Prensado en frío

Juan Javier Ortigosa: «Quienes escriben desde las periferias de un sistema cultural suelen sufrir cierto olvido»

Portada de 'Con voluntad de amanecer' de Juan Javier Ortigosa
Portada de 'Con voluntad de amanecer' de Juan Javier Ortigosa

Juan Javier Ortigosa: «Quienes escriben desde las periferias de un sistema cultural suelen sufrir cierto olvido»

Juan Javier Ortigosa Cano (Olula del Río, Almería, 1997) es graduado en Filología Hispánica por la Universidad de Granada y estudiante en el grado de Literaturas Comparadas en esa universidad. Como poeta, ha participado en el disco Historias cercanas (Olula del Río, 2015) y en varias antologías como Poetas en el Museo. Encuentro Poético Museo Ibáñez (Almería, 2017), Versos que abrazan. Poesía contra la violencia de género (Almería, 2018) y Cinco a las 8 / Poetas almerienses en el Museo III (Almería, 2019).

Ha prologado el cuadernillo Aunque sea por escrito (Almería, 2019) de Javier Egea editado por el Aula de Poesía Olula. En 2021 participó en el XVIII Festival Internacional Poesía en el Laurel, amadrinado por la poeta Ángeles Mora. Acaba de publicar su primer poemario, Con voluntad de amanecer (Sonámbulos, 2022), y por ese motivo le hemos pedido que pase hoy por nuestra Prensa.

Javier Gilabert: ¿Por qué este libro y por qué ahora?

Juan Javier Ortigosa: Cuando hice pública la noticia del poemario en redes traté de pensar el libro como una unidad y me parecía toda una odisea. Creo que un libro de poemas rara vez se escribe del tirón, los hay; pero lo normal suele ser que devengan de una serie de experiencias que conforman finalmente una obra orgánica. De algún modo, aunque un libro se escriba en solitario, probablemente lo justo sea reconocer que suele ser una empresa compartida.

Cuando surgió la oportunidad de trabajar con Javier y los demás miembros de la editorial Sonámbulos no tuve que pensármelo ni dos veces. Había un proyecto editorial que me parecía muy interesante, que era arriesgado y apostaba por una línea no tan comercial, que buscaba crear un espacio para la poesía joven, para la literatura trans y queer, para la intermedialidad… En resumen, me parecía un lujo formar parte de la familia “sonámbula” y había, además, algo casi profético, ya que tanto mi padre como yo habíamos sido sonámbulos de niños —risas—.

¿Cómo y cuándo surge la idea del libro?

Como ya he dicho desconfío de la idea del libro como unidad mínima de sentido. Creo que en todo poemario conviven varios libros, los que fueron, el que es y los que serán. Esa es una realidad irreductible que ni siquiera termina de cerrarse cuando entregas el borrador al editor porque incluso entonces los lectores serán los que pongan la última piedra. Ellos son los que interpretan y reescriben; en parte son coautores del ejercicio literario.

En cualquier caso, si tengo que fijar algún momento concreto creo que hubo una tarde bajando de la facultad en la que leí (ojeando el móvil) que un mendigo al que solía ver a dos calles de mi casa había muerto de frío la noche anterior. Para el muchacho que llega de un pueblo en el que casi todo el mundo se conoce aquel primer golpe de realidad fue desconcertante. Y, como es lógico, escribí incesantemente sobre eso. Escribí como quien busca la salida del laberinto con miedo a encontrarse con la verdad por el camino.

En aquel primer gesto poético, en aquel conato de poemario, había buenas intenciones; pero faltaba quizás la madurez para entender que, aunque en política la realidad suele reducirse a consignas y estadísticas, en la poesía no podemos caer en las mismas trampas. Ni somos números ni pronombres personales. De romper con la gramática para buscar la forma de humanizar la denuncia social, quizás nace de ahí “Con voluntad de amanecer”.

¿Qué pistas o claves te gustaría dar a l@s posibles lector@s?

Soy un poco receloso a la hora de revelar la prehistoria personal de un poema. Hacerlo supone poner en peligro el juego de las interpretaciones. Es emocionante cuando alguien se acerca con un poema y de golpe lo lees con sus ojos pensando que quizás sí, que quizás siempre quisiste decir –aun sin saberlo– lo que el lector ha vislumbrado. 

Creo que el poemario –del mismo modo– corre el peligro de convertirse en una calle de un solo sentido si me pongo en “modo filólogo”, como diría mi madre —risas—. Además creo que aunque yo pudiera hacer el análisis más completo del libro, al final sería la síntesis de lo que quería decir y no de lo que he dicho. Eso tiene que decidirlo el lector.

¿Qué efecto esperas que tenga el libro en ell@s?

¿En los lectores? No estoy seguro. En el último poema del libro “Si el poeta fuese algo más que un poeta” establezco cierta parodia sobre la idea del poeta—psicoanalista. Ambos pecan al final de lo mismo, de decirle al lector cómo tiene que sentirse, banalizando así su dolor. No obstante, en este último poema conviven –como es lógico– muchas ideas y una larga historia. 

En realidad, no espero nada. Solo que a la gente le guste y, si acaso, como dice Lorenzo Roal en un poema, que cojan algún verso, aunque sea para poner un tweet o un estado de WhatsApp —risas—.

Cuando hablas de la historia de tu poemario traes a colación nombres como Álvaro Salvador, Luis García Montero, Ioana Gruia, Teresa Gómez… No son malos padrinos para un bautizo —risas—.

Son inmejorables padrinos y madrinas, desde luego —risas—. Los conocí además desde que soy niño, ya que mi padre ha sido y es un excepcional coleccionista de libros y tiene casi todo lo escrito por los miembros de la Otra sentimentalidad (se le resiste el inencontrable poemario Argentina 78 de Javier Egea —risas—). Posiblemente esto explique el deje clásico y experiencial que tiene mi poesía.

Por ponerte un pero, te ha faltado nombrar a Ángeles Mora que, de hecho, se convirtió en mi “madrina poética” el verano pasado en el Festival Internacional Poesía en el Laurel —risas—. 

Como me ha enseñado en el día a día mi querida Ioana Gruia, la honestidad es una disciplina. Hay que ser justo con los maestros y, dado que era innegable que a todos ellos debo incontables lecciones que llevo conmigo, traté de evidenciar algo de esto en el poemario.

¿De tal palo, tal astilla —más risas—? ¿Qué parte de culpa tiene el Aula de Poesía de Olula en tu ópera prima?

Haciendo referencia a uno de mis “padrinos” —risas—, Luis tiene un verso maravilloso en su poema “Madre” que me gusta recordar cada vez que alguien alude al hecho de que escribo porque mi padre me ha educado para ello. Si Luis señalaba que “el amor se hereda como un abrigo sin botones”, yo creo que la admiración (que es, bien pensado, otra forma de amor) también lo hace. Sí, creo que la admiración “se hereda como un abrigo sin botones”.

Con todo, no creo que la tutela paterna sea determinante para que alguien se enganche a la escritura. Mis hermanos, por ejemplo, no lo han hecho a pesar de vivir bajo el mismo techo y otros muchos autores comienzan a escribir a pesar de no encontrar el apoyo que querrían en sus casas. Hay por encima de la tutela, un interés genuino que se tiene o no se tiene y que se puede ganar o perder a lo largo del tiempo. De hecho, me atrevería a afirmar que todos hemos sido poetas en algún momento de nuestra vida, pero son pocos los que logran conservar esa fascinación; con el paso de los años nos volvemos más prosaicos.  

Siguiendo el cliché, yo empecé a escribir muy joven y con una voracidad que a veces echo de menos. Mi padre me decía entre risas cuando le enseñaba el segundo o tercer poema de la tarde que “escribía poemas como churros”. Incluso en aquel momento su intervención y la de mi madre fueron fundamentales. Mi padre porque, como buen profesor de lengua, corregía algún que otro verso; mi madre porque se sentaba a escucharme atentamente para luego dictaminar si le había gustado o no.

A veces basta con escuchar en silencio para ayudar a alguien. No solo en la poesía, también en la vida. Escuchar es un oficio y un acto de generosidad enorme para la persona que necesita hablar o decir algo. Nos gusta hablar y, a veces, olvidamos que esto no es sino la mitad del ejercicio que requiere una conversación —risas—.

A mis padres les dedico el poemario y también a mis abuelos (los que están y los que no) y creo que no podría ser de otra forma. Gracias a ellos soy quien soy y estoy donde estoy. Y no lo digo cayendo en la vieja retórica de la meritocracia. No. Hablo de hechos. Lo digo porque consumieron conmigo horas y horas y tardes y tardes después de la escuela. 

De pequeño era un alumno desastroso, que disfrutaba más con un libro sobre dinosaurios o dibujando, que atendiendo al profesor de turno. Y fueron ellos los que lograron canalizar mi curiosidad y sostenerme con la promesa incierta de que en algún momento sería yo mismo el que andaría solo.

Si hoy logro esta o aquella beca de investigación o termino mi segunda carrera, si cierro incluso algún poema con un verso que me gusta, si saludo a la gente por la calle o intento ser bueno –“en el buen sentido de la palabra bueno”–, es gracias a ellos. No podría ser de otra forma. Creo que es justo reconocerlo y hacerlo saber, aunque probablemente ellos sean los primeros en ruborizarse al oírlo. 

Y evidentemente esto es solo una parte de la historia. El Aula de Poesía me ha permitido conocer a poetas a los que admiraba. Recuerdo vivamente un viaje entrañable en el que acompañaba a Joan Margarit de vuelta a Granada para coger un vuelo. Osadamente le enseñé dos o tres poemas primerizos que había escrito para una revista local. Con la enorme generosidad que le caracterizaba, los sostuvo unos minutos sopesándolos y al poco me miró rotundo y me dijo que salvo un par de versos todo lo demás estaba mal.

No solo no me molestó, sino que confieso que no pude evitar soltar una carcajada. Aún hoy lo recuerdo y no puedo evitar reírme —risas—. Había en su rotundidad un poso de ternura. Me dijo que eran en realidad esos dos versos los que auguraban que podría llegar a ser un gran poeta. Lo que vino después fue una larga conversación llena de valiosos consejos a la que confieso haber regresado en varias ocasiones. De hecho, solo diré que esos dos versos pasaron a formar parte de “Con voluntad de amanecer” como un secreto homenaje para Joan.

Esta y otras anécdotas solo han sido posibles gracias al ejercicio gravitatorio del Aula de Poesía de Olula. En verdad creo que la labor de mi padre, de la que estoy orgulloso, y el respaldo por parte del Centro han logrado incentivar un cierto despertar cultural en la zona. Hay entre las filas del IES Rosa Navarro músic@s, escritor@s, pintor@s, actores y actrices que son verdaderamente prometedor@s. Estoy convencido de que, aunque el oficio del docente no siempre es fácil o agradecido, cuando un profesor les tiende la mano a los alumnos y busca estimular su curiosidad, estos le responden. Juan Miguel Galera, el magnífico ilustrador de la portada del poemario, es otro ejemplo de ello. 

En mi caso, tendría que agradecerle sobre todo a Ana Sevilla y María Dolores Perea, dos de mis profesoras en el Centro, la enorme paciencia que tuvieron conmigo. Posiblemente sean incontables los poemas que les habré llevado al terminar la clase y también las faltas de ortografía que habrán corregido en ellos —risas—. Las pobres hacían horas extra conmigo —risas—.

Como he dicho antes, creo que la admiración “se hereda como un abrigo sin botones” y, por fortuna, admiro a mucha gente de mi entorno; personas que escriben o están inmersas en algún tipo de práctica artística y otras que no, pero que son igualmente extraordinarias. 

Te pongo en un aprieto: si tuvieras que quedarte solo con tres poemas de ‘Con voluntad de amanecer’, ¿cuáles serían?

Pues sí que es un aprieto —risas—. Creo que por un sentido lógico el primer poema sería “Las carencias del verbo”, poema en el que juego con el famoso título de la antología de Gil de Biedma y con el que quería problematizar el carácter restrictivo del lenguaje.

Tomar consciencia de que enunciarnos es limitarnos; es segmentar y separar realidades. En una sociedad tendente a la introspección y al individualismo puede ser un acierto desempolvar las formas del plural. Recuperar la idea de que no todas las muchedumbres acaban en turbas, ni todos los proyectos colectivos en utopías rendidas ante el peso de la realidad. Creo que si uno no conserva ciertos sueños la vida puede resultar demoledora. 

De esta necesidad de entender el lenguaje para entenderme y de trascender las etiquetas académicas o las burocracias de la gramática habla la primera parte del poemario, “Vidas cruzadas”. Aquí lo que buscaba era comprender cómo mi vida podía articularse con la de mi pareja, cómo podía romper el solipsismo de una casa a oscuras y salir a la calle o encontrar en la puerta que dejaba atrás una salida de emergencia.

En esta línea, otro de los poemas podría ser “No soy yo eres tú”, porque supone la resignificación del espacio doméstico y el intento de la certidumbre amorosa en un mundo en el que los ídolos del amor romántico se caen por su propio peso. En esa primera parte se consagra la búsqueda de otra forma de decir te quiero en un mundo en el que, lo que no se difunde en redes, parece no existir. Temo que quizás corremos el riesgo de que las redes acaben resultando más reales (y a la vez más falsas) que la propia vida. 

El último poema sería el de “Para escribirte una carta” porque de él extraigo el título del poemario que, como casi todo, también debo a mi padre. Rara vez acierta un autor con el título de su libro. El primer título, La soledad del ciudadano, pecaba de sonar a insoportable ensayo de mil páginas —risas—. Por cierto, “ni confirmo ni desmiento” que en ese poema esté el verso al que Joan dio el visto bueno —risas—.

Sonámbulos es una editorial relativamente nueva, pero ha irrumpido con fuerza en el panorama poético nacional. ¿Cómo es trabajar con Javier Bozalongo y su equipo?

Sinceramente una gozada. A ver, yo conocía desde hace ya muchos años a Javier. De hecho, tuve el lujo de presentarlo a él y a Paula en el Aula de Poesía. Por aquel entonces, Paula acababa de ganar el Hiperión. Si mal no recuerdo, yo estaba en segundo de Bachillerato. El Aula de Poesía siempre la presentan alumnos del centro y he de decir que fue verdaderamente emocionante poder intercambiar ideas con ellos. 

Por aquel entonces tanto Paula como Javier se sintieron conmovidos por una práctica habitual que compartía con mi padre: “Los viernes poesía”. Un pretexto semanal para hablar de literatura, comentar lecturas y compartir después de clase las cosas que nos habían pasado a lo largo de la semana y, sobre todo, para tomar una buena cerveza y pescado fresco de Almería —risas—.  La costumbre se convirtió en liturgia y el oficio en una tradición. De hecho, aunque ahora vivo en Granada, aprendimos a convertir en viernes telefónicos el resto de los días. 

Como digo, la compañía de Javier, Ángeles, Teresa o Ioana ha sido un lujo que me he permitido disfrutar a lo largo de mis años universitarios. Uno de los primeros manuscritos se lo dejé a ellos con la esperanza de que pudieran limar todo aquello que sobraba y yo no veía. Supongo que vieron algo bueno en ellos y por eso han tratado de apoyarme. Les estoy inenarrablemente agradecido. 

Pero no solo con Javier Bozalongo, también estoy muy agradecido con los demás miembros de Sonámbulos: Joaquín Puga, Lola Maleno, Ramón L. Pérez y Daniel Fajardo. Son un equipo con una cualidad muy importante: la multidisciplinariedad. Esta misma condición hace que sean muchos ojos mirando en distintas direcciones y los que se enriquecen al final con todo ello son indiscutiblemente los lectores.

Además, cuando un libro se hace con cariño, algo de ese amor pervive y queda sutilmente como el olor a libro nuevo. Por fortuna, las publicaciones de la editorial Sonámbulos, tanto las de fotografía como las de literatura, tienen indudablemente algo de esa fragancia.

Probablemente, con libro recién nacido, ni te lo hayas planteado, pero… ¿a partir de ahora, qué?

Al haber madurado de forma muy progresiva el poemario, a lo largo de seis años, lo cierto es que no me resulta tan difícil vislumbrar el siguiente horizonte. Ahora mismo me interesa hacer cosas distintas, aunque ello no implica el abandono de la puerta abierta que queda en el último poema.

Como decía antes, en las redes sociales todos participamos de una misma ficción. Nos vendemos una vida de anuncio y nos prometemos el amor con la vehemencia de quien se sabe perseguido por una cámara. En cierto sentido, asistimos a ese gran teatro del mundo del que hablaba Calderón y corremos el peligro de acabar como Segismundo.  

También son de mi interés la escritura en portugués, lengua de la que me confieso enamorado (aquí vuelve a ser importante la presencia de un buen profesor, porque en esta vida hay que tener suerte hasta para encontrarse con buenos maestros) y la literatura de los heterónimos que practico desde hace poco y que me enfrenta contra mis propios prejuicios y me sirve para evidenciar mis construcciones. El ejercicio de ser otro, aunque sea solo un instante, me parece que es interesantísimo. Escribir en otra lengua u olvidar tu DNI por unas horas puede ser una maravillosa manera de ser “libre”.

Los heterónimos son divertidos artificios literarios que han surgido de esta idea de la escritura colectiva (porque nacen de una conversación cotidiana en la cafetería de la facultad con mis amigos) y de la asunción del ejercicio lírico con un sentido lúdico. 

Hay muchos autores que escriben y cualquiera juraría que se han olvidado de pasarlo bien. La literatura además de reivindicativa u ontológica es al final un juego de palabras. Los códigos de la ironía son un ejemplo maravilloso de ello, de cómo la poesía puede reírse sin ser por ello menos comprometida. Al final, ya lo decía Raquel Lanseros cuando afirmaba que “la poesía es azul aunque algunos se empeñen en vestirla de luto”.

Por último, como lector, ¿a quién te gustaría que invitásemos a pasar por ‘la Prensa’?

Hay muchas voces interesantes en el panorama actual, voces jóvenes y otras que no lo son tanto y que a veces traspapelamos ante la promesa de una generación nueva. Por todo ello esta puede ser la pregunta más difícil que me podías hacer —risas—.

Por escoger a alguien, creo que me gustaría leer a Nuria Ortega Riba. Sobre todo porque estoy convencido de que hay una poesía almeriense que en ocasiones por la ausencia de recursos se ha visto obligada a migrar a territorios menos áridos. Se me ocurren nombres ya consagrados como los de Julio Alfredo Egea o Aurora Luque pero también otros tan jóvenes como talentosos, este es el caso de Jesús Santander o Sabina Bengoechea, a la que también habéis entrevistado, es un buen ejemplo de ello.

Quienes escriben desde las periferias de un sistema cultural suelen sufrir cierto olvido. Afortunadamente, creo que, aunque a veces la justicia poética llega tarde, habiendo buenas voces, se les acaba devolviendo la palabra. 

LAS CARENCIAS DEL VERBO

De nada me sirvieron los libros de gramática
que con voz clara anunciaban
la lógica lingüística.

Porque vivir a menudo desengaña,
y uno descubre así,
lo que los libros callan.

Aprendí del «yo»
—antes de saber sobre mí mismo—
que es una habitación cerrada
en la que el ego crece
como una enredadera ingobernable.

Más tarde comprendí que «tú»
no siempre es «contigo»
y «él» o «ella» ni son una certeza
ni nos hacen compañía.

Fue fácil dominar
las formas singulares,
bastaba con los dedos de una mano.

No sucedió lo mismo
al pasar a los plurales, 
porque a veces los ojos nos engañan
y un grupo de personas
puede ser una marea
de pequeñas soledades.

Del «nosotros»
aprendí que es algo ambiguo,
como una sala de espera
en la que el polvo sienta su fortín
y los sueños vencidos se quejan de la guerra.

Del «vosotros» y el «ellos»,
me dijeron,
que hay veces que se visten de amenaza;
que son sentencias de otredad y lejanía,
cuerpos imaginarios e improbables.

He perdido en todos los tiempos de mi idioma;
me han derrotado con todos los verbos que conozco
y he descuidado las formas y los modos,
lo confieso.

Me bastó la vida para descubrir
el carácter defectivo de mi idioma:

No todas las personas hacen compañía,
es difícil conjugar multitudes y sueños,
la lengua es una agenda marcada por la ausencia.

NO SOY YO, ERES TÚ

Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa…
Federico García Lorca

Yo que he buscado compañía en los espejos
y conozco el idioma de otra piel,
el frío de otras manos;

yo que he vivido
casi siempre al filo de la duda,
alargando las preguntas del deseo;

ahora descubro por la mañana
el perfil de tu cuerpo junto al mío
y entiendo que hace tiempo
que ya no soy tan yo,
que hace tiempo
que mi ropa
convive con la tuya,
y mi cama es un desierto para dos
y está tan sola la casa si le faltan
tus pasos, tu rumor.

Ahora comprendo, de golpe,
que hace tiempo,
que mi casa no es mi casa,
y que yo no soy tan yo.

PARA ESCRIBIRTE UNA CARTA

A Javier Egea

Para escribirte una carta
tengo que olvidarme de mi cuerpo,
alejarme de la tarde en que vivimos,
separarme del otoño
que se imprime sin pudor en las ventanas.

Para escribirte una carta
tengo que renunciar
a esta ciudad de historias pasajeras,
de calles que se pueblan por la noche
y amores que se encienden al pasar.

Porque escribirte esta carta,
como todo acto de amor,
es un proceso de renuncia.

Por eso yo te entrego
estos últimos suspiros de la tarde,
este sol que inunda el horizonte
como un lamento viejo,
como un crepúsculo
con voluntad de amanecer. 

Por eso escribo esta carta
como quien tira la luz por la ventana
y sabe que recitarte
es engañar dos veces a la muerte.

Y recorro el surco helado
del renglón vacío,
de la palabra nunca,
que ahora olvida su sentido
para hablarme de ti,
para hablarte de mí.

Javier Gilabert
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