Prensado en frío

Xavi Rodríguez Ruera: «El instrumento del poeta, su idioma, su lengua, debe contaminarse de la prosa»

Portada de 'El ocio nocturno de los pájaros', de Xavi Rodríguez Ruera
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Xavi Rodríguez Ruera: «El instrumento del poeta, su idioma, su lengua, debe contaminarse de la prosa»

Xavi Rodríguez Ruera (Barcelona, 1975) ha publicado los poemarios ‘Suburbio y Lejanía’ (ed. Oblicuas) y ‘La vida enorme’ (Témenos Edicions), ambos presentados en Granada en la Asociación del Diente de Oro. Poemas, reseñas y entrevistas suyos han aparecido en diversas publicaciones como Kopek, Quimera, La Libélula Vaga, Vallejo & Co. y el blog El calcetín de Ulises. Barcelonés de nacimiento y andaluz en su raíz y medio granadino por vocación, presentará en Granada el 30 de marzo ‘El ocio nocturno de los pájaros’ (Témenos, 2022), su último libro de poemas, así que le hemos pedido que pase por nuestra Prensa para charlar sobre éste.

Javier Gilabert: ¿Por qué este libro y por qué ahora?

Xavier Rodríguez Ruera: Mi anterior poemario, La vida enorme, salió publicado hace ahora cinco años. Pese a lo que he comentado alguna vez, en tono de boutade, sobre lo rápido que suelo redactar los poemas, no es así en todo lo otro que rodea la concepción de un libro, y que tiene que ver con la exploración de una época personal y la geografía anímica que la conforma, apoyado en las lecturas y relecturas de autores con los que te identificas, o admiras, y el lento proceso de esperar que de una situación, vivencia, imagen, brote naturalmente el poema. Cinco años que creo están bien resumidos y explorados en El ocio nocturno de los pájaros.

¿Cómo y cuándo surge la idea del libro?

Nacen los poemas al albur de las vivencias y del paisaje moral que en ese momento, como ser humano, en primer lugar, y como poeta después, vas atravesando. Algunos de los primeros poemas del libro datan de mediados de 2017, e incluso alguno había aparecido en el blog El calcetín de Ulises que por entonces gestionaba. Durante todo ese tiempo y hasta comienzos de 2019 estuve en una relación sentimental intensa, profunda y significativa que no acabó del todo bien. Eso me afectó, como es lógico, en lo personal, pero también, porque una cosa va apareada con la otra, a mi manera de enfrentarme a los textos, a la poesía, como poeta y como lector. Sentí que había desaparecido casi por completo cierto vuelo esperanzado y a veces luminoso de mis poemas anteriores, los pertenecientes a Suburbio y Lejanía y La vida enorme. Como no soy un poeta de corte sentimental, decidí no dedicar un poemario entero a los vaivenes de la relación, sino ir escribiendo acerca del doble duelo, el de la pérdida de la persona a quien amabas y el de la voz poética propia. No obstante, sí hay en el poemario una de las partes centrales, Tiempo de cantar, que evoca más en concreto los avatares de la relación y su pérdida.

¿Qué pistas o claves te gustaría dar a l@s posibles lector@s?

Como bien sabes, al publicar un poemario, se producen algunas situaciones que no dejan de ser hermosas y paradójicas. Una de ellas, es que si el poema está bien hecho, o construido, o es eficaz, cualquier lector que se acerque con atención a él verá no únicamente las circunstancias que rodearon al poeta al concebirlo, sino, y ahí está lo mágico y hermoso del tema, sus propias carencias, emociones, circunstancias. La única clave que daría al lector es la de que todos y cada uno de los poemas del libro, incluso los de apariencia más fragmentaria, han nacido de una intención, de una reflexión, de centenares de horas de lectura y escritura, para que acabe pareciendo fácil o casual lo que es fruto de un continuado trabajo.

Me atrevería a añadir que el tono del libro, más bien nocturno, lo marca sobre todo la lectura y relectura de libros de Celan y sobre Celan, de Trakl, de Hölderlin, en lugar de autores franceses y españoles de la Generación del 50, entre otros, como en anteriores libros.

También de interminables paseos por ciudades europeas, de visitar sus museos, del día a día en mi propia ciudad.

¿Qué efecto esperas que tenga el libro en ell@s?

Ojalá encuentren algo de belleza en él, y en consecuencia algo de consuelo, de descanso en sus tribulaciones, desasosiegos. También esperanza, pues el poemario, a medida que se acerca al final, muestra que es posible recuperar y volver a conectar con la palabra hecha poema si nos esforzamos un poco.

¿En qué medida veremos en él —o no— al Xavier Rodríguez Ruera de tus anteriores obras?

Supongo que al ser la misma persona quien los ha escrito, algo hay en sustrato de los poemarios que los conecta conmigo. Me gusta la creación de atmósferas, la serenidad y cierto alejamiento en el tono, como si hablara desde mucho después de las cosas. Me gusta también que haya cierto tono pictórico en los poemas  —la célebre afirmación horaciana Ut pictura poiesis —. También la ciudad está presente, siempre, como decorado de fondo, y la historia de las personas que he conocido y amado allí.

No obstante, como te comentaba al principio, sería ingenuo si pensara que ciertas etapas por las que atravesamos en lo personal, no afectan, quizá radicalmente, a lo poético. Al fin y al cabo, las experiencias, las lecturas, el oficio, nos cambian. No sé si mis poemas volverán a recuperar cierta ingenuidad que tenían hace unos años. Tampoco sé si me importa.

¿Debe el poeta beber de la prosa? ¿En qué medida han influido esas lecturas –y cuáles han sido — en tus últimos poemas?

Como te he comentado muchas veces, creo imprescindible para el tono, la lengua, la imaginería de un poeta la lectura de prosa de ficción y de ensayo. ¿Por qué? Porque creo que el poema no deja de ser un artefacto retórico, una especie de conversación que el poeta, en determinados momentos, sorprende dentro de sí mismo, y con cuantas más herramientas cuenten los interlocutores, es decir, la voz poética y el poeta que transcribe, más amena y provechosa será la conversación. He escuchado alguna vez a algún poeta que se alimentaba únicamente de poesía, y no lo veo adecuado, la verdad. Es como alimentarse a base de néctar. El instrumento del poeta, su idioma, su lengua, debe contaminarse de la prosa de los periódicos, de novelas, de libros de Historia, de lo que sea.

Del mismo modo que se nota cuando un prosista es o ha sido buen lector de poesía, lo mismo ocurre con un poeta que lo es o lo ha sido de prosa.

Te pongo en un aprieto: si tuvieras que quedarte solo con tres poemas de ‘El ocio nocturno de los pájaros’, ¿cuáles serían?

Así, a bote pronto, te diría que La usura del canto, Tiempo de cantar y El ocio nocturno de los pájaros.

¿Supone este poemario un punto de inflexión en tu producción como poeta? ¿Y a partir de ahora, qué?

Seguro, así lo siento, que es un punto de inflexión. El año pasado hice un curso completísimo de narrativa en la escuela de escritura del Ateneu de Barcelona, que me dio unas herramientas valiosas para abordar lo que  me gustaría fuera mi próximo proyecto: una selección de los cuadernos de diarios que llevo una docena de años escribiendo, o una novela en clave familiar que hable de Barcelona y retrate las diferentes clases sociales que cohabitan en ella.

Por último, como lector/a, ¿a quién te gustaría que invitásemos a pasar por ‘la Prensa’?

Cualquiera de mis amigos granadinos, magníficos escritores y poetas, daría para una buena entrevista.

Poemas de Xavi Rodríguez Ruera

LA USURA DEL CANTO

Poner palabras sobre el papel en blanco.
Asistir, en silencio, a la nevada negra de la tinta.
Afuera un pájaro martillea
la luz, y adentro, otro, tan parecido
a mí, trenza con cada signo
un nido momentáneo,
dando calor, color, usura y canto
al poema que le vamos construyendo.
Los poemas comienzan
con pequeñas anécdotas
que serían ridículas
si otros las supieran. Forman
parte de esta vida nuestra
despedazada y tierna.
Pero las gotas que caen sobre el papel
anuncian la tormenta. Entonces
las cosas, los recuerdos,
las palabras van colocándose
en el lugar que deben ocupar,
como los viejos criados holgazanes
que reciben por sorpresa
la visita del amo que los paga y alimenta.
Ese amo silencioso, que cruza
fantasmal las salas del invierno
rozando apenas las fibras,
los tapices, lo habéis adivinado,
es el poema.
Una vez ido, los pájaros
recomienzan su canto, el sol
vuelve a brillar,
y los criados vuelven
a su juerga.
Nosotros apagamos la lámpara
y cerramos el cuaderno
con esa vaga satisfacción del deber
cumplido.
Afuera amanece.

                    Parece que ha llovido.

EL OCIO NOCTURNO DE LOS PÁJAROS

Feliz quien puede con ala vigorosa […] 
Ch. B.

Tratamos de empapar
sobre el papel unas palabras
que no digan únicamente
aquello que sentimos,
sino que los demás, como los pájaros,
puedan ver reflejado
su rostro fugazmente
si de noche,
perdidos, descienden
a beber
sobre sus aguas y aguardan,
como nosotros,
a la mañana limpia que los haga volar,
en la distancia,
con un peso menor sobre las alas.
Un verso
debería ser como un espejo
y el lector,
con sus ojos nocturnos,
quien hallara
al fondo
el rumor encantado de sus propia
entrañas.

Y que el nuevo día
lo sorprenda
dejando atrás los viejos bosques,
el viejo dolor y su lejana
orilla.

TIEMPO DE CANTAR

Te quiero
son únicamente dos palabras,
un pronombre y un verbo
conjugado en presente, indicativo,
personal,
recorriendo las calles con la angustia
serena del que no tiene frío,
mariposas de hielo
y palabras de fuego
dibujan esa frontera exacta
en un lugar del tiempo
al que no volverás.
Se ilumina alguna vez
una calle
con la luz azulada del recuerdo.
Alguna imagen,
tan parecida a ti,
viene a esperarnos
mientras hacemos algo
sentados en la plaza tranquila del silencio.
Algún viento
sacude cuando pasa
aquel árbol
en cuyas ramas
cuelgan vivas estampas de vida compartida.
Mas del dolor,
su larga música,
su manantial, brotan
aguas
cada vez más claras.
Y esa lluvia tenaz
que no descansa
vuelve fértil el suelo,
y nos indica
que empieza a ser ya tiempo de cantar.

Javier Gilabert
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