabalescos, Aleteos del camino y Estupor y temblores, ésta junto a Chema Madoz entre otros.

Fernando Jaén: Conocí tu obra a partir de ‘Llorar lo alegre’. Un libro hermoso, que canta a la madre desde una niñez no siempre feliz. Entre paisajes de hoy, el poeta revive el amor pasado y proclama su vocación de deseo. ¿Cómo fue este proceso de «llorar lo alegre», de afirmar el pasado?

Rafael Saravia: Es una tarea que comenzó en ese libro (hasta entonces jamás había publicado nada referente a mi infancia, la situación precaria en la que crecí y la conciencia de que sin una madre con un coraje tremendo como la que tengo mi vida hubiera sido muchísimo peor) y que siento que no ha saldado la deuda que sigo teniendo con ella. No sé si es que me he cansado de recordar esa infancia, si es que la idealizo como parte sustancial de mi formación humana o tal vez la vida que tengo ahora, llena de privilegios con respecto a aquella época (tengo trabajo, casa, coche y todos los vicios –puedo comprar chocolate, whisky, carne o vino sin mirar mucho la cartera— de una persona autosuficiente en este occidente de excesos), el caso es que mi sensación es que todavía queda mucho por sacar, por contarme a mí mismo de aquella etapa, pero casi ni me atrevo, tal vez sea por eso de la maldita madurez… Por eso ese pequeño atisbo de “llorar lo alegre” me parece necesario para comprender mi vida.

Javier Gilabert: Malagueño de nacimiento, leonés de adopción, ¿qué hay en ti, en tu poesía, de ambos lugares tan distantes y distintos?

Rafael Saravia: Pues creo sinceramente que hay algo que hace sumar. Mi padre era cordobés, mi madre leonesa, se conocieron en Málaga y nos tuvieron allí a mi hermana y a mí. Allí sólo estuve hasta los 4 años hasta que regresé primero a un pueblecito de las montañas de León y luego a la ciudad. Esta mezcla de familias –la de León y la andaluza en córdoba y Málaga, donde sigo teniendo la mayoría de mis tíos y primos— ha hecho que crezca entre esencias dispares y enriquecedoras. Para mí es un lujo ser de ambas latitudes.

F.J.: Tu libro «Carta blanca» (Madrid, Calambur, 2013), es para mí un paso más en la madurez de tu poesía. El poeta se descubre como un pensador, capaz de escribir desde la misma esencia de las palabras, firma un compromiso con las ideas para regalarnos momentos de una honestidad poco habitual. Tampoco reniegas de una poesía social propia de tu obra. ¿Qué nos muestras en esta «Carta Blanca»?

Rafael Saravia: ‘Carta Blanca’ sí que supuso un cambio en mi manera de contar el mundo. Es un libro que se supone se escribió en la última etapa de lo que hoy califican la juventud. Se publicó cuando yo tenía 35 años, justo cuando uno deja de poder presentarse a los premios de poesía joven. Mi entrada en la década de los treinta supuso leer más sobre el pensamiento humano. Descubrir e interiorizar los escritos de Walter Benjamin, Cioran y otros pensadores que me posicionaron en una conducta más agresiva con respecto a las realidades sociales que estábamos construyendo. Sin duda hay un hilo de compromiso con lo social pero desde la búsqueda profunda de belleza. No concibo la bondad de un texto porque su temática sea necesaria. La causa puede ser la más legítima, pero si la naturaleza del texto poético no estremece, no lleva implícita la búsqueda de la belleza –o sus contrarios—, entonces será un panfleto con una utilidad distinta a la que se le puede sacar a un poema.

«Los seres humanos, todos, tenemos que cuidarnos y exigir una igualdad inexistente por la avaricia depredadora de unos pocos»

F.J.: Miguel Ángel Contreras escribió una reseña extraordinaria sobre tu libro ‘El abrazo contrario’ (Bartleby Editores, 2017), que se publicó en la prestigiosa Bulletin Hispanique. Escribe Contreras que «El abrazo contrario es una obra de madurez y sosiego, fruto de las percepciones reposadas de un poeta que anhela actitudes diferentes ante el vértigo de tiempos que enmascaran al ser humano». ¿Qué relación te une al poeta granadino? ¿es tu único vínculo con Granada? ¿Se conforma esta obra como un abrazo que tiende puentes entre las distintas realidades humanas?

Rafael Saravia: Miguel Ángel Contreras es un hermano que ha generado la poesía. No es el único vínculo que me ha dado Granada pero sí posiblemente uno de los más importantes en mi vida de esa tierra. Nuestra poesía es muy diferente y sin embargo la concepción de lo poético, del pensamiento y la presencia de nuestra vida en lo poético, está en el mismo camino. Es difícil encontrar esa vinculación que trasciende la mera escritura. Contreras es sin duda un gran amigo, y eso es complejo de mantener hoy en día.

Con respecto a ‘El abrazo contrario’, amén de las palabras cercanas y queridas de Miguel Ángel, he de reconocer que el intento siempre ha sido ese, el de tender puentes en la concordia entre iguales. El problema es que estamos en el siglo XXI y los seres humanos suspendemos en la primera de las máximas que tendríamos que tener clarísimas. Que los seres humanos, todos, tenemos que cuidarnos y exigir una igualdad inexistente por la avaricia depredadora de unos pocos. 

F.J.: ¿Qué supuso que este libro viniese precedido por un magnífico prólogo de Gamoneda, que interpela tu faceta más «política»?

Rafael Saravia: Antonio Gamoneda empezó siendo un maestro de esos que genera la inmortalidad. A la altura formativa que han supuestos otros como Vallejo, Claudio, Valente, Pizarnik, Gelman, Whitman, Orozco, Pasolini, Lezama, Rokha y un largo etcétera. Como imaginarás, tenerle en la ciudad en la que vivo y haber forjado una amistad con él ha supuesto un salto cualitativo en mi aprendizaje sobre lo importante. Es un honor, un orgullo y un deseo cumplido que alguien tan buen poeta como Antonio haya sido tan buena persona conmigo en lo emocional y diario. Sin prebendas ni caciquismos, sino baluarte de una amistad sincera pese a su gran relevancia de él y mi insignificancia. Un lujo que me llevo puesto para el resto de mis días.

J.G.: Gamoneda…

Rafael Saravia: Un maestro, un amigo, un ejemplo. Un hombre que ha sabido sacar del mundo la sustancia intensa de la vida. Un hombre que ha contado desde la luz y desde su ausencia de ésta. Alguien a quien quiero, sin duda.

«Las poéticas y las lecturas que me interesan poco se parecen a mi escritura»

J.G.: Poeta, sí, pero también editor, activista cultural, fotógrafo… ¿Muy tranquilo no eres, verdad —risas—?

Rafael Saravia: Si se lo preguntas a mi madre te diría que soy un “pachorrón” irremediable. Pero he tenido la suerte de tener una vocación por el mundo del libro muy temprana y muy clara. Por eso, prácticamente he pasado por cualquier profesión relacionada con el libro. A parte de ser poeta, creé una editorial (ahora tan sólo dirijo una colección de poesía en una editorial leonesa), fui librero, creé el Club Leteo para traer lo mejor de la literatura mundial a mi ciudad, escribí varios años una columna semanal en un periódico y ahora soy bibliotecario en la red de bibliotecas del Ayuntamiento de León. Como verás, casi la vida me ha ido empujando de una a otra en esto de la pasión por el libro, la lectura y la escritura.

J.G.: ¿Influye en tu forma de escribir tu faceta de editor? ¿A quiénes te gustaría editar en el futuro?

Rafael Saravia: Estoy seguro de que de alguna manera sí que me influye. Aunque reconozco que las poéticas y las lecturas que me interesan poco se parecen a mi escritura, o al menos en el aspecto formal. Hay cantidad de autores que me fascinan por su escritura ligada al pensamiento cuyas poéticas son muy diferentes a las mías y sin embargo creo que guardan una esencia en la manera de comprender lo irreverente que se asemeja a mis intentos. Hay ciertas poéticas herméticas que me interesan muchísimo aun no escribiendo yo de manera fragmentaria o abstracta. Es curioso porque desde este lado me han calificado siempre de un poeta “claro” y desde el otro lugar, los poetas de la experiencia, por ejemplo, me han tachado de poeta “oscuro”. La verdad es que estas clasificaciones son un tanto prosaicas y naif, son lugares ajenos a todo lo importante. El que tiene algo que decir buscará la manera de expresarlo y si tiene alma podrá ser compartido desde la comprensión o desde la sensación. 

Sobre a quiénes me gustaría publicar, lo cierto es que no me lo planteo tanto; prefiero asumir a esos autores desde la perspectiva de lector. No me obsesiona publicar excepto cuando un buen libro que no encuentra alojamiento cae en mis manos. No debo de ser un editor de raza. Pero me jacto de haber publicado libros enormes de escritores como Eduardo Milán, Ildefonso Rodríguez y Miguel Suárez o Jorge Riechmann, por poner algunos ejemplos conocidos. Pero hay libros de poetas menos conocidos que rivalizarían sin miedo con esas grandes figuras. Así que no me mojo en lo de editar a futuros. Estaré abierto a ver qué cosas me llegan y por si engaño al dueño de la editorial para publicarlas en la colección que dirijo —risas—.

J.G.: La poesía puede tener en un momento determinado mucho de fotografía. ¿En qué medida sucede así en tu caso?

Rafael Saravia: En mi caso te diría que es un poco al revés. Creo que la poesía abarca todo el espectro creativo que me obsesiona. Tuve un tiempo en que para crear poesía la cámara me era de gran ayuda. Reconozco que tengo muy aparcada esa faceta; ahora apenas hago fotos aunque estoy retomando a través de un proyecto que va muy lento esa obsesión por trasmitir poesía a través de la imagen. Hay fotógrafos que tienen esa mirada muy clara (Ray, Miserachs, Brossa, Madoz…) y para mí son maestros de todo lo que la foto no muestra, pero sí cuenta. Dentro de todas las disciplinas plásticas es la única en la que me he podido expresar y todavía late algo en mí cuando me acerco a una cámara.

J.G.: Tu nombre aparece indefectiblemente asociado al del Club Leteo. Cuéntanoslo todo sobre él y lo que ha significado para ti.

Rafael Saravia: En los sótanos de una librería de viejo que abrí con apenas veinte años (ahí nació el Club Leteo y Ediciones Leteo), he conseguido que grandísimos escritores vengan a una ciudad pequeña como León (Paul Auster, Gelman, Houellebecq, Sharon Olds, Cartarescu, Martin Amis, Adonis, Nothomb, Silvio y un largo etcétera), siempre acompañado de buenos amigos que hicieron crecer esta idea de generar cultura de primer orden en una ciudad de provincias. Ahora el Club Leteo no tiene ese lugar primigenio que supuso el grupo Leteo. Todo va cambiando, pero mantiene parte de esa filosofía, proyectar sueños literarios y culturales en nuestra ciudad. Ahí sigo.

«La poesía abarca todo el espectro creativo que me obsesiona»

J.G.: Tengo que pedirte, como no puede ser de otra manera, que te desocultes. ¿Qué nos puedes contar sobre la sUBUcursal del Institutum Pataphysicum Granatensis en León, el Novísimo Instituto Patafísico de León?

Rafael Saravia: Al igual que tu ínclito compañero sin paño breve, que brillantemente me interroga contigo al alimón en esta entrevista, tengo el honor sin hornear de ser Regente de la Cátedra de Epistofilia, Fotoescotoscopia y Cosmicidad Musical, Datario de Chalecos, Chuletones Cromáticos y Uves que doblan Enfiteuta de lo Dual en el gran Institutum Pataphysicum Granatensis. Gracias a la presencia en éste de José María Merino y de los cómplices Miguel Ángel Contreras y el Rector Magnífico Perezoso Ángel Olgoso, fluyeron verborreicamente las encrucijadas beodas para crear y ensoñar secretamente el Novísimo Instituto Patafísico de León. Y en eso andamos… ¡en lo de secretamente! —risas—.

J.G.: Un Santo Pellejero, Versos Burlescos, cuatro Poetas Evangelistas… ¿qué tienes tú que ver con todo esto –muchas risas—?

Rafael Saravia: Con el santo civil Genaro nada tengo que ver más que la gratitud de la fiesta que en su buen nombre y en el del orujo blanquísimo y templador se celebran sin institución, pero con devoción popular una semana menos santa y más pendenciera y alegre. Así es León.

F.J.: Tu último libro de poemas, ‘Vena Amoris. Cafuné & Revolución’ (León, Eolas Ediciones, 2020), fue reseñado por Manuel Rico para ‘Babelia’. «El amor es un sentimiento que a veces se enreda, de modo inevitable, en la voluntad y se convierte en un vector casi exclusivo de un periodo de la existencia», comienza dicha reseña, donde podemos ver la influencia en tu obra de geografías concretas, como la ciudad de León o Tánger, que seducen al poeta y al lector hasta su segunda parte, “Revolución”. ¿Cómo influye el amor, el juego de la seducción, en tu escritura? ¿A qué revolución nos están llamando estas venas del amor?

Rafael Saravia: Estoy muy agradecido a Manuel Rico por su lectura y comprensión de ‘Vena Amoris’. Es mi último trabajo donde sí que he notado un relativo cambio en mi manera de contar el mundo; desde entonces ando en una sequía creativa tremenda. No tengo nada a día de hoy y desde su publicación apenas he escrito. Con respecto a la influencia del amor, te diría que cada vez tengo más claro que es de los pocos alicientes en la vida que tienen un sentido más allá del constructo social. No nos engañemos: el amor es un gran absurdo (aludiendo a unos versos del gran Alejandro Céspedes), pero tal vez por eso juega un papel tan liberador y revolucionario. Y en ese sentido puedo decir que la parte final del libro, esa titulada “Revolución”, encaja perfectamente en ese marco de conquista del absurdo. Uno empieza con la querencia de conquistar esa edificación llamada ideología, darle una oportunidad a esa necesidad de pertenencia a algo que nos contiene para sacar a cambio un reconocimiento como parte del todo. Pero mi revolución es otra, es esa que trasciende de una minucia como es el desbordamiento minúsculo de nuestras intenciones diarias a través del amor. Hacer lo poco que podamos a nuestro alrededor para generar un poquito más de concordia… Y eso no tiene recompensa directa, es un acto de amor, solidario y pleno en sí mismo. Difícil tarea, como veréis.

F.J.: Desde tu primer libro de poemas ‘Pequeñas conversaciones’ (León, Ediciones Leteo, 2001), hasta ‘Vena Amoris’, han pasado casi 20 años. ¿Es la voz del poeta de ‘Vena Amoris’ la misma que la de los inicios¿Crees que la voz del poeta tiende a madurar, lo has podido percibir en tus propios poemas?

Rafael Saravia: La voz, el tempo, las palabras utilizadas, la significación del canto poético. Todo eso ha cambiado y mucho desde esos poemas hasta los de ‘Vena Amoris’. Lo que no ha cambiado tanto son las preguntas, los interrogantes que uno le clama al quehacer diario. 

Con respecto a eso de madurar… Ahora que se supone ando avanzada la mitad de mi vida, me he dado cuenta de que eso es una quimera poco seria. Sigo sin comprender qué es eso de madurar, porque las explicaciones más canónicas hablan de la madurez como un acercamiento a lo que se espera del hombre medio, del hombre estándar que encaja en los planteamientos y expectativas que la sociedad necesita. Ese es el hombre maduro. Porque la madurez no genera más seguridad, ni más certezas, ni herramientas para ser mejores y mejorar a través de los sueños las posibilidades humanas. La madurez te doma y te convierte en experto en prevención de riesgos. 

Es cierto que, con los años, uno domina mínimamente más el lenguaje, las cadencias; ha leído más y sabe qué caminos han seguido otros. Eso facilita la escritura. Pero madurez… No sé si es buena o no para un poeta, para un ser vivo que quiere mejorar lo existente. Lamentablemente la voz poética madurará, como lo hace la vida del poeta, pero intento que no lo haga con mucho énfasis. Me empeño en mantener esa inmadurez que supone disidencia.

«Mi escritura no está a la altura de lo que estoy viviendo»

J.G.: Que los hijos cambian la vida es un hecho, pero, ¿te ha cambiado la paternidad como poeta?

Rafael Saravia: Sin duda. Hasta tal punto que ha silenciado mi escritura. Desde que soy consciente de que una criatura nueva iba a venir a este mundo por voluntad mía… la pulsión tan enorme que ha generado esa posibilidad de crear vida ha sepultado todo lo poco que he escrito. Tengo una hija que va para once meses y llevo casi dos años sin escribir –quitando algún artículo o encargo para alguna revista—. La poesía no me ha abandonado, la tengo presente más que nunca, pero mi escritura no está a la altura de lo que estoy viviendo, se encuentra en estado de catarsis y sólo espero que más antes que después pueda acercarme a contar lo maravilloso e intenso que es ser padre. La vocación a través de un amor insuperable que duele por inmenso y sustancia la existencia en este mundo. Espero que mi siguiente libro sea radicalmente diferente por esta realidad trasformadora que me ha impedido crear por estar en carne viva mi manera de percibir el mundo.

J.G.: Qué oportuno que la pregunta de cierre de todas nuestras entre2vistas sea el ‘Momento carta blanca’. Por alusiones –risas—, es tu turno…

Rafael Saravia: Pareciese que me tenéis en vuestros pensamientos con esta “Carta Blanca” —risas—. La verdad es que ese poemario mío fue uno de los que más alegrías me dio. Publicado por Calambur, reconocí en esos años lenguajes amigos que interioricé como míos. Ahora la evolución no se deshace de la tradición en mi escritura, y seguro que algo bastante queda de aquellos años. ¡Ya hace prácticamente una década!

No obstante, ya que la pesadez y los efluvios verbales han sido generosos en esta entrevista, aprovecho para lanzar al aire la siguiente petición: Entidades públicas que leéis y acudís a lugares como éste para saber qué se hace en el mundo cultural, ¡Programad más que nunca poesía! En estos momentos de necesidad identitaria es imperioso que los radicalismos no se apropien de un discurso único. Y la poesía difunde y defiende la libertad que no es gobernable por nadie. Sean responsables y atrevidos: el futuro de nuestras Españas tiene mucho que ver con sus poetas.

Poemas de Rafael Saravia

MANTRA

La posibilidad de no plantar nostalgias
y ser positivamente semilla.

Ser calma y no ibuprofeno. Ser tiempo y no reloj.
Lamentar los miedos que nos quedaron en el trastero.

El derecho a hacerse siesta
y venerar las plantas de temporada.

(De ‘Carta Blanca’, Calambur, 2013)

ALTAZOR Y LA SUBIDA DE (LA) LUZ

Una brizna cualquiera.

Corre el año treinta y uno y los enseres se vuelven modernidad.

Sin la corporeidad de los levantados no confiaríamos en el calor
en la prótesis, en la mancha de carbón,
lo que supone en nuestros pantalones la libertad de campana.

Corre el año ochenta y siete y las Páginas de fuego se reivindican,
se apresuran entonces los caciques a cultivar futuro
y la copa de angustia ya solo necesita de veinte años en barrica de madroño.

Los cormoranes naufragan en el cemento que alicata costas y robledales,
nos untan de sal los labios y lo llaman esperanza.

Fijan el sabor de la desolación tres puntos por encima de la cayena.

Apelan los indeseables al voto transgénico,
queriendo hacernos ver las bondades de los tomates olor cian.

Se tacha en el calendario el quince de mayo del dos mil trece.
Pintan bastos en los mercados internacionales.
La revolución se regala con cada ramillete de franqueza
y el desierto es una inmobiliaria en época de saldos.

Los herederos del juego quieren vender piolets
a los lectores del Manifiesto por un arte revolucionario independiente
y la nieve ya no limpia los fracasos cosidos al pulóver de los embargados.

Una brizna cualquiera.
Pasan las horas cosidas a una adormidera.

En la esquina de la Calle Antonio Gamoneda,
un vendedor de lotería pronostica el cambio:
Le niega la suerte al portavoz del ministerio.

Ese día, los niños de San Ildefonso 
confunden las partituras con las de La Internacional.

(De ‘Carta Blanca’, Calambur, 2013)

CARTA AL NORTE

Querido Antojo:
Estamos en época de entretiempo.

Los vulgares comentan la barbarie en la lista semanal de los más leídos.

Sólo unos pocos sabemos lo difícil que es dejar de soñar.
Sólo unos pocos de miles más
somos capaces de atar el hambre
produciendo tensos vacíos de esperanza.

Tan sólo unos millones a mayores confiamos
en la receta que pronostica insurrección
en los merenderos del valor humano.

Se van quedando cortos los manifiestos.
Se van atrofiando las ganas de cenar salmodias y oráculos partidistas.

Cada familia junta las uñas del día y las cuece en lágrimas
para hacer caldos más transparentes
y vísperas más ligeras al concebir el ocaso.

En cada nostalgia,
la moda se recoge un centímetro el color de las demoras.

Llegan tiempos de osadía.
La palabra se empieza a poner el guante de la acción.
Tantos decímetros robados al sentido común
nos convierten en exhibicionistas de piernas que auguran multitud de exilios.

(De ‘El Abrazo contrario’, Bartleby, 2017)

XIX

En la intolerancia del aire encontré la residencia del respiro.
Fueron tus telas,
las muertas de antojo inabarcable,
las que frescas supieron vestir el verano y su ahogo.

Todo fue tormenta.
Lascas duras de enfermedad,
un retoño frágil que todavía el Leteo no ha sabido bañar.

Todo fue soplo contrario, abrazo,
una actitud que pone en entredicho la solemnidad del respiro libre.
Su fuerza sin drama diario.
Su ocupación pertinaz en la fianza de los días plenos.

 Fue mi enseñanza la pérdida. 
No saber construir sin la terquedad del fracaso,
no renunciar, cómodo, a la vida singular de mi apnea. 

La voluntad dejará de ser mi voluntad para estimar el duelo del indeciso.
Aire para liberar al hombre libre que necesita ser preso.
Aire para ser asfixia.

(De ‘Vena Amoris’, Eolas 2020)

Revolución

Guardo una de mis últimas revoluciones en lo más profundo del paladar. Sé que estos sabores ya no están de moda. Su aspereza incomoda a las nuevas revoluciones digitales y se intuye demasiado líquida para ser una revolución de las de antes, de esas que cambian el curso de la historia.

***

Esta revolución mía nació con la insignia de la derrota y por eso siempre triunfa desde abajo. No pide nada más que poder decir con suavidad. No necesita mucho más que silencio para conquistar el discurso. Cuando grita lo hace con un blues o una gaita ancestral, siempre traspasando el indecoroso precepto del entendimiento. A veces se me escapa. Siempre con cierta vocación mesiánica. Intuye que si yo la sigo su realidad ya se justifica. Y casi siempre me convence.

***

Cuando mi revolución me pierde, convoca mi decadencia con una canción de Johnny Cash o Silvio Rodríguez. A veces simplemente me empuja hacia el verde asalvajado de mi huerto y me muestra una pequeña plaga de orugas de la berza como ejército de la verdad más indeseablemente bella. Yo entiendo lo indómito de la capacidad de estar vivo y vuelvo a buscar amantes ajenas a mi revolución.

***

Ella es la única que conozco con la conducta amable del poliamor. Quiere y deja querer como un gasterópodo cargado con sus dardos del afecto. Sabe que fecundar más allá de uno mismo es complejo y por eso acepta y defiende la huida como un proceso más dentro del cariño. 

(De ‘Vena Amoris’, Eolas 2020)

Click para comentar

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

secretOlivo es una revista independiente de Cultura Andaluza contemporánea. Ni sectarios ni neutrales. La minoría que piensa y siente.

secretOlivo.com se edita bajo licencia Creative Commons. (CC BY-NC)