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Raúl Bernal: «Hay rebelión todo el rato»

Raúl Bernal. Foto de Cristina Ferreiro
Raúl Bernal. Foto de Cristina Ferreiro

Raúl Bernal: «Hay rebelión todo el rato»

Raúl Bernal (Murcia, 1981) comienza a tocar el piano a la edad de ocho años y en 2003 se licencia en piano clásico por el Conservatorio Superior de Música de Murcia. Desde los quince toca en bandas de rock y desde entonces ha trabajado con artistas como José Ignacio Lapido, 091, Quique González, Diego Vasallo, Loquillo, Niños Mutantes, Sr. Chinarro, Grupo de Expertos Solynieve, El Osombroso y Sonriente Folk de las Badlands, Estévez, Luis Arronte, Manu Ferrón… tocando piano, pianos eléctricos, órgano hammond y sintetizadores.

Como compositor creó los proyectos Jean Paul y Dolorosa, editando hasta el día de hoy seis álbumes. En 2009 creó el sello discográfico independiente Bartlevy Records y en 2015 crea junto con músicos granadinos como Luis Arronte y Estévez el sello colectivo Cabaña.

En 2012 publica su primer poemario, ‘Y mientras Roma ardía’, en la editorial cordobesa Bandaàparte Editores. Desde 2015 dirige la escuela de música rock Gabba Hey. Ha participado, entre otros, en los siguientes discos: Lapido, ‘En otro tiempo, en otro lugar’, ‘Cartografía’, ‘De sombras y sueños’, ‘Formas de matar el tiempo’ y ‘El alma dormida’  (todos con Pentatonia Records); 091, ‘La otra vida’ (Warner Music); Jean Paul, ‘Breve Historia Universal’, ‘Manqué’ y ‘Ocho variaciones sobre el futuro’ (todos con Bartlevy Records); Grupo de Expertos Solynieve, ‘El eje de la tierra’ (El Ejército Rojo), ‘Colinas Bermejas’ (El Segell del Primavera) y ‘Lucro Cesante’ (El Segell del Primavera); Dolorosa, ‘Que el mañana sea bueno’, ‘Lo que queda de mundo’ y ‘Un gran presentimiento’ (todos con WildPunk Records); Loquillo, ‘Salud y Rock and Roll, directo en Las Ventas’ (Warner Music).

Javier Gilabert: Te conocí hace casi veinte años —corrígeme si me equivoco—, prácticamente recién llegado a Granada. Recuerdo que aún no contabas ni de lejos con los contactos que ahora tienes, y que para colmo sufriste un desprendimiento de retina que te tuvo postrado un buen tiempo. ¿Cómo se ven aquellos tiempos desde la perspectiva actual? ¿Has conseguido lo que viniste a buscar?

Raúl Bernal: Yo llevaba aquí desde el 2004. Nunca tuve una meta concreta preestablecida. Mi filosofía de vida siempre ha sido la búsqueda constante, lo cual es un arma de doble filo: la inconformidad que te tortura toda la vida. Está claro que cuando consigues algo como lo que tengo ahora, tocar con gente a la que admiras, tocar canciones bonitas, poder vivir de la música, se podría hablar de metas cumplidas, obviamente. Pero siempre buscas el desarrollo artístico. Y tocar con los artistas con los que lo hago me enriquece artísticamente. Siempre buscas más creativamente, llegar a algo más con tus canciones o con la gente con la que luchas cada día en la música. Pero soy feliz y estoy feliz con mi carrera en estos momentos.

Ciertamente me siento muy bien, muy feliz, pero me temo que moriré sin creer que he  conseguido lo que busco (suponiendo que sepa qué es eso), puesto que siempre hay una búsqueda constante, un aprendizaje; todo está relacionado con que te desarrolles artísticamente, al margen de dónde estés, de lo que ganes, de la gente que te vea o la mayor o menor repercusión que tengas.

J.G.: ¿Habrías podido entonces imaginar que llegarías a donde estás ahora?

Raúl Bernal: Es que creo que ni me lo planteaba —risas—. Tenía claro lo que quería hacer, a qué quería dedicar mi vida, pero nunca existió un afán de tener más o tener menos; simplemente tocar y poder pagar mis facturas haciendo música. Sí que cuando empecé con mi proyecto en solitario tenía mucha más ambición; quizá ese fue uno de los errores. Pero ahora, con perspectiva, me veo más o menos igual; lo único que ha cambiado es que tengo un hijo, mi vida sentimental es estable, no vivo en una casa de alquiler con cinco tíos que no conozco, sino que me he comprado una casa con mi pareja y, lo más importante: puedo elegir mi trabajo. Toco con gente a la que admiro, a la que quiero, que artísticamente me aporta y de quien aprendo. No hago trabajos por dinero. Eso sí que es la ostia. Aunque no me conozca nadie, es cojonudo: puedo decir que no a las cosas que artística o personalmente no me ofrecen nada.

Siempre que me llama alguien para grabar y me pregunta «¿Cuánto cobras?», yo respondo: «Pásame las canciones». Si no me gustan, la cuestión no radica en cobrar mucho o poco; es que no quiero estar ahí.

Ese es el cambio más importante con respecto a entonces: estar donde quiero estar, eligiendo con quién quiero hacerlo, al margen del dinero y de todo lo demás.

«Puedo decir que no a las cosas que artística o personalmente no me ofrecen nada»

J.G.: No sería la primera vez, pero me gustaría que nuestros lectores, si no lo han hecho aún, conocieran la historia de cómo y por qué Raúl Bernal deja su Murcia natal y aterriza en Granada para quedarse… 

Raúl Bernal: Mi vida estaba allí. Comencé a tocar el piano a los 7 años. Entré en el conservatorio muy pronto, acabé la carrera, pero siempre me interesó el rock and roll. Aluciné cuando cayeron en mis manos todos aquellos discos que cambiaron mi vida. Y tenía siempre la inquietud de tener una banda, de formar parte de algo. Estuve en algunas con las que hicimos varios discos, tuvimos incluso escarceos con alguna multinacional. La cosa iba bien, pero llegó un momento en el que la búsqueda artística pudo más que todo eso. Me metí a muerte con Leonard Cohen, Dylan… Sólo quería escuchar esa música. Y en aquella época, en los 90, empezabas a encontrarte bastante solo, porque la gente lo que escuchaba era Nirvana o Soundgarden, y uno ahí, con su disco de Leonard Cohen —muchas risas— y, claro, la gente con la que tenía amistad, a nivel musical no estaba en la misma onda, estaba sólo en ese aspecto. Así que decidí dejar a mi banda de siempre y comenzar mi búsqueda. Debo decir que mantengo mi amistad con aquellos compañeros con los que empecé, son mis raíces musicales. Sin ellos no sería quién soy ahora musicalmente, son una parte muy importante de mi vida.

Por aquel entonces me quedé sin proyecto. Grababa maquetas en casa de amigos, pero llegó un momento en que me vi terminando mi carrera de piano, dando clases en un conservatorio o en un instituto —cosa que no me apetecía en absoluto—, así que me lo planteé muy seriamente: o daba un giro a mi vida o acababa en el sitio en el que no quería estar.

Se cruza entonces en mi vida el ‘Tormentas imaginarias’ de los 091. Aluciné. Aún no me interesaba cómo sonaba un disco, no era capaz de distinguir eso todavía: ni cómo tocaban, ni la producción que había detrás. Yo ya leía a Poe, a Nietzsche, y me daba cuenta de que esas referencias aparecían en aquellas canciones. Flipaba con lo que escuchaba. Era mi música. Destrocé aquella cinta que descubrí, gracias a un colega, por casualidad. Fueron noches y noches escuchándola.

Y luego apareció José Ignacio (Lapido). Un amigo me dijo que había sacado disco, fui a un concierto suyo y ¡flipé! Y, repito, no por la música, ni por cómo se tocaba… Permanecía aún ajeno a eso. Fue la liturgia que se creó en aquel momento lo que me llevó a pensar: «Yo quiero estar ahí». Había mucho más que música… No sé muy bien cómo explicarlo.

Sabía que José Ignacio no tenía teclista, aunque grababa teclados en sus canciones. Conseguí su mail —arrojo de la juventud (risas)— por mediación de Paco Cárdenas y le escribí. Tardó en contestarme, igual un par de semanas, porque a buen seguro lo estaría flipando, pensando: «¿Qué hago con este tío?» —muchas risas—. Hubo un cruce de mails, me preguntó qué había hecho hasta entonces musicalmente hablando y finalmente me dio la oportunidad. Tenía muchas ganas y no me importaba cambiar de ciudad, hacer lo que fuera necesario. De hecho, estuve tocando durante mucho tiempo con José Ignacio sin vivir aquí. Cogía mi coche, venía a Granada, ensayaba y me volvía a Murcia otra vez. Así pasé un año y medio. Fíjate que yo curraba en un restaurante los fines de semana y entre semana en una escuela de música, y lo que ganaba se iba prácticamente en los viajes.

El primer bolo que hice con José Ignacio fue en Pontevedra, el día de mi veintitrés cumpleaños. Vine desde Murcia, nos montamos en una furgoneta, cogimos carretera hacia Pontevedra, dormimos en Madrid y dimos el concierto. Al día siguiente, todo el día de viaje de vuelta a Granada. Llegamos, cogí mi coche y me piré para Murcia.

Cuando terminé la carrera —me quedaba por presentar la tesina y mi concierto fin de carrera— me lo planteé muy seriamente y me vine sin un duro. Busqué un sitio con cuatro tíos que no conocía y me puse a trabajar al poco en el pub Peatón (donde me tiré 5 o 6 años).

Y al final… El cambio de vida, de ciudad, que no me asustaba, se debió única y exclusivamente no a la figura de José Ignacio, porque yo aún no lo conocía —lo haría muchos años después—, sino a unas canciones que me creía —y me sigo creyendo— al dedillo.

Fernando Jaén: Afirmas en ‘El adiós considerado como una de las bellas artes’ (Bandaàparte Editores, 2020) que te disponías a guillotinar tu alter ego —Jean Paul—, sin saber con certeza qué te motivaba a hacerlo, pero impelido por “grandes presentimientos”. ¿Qué nos puedes adelantar sobre ellos?

Raúl Bernal: Por una parte, Jean Paul empezó a tener una exigencia compositiva y artística que decidí no seguir compartiendo, porque cuando yo empecé a hacer esto estaba muy, muy cerrado. Era un talibán con la música: no podía escuchar una palabra en concreto en una canción, por ejemplo, aunque la música fuera de la ostia, o la canción o el artista. Me impuse muchas limitaciones, lo que quizá tampoco tenía mucho sentido, según lo veo ahora con el paso del tiempo.

Al fin y al cabo, y aunque existen unas reglas que hay que seguir si uno quiere hacer bien su artesanía, hay que ser libre. Y yo no lo era. Con Dolorosa, por ejemplo, el paradigma era otro bien distinto. Había unas reglas sobre qué debía ser una canción, pero empecé a utilizar otro lenguaje, me sentí mucho mejor, más libre, había menos presión intelectual.

Por cierto que ahí, en ese texto que citas, se esconde un juego de palabras, ya que el último disco de Dolorosa llevaba por título ‘Un gran presentimiento’ e iban un poco por ahí los tiros.

Las circunstancias, la banda, yo, todo ha cambiado. Así pues, creo que cuatro discos (como una legislatura —muchas risas—) que me gustan, de los que estoy orgulloso, y un libro, cerrar esta etapa con Bandaàparte, es un bagaje más que positivo y suficiente. 

F.J.: ¿No volveremos a escuchar, pues, la voz —permíteme que utilice el adjetivo “coheniana”— de Jean Paul?

Raúl Bernal: Tengo claro que quiero seguir sacando discos. De hecho, ya tengo material. He decidido que saldrán con mi nombre, y que no quiero parecer una continuación de aquello. Ahora quiero ser yo, al margen de ese personaje.

J.G.: El libro que acompaña a este bello “disco-objeto” con el que cierras esta etapa está dedicado a tu hijo Tristán. ¿Cómo ha cambiado tu vida la paternidad? ¿Hasta qué punto es ahora distinta la Rebelión?

Raúl Bernal: Hay rebelión todo el rato —risas—. Ha cambiado del modo en que le cambian a todo el mundo: tu tiempo, a lo que le prestas atención… Es cierto que en ese sentido la vida de un músico es más complicada que la de un oficinista, pongamos por caso. Si mi pareja trabaja de lunes a viernes y yo me voy de bolo el fin de semana, ella no descansa nunca. No es por el tiempo que tenga que dedicarle a mi hijo: todo el que tenga y más me parece poco.

Sin ir más lejos, no hace mucho he tenido que pasar quince días fuera de casa con lo de la gira de Quique (González). Gracias a la disponibilidad y la generosidad de Cristina, mi pareja, este tipo de cosas son posibles. Sigo siendo músico y continúo haciendo cosas porque ella entiende la historia y me apoya incondicionalmente. Sin Cristina, esto no sería posible.

No soy de los padres que afirman aquello de que “la paternidad es la reostia, te cambia la vida…”. Siempre he sido una persona muy responsable y con un nivel de exigencia alto. Jamás me dio miedo, quería ser padre. Pero te pone al límite. Eso es lo que no dicen nos libros: la paternidad saca lo mejor y lo peor de ti. Lo que hay que procurar conseguir es que ocurra lo primero el mayor tiempo posible —muchas risas—. Capítulo aparte son las madres. Esa es la mayor proeza de la historia. Eso sí, no conoces el amor hasta que tienes un hijo, el amor que puedes llegar a dar o a sentir está en tus hijos. 

«Se ha llegado a un punto en el que el “todo vale”, ha superado todos los límites posibles»

J.G.: Por alusiones a tu poema ‘La mala literatura’, ¿abundan en estos días la mala música y la mala literatura?

Raúl Bernal: Te puedo hablar más sobre la música. Soy lector, he leído mucho, muchísimo, pero la verdad es que leo muy pocas cosas nuevas. Igual algún ensayo sobre música, alguna biografía, pero novela y poesía no. En esos géneros voy más hacia atrás.

En lo que a la música respecta, creo que se ha llegado a un punto en el que el “todo vale”, ha superado todos los límites posibles. Eso es también una evolución de los tiempos porque si nos trasladamos a los 50, la gente que tocaba llevaba la música en el ADN. Elvis no llegó a grabar su primer éxito por suerte. Estaba en sus genes, en sus padres, en el ambiente… Piensa si no en los bluesmen o en los Beatles.

Con mi edad, con lo que he visto, vivido y escuchado ya no quiero diferenciar entre música buena o mala, no me creo en el derecho de valorarla de esa manera… Pienso en el arte en general de esta manera: ¿me interesa o no me interesa? Ya me da igual si se valora positivamente o no, si hay algo que me interese me sumerjo y punto, al margen de estilos y apariencias.

J.G.: Más de tres lustros ya al lado de Lapido, al que llamas —llamamos— Maestro. ¿Qué has aprendido de él en este tiempo? ¿Y él —que en tan alta estima te tiene— de ti?

Raúl Bernal: Yo no sé qué habrá podido aprender él de mí —risas—. Yo de él, todo. Es una de las personas más importantes de mi vida, sin duda. Lo quiero de la ostia, haría cualquier cosa por él. En cierto modo, lo que me está sucediendo ahora musicalmente se lo debo a él. Como músico lo he aprendido todo de Lapido. Entré a tocar con él cuando tenía 22 años; era un niño. Sí, había tenido mi banda con los colegas del instituto, había grabado discos, hecho giras pequeñitas, pero no sabía nada aún. Aprendí de José el oficio, el respeto, qué significa ser músico, cuál es la realidad de la vida del músico. Hombre, yo ya la conocía en parte, pero a mí no me iba la vida en ello. Vivía en casa de mis padres. En un primer acercamiento llegué, nos pusimos a ensayar —me sabía al dedillo todas sus canciones—, pero nada más. Un día me llama y me dice: «Mira, voy a contar contigo para hacer unos bolos y grabar el disco…». Entonces me voy de casa, llego aquí con una mano delante y otra detrás, tengo que buscarme la vida, pagar la casa, la comida. He de decir que mis padres me han ayudado en momentos muy jodidos, en momentos límite, pero yo siempre he vivido de la música de miles de formas. Pero él me lo dejó claro: así es la historia. Hay que pelearlo. Y yo lo he visto crecer. He hecho bolos con José Ignacio en los lugares más inhóspitos que te puedas imaginar, con apenas público… Y ahí estaba el tío, dándolo todo. Sigue con las mismas ganas, con la misma ilusión. Lo he visto meterse en una furgoneta con una lumbalgia que no se podía mover, meterse entre pecho y espalda 800 kilómetros, hacerse un bolo impecable, irse al camerino después, tumbarse y luego furgoneta y vuelta a empezar. Por otra parte, está lo que su banda significa para él y cómo la trata. Es de las personas más leales, honestas e íntegras que conozco. Jamás te va a engañar.

Tocar con Lapido es un puto regalo de la vida. Lo veo sobre el escenario y sigo alucinando. No conozco a nadie mejor. Y tengo la suerte de ser su amigo, de compartir muchas cosas con él. Estoy con Jose Ignacio a muerte y le deseo siempre lo mejor. Tengo la tranquilidad de ver que su obra está ahí y permanecerá en el tiempo. No sé, por otra parte, de ningún músico que no lo respete, ni como artista, ni como persona. No he escuchado jamás a nadie hablar mal de él. De hecho, al que escuche hablar mal de él me lo cargo —muchas risas—.

(Sigue en: «En el arte la tiranía no funciona»)

Javier Gilabert / Fernando Jaén
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